A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.
NovelToon tiene autorización de Pablo Ezequiel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cara a cara con el pasado
La luz potente que apuntaba directamente a ellos creaba sombras largas y deformes en las paredes de piedra del sótano, haciendo que todo pareciera aún más irreal y peligroso. Javier estaba en lo alto de las escaleras, recortado contra el marco de la puerta cerrada, con esa sonrisa suya que nunca llegaba a sus ojos, esa sonrisa que mezclaba inteligencia, crueldad y una satisfacción que parecía haber estado esperando durante toda una vida. Detrás de él, sus hombres, inmóviles, silenciosos, armas en posición, listos para actuar en el momento exacto en que su jefe lo ordenara.
Alejandro se interpuso inmediatamente entre la luz cegadora, Javier y Elena, cubriéndola con su cuerpo, colocándola justo detrás de él, protegiéndola con cada centímetro de su ser. No dio un paso atrás. No mostró ni rastro de sorpresa ni de miedo. Al contrario, al verlo allí, al escuchar su voz, una calma extraña, fría y afilada como una cuchilla, lo invadió por completo. Todo encajaba ahora. Todo tenía sentido. La obsesión de Javier, la insistencia en traerlo de vuelta, el plan elaborado durante años... no era solo por poder, ni por las habilidades de Alejandro, ni por lo que estaba escondido allí abajo. Era algo mucho más antiguo, mucho más profundo, mucho más personal.
—Llevas mucho tiempo esperando este momento, ¿verdad, Javier? —dijo Alejandro, y su voz sonó clara, fuerte, sin ningún temor, cortando el silencio tenso como un cuchillo—. Desde que éramos jóvenes, desde que nuestro maestro me eligió a mí por encima de ti. Desde que quedó claro que yo era el heredero, y tú... solo eras la segunda opción.
La sonrisa de Javier se borró por una fracción de segundo, reemplazada por un destello de rabia pura que brilló en sus ojos, antes de volver a su máscara de calma calculada. Bajó los escalones lentamente, uno a uno, disfrutando cada paso, acercándose al centro de la sala, sin quitarle la vista de encima a Alejandro ni un solo instante.
—Siempre fuiste rápido —dijo Javier, con voz suave pero cargada de veneno—. Siempre fuiste el mejor, el favorito, el que todo le salía bien sin apenas esfuerzo. Yo me mataba trabajando, estudiando, aprendiendo cada detalle, cada regla, cada secreto... y tú solo tenías que estar ahí, ser tú mismo, y ya te daban todo. El respeto, la confianza, el poder... todo para ti. Y yo siempre estuve detrás, esperando, observando, guardando mi rencor como un tesoro.
Se detuvo a pocos metros de él, mirándolo de arriba abajo, como si estuviera inspeccionando un objeto que había pertenecido a su enemigo y que ahora por fin estaba a su alcance.
—Cuando te fuiste, cuando desobedeciste, cuando decidiste que tenías tu propia conciencia... pensé que era mi momento. Pensé que por fin yo ocuparía tu lugar, que yo sería el elegido. Y lo hice. Me hice con el control, cambié las reglas, hice que la organización fuera algo mucho más grande, mucho más poderoso, mucho más peligroso. Pero siempre estabas tú ahí. En la sombra. En los recuerdos. En lo que él siempre decía: «Alejandro tiene algo que tú nunca tendrás, Javier. Él tiene el don de saber qué es lo correcto». Escupió las últimas palabras con desprecio, como si fueran la mayor ofensa que hubiera escuchado en su vida.
Alejandro lo escuchaba en silencio, comprendiendo ahora cada detalle, cada movimiento, cada paso que lo había llevado hasta allí. Javier no lo había buscado por necesidad. Lo había buscado por venganza. Quería demostrar, de una vez por todas, que él era mejor, que él era el verdadero digno de todo lo que habían tenido, que podía vencer al que siempre fue su sombra. Y para lograrlo, había planeado todo esto: devolverle la memoria, mostrarle la verdad, darle todo lo que tenía para que, cuando cayera, la caída fuera absoluta y definitiva.
—Así que todo esto... —empezó Alejandro, señalando con la mano el lugar, los documentos, la foto que aún sostenía en su mano—. Todo este teatro, esta puesta en escena, esta vida que construyeron para mí... solo era para traerme aquí, a este sótano, para que yo supiera quién era, para que tuviera algo que perder, y entonces... entonces vencerme y destruirme de verdad.
Javier aplaudió lentamente, un sonido hueco y burlón que resonaba en las paredes de piedra.
—Exacto. ¡Por fin lo entiendes! —exclamó Javier, con una mezcla de triunfo y amargura—. Si te hubiera traído aquí siendo un hombre sin recuerdos, un simple dueño de bar, vencerte no habría sido ningún honor. No habría servido para nada. Pero ahora... ahora que sabes quién fuiste, ahora que sabes todo lo que vales, ahora que tienes a esta mujer que amas, ahora que tienes recuerdos, historia, identidad... ahora, cuando te destruya, cuando te quite todo, cuando te haga servir a mí, bajo mis órdenes, como mi mano derecha, como lo que deberías haber sido desde el principio... entonces sí. Entonces habré ganado. Entonces yo seré, por fin, el verdadero dueño de todo.
Elena apretó con fuerza la camisa de Alejandro, temblando no de miedo, sino de la furia que sentía al escuchar todo aquello. Todo lo que habían vivido, todo lo que habían sentido, todo lo que habían descubierto... había sido manipulado, planeado, calculado por un hombre que solo quería satisfacer un orgullo herido de hacía años. Y lo peor de todo: lo habían logrado. Habían conseguido que Alejandro recuperara todo, tal como querían. Ahora el juego estaba en su punto máximo.
—¿Y crees que lo vas a lograr? —preguntó Alejandro, y en su voz no había duda, ni miedo, ni sumisión. Había desafío puro—. ¿Crees que por devolverme la memoria, por ponerme frente a ti, por querer jugar tu juego... voy a dejar que me destruyas? Te equivocaste en lo más importante, Javier. Te equivocaste igual que te equivocaste hace años. Tú crees que todo se trata de poder, de control, de ser el mejor en habilidades o en estrategias. Pero nunca entendiste lo que nuestro maestro intentó enseñarte. Nunca entendiste que lo que nos hace fuertes no es lo que sabemos hacer, ni lo que tenemos. Es por qué lo hacemos.
Dio un paso hacia adelante, dejando a Elena protegida justo detrás de él, sacando lentamente la navaja con el grabado del lobo, sosteniéndola a la luz para que todos la vieran brillar.
—Yo no estoy aquí por poder. Ni por venganza. Ni para demostrar que soy mejor que tú —continuó Alejandro, mirando fijamente a Javier a los ojos, con una intensidad que hizo que el otro diera un paso atrás sin querer—. Estoy aquí para proteger lo que es mío. Mi vida. Mi gente. Mi verdad. Y esta organización, que tú has convertido en algo oscuro y dañino... esta organización que usas para dañar, para manipular, para destruir vidas como hiciste con la mía... hoy termina aquí. Hoy termina ahora.
Javier soltó una carcajada, una risa fuerte y amarga que rebotó en las paredes. Señaló a los hombres que tenía detrás, que levantaron más las armas, apuntando directamente al pecho y a la cabeza de Alejandro.
—¿Termina? —repitió Javier, incrédulo y divertido al mismo tiempo—. ¿Crees que puedes vencerme a mí, a mis hombres, a todo lo que he construido, tú solo, con una navaja y palabras bonitas? ¡Mírate, Alejandro! Estás acorralado. Estás en mi terreno. Has caído exactamente donde yo quería que cayeras. Tienes a la mujer que amas aquí, en peligro, y tienes toda tu historia expuesta ante mí. ¿Qué puedes hacer tú contra todo esto?
Alejandro miró a los hombres, uno por uno, evaluando posiciones, distancias, debilidades, igual que había sido entrenado para hacer. Su mente funcionaba a una velocidad increíble, calculando cada movimiento posible, cada ángulo, cada oportunidad. Pero antes de hacer nada, volvió a mirar a Javier, y en sus labios apareció esa sonrisa tranquila, esa sonrisa que siempre había sacado de quicio a su rival.
—Tú crees que tienes todo controlado —dijo Alejandro, bajando la voz, haciéndola más grave, más peligrosa—. Crees que sabes todo lo que va a pasar, porque tú escribiste el guion. Pero hay algo que olvidaste, Javier. Algo que nunca lograste entender.
Hizo una pausa, y miró hacia la caja fuerte abierta, hacia los documentos, hacia las pruebas que allí estaban.
—Tú me dijiste que me borraste la memoria, que me diste una vida tranquila para que fuera más fácil manipularme cuando volviera. Pero olvidaste algo más importante que todo eso. Olvidaste que yo no soy solo lo que me enseñaron. Ni lo que tú quieres que sea. Ni lo que dicen los documentos.
Se puso en posición, cuerpo tenso, listo para moverse en una fracción de segundo, navaja en mano, ojos fijos en su enemigo.
—Olvidaste que, aunque no recordara nada... yo seguí eligiendo ser bueno. Seguí eligiendo proteger. Seguí eligiendo hacer lo correcto, sin que nadie me lo ordenara. Y eso... eso es algo que tú nunca pudiste eliminar. Y eso... es lo que te va a derrotar.
Javier dejó de reír. La sonrisa desapareció por completo de su rostro, dejando ver la furia pura y el miedo oculto que siempre había sentido hacia él. Levantó una mano, listo para dar la orden de disparar, listo para acabar con todo de una vez, aunque no fuera lo que había planeado.
—¡Acaben con ellos! —gritó Javier, con voz ronca por la rabia—. ¡Mátalos a los dos! ¡Ya!
Pero justo cuando los hombres iban a apretar el gatillo, justo cuando todo parecía perdido, algo sucedió arriba. Se escucharon ruidos fuertes, golpes, gritos, y de repente, la puerta del sótano, que estaba cerrada y bloqueada, se abrió de golpe, derribada desde fuera. Y por las escaleras bajaron, armados y decididos, personas que ninguno de los hombres de Javier esperaba ver allí: Elías, con una escopeta en mano, serio y firme; la anciana, ágil y peligrosa; y detrás de ellos, todos los amigos, vecinos y clientes de El Confín, gente que Alejandro había ayudado, protegido y tratado con cariño durante años, gente que no sabía quién había sido él en el pasado, pero que sabía exactamente quién era ahora: su amigo, su dueño, su protector.
—¡No está solo, Javier! —gritó Elías, apuntando directamente al jefe de la organización—. ¡Nunca estuvo solo! Porque lo que él construyó aquí, lo que él hizo con su vida olvidada... valía mucho más que todo lo que tú has construido con dinero y miedo.
Javier miró a un lado y a otro, desconcertado, furioso, viendo cómo su plan perfecto, su trampa elaborada durante años, se desmoronaba frente a sus ojos. Pero no se rindió. Al contrario, sacó un arma de su propio abrigo y, en un movimiento rápido y desesperado, agarró a Elena del brazo, tirando de ella hacia sí mismo, poniendo el cañón de la pistola contra su cabeza.
—¡Alto! —gritó Javier, con voz entrecortada, retrocediendo hacia la pared, usando a ella como escudo humano—. ¡Alto todos! Si alguien da un paso más, ella muere. ¡Y tú, Alejandro! —lo miró fijamente, con ojos desorbitados por la locura y la rabia—. ¡Tú vienes conmigo. Ahora. O ella muere aquí mismo.
Alejandro se quedó inmóvil, sintiendo cómo la ira más grande que había sentido en toda su vida le recorría el cuerpo, una ira mezclada con un miedo frío y absoluto por ella. Vio la cara de Elena, que lo miraba con calma, con amor, diciéndole sin palabras que no se preocupara, que todo estaría bien, que hiciera lo que debía hacer. Vio a Javier, que temblaba de rabia y miedo, que tenía el dedo en el gatillo, dispuesto a todo.
Y entonces, Alejandro entendió. Entendió la última lección, la que su maestro le había enseñado hacía tanto tiempo, la que él había cumplido al negarse a matar a un inocente, la que había cambiado todo su destino. Dio un paso lento hacia adelante, bajó la navaja, y miró a Javier a los ojos, con una calma absoluta que hizo que su rival se sintiera aún más inseguro.
—Dejala ir, Javier —dijo Alejandro con voz suave pero firme—. Dejala ir y yo iré contigo. Haré lo que quieras. Seré lo que tú siempre quisiste que fuera. Pero dejala ir. Ella no tiene nada que ver con esto.
Javier dudó un segundo, desconfiado, pero ansioso por conseguir lo que siempre había querido.
—¿Me lo prometes? —preguntó, casi con ansia—. ¿Me prometes que harás todo lo que yo diga? ¿Que serás mi mano derecha?
—Te lo prometo —respondió Alejandro, sin apartar la vista de él—. Pero deja que ella se vaya. Dejala salir con los demás. Y entonces yo seré tuyo.
Javier lo miró, buscando mentira en sus ojos, buscando cualquier trampa, pero solo vio la determinación de un hombre dispuesto a sacrificarse por lo que ama. Y eso... eso fue lo que él nunca pudo entender. Lo que él nunca tuvo.
Empujó a Elena hacia adelante, lejos de él, hacia los brazos de Elías y la anciana, que la atraparon y la apartaron de inmediato, llevándola hacia la salida segura. Y cuando la vio a salvo, cuando vio que ya no podía usarla, Javier volvió a mirar a Alejandro, con una sonrisa de triunfo que ahora se veía triste y vacía.
—Bien —dijo Javier—. Por fin, Alejandro. Por fin estás donde debes estar. Conmigo. Bajo mi mando.
Pero Alejandro no lo miraba a él. Miraba a Elena, ya segura en la puerta, que le devolvía la mirada con lágrimas en los ojos y una fe absoluta en él. Y entonces, Alejandro levantó la vista hacia Javier, y esa sonrisa tranquila volvió a aparecer.
—Te equivocas una vez más, Javier —dijo él, dando un paso hacia él, con la navaja oculta pero lista—. Yo no estoy bajo tu mando. Nunca lo estaré. Y no estoy aquí porque tú lo hayas planeado. Estoy aquí porque yo decidí estarlo. Para terminar esto. De verdad.
Y antes de que Javier pudiera levantar el arma, antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera comprender lo que estaba pasando, Alejandro se lanzó sobre él.
La batalla final había comenzado.