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El Refugio Del Depredador

El Refugio Del Depredador

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
​Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
​En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.

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capitulo 18

​La luz de la tarde caía muerta sobre los ventanales del ala norte, tiñendo el despacho de un tono plomizo que se reflejaba en las pantallas de seguridad perimetral. En las terminales, los gráficos del fideicomiso del muelle 14 parpadeaban en un bucle monótono, pero la mente corporativa de Gael Vancini no estaba fija en los balances de la naviera. Desde su sillón de cuero negro, el lobo gris sostenía una pluma estilográfica de plata entre sus dedos largos y curtidos, con la mirada clavada en el vacío del pasillo.

​El aroma de las rosas silvestres que Leonela había impuesto por la mañana en el gran salón seguía flotando en el aire acondicionado, un olor dulce y humanizado que había logrado penetrar el búnker de hormigón, desafiando el sándalo y el tabaco caro que constituían su atmósfera perimetral. Esa intrusión cromática y sensorial mantenía su pulso en un estado de agitación biológica latente. La imagen de la blusa rosa viejo, ceñida a la firmeza de su pecho y revelando la piel erizada de la leona, era un archivo que su memoria se negaba a encriptar.

​Un roce sutil contra la madera de la puerta de doble hoja interrumpió el silencio de sus cálculos.

​Gael levantó los ojos grises, fijos y fúnebres, esperando el informe de alguno de sus guardias de la entrada. Sin embargo, lo que cruzó el umbral fue un galope rítmico y descalzo. Santiago entró en el despacho arrastrando un dinosaurio de plástico azul, con su camiseta de rayas rojas que rompía la simetría perfecta, meticulosa y oscura del mármol negro. El pequeño inquisidor avanzó sin pedir salvoconducto, guiado por esa agudeza infantil que ignoraba los perímetros de seguridad que hacían temblar a la junta directiva.

​El niño se detuvo justo al borde del escritorio de caoba noble, apoyando sus manos pequeñas en la madera pulida. Miró las pantallas de alta tecnología y luego fijó sus pupilas claras en las facciones de granito del gigante corporativo.

​—Señor Gael —dijo el niño, su voz una nota limpia en medio de la estática del cubil—. Mi mamá está en la cocina con la señora Ortega organizando los platos del martes. Vine porque tengo otra pregunta para el cuaderno de la escuela, pero esta no la escribí porque es un secreto.

​Gael se reclinó despacio, entrelajando sus dedos fuertes sobre el regazo. La presencia del cachorro en su territorio volvía a provocar una disonancia en sus instintos de depredador alfa. Estaba acostumbrado a los subordinados que calculaban cada sílaba para no activar su resolución mortal, pero la franqueza cortante de Santiago era un mercado donde sus millones no tenían valor de cambio.

​—Las preguntas secretas requieren una transacción justa, Santiago —respondió Gael, y su barítono profundo resonó bajo, desprovisto de la rigidez corporativa de la torre—. ¿Qué es lo que el pequeño león necesita saber de mis balances?

​Santiago inclinó la cabeza, arrugando la nariz con una fijeza analítica que le apretó el pecho al hombre de la camisa negra. El niño dejó el juguete azul sobre el teclado encriptado, creando un contraste absurdo entre la lona barata y el lujo monocromático de la fortaleza.

​—Es sobre cómo miras a mi mamá —soltó el niño con una nitidez que congeló el aire del despacho—. En la cena de los señores serios, y en el pasillo anoche cuando yo tenía la pesadilla de la niebla... tú la miras mucho. ¿Por qué tus ojos siempre parecen que van a comerse a mi mamá?

​Gael Vancini, el titán de las finanzas navieras, el hombre que controlaba el mercado negro del puerto y desmantelaba monopolios sin pestañear, se quedó mudo.

​La agudeza del niño lo dejó sin respuesta, vaciándolo de sus argumentos ensayados. Las palabras se le congelaron en la garganta ante la radiografía exacta que el pequeño de cuatro años acababa de hacer de su obsesión íntima. No había manual de estrategia ni cláusula contractual que pudiera camuflar la naturaleza de esa mirada devoradora que Santiago había diagnosticado con la pureza de su lógica elemental. Sus ojos grises, entrenados para la fijeza gélida del control, parpadearon ante el espejo humanizado que el niño sostendría frente a su miseria psicológica: la forma en que miraba a Leonela no era el amparo de un protector imponente; era el hambre salvaje de un lobo que buscaba consumir la resistencia de la leona.

​Santiago no flaqueó ante el silencio del gigante. Esperaba la respuesta con las manos apoyadas en el ébano, moviendo los dedos al ritmo de las luces de las pantallas.

​—¿Es porque tienes hambre de monstruo o porque te gusta su vestido de satén? —insistió el pequeño, su curiosidad infantil aumentando la tensión sensorial en la estancia—. Cuando mi tío Julián miraba los papeles de mi mamá, sus ojos eran malos, como de hiena. Con desprecio. Pero tus ojos son diferentes. Parecen... como cuando el fuego va a quemar un papel.

​Gael sintió un golpe seco en medio del esternón, una pulsación de adrenalina pura que no tenía relación con las amenazas perimetrales de la ciudad. La mención de la hiena de Julián y la comparación con su propio incendio interno reactivaron la estática de sus facciones. Se inclinó hacia adelante, saliendo de la penumbra de su sillón de cuero, apoyando los antebrazos curtidos sobre el escritorio, quedando a la distancia mínima del rostro del niño. El calor abrasador de su cuerpo, mezclado con el sándalo de su piel, envolvió a Santiago.

​—Mirar a tu madre no es un acto de hostilidad, Santiago —dijo finalmente Gael, su barítono bajando a una nota peligrosamente suave, casi íntima, una verdad directa que brotó de su armadura sin pasar por el filtro de sus abogados—. Cuando un guerrero encuentra una leona que no le teme a sus muros de acero, sus ojos tienen que mantenerse fijos en ella. Si aparto la vista, el orden de esta casa de piedra se pierde. No busco destruirla; busco asegurarme de que entienda que en este imperio, ella es la única que tiene el poder de encender el fuego en medio del gris.

​El niño frunció el ceño, procesando la lección de camuflaje y posesión con una madurez trágica. Tomó su dinosaurio azul y lo giró entre sus manos pequeñas antes de volver a mirar al hombre.

​—Entonces la miras para cuidarla, como yo cuido a mis juguetes del norte —concluyó Santiago, simplificando los celos posesivos y el deseo absoluto del titán en una transacción de resguardo infantil.

​—Algo así, pequeño león —susurró Gael, sintiendo que la fijeza de sus propios ojos grises se suavizaba por primera vez desde que la trampa planeada se había puesto en marcha catorce meses atrás.

​Un sonido fluido y elegante cortó la estática del aire en el umbral del despacho.

​Leonela estaba de pie en la entrada. Llevaba el vestido de seda burdeos que había seleccionado para la sesión de fotos de la tarde con la prensa de la legitimidad. El tejido líquido se adhería a la línea de sus caderas y delineaba la curva de su silueta con una sensualidad que quitaba el aliento, mientras su espalda descubierta reflejaba la luz plomiza del ventanal. Su respiración entrecortada delataba que había buscado al niño por toda el ala norte en cuanto notó su ausencia en la cocina. Su palidez natural se había acentuado, pero al ver a Santiago junto a Gael, su postura adoptó de inmediato la rigidez defensiva de su armadura de seda.

​—Santiago —dijo ella, su voz una franqueza cortante que intentó modular para conservar la dulzura ante su hijo, aunque sus ojos oscuros se clavaron en Gael con una advertencia mortal—. Te dije que el despacho del señor Vancini es un área perimetral reservada. No debes interrumpir sus balances.

​El niño se giró, sonriendo al verla, y recogió su juguete del teclado encriptado.

​—¡Mamá! El señor Gael dice que te mira con ojos de fuego porque eres la leona que cuida el orden de la casa —exclamó el pequeño, corriendo hacia ella con su galope rítmico.

​Leonela lo recibió de rodillas, rodeándolo con sus brazos pálidos, hundiéndose en el aroma a chocolate y talco de su ropa. Al levantarse, manteniendo a Santiago pegado a su cadera, cruzó la estancia con la mirada, clavando sus pupilas oscuras en el gigante que permanecía de pie tras el escritorio de caoba. La tensión física entre los dos adultos volvió a ser asfixiante; la proximidad reactivó la descarga de adrenalina de la noche anterior, esa atracción trágica hecha de transacciones públicas y hostilidad íntima. El satén burdeos se tensó sobre su pecho firme, erizado por el súbito encuentro, delatando los latidos salvajes que la presencia de Gael provocaba en su anatomía.

​Gael se enderezó, recuperando su envergadura imponente de titán corporativo, pero sus ojos grises ya no tenían la frialdad con la que despachaba a los directores financieros. Había una sombra de fascinación salvaje en sus rasgos, una devoción oscura que demostró a la mujer que la pregunta incómoda del niño había desnudado la verdad de su asedio psicológico. Su mirada recorrió de forma tortuosa la línea expuesta de los hombros de Leonela, deteniéndose en el sudor sutil que brillaba en su clavícula debido a la prisa por encontrar al pequeño.

​—Tu hijo tiene la costumbre de interrogar a la gerencia sin una orden del juez de comercio, Leonela —dijo Gael, su barítono profundo recuperando la rigidez cortante, aunque con una nota de respeto humano que no escapó al oído de la mujer.

​—Mi hijo solo verbaliza lo que tus guardias de la entrada temen mirar, Vancini —replicó ella, sosteniéndole la fijeza de la mirada con una dignidad inquebrantable—. Te sugerí que no intentaras justificar tu acoso previo bajo la lógica de la protección. Si tus ojos parecen que van a comerme, asegúrate de que la prensa del martes no registre que el lobo tiene hambre de posesión antes de que los balances del muelle 14 estén firmados con mi mano limpia.

​Gael la observó mientras retrocedía hacia el pasillo, con el satén burdeos de su vestido moviéndose con gracia líquida a su alrededor. Vio el pulso rápido que latía en la base de su gola y la fijeza con la que protegía al príncipe de su ruina familiar. El calor abrasador que cruzaba la distancia entre ambos dejó la piel de la leona vibrando en una respuesta biológica innegable.

​Por primera vez en la mansión, el lobo gris miró su teclado encriptado y las pantallas de alta tecnología, y el entorno le pareció exactamente lo que las rosas del salón habían anunciado: un espacio donde el orden absoluto ya no servía para esconder la pulsación líquida del deseo absoluto que Leonela había instalado en sus venas.

El chasquido suave de la puerta al cerrarse y con Gael Vancini solo en medio de la penumbra de su cubil, contemplando el espacio vacío en el ébano donde la agudeza del pequeño inquisidor había dejado la única pregunta que el dinero de la naviera nunca podría liquidar.

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Celina Espinoza
sgddyf HH cfffnfdgñhcefghXfdsjxdhvcczdg.vccfbmbcfssgmvxfdhojcdtlnvzxfhvnx
neumidia ruiz
listo Gael el niño ya toco tu corazón no te hagas el duro
neumidia ruiz
esta muy interesante 👍 pinta buena
Celina Espinoza
super buena 🙏🥰
valeska garay campos
se lee interesante 👀
celimar
exelente capitulo 🥰👏👏
Joanny Millán
me encanta 😍
Fernanda
👍👍 excelente
Celina Espinoza
exelente capitulo 🥰🥰
Fernanda
es increíble el nene con cada pregunta 👍👏y Gael siempre queda 🤭
Fernanda
👍👍👏
Celina Espinoza
me encanta cada episodio 👏🥰y cada interacción de el niño me muero
Fernanda
me encanta santiago siempre tiene una nueva curiosidad 👍🥰
celimar
me encanta como Santiago entra como dueño de su casa 🤭🥰y pone a Gael nervioso con cada pregunta 🥰
celimar
exelente 👏🥰me gusta
Fernanda
👍👍❤️
celimar
me gusta tu historia gracias por compartirla 👏🥰
Fernanda
👍👍🥰
Fernanda
el niño es muy curioso 🥰☺️🤭le da el toque de humanidad al prota
Celina Espinoza
👏🥰gracia me gusta tu historia
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