🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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Entrenamiento
El regreso al ático esa noche no se sintió como volver a un refugio, sino como entrar a una sala de interrogatorios de alta sociedad. Las luces automáticas del apartamento de lujo se encendieron de manera tenue, bañando los suelos de mármol negro con un brillo frío. Bastian Murphy se quedó de pie cerca de la barra de la cocina, con los brazos cruzados sobre el pecho, temblando levemente. El peso del pánico del despacho aún le oprimía los pulmones.
Azael Brinkman entró poco después. Se quitó los guantes de tela fina y los dejó sobre la mesa junto a las llaves de su auto deportivo. Detrás de él, Josh apareció portando un maletín de cuero rígido. Del interior extrajo una carpeta de documentos de alto gramaje, sellados con el logotipo dorado de la firma legal de la familia Brinkman.
—Déjanos solos, Josh —ordenó Azael, sin apartar sus ojos de la silueta encogida de Bastian.
—Sí, señor —respondió el hombre de confianza, retirándose en silencio y asegurando la puerta principal con el código digital de alta seguridad.
Azael tomó los papeles y los dejó caer sobre la mesa con un sonido seco que hizo que Bastian diera un respingo.
—Acércate, Bastian —mandó el director ejecutivo. Su voz era suave, pero arrastraba la firmeza inamovible de un veredicto.
Bastian caminó con pasos torpes y pesados hacia la mesa. Sus ojos escanearon la primera página del documento. El título superior decía en letras negritas: Contrato de dedicación exclusiva, confidencialidad absoluta y cesión de derechos de representación personal.
—¿Qué es esto? —preguntó Bastian con un hilo de voz, mirando las cláusulas numeradas que llenaban las hojas.
—Es tu nueva realidad legal —respondió Azael, rodeando la mesa lentamente hasta colocarse justo detrás del joven Murphy. Su presencia física volvió a asfixiar el espacio—. Los abogados de la universidad dirían que es un contrato abusivo, pero para nosotros es un intercambio justo. Al firmar esto, cedes legalmente la gestión de tu tiempo, tus comunicaciones, tu residencia y tu carrera a la firma Brinkman por los próximos cinco años. A cambio, mi oficina garantiza el pago perpetuo, la suite privada y los tratamientos médicos de Stella Murphy en la clínica de especialistas.
Bastian sintió un nudo amargo en la garganta. Miró la línea de la firma al final de la última página. Estaba en blanco, esperándolo.
—Si no firmo… —empezó a decir Bastian, aunque ya sabía la respuesta.
—Si no firmas, romperé este documento ahora mismo —susurró Azael en su oído, inclinándose tanto que su respiración caliente golpeó la mejilla del joven—. Mañana temprano tu madre será trasladada a un centro comunitario, la orden de restricción contra Robin se convertirá en una denuncia penal por fraude y tú pasarás la noche en una celda de detención. Tu voluntad ya no tiene validez en este tablero, Bastian. Tu única opción es firmar y dejar que yo me encargue de ti.
Las lágrimas de impotencia volvieron a nublar la vista de Bastian Murphy. Comprendió que las leyes de los hombres ricos eran muros imposibles de escalar para alguien como él. Tomó el bolígrafo de tinta negra que Azael le ofrecía con dedos temblorosos. Con el corazón latiendo desbocado por el terror psicológico, presionó la punta sobre el papel y estampó su firma en cada una de las copias. Su futuro académico y su libertad legal acababan de ser entregados al monstruo.
Azael sonrió de esa manera delgada y fría que congelaba la sangre de Bastian. Recogió los documentos, los guardó en el maletín y miró fijamente al joven, cuyos hombros habían caído por completo en señal de rendición.
—Buen chico —dijo Azael, tomándolo de la barbilla para obligarlo a levantar el rostro—. Has asegurado la vida de tu madre. Deberías estar agradecido. Pero la sumisión legal no es suficiente para mí, Bastian. El incidente con la nota de Robin me demostró que tu cuerpo y tu mente todavía se distraen demasiado con el exterior. Necesitamos iniciar un nuevo tipo de entrenamiento.
Bastian tragó saliva, parpadeando para limpiar sus lágrimas. El tono de voz de Azael Brinkman había cambiado; ya no era solo el jefe corporativo dando órdenes, era el captor posesivo reclamando su territorio físico.
—¿Qué… qué tipo de entrenamiento? —alcanzó a preguntar Bastian, intentando dar un paso atrás, pero la barra de mármol detrás de él le impidió la huida.
Azael no respondió con palabras. Dio un paso decisivo hacia adelante, atrapando el cuerpo de Bastian entre sus propios brazos y la superficie de piedra. Con una mano firme, Brinkman se entrelazó en el cabello alborotado de Bastian, jalándolo sutilmente hacia atrás para exponer por completo su cuello y sus labios temblorosos. La fuerza dominante del director era absoluta; Bastian se sintió como una fiera pequeña atrapada en una red de acero.
—Un entrenamiento de pertenencia —susurró Azael a milímetros de su boca—. Tus labios solo pueden reaccionar a mí. Tus suspiros solo me pertenecen a mí. Vamos a enseñarle a tu cuerpo a quién le debes obediencia.
Antes de que Bastian pudiera procesar la advertencia, Azael Brinkman acortó la distancia y presionó sus labios contra los suyos.
El primer contacto fue rudo, una demostración salvaje de autoridad y posesividad física. Bastian abrió los ojos de par en par debido al pánico, intentando mantener la boca cerrada y empujando el pecho firme de Azael con sus manos. Pero Brinkman ni siquiera se movió. Su agarre en el cabello de Bastian se volvió más firme, manteniéndolo inmovilizado, mientras que su otra mano bajó hacia la cintura del joven, apretándola con una fuerza que le robó el aliento.
—No te resistas —ordenó Azael entre el beso, con una voz ronca que vibró directamente en los sentidos de Bastian—. Ya firmaste el contrato. Tu cuerpo es mío. Abre los ojos y mírame.
Bastian, abrumado por el desgaste psicológico de las últimas semanas, la falta de contacto humano y el terror absoluto de perder el tratamiento de su madre, sintió que sus fuerzas se evaporaban. Sus manos, que antes empujaban el pecho de su jefe, perdieron tensión y terminaron aferrándose con debilidad al saco gris de Azael para no caer al suelo. Su voluntad se quebró por completo.
Azael aprovechó la rendición y profundizó el beso, transformando la rudeza inicial en una tortura de sensualidad oscura y devoradora. Sus labios se movían con una lentitud calculada, saboreando la boca de Bastian de una manera tan absorbente que el joven Murphy comenzó a perder la noción de dónde terminaba el pánico y dónde empezaba la extraña adicción de su captura. El aroma magnético de Azael, una mezcla de perfume y peligro, inundó sus sentidos, nublándole la capacidad de pensar.
Cuando Azael finalmente se separó unos centímetros, un hilo de saliva unía sus labios en la penumbra de la sala. Bastian respiraba de manera agitada, con el pecho subiendo y bajando con violencia, y sus ojos fijos en los de su captor, completamente perdidos en la sumisión. Su labio inferior estaba ligeramente enrojecido por la intensidad del contacto.
Azael Brinkman lo observó con fascinación y la locura. Deslizó sus dedos pulgares por las comisuras de la boca de Bastian, limpiando el rastro del beso con una lentitud que hizo que el joven diera un respingo eléctrico.
—Esto es un entrenamiento, Bastian Murphy —sentenció Azael en un susurro dominante, rozando con su nariz la mejilla húmeda del joven—. Repetiremos esto cada noche, después del gimnasio y después de revisar las cuentas de la firma. Tu cuerpo va a aprender a buscar mis labios como única fuente de aire. Cada vez que pienses en Robin o en tu vida fuera de este apartamento, recordarás el sabor de mi boca y entenderás que no hay escape posible para ti.
Bastian cerró los ojos, dejando caer la cabeza sobre el hombro firme de Azael, demasiado exhausto para seguir peleando contra el destino. El contrato legal lo había encadenado en los papeles, pero este entrenamiento físico y psicológico estaba cavando una fosa profunda en su propia mente. Las paredes de su jaula en el ático se sentían ahora más altas, más estrechas y más eternas que nunca.
Azael lo rodeó con sus brazos, apretándolo contra su cuerpo en un abrazo posesivo que selló el final de su libertad. La voluntad de Bastian Murphy ya no existía; solo quedaba el asistente perfecto, el prisionero sumiso del director ejecutivo Brinkman.