Entre secretos prohibidos y un vínculo imposible, ¿será el amor su única salida… o la razón de su caída eterna?
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El Primer Expediente
La mañana siguiente comenzó con una calma engañosa.
Las noticias sobre la visita de la Fundación Helix seguían recorriendo los pasillos de la universidad. Algunos estudiantes soñaban con conseguir una beca; otros sospechaban que aquella organización ocultaba intereses mucho más grandes de lo que mostraba públicamente.
Caleb avanzó por el corredor principal con una carpeta bajo el brazo.
Apenas había dado unos pasos cuando una voz conocida lo detuvo.
—¡Caleb!
Era Maya Ortega.
La joven caminó hasta él con una expresión amable.
—Perdón por detenerte. Ayer vi lo que pasó con Adrián y... quería asegurarme de que estuvieras bien.
Caleb sonrió con educación.
—Estoy bien. Gracias por preocuparte.
Maya soltó un pequeño suspiro de alivio.
—Adrián suele elegir a personas que cree que no van a defenderse. No le hagas caso.
—Lo tendré presente.
La conversación fue breve, pero ambos descubrieron que compartían el gusto por la biología, los libros antiguos y las cafeterías tranquilas. Antes de entrar a clase, Maya le entregó una pequeña hoja.
—La biblioteca recibió unos manuscritos nuevos. Pensé que quizá te interesaría.
—Gracias.
Mientras Caleb guardaba la nota, Adrián observaba la escena desde el otro extremo del pasillo.
Apretó los puños.
No soportaba que un estudiante recién llegado llamara tanto la atención.
—Ya veremos cuánto dura esa sonrisa... —murmuró antes de marcharse.
En la Torre Black Crown, Draven recibía un informe de Lucien.
—Señor, investigamos a los representantes de Helix.
—¿Y?
—Tres de ellos utilizaron identidades falsas para ingresar al campus.
Draven cerró lentamente el expediente.
—Entonces no fueron allí por una beca.
Lucien asintió.
—Creemos que buscaban a alguien.
Draven no necesitó preguntar quién.
Su intuición ya conocía la respuesta.
—Aumenten la vigilancia alrededor de la universidad, pero sin que Caleb lo note.
—Entendido.
En la comisaría, Ian revisaba una antigua caja de archivos olvidados.
Uno de los expedientes llamó inmediatamente su atención.
No tenía nombre.
Solo un sello rojo.
PROYECTO DOMINUS — CLASIFICADO.
Cuando intentó abrirlo, una voz sonó detrás de él.
—Ese expediente no debería existir.
Ian se giró.
Frente a él estaba el comisario Esteban Rojas, un hombre de más de cincuenta años con décadas de servicio.
—¿Lo conoce?
El comisario guardó silencio unos segundos.
—Hace veinte años desaparecieron varios científicos. Después de eso, todos los documentos relacionados con Dominus fueron retirados.
—¿Quién dio la orden?
—Alguien con suficiente poder para borrar una investigación completa.
Ian volvió a mirar la carpeta.
Por primera vez, sintió que el caso superaba a la policía.
Esa misma tarde, Caleb decidió visitar la biblioteca.
El edificio estaba casi vacío.
Mientras recorría los estantes, encontró un libro antiguo sobre genética y jerarquías biológicas.
Cuando fue a tomarlo, otra mano alcanzó el mismo ejemplar.
—Perdón...
Una voz masculina habló con calma.
Caleb levantó la vista.
Frente a él había un joven de cabello negro y ojos color ámbar. Vestía una bata blanca sobre ropa informal y llevaba una credencial colgada del cuello.
—Soy Noah Valdés —dijo con una sonrisa amable—. Soy investigador invitado de la Fundación Helix.
Caleb sintió una leve inquietud, aunque no dejó que se reflejara en su rostro.
—Caleb.
Noah retiró la mano del libro.
—Puedes quedártelo. Ya lo he leído varias veces.
—Gracias.
—Quizá volvamos a encontrarnos.
Noah se alejó entre los estantes.
Caleb observó su espalda desaparecer.
Algo en aquel investigador le resultaba difícil de interpretar.
No parecía hostil.
Pero tampoco era una persona sencilla.
Muy lejos de allí, desde el interior de un automóvil oscuro estacionado frente a la biblioteca, una figura fotografiaba discretamente la entrada.
Al enviar la imagen, solo escribió un mensaje:
"Objetivo localizado."
Sin saberlo, el círculo alrededor de Caleb comenzaba a cerrarse.
Al salir de la biblioteca, el joven alzó la vista hacia el cielo del atardecer.
Una sensación extraña recorría su pecho.
Con una voz tan baja que solo el viento pudo escucharla, formuló una nueva reflexión.
—Pregunta número dos...
—¿Cómo distingues a un verdadero amigo... cuando el enemigo también sabe sonreír?
Continuará...