Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17 — El precio de la voz
El juramento exigía que una de ellas pagara con su voz. En el centro del Vórtice de la Convergencia, Shapira ya no era simplemente la elfa de las cadenas; se había transformado en un pilar de estática viviente. Al aceptar el fardo del "Eco" que la Reina Elowen había abandonado, su esencia física comenzó a vibrar en una frecuencia que el ojo mortal no estaba diseñado para procesar.
Xylia Brook dio un paso hacia ella, con la mano dorada extendida, pero sus dedos solo encontraron un aire denso y frío, como si intentara tocar una imagen reflejada en el humo.
—¡Shapira! ¡Mírame! —gritó Xylia, y su voz, antes autoritaria y llena de la fuerza del sol, ahora sonaba pequeña, casi patética, ante la magnitud del vacío que se estaba tragando a su amiga.
Shapira giró la cabeza. Sus ojos, antes pozos de sombra profunda, ahora eran dos esferas de una claridad insoportable, blancas como el núcleo de una estrella muerta. Intentó abrir la boca para responder, pero no hubo movimiento de labios, ni exhalación de aire. El silencio que emanaba de ella era tan pesado que las otras tres sintieron una presión dolorosa en los tímpanos, como si estuvieran sumergiéndose en las profundidades de un océano de mercurio.
—Se ha ido... incluso estando aquí, se ha ido —sollozó Lyraka, hundiéndose de rodillas. Sus cuernos de amatista, sensibles a cada vibración del ambiente, comenzaron a sangrar por la base. El dolor de Lyraka no era solo físico; era la agonía de sentir cómo el vínculo que las unía a las cuatro se deshilachaba—. Ya no puedo sentir su rabia. Ya no puedo sentir su presencia. Ravenna, ¡haz algo con ese maldito libro! ¡Dinos cómo recuperarla!
Ravenna Shadow no respondió de inmediato. Sus dedos pasaban frenéticamente sobre las páginas del Tomo, pero las palabras huían de su vista. Las letras se retorcían como insectos asustados, negándose a ser leídas.
—No puedo... —susurró Ravenna, y una lágrima solitaria cayó sobre el pergamino—. El contrato es absoluto. Shapira no ha muerto, pero ha dejado de ser una "persona" para convertirse en una "constante". Ella es ahora el ancla del juramento. Si intentamos traerla de vuelta, el Vórtice colapsará y el mundo que intentamos salvar se desintegrará en el caos que los reyes fundadores ocultaron.
—¡Me importa una mierda el mundo! —rugió Lyraka, poniéndose en pie y encarando a Ravenna con los ojos inyectados en sangre—. ¡Ella es nuestra hermana! Nos traicionaron nuestros padres, nos traicionaron nuestros dioses, ¿y ahora vamos a dejar que un "contrato" se lleve a la única que siempre estuvo ahí en silencio? ¡Xylia, haz algo! ¡Tú eres la elegida de la luz!
Xylia no miró a Lyraka. Su mirada estaba fija en Shapira, o en lo que quedaba de ella. La armadura de ceniza de Xylia comenzó a emitir un fulgor mortecino. Sentía una culpa corrosiva. Como líder, ella debería haber sido la que pagara el precio. Pero el juramento no pedía liderazgo, pedía el sacrificio del yo, y Shapira, en su infinita generosidad silenciosa, se había adelantado.
—No hay vuelta atrás, Lyraka —dijo Xylia con una voz que parecía haber envejecido cien años en un segundo—. Mírala bien. Ella no está sufriendo. Ella... ella es la paz que Elowen nos robó.
—¡Eso es una mentira piadosa y lo sabes! —gritó Lyraka, golpeando el pecho de Xylia con el puño—. ¡Es un vacío! ¡Es una nada que camina!
De repente, las cadenas de Shapira comenzaron a moverse. Ya no se arrastraban por el suelo de cristal, sino que levitaban alrededor de su cuerpo translúcido, formando mandalas de hierro negro que giraban lentamente. El sonido del metal chocando contra sí mismo había desaparecido, sustituido por una vibración que se sentía en los huesos, no en los oídos.
Shapira extendió una mano hacia Lyraka. El gesto era el mismo que hacía cuando quería calmarla después de una batalla, pero ahora, cuando sus dedos de luz rozaron la mejilla de la elfa cuernuda, Lyraka no sintió calor, sino una comprensión súbita y devastadora. Vio lo que Shapira estaba viendo: el tejido del universo, las costuras rotas de la realidad y la inmensa oscuridad que acechaba fuera del Vórtice. Shapira no era una prisionera; era el tapón de una herida abierta.
—Ella nos está pidiendo que sigamos —dijo Lyraka con voz ronca, el fuego de su rabia apagándose bajo el peso de esa visión—. Dice que si nos detenemos ahora, su silencio no habrá servido de nada. Dice que los nombres en la sangre... todavía están vivos.
Ravenna se levantó, cerrando el Tomo con una resolución renovada, aunque sus manos seguían temblando.
—Lyraka tiene razón. El sacrificio de Shapira ha estabilizado el camino, pero no ha borrado la traición. Los reyes que firmaron ese pacto con sangre ancestral... sus descendientes siguen gobernando. La familia Brook, el clan Van’Thar... ellos creen que hemos venido aquí a renovar su poder. No saben que hemos venido a quemarlo.
Xylia asintió, desenvainando su espada. La hoja ya no brillaba con la luz pura del mediodía, sino con un resplandor dorado y sucio, el color de la verdad desenterrada.
—Shapira es el puente. Nosotras somos las que deben cruzarlo. Pero, ¿hacia dónde? El mapa del espejo se rompió.
En ese momento, el silencio de Shapira cambió de tono. No era algo que se pudiera describir con notas musicales, sino con la ausencia de ellas. Era como si el mundo entero hubiera aguantado la respiración al mismo tiempo. Las sombras en los rincones del Vórtice se estiraron, volviéndose delgadas y afiladas como agujas.
—Escuchen... —murmuró Ravenna, aunque sabía que no había nada que escuchar físicamente.
Era una frecuencia que vibraba directamente en sus almas. Un acorde fino, tan agudo y tan puro que dolía, comenzó a emanar del centro del pecho de Shapira. Era el sonido del juramento siendo tensado, la cuerda de un arco celestial que estaba a punto de disparar una flecha de realidad.
—Es el eco de Elowen —dijo Xylia, maravillada y aterrada a la vez—. Shapira lo está sintonizando. Está buscando la frecuencia de la Reina Desprendida.
El acorde creció en intensidad. No era ruido, era orden. Era la estructura de la materia revelándose ante ellas. Las paredes de la Ciudad de Espejos comenzaron a resquebrajarse, no por violencia, sino porque el sonido les estaba diciendo que ya no necesitaban ser sólidas. El aire se volvió de un color violeta eléctrico, y las motas de polvo en suspensión se alinearon siguiendo el ritmo de ese latido invisible.
Lyraka sintió que sus cuernos vibraban en simpatía con el acorde. El dolor desapareció, reemplazado por una claridad salvaje. Ella era la hija de las sombras, la que siempre había escuchado lo que otros ignoraban. Entendió que el silencio de Shapira era una invitación.
—No es un silencio de muerte —dijo Lyraka, con una sonrisa triste y feroz apareciendo en sus labios—. Es un silencio de espera. Es el prefacio de una canción que nunca ha sido cantada.
Se miraron las unas a las otras, reconociendo que el tiempo de ser "las cuatro" había terminado para convertirse en algo diferente. Eran tres voces y un eco. Eran la memoria y la pérdida. Eran el principio del fin de una era de mentiras.
El Vórtice comenzó a brillar con una luz que no procedía de ninguna fuente visible. Era la luz de la verdad pura, una que no iluminaba, sino que desnudaba. Las cadenas de Shapira se expandieron hasta cubrir todo el horizonte visual, y en el centro de ese tejido de hierro y luz, el acorde llegó a su nota más alta.
Se escuchó un silencio como un acorde fino que antes nadie había oído.