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El Asistente Del Valle Del Fuego

El Asistente Del Valle Del Fuego

Status: Terminada
Genre:Viaje En El Tiempo / Doctor / Aventura / Completas
Popularitas:207
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.

En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.

Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent

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CAPÍTULO 10: EL PLAN

El día cincuenta y uno amaneció sin lluvia, con un sol pálido que apenas calentaba el aire, y la certeza pesada en todos nuestros pechos de que quedaban solo cuatro días antes de que vencieran los diez que Vor nos había dado. Habíamos vuelto de la meseta alta con las hierbas medicinales la tarde anterior, y aunque el beso de Lira seguía latiendo en mis labios como un secreto dulce y cálido, no podía olvidar los números que daban vueltas en mi cabeza sin parar: siete contra treinta. Siete, contando a una niña de siete años y a un viejo con un solo ojo que apenas podía caminar sin su bastón. Siete contra hombres que habían matado toda su vida, que no conocían la piedad, que se comían a sus enemigos para robarles la fuerza.

Si salíamos al claro a pelear igual que ellos, lanza contra lanza, músculo contra músculo, perderíamos antes del mediodía. No había forma de ganar con fuerza. Pero nadie había dicho que tuviéramos que jugar con sus reglas.

Esa mañana, después de desayunar un poco de carne seca y agua fría, me paré en medio del círculo del clan, con todos mirándome, y dibujé en la tierra húmeda con un palo el contorno del claro, la cueva, el río y los tres senderos que bajaban del bosque norte. Kael se agachó a mi lado, frunciendo el ceño, Rian cruzaba los brazos impaciente, Mara tenía a Nia agarrada de la mano, Lira me miraba con esa confianza ciega que ella tenía en mí desde que salvé a su hermana, Turi ya tenía el cuchillo en la mano listo para empezar lo que fuera, y Gorn asentía despacio, como si ya supiera lo que iba a decir.

—Si peleamos como ellos, morimos todos —empecé, sin dar vueltas, sin adornos—. Ellos son más, más fuertes, más entrenados para matar. Pero nosotros tenemos dos cosas que ellos no tienen: conocemos cada palo, cada piedra, cada agujero de este valle. Y yo sé cómo piensan las batallas que no se ganan con los puños. No vamos a salir a buscarlos. Vamos a hacer que ellos tengan que venir a nosotros. Y cuando vengan, cada paso que den dentro de nuestro claro les va a costar sangre.

Les expliqué el plan, despacio, dibujando cada cosa en la tierra para que lo vieran claro. No eran inventos de magia, ni cosas imposibles de mi mundo de coches y hospitales. Eran ideas sencillas, que cualquiera podía hacer con madera, piedra y cuerda, sacadas de todos esos documentales de historia y supervivencia que veía de madrugada en Seúl cuando no podía dormir por los exámenes. Cosas que los hombres ya habían inventado hacía miles de años, justo en épocas como esta, cuando unos pocos tenían que defender su casa de muchos más.

Primero, el muro. Cortaríamos cientos de estacas de roble, del grosor de un brazo, de dos metros de largo, afiladas por una punta como lanzas enormes. Las clavaríamos en la tierra formando una media luna alrededor del claro, inclinadas hacia afuera, tan juntas que no cupiera ni un gato entre ellas, tan hondas que no pudieran arrancarlas de un tirón. Tendrían tres aberturas pequeñas, solo lo suficiente para que saliéramos nosotros si hacía falta, pero fáciles de cerrar de golpe con cuerdas y troncos si los enemigos se acercaban demasiado.

Segundo, las trincheras. Cavaríamos tres fosas largas y profundas, del alto de un hombre, justo delante del muro, en los lugares por donde seguro pasarían. Las cubriríamos con ramas delgadas, hojas y una capa fina de tierra, para que parecieran suelo normal. En el fondo clavaríamos estacas más pequeñas, afiladas hacia arriba. Quien pisara ahí caería, se clavarían en las piernas o la espalda, y ya no podrían seguir peleando. No importaba si eran fuertes: caído en un agujero con palos atravesándote, el guerrero más duro del mundo era tan inofensivo como un conejo atrapado.

Tercero, el fuego. Recogeríamos toda la resina de pino que pudiéramos encontrar, esa sustancia pegajosa y amarilla que ardía aunque estuviera mojada. Empaparíamos en ella trozos de piel y trapos viejos, los ataríamos a las puntas de las lanzas más gruesas. Cuando vinieran, las prenderíamos y las lanzaríamos a las filas de adelante. El fuego no mataba a todos, pero desordenaba, asustaba, hacía que los hombres cegados por el humo se golpearan entre ellos, que olvidaran sus planes y corrieran sin rumbo. Los Huesos Rojos podían ser duros, pero nadie es duro contra una llama que se te pega a la ropa y no se apaga con agua.

Cuarto, las señales. Subiríamos a Turi y a Rian por turnos al roble más alto del borde del bosque, desde donde se veía todo el norte. Tendrían tres hogueras pequeñas listas con ramas verdes que hicieran mucho humo: una columna gris significaba que los veían venir de lejos, dos que eran muchos, tres que ya estaban a un minuto del claro y tocaba atacar. Así no nos pillarían por sorpresa. Así sabríamos siempre dónde estaban, incluso antes de que los viéramos nosotros.

Quinto, los lazos grandes. Hacíamos las mismas trampas que para los conejos, pero diez veces más grandes, con cuerdas gruesas hechas de corteza de sauce que no se rompían ni tirando diez hombres. Las colocaríamos en los senderos, camufladas con hojas. Pisaban, se cerraba el nudo alrededor del tobillo, y quedaban colgados boca abajo de una rama, sin poder moverse, sin poder agarrar su lanza, fáciles de inmovilizar sin tener que matarlos si no queríamos.

Y por último, el camino de escape. Gorn conocía una grieta estrecha detrás de la cueva, que subía por entre las rocas hasta salir en un pequeño claro oculto en la ladera sur, por donde nadie pasaba nunca. La despejaríamos, dejaríamos allí agua, carne seca y las hierbas de Lira, por si todo salía mal. Por ahí sacaríamos primero a Nia, luego a los heridos, y los demás iríamos detrás. No había que tener vergüenza de huir si eso significaba vivir para pelear otro día.

Cuando terminé de explicar todo, hubo un silencio largo. Rian fue el primero en hablar, frunciendo el ceño, como si le doliera aceptar que no saldríamos a cortar cabezas de una vez.

—Esto es… esperar escondidos detrás de palos y agujeros —dijo, escupiendo al suelo con desdén—. Nosotros somos cazadores. No cobardes que se esconden como conejos.

—No es esconderse —le respondí, calmado, sabiendo que tenía que ganarlo a él primero para que el plan funcionara—. Es elegir dónde pelear. Es hacer que ellos tengan que correr por nuestro terreno, saltar nuestros agujeros, romper nuestro muro, mientras nosotros estamos arriba, secos, a salvo, lanzándoles fuego y lanzas sin que ellos puedan tocarnos. ¿Prefieres salir ahí, tú solo contra cinco de ellos, matar a dos y que te maten a ti antes de que veas venir el tercero? ¿O prefieres que cada uno de nosotros mate a tres o cuatro sin que ni siquiera puedan acercarse a tocarnos?

Se quedó callado, mirando el dibujo en la tierra, apretando los puños. Luego miró a Kael, que asintió despacio, y finalmente soltó un bufido y agarró su hacha de piedra.

—Está bien —gruñó—. Pero si vienen y el muro no aguanta, yo salgo primero. Y me llevo por delante a todos los que pueda.

Así empezamos. Trabajamos cinco días seguidos, del cincuenta y uno al cincuenta y cinco, desde que salía el sol hasta que no se veía la mano delante de la cara por la noche. Nadie se quejó. Nadie se cansó antes de tiempo. Cada uno encontró su lugar, lo que mejor sabía hacer, y lo hizo con una rabia y una dedicación que nunca había visto en nadie.

Kael cortaba los troncos más gruesos para el muro, con su fuerza de gigante, derribando robles enteros con solo unos golpes de hacha. Rian cavaba las trincheras, sacando tierra a puñados, más rápido que cualquier otro, afilando las estacas del fondo hasta que cortaban el pelo con solo rozarlas. Mara organizaba a todos: preparaba la comida para que no perdiéramos tiempo cocinando, remendaba las túnicas rotas, preparaba cientos de vendajes con tiras de piel limpia, revisaba que Nia no se acercara demasiado a las estacas afiladas. Turi hacía los nudos de las trampas de lazo, tan perfectos y apretados que ni siquiera yo sabía deshacerlos sin cortar la cuerda, y trepaba al roble alto cada hora para mirar hacia el norte. Gorn nos guiaba para colocar las trampas justo en los lugares por donde los animales siempre pasaban —y por donde los hombres, acostumbrados a seguir caminos fáciles, pasarían también— y nos enseñó a hacer la resina de pino más pegajosa, mezclándola con grasa de ciervo para que ardiera más tiempo y más caliente. Lira y yo preparábamos todas las hierbas medicinales, las secábamos, las mezclábamos en las proporciones justas, las guardábamos en bolsas de piel listas para usar en cualquier herida, y por las noches, cuando todos dormían, nos sentábamos un rato cerca del fuego, sin hablar mucho, solo apretándonos la mano, prometiéndonos en silencio que los dos saldríamos vivos de esto.

Incluso Nia tenía su trabajo. Llevaba agua fresca a los que trabajaban, recogía ramas secas para las señales de humo, y contaba en voz alta las estacas que íbamos clavando, repitiendo los números que yo le había enseñado, orgullosa de ser útil, de no ser solo la niña pequeña que había que proteger.

El tercer día, Rian vino a buscarme donde yo estaba ajustando una de las trampas de lazo grande. Se rascó la nuca, incómodo, como si le costara mucho hablar, y me dijo:

—La trinchera de la izquierda… la hice más profunda. Y puse más estacas. Por ahí creo que vendrán más. Es el camino más fácil.

Me quedé mirándolo, sorprendido. No era una disculpa por haber dudado del plan. Era su forma de decirme que ya creía. Que estaba dentro.

—Bien —le dije, sonriendo—. Allí será donde les duela más.

El último día, el cincuenta y cinco, cuando el sol ya se estaba ocultando tiñendo todo el cielo de rojo sangre, terminamos. Nos paramos todos delante del muro terminado, mirando lo que habíamos hecho en cinco días. Las estacas de roble brillaban húmedas por el rocío de la tarde, afiladas como navajas. Las tres trincheras estaban perfectamente camufladas, invisibles a menos que supieras dónde mirar. Las lanzas de fuego estaban todas alineadas cerca de la entrada de la cueva, listas para prender. Las señales de humo estaban listas en el árbol alto. El camino de escape estaba despejado y aprovisionado. Las trampas de lazo esperaban cerradas en los senderos.

No éramos los mismos siete que habían escuchado el ultimátum de Vor diez días atrás. No éramos siete ratones asustados esperando que vinieran a comernos. Éramos siete que habían convertido su casa en una trampa enorme. Éramos siete que sabían exactamente qué hacer cuando los Huesos Rojos cruzaran el río.

Kael pasó por delante de todos, mirando cada defensa, tocando las estacas, revisando las cuerdas. Cuando terminó, se paró frente a nosotros, con la luz roja del atardecer iluminándole la cara dura, y habló con esa voz grave que hacía callar hasta al viento.

—Mañana vendrán —dijo, simple, sin miedo—. O pasado. Pero vendrán. Cuando lo hagan, no duden. No tengan piedad. Ellos no la tendrán con ninguno de nosotros. Defiendan lo que es nuestro. Defiendan a su familia.

Todos asintieron, en silencio, cada uno apretando su arma con más fuerza. Yo miré a Lira, que estaba a mi lado, y ella me apretó la mano sin que nadie lo viera. Miré a Rian, que me dedicó un gesto corto de cabeza, como diciendo listo. Miré a Nia, que dormitaba ya en brazos de Mara, a salvo por ahora. Miré hacia el bosque norte, oscuro ya, silencioso, pero que yo sabía lleno de hombres que venían a matarnos.

No quedaba nada más que hacer. Solo esperar.

Esa noche nadie durmió mucho. Nos turnamos para vigilar, dos por vez, con las lanzas listas, los oídos atentos a cualquier crujido de ramas que no fuera el viento. Yo estaba sentado en la parte más alta del muro, mirando la oscuridad, cuando Gorn se acercó despacio con su bastón y se sentó a mi lado. Me miró con su único ojo bueno, y sonrió esa sonrisa suya de quien sabe cosas que los demás todavía no.

—Lo hiciste bien, muchacho —me dijo, bajo, para no despertar a los demás—. Hace veinte años, cuando yo era joven y Kael acababa de llegar del río, también vinieron otros a querer quitarnos el valle. Fuimos siete también. Perdimos a dos. Pero ganamos. Porque no peleamos como ellos. Peleamos como tú has dicho: con la cabeza primero, y con el brazo después.

Me quedé callado, mirando las estrellas. Buscamos las siete pequeñas de la Familia Elegida, la que Lira me había enseñado en la montaña. Estaban ahí, brillando débiles pero firmes, justo encima de nuestra cueva.

—¿Crees que ganaremos esta vez? —le pregunté, sin mirarlo, en un susurro.

Gorn se levantó despacio, apoyándose en su bastón, y me dio una palmada suave en el hombro antes de volver hacia adentro.

—Ya hemos ganado, muchacho —dijo, y su voz sonó segura, como si ya lo hubiera visto—. Viniste del río para esto. Para enseñarnos a no morir. Todo lo demás ya lo sabemos hacer.

Se fue. Me quedé solo ahí, arriba en el muro, con el viento frío en la cara, escuchando la respiración tranquila de todos los que dormían abajo, la gente que había pasado de odiarme a llamarme hermano, a confiarme sus vidas, a dejarme planear su defensa.

Faltaba una noche. Tal vez dos.

Y cuando saliera el sol, ya no habría más planes, ni más dibujos en la tierra, ni más preparativos. Solo quedaría pelear.

Apreté el cuchillo de Mara en el cinturón, toqué los colgantes de Turi contra mi pecho, y miré de nuevo hacia la oscuridad del norte.

Estábamos listos.

Que vinieran.

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