La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Una oportunidad
—Descansa, conejito.
Y salió del apartamento.
Desde la ventana de la sala, Hamlet lo observó bajar hasta la calle.
Un elegante automóvil negro esperaba frente al edificio.
Aldo, el mayordomo, descendió enseguida para abrirle la puerta.
Antes de subir, César levantó la vista hacia el apartamento.
No podía distinguirlo desde esa distancia.
Aun así sonrió.
Después entró al vehículo.
El automóvil desapareció lentamente entre el tráfico de la tarde.
Hamlet siguió mirando la calle incluso cuando ya no quedaba rastro del coche.
—Ya se fue.
La voz de Dante lo hizo volver.
El abogado se apoyó en el marco de la ventana con los brazos cruzados.
Durante unos segundos ninguno habló.
—¿Qué? —preguntó Hamlet.
—Nada. Solo que te conozco. Y nunca habías mirado a nadie así.
—Yo también te conozco a ti. Y dejaste que mamá se enfermara y no te apareciste hasta ahora.
— No sabía que estaba tan enferma. Y no sabía que había terminado con otro alfa. Además... En cuanto a tí...
Hamlet suspiró.
—Habla de una vez.
Dante caminó hasta el sofá y tomó asiento.
—Ese alfa merece una oportunidad.
El silencio cayó de golpe.
Hamlet tardó varios segundos en reaccionar. ¿Cesar lo habrá sobornado?
—¿Qué dijiste?
—Lo que escuchaste.
—¿Te golpeaste la cabeza?
—No cabezahueca.
—¿Tienes fiebre?
—Hamlet...
—Siempre desconfiaste de los alfas a pesar de ser uno. Ya ves por lo que ha pasado mamá.
—No de todos. Y puede que no sea tu caso.
—Hace una semana ni siquiera conocías a César.
Dante asintió.
—Y en dos días hizo más por ti y por mamá que muchas personas en años.
Hamlet bajó la mirada.
—Eso no significa nada. Solo se preocupa por su empleado. Aunque no lo creas soy una ficha importante en el canal. Además es un conquistador. Está acostumbrado a ayudar a cualquiera que lo necesite.
—¿Seguro es solo por eso?
—Puede sentir lástima.
—No lo creo.
—Puede sentirse responsable porque trabaja conmigo.
—Tampoco creo que sea solo eso, maldito idiota.
—Mejor cállate y dejame en paz...
—Hamlet.
— Regreso a mi cama...
Dante lo interrumpió con calma.
—Ese hombre durmió dos noches en un sofá que casi le rompe la espalda. Te dará una semana sin haberlo consultado con nadie más. Movió gente para conseguir un médico. Organizó tu medicación. Preparó tu comida. No dejó que estuvieras solo ni un minuto. Y jamás intentó aprovecharse de ti.
Hamlet lo miró con angustia.
Cada palabra pesaba más que la anterior.
— Él es así...
—Eso no lo hace cualquiera.
—...
—Mucho menos un alfa dominante, rico, apuesto, chef famoso.
Hamlet tragó saliva.
—No quiero volver a equivocarme. Si dejo de tomar los supresores...
La voz apenas le salió.
Dante lo miró con una mezcla de tristeza y cariño.
—Lo sé. Pero lo que pasó aquella vez no fue tu culpa. Mereces ser feliz.
—Tengo miedo de que se arrepienta cuando se entere de mi pasado o me deseche cuando ya no me necesite. Es un alfa al que no le hace falta nada...
Aquellas palabras salieron casi en un susurro.
—¿Miedo? Bueno... Algo le falta y creo que le faltas tú. Pero entiendo lo que dices. Nosotros los alfas nos guiamos del deseo y las feromonas. Aunque él no cayó por tí ni enloqueció. Creo que te cuidó bastante bien. Y se ve alguien decente. No he visto ningún rumor en contra suyo. Es discreto. Y se interesa en ti.
Hamlet se puso rojo.
—Yo se lo que te digo. Me cuesta confiar. Enamorarme no está en mi vocabulario. Y descubrir que todos los cuentos terminan igual sería doloroso.
Dante negó lentamente con la cabeza.
—No todos los hombres son Mariano.
Hamlet cerró los ojos.
Era exactamente esa frase la que llevaba años intentando no escuchar.
Porque si la aceptaba...
También tendría que aceptar que existía la posibilidad de a abrir el corazón por primera vez.
Y eso era mucho más aterrador que cualquier celo.
Desde la cocina, Luca observó a los dos hermanos en silencio.
Sonrió apenas. Porque desde que Hamlet había regresado a Italia, el muro que había construido alrededor de su corazón había comenzado a agrietarse.
Y, curiosamente, no había sido por insistencia.
Ni por promesas.
Había sido por algo mucho más simple.
Un alfa que decidió quedarse... cuando podía haberse marchado.