In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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La piel que no reconoce
Después de salir del ascensor, el mundo se convirtió en una estampa borrosa. Cada paso que daba hacia mi escritorio se sentía como si estuviera caminando sobre brasas. Podía sentir la mirada de Seo-Jun clavada en mi nuca; no era una mirada de odio, sino una intensidad pesada, una presencia que reclamaba espacio en mi conciencia sin necesidad de decir una sola palabra. Durante toda la mañana, mis dedos se congelaron sobre el teclado. Intentaba redactar, revisar borradores de artículos, organizar la agenda de la revista, pero mis pensamientos eran un bucle infinito que repetía la respiración de Seo-Jun contra mi piel, el calor de sus manos en mi cintura y el desafío que había lanzado al destino.
Mis compañeras de trabajo, que normalmente me habrían notado distraída, esta vez parecían sumidas en su propio caos de fin de mes. Mejor así. Me sentía una extraña dentro de mi propia piel, como si la mujer que había entrado al ascensor ya no fuera la misma que ahora intentaba fingir normalidad. A mediodía, lo vi pasar camino al casino. No se detuvo, no me buscó, pero al pasar a mi lado, rozó mi silla con el borde de su chaqueta. Un gesto mínimo, casi imperceptible para cualquier otro, pero para mí fue una descarga eléctrica que me obligó a soltar el bolígrafo que sostenía. Mi corazón seguía habitando ese pequeño cubículo de metal suspendido entre pisos.
El resto de la jornada se deslizó como un sueño febril. Me sentía observada, no por cámaras, sino por la sombra de una decisión que sabía que pronto tendría que tomar. Cuando finalmente sonó la alarma de salida, recogí mis cosas con una torpeza que me avergonzó. Seo-Jun ya no estaba. Se había ido, dejándome sola con la carga de una honestidad que me quemaba por dentro.
Llegué al apartamento con el estómago cerrado. Al abrir la puerta, el olor a aceite caliente me golpeó de inmediato. Min-Woo estaba allí, con el delantal puesto y una sonrisa que pretendía ser reconfortante, pero que a mis ojos cansados parecía una máscara. Tenía la mesa servida con frituras, un plato que él asociaba con un gesto de cariño, ignorando —o quizás queriendo ignorar— que mi cuerpo rechazaba ese tipo de alimentos, especialmente bajo el estrés en el que vivía. Me senté a la mesa. Comí, forzándome a ingerir cada bocado, masticando despacio mientras él hablaba de su día, de sus planes y de lo mucho que le alegraba tenerme allí. Cada palabra suya era un eco lejano mientras mi mente seguía en el ascensor, analizando la confesión de Seo-Jun, el dolor en sus ojos, la rabia contra ese extraño que intentó hacerme daño.
Cuando terminamos, me fui directo a la ducha. El agua fría fue mi única aliada, intentando limpiar el rastro de la intensidad de Seo-Jun, aunque sabía que el agua no bastaba para borrar la marca que me había dejado en el alma. Al salir, me envolví en ropa cómoda y me dejé caer en el sofá. Min-Woo ya estaba allí, esperándome con una película seleccionada. Me acomodé contra su pecho, buscando el refugio que él siempre me ofrecía, tratando desesperadamente de encontrar en él esa seguridad que me prometía. Pero, al cerrar los ojos, solo veía el rostro de Seo-Jun.
Min-Woo empezó a besarme, primero con suavidad, luego con una exigencia que no me dio tiempo a procesar. Sus manos, firmes y grandes, tomaron mi cuerpo y, con una facilidad que me sorprendió, me subió sobre su regazo. La proximidad nos dejaba sin aire. Sus besos se volvieron más profundos, recorriendo la curva de mi mandíbula y bajando hacia mi cuello. Sentí sus manos buscar el borde de mi polera, deslizándose con una destreza que buscaba despertar en mí una respuesta física que, a medias, comenzaba a florecer.
Mi cuerpo respondía. Era una reacción biológica, un mecanismo de defensa frente a tanto caos emocional: la excitación se presentaba como una forma de escapar, de sentir algo real que no fuera el dolor de la traición interna. Mis jadeos empezaron a mezclarse con los suyos. Él me besaba con un hambre que buscaba marcar territorio, reclamar la cercanía que durante días se había sentido interrumpida. Mis manos se enredaron en su pelo, y por un momento, estuve a punto de dejarme llevar por la corriente, de apagar la mente y simplemente ser la mujer que él esperaba que fuera.
Pero entonces, mis ojos se abrieron y me perdí en la mirada de Min-Woo. Eran sus ojos marrones, profundos y cargados de un afecto genuino que me encantaba. Y ahí, justo en ese instante, el peso del mundo me aplastó. Me invadió una culpa inmensa. Sentía que le debía ese momento, que después de haber estado con Seo-Jun, de haber permitido esa intimidad de las palabras en el ascensor, estaba obligada a entregarme a Min-Woo para compensar lo que mi corazón ya había hecho. Me sentía una impostora. No era traición por el hecho, sino por la intención; el hecho de que mi mente, incluso en este momento de entrega física, hubiera estado comparando el tacto de Min-Woo con el de Seo-Jun, me hacía sentir la persona más despreciable del mundo.
Detuve mis manos en su pecho, frenando el avance. Mi respiración era una carrera de obstáculos. Él se detuvo, confundido, con una sombra de decepción que rápidamente se transformó en una pregunta muda. Me sentía agitada, con el cuerpo caliente por la excitación que él había despertado, pero con un corazón tan frío y desconectado que me resultaba imposible continuar.
—Tengo miedo —logré decir, mi voz apenas un susurro quebrado.
Él no se alejó. Sus manos seguían firmes sobre mi cintura, pero su expresión era una mezcla de desconcierto y una pizca de irritación que intentaba ocultar con paciencia. Me miró fijamente, esperando una explicación que yo no sabía cómo darle sin romperlo, sin confesarle que el hombre a quien yo estaba abrazando físicamente no era el mismo que ocupaba mis sueños y mis pesadillas.
—¿Miedo a qué, In-Oh? —preguntó él, su voz bajando a un tono suave, casi suplicante—. ¿Miedo a mí? ¿Miedo a lo que sentimos?
Lo miré a los ojos, y el contraste era insoportable. Él era la luz, el futuro, la calma; Seo-Jun era la tempestad, el pasado, el fuego. Estaba atrapada entre la necesidad de ser salvada y el deseo de quemarme.
—No es a ti —respondí, bajando la mirada para no ver la sinceridad de sus pupilas—. Es a lo que me está pasando. No me siento... no me siento lista para esto. Siento que, si cruzo este límite, ya no habrá marcha atrás.
Mi cuerpo, aún vibrante por el estímulo físico, empezó a temblar. No sabía si era por la excitación contenida o por la ansiedad que me provocaba saber que Seo-Jun, en algún lugar de la ciudad, probablemente estaba pensando exactamente lo mismo que yo. El silencio se volvió asfixiante. Min-Woo me observó durante lo que parecieron horas, procesando mi negativa, intentando leer detrás de mis palabras, buscando la verdad que yo me esforzaba tanto en esconder. El miedo me consumía, pero lo que más miedo me daba era descubrir que, en el fondo, no quería que Min-Woo me entendiera, porque si me entendía, me dejaría, y si me dejaba, quedaría totalmente a merced de lo que Seo-Jun quisiera hacer conmigo. Y, ante eso, mi voluntad se desmoronaba como papel frente al fuego.