Morí por trabajar demasiado y desperté como la villana de una novela. Mi esposo está en coma, mi hijo me odia y estamos a punto de quedarnos sin dinero. Conociendo el trágico futuro que nos espera, decidí cambiarlo todo. Esta vez cuidaré de mi familia, protegeré a mi esposo y le daré a mi hijo el amor que nunca recibió. Aunque... parece que ambos creen que me volví completamente loca. ✨💕📖
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ya no voy a dormir mas
Lucas sonrió.
Porque su papá estaba despierto.
De verdad.
Aunque seguía pálido, aunque se veía cansado y débil… estaba despierto. Y para Lucas, eso era suficiente para sentir que el corazón le iba a explotar de felicidad.
—¿Papá…? —susurró otra vez, como si aún no pudiera creerlo.
Sebastián bajó la mirada hacia él. Por primera vez en siete años tenía a su hijo despierto frente a sus ojos, mirándolo con esa mezcla de ilusión y miedo que solo un niño que ha esperado demasiado puede tener.
Sintió un nudo apretarle el pecho.
—Sí… —respondió con la voz ronca—. Estoy despierto.
Los ojitos de Lucas se llenaron de brillo.
—¿De verdad?
Sebastián asintió apenas.
Y eso fue suficiente para que Lucas se inclinara hacia él y lo abrazara con cuidado, como si temiera romperlo.
—Papá… —murmuró, aferrándose a su ropa—. Pensé que ibas a seguir dormido para siempre…
Sebastián cerró los ojos un instante. Le pesó el alma escuchar algo así en la voz de su hijo.
Con torpeza, alzó la mano y le acarició el cabello.
—Perdón… —dijo en voz baja.
Lucas negó rápido con la cabeza.
—No, papá… no importa. Ya despertaste.
Esa respuesta tan simple hizo que Sebastián se quedara callado. Un niño tan pequeño… y aun así, aceptándolo todo con una facilidad que dolía.
Entonces la mano de Valeria se aferró un poco más a la camisa de Sebastián.
Seguía dormida sobre su hombro, con el ceño apenas fruncido, como si incluso en sueños no pudiera descansar del todo.
Y en un murmullo suave, casi infantil, sus labios se movieron:
—Sebas… si despiertas… no seas malo conmigo…
Sebastián se quedó inmóvil.
Lucas alzó la carita, curioso, pero sin entender demasiado.
—Mami está soñando contigo —susurró con inocencia.
Sebastián desvió la mirada, incómodo.
—Ya me di cuenta.
Lucas sonrió bajito y volvió a acomodarse junto a él, feliz de tener a sus dos padres tan cerca.
El autobús siguió avanzando entre el murmullo de la gente y el ruido del motor, hasta que un pequeño bache hizo que Valeria se removiera.
Aún medio dormida, levantó la mano y tocó la cara de la persona que tenía al lado, creyendo que era Lucas.
Sus dedos rozaron la mejilla de Sebastián, su nariz… su mandíbula.
—Lucas… —murmuró con voz adormilada—. Hoy estás raro…
Sebastián la miró sin poder creerlo.
Lucas abrió mucho los ojos.
—Mami… ese no soy yo.
Pero Valeria, todavía perdida entre el sueño y el cansancio, no reaccionó. Siguió acariciando el rostro de Sebastián con toda naturalidad, hasta que él habló con voz baja:
—Valeria.
Ella frunció un poquito el ceño y abrió los ojos despacio.
Primero vio una camisa. Luego un cuello. Después una barbilla… y finalmente unos ojos marrones completamente despiertos mirándola de frente.
Valeria parpadeó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y al segundo siguiente pegó un salto.
—¡¿SEBASTIÁN?!
Varias personas del autobús se sobresaltaron. Una señora casi deja caer su bolso y Lucas se asustó solo un segundo, antes de ver la cara de su madre y empezar a reírse bajito.
Valeria se quedó tiesa, con la mano todavía en el aire, completamente roja.
—¿D-desde cuándo estás despierto?
Sebastián alzó una ceja.
—Desde hace un rato.
—¿Y me dejaste tocarte la cara como una loca?
—No me dejaste muchas opciones.
Lucas soltó una risita, tapándose la boca con ambas manos.
Valeria se giró hacia él.
—¡Lucas, no te rías!
—Pero fue un poquito gracioso, mami…
Ella quiso replicar, pero al volver a mirar a Sebastián se quedó en silencio.
Porque ahora sí lo estaba viendo de verdad.
Despierto.
Mirándola.
Respondiéndole.
Ahí.
Sus ojos comenzaron a humedecerse sin que pudiera evitarlo.
—Sebastián… —susurró.
La voz le salió tan bajita que incluso a ella le sorprendió.
Con mucho cuidado, levantó ambas manos y le sostuvo el rostro, esta vez como si tuviera miedo de que desapareciera.
—De verdad despertaste…
Sebastián notó el leve temblor de sus dedos y la forma en que ella intentaba sonreír mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.
Su expresión se suavizó sin que él mismo se diera cuenta.
—Sí —respondió en voz baja—. Ya desperté.
Valeria soltó una risa temblorosa y, sin pensarlo demasiado, se inclinó para abrazarlo con fuerza.
Sebastián soltó un quejido de dolor.
—¡Ay!
Valeria se apartó de golpe, espantada.
—¡Perdón! ¡Perdón, perdón! Se me olvidó que llevas siete años sin usar el cuerpo.
Lucas empezó a reírse con ganas.
—Mami, no lo aprietes tanto.
—¡No lo hice a propósito! —se defendió ella, secándose rápido las lágrimas—. Es que estaba feliz.
Lucas miró a Sebastián con una sonrisa enorme.
—Papá, ahora sí vamos a estar juntos, ¿no?
La pregunta hizo que el ambiente cambiara de inmediato.
Sebastián miró a su hijo, luego a Valeria, que seguía de rodillas frente a él con los ojos todavía brillosos.
Lucas se acomodó mejor a su lado y tomó su mano con confianza.
—Porque cuando tú estabas en medio… se sentía bonito dormir así.
Valeria sintió que el corazón se le apretaba.
Lucas no lo decía con picardía, ni con segundas intenciones. Lo decía con la simple honestidad de un niño que solo quería a sus padres cerca.
Sebastián bajó la vista hacia la manito pequeña aferrada a la suya.
Y después de unos segundos, respondió en voz baja:
—Sí… vamos a estar juntos.
Lucas sonrió tan grande que parecía iluminar todo el autobús.
Valeria se quedó observándolos a ambos, con el pecho apretado por una emoción demasiado grande para ponerla en palabras.
Entonces, despacio, se sentó otra vez al lado de Sebastián y apoyó la cabeza en su hombro, esta vez despierta, con cuidado de no lastimarlo.
—Bienvenido de vuelta, Sebas… —murmuró.
Él no respondió enseguida.
Pero tampoco se apartó.
Al contrario, con un movimiento lento y aún débil, acomodó el brazo alrededor de Lucas… y luego de Valeria.
Protegiéndolos a los dos.
Como si, incluso después de tantos años perdido en la oscuridad, su cuerpo recordara perfectamente dónde debía estar.
Y mientras el autobús seguía su camino de regreso, Valeria cerró los ojos apenas un instante, aferrándose a ese momento.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
sentía que tal vez, solo tal vez, esa familia rota podía volver a empezar.