A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 18
Capítulo 18
Problemas en casa
Antes de bajar del auto, dudé.
—Si entramos juntos, se va a ver raro.
Santiago me miró con absoluta seriedad.
—¿Raro cómo?
Su calma me hizo sentir culpable, como si la única persona con pensamientos turbios fuera yo.
—No raro —corregí—. Normal. Perfectamente normal que una mujer recién expuesta como esposa de Diego Alcázar llegue a la empresa familiar con Santiago Alcázar.
—Me alegra que lo entienda.
Lo odié un poco.
Entramos a Dulces Salcedo. Yo no iba seguido al edificio; muchos empleados no me reconocieron de inmediato. A Santiago, en cambio, lo miraron todos. Era difícil no hacerlo. Alto, impecable, con esa presencia de hombre acostumbrado a abrir puertas sin tocar el picaporte.
En el elevador, noté a dos asistentes mirándolo por el reflejo metálico.
—¿Sabe que lo están viendo? —murmuré.
—Estoy acostumbrado.
—Qué humilde.
No respondió.
El elevador se abrió en el piso quince. Mi abuelo, Don Ernesto Salcedo, estaba esperándonos frente a su oficina. Al ver a Santiago, sus cejas se juntaron.
—Abuelo —dije rápido—, necesito explicarte.
Don Ernesto Salcedo no era un hombre alto, pero tenía esa autoridad de quienes construyeron algo desde cero y nunca olvidaron el precio de cada ladrillo. Llevaba camisa blanca, chaleco gris y un rosario discreto en la muñeca, regalo de mi abuela. En su oficina siempre olía a café, madera y azúcar quemada de las pruebas de producción que a veces le subían desde planta.
Al verlo, casi se me quebró la voz.
No por miedo.
Por vergüenza.
Una cosa era enfrentar a Diego. Otra, mirar a la persona que me había enseñado a caminar entre cajas de dulces y decirle que mi vida privada acababa de salpicar su empresa.
Santiago se adelantó apenas.
—Don Ernesto. Santiago Alcázar.
Mi abuelo aceptó el saludo, pero no sonrió.
—Nuestra empresa es pequeña para que el presidente de Grupo Alcázar se moleste en venir.
Eso significaba: no me impresiona tu apellido.
Entramos.
Me senté frente a él y conté todo. Todo de verdad. El matrimonio, el viaje de Diego, la foto de hotel, el accidente, Santiago salvándome, la deuda, Teresa y Camila tirando mis cosas, la trampa del anillo, el video, la recepción, los periódicos. Incluso la acusación contra mi padre en el caso de Clara.
Hubo partes que me costó decir en voz alta. Admitir que Diego me había engañado me ardió menos que admitir que yo no lo vi venir. Contar que Teresa me llamó infiel con una foto sacada de contexto me hizo volver a sentir la humillación en la piel. Y cuando mencioné que Diego creía que mi padre había participado en la desgracia de Clara, mi abuelo dejó de moverse por completo.
Santiago no intervino. Permaneció a un lado, como testigo incómodo y necesario. Eso, curiosamente, me dio fuerza: no completaba mis frases, no suavizaba mis errores, no intentaba quedar como héroe. Solo estaba.
Mi abuelo golpeó la mesa.
—¡Tonterías!
Salté en la silla.
—Abuelo...
—Tu padre adora a tu madre. Jamás haría algo así. Ese muchacho es un idiota si se casó contigo sin investigar.
Sentí que se me aflojaba algo en el pecho.
—Debí contarte antes.
—Sí —dijo sin suavizarlo—. Debiste. Cuando un matrimonio sale mal, se habla con la familia. Tú no eres una niña sola en el mundo.
Bajé la cabeza.
—Creí que podía resolverlo.
—Los hijos siempre creen que pueden resolver incendios con vasos de agua.
Luego miró a Santiago.
—Y también deben aprender a no confiar en el primer hombre que aparece con traje caro.
Me atraganté con mi propia saliva.
—Abuelo, él...
—No he terminado.
Santiago permaneció sentado, recto, inexpresivo. Si le molestaba, no lo mostró.
—Quiero divorciarme —dije—. Diego no quiere firmar. No sé qué busca.
Mi abuelo presionó el intercomunicador.
—Que suba Julián. Y Paula también.
Julián era mi tío, el hermano menor de mi padre. Paula, su esposa, llevaba años trabajando en la empresa. Si mi divorcio podía tocar acciones, reputación o contratos, ellos debían saberlo.
Entraron juntos.
Mi tío sonrió al verme.
—Mira nada más, Valeria volvió con invitado famoso.
—Tío, por favor. No estoy de humor.
Santiago se levantó.
—Santiago Alcázar.
Julián le estrechó la mano, divertido.
—Un gusto. Aunque si viene a ser novio de mi sobrina, le advierto que sale cara.
—¡Tío!
Por primera vez, Santiago pareció contener una sonrisa.
Paula no sonrió.
Se sentó con las piernas cruzadas, fría como una factura vencida.
—Entonces los periódicos no mentían del todo —dijo—. Te casaste con un Alcázar, te fotografiaron con otro y ahora vienes a decir que no pasa nada.
La vergüenza me subió a la cara.
—No lo engañé. Diego me engañó a mí.
—Eso dirás tú.
Julián frunció el ceño.
—Paula.
—No. Ya basta de tratarla como niña indefensa. La empresa también carga con el apellido Salcedo. ¿Sabes cuántas llamadas recibí esta mañana? ¿Cuántos clientes preguntaron si nuestra familia está metida en un escándalo de amantes y herencias?
Paula hablaba de clientes, pero sus ojos hablaban de otra cosa. Viejos agravios, cenas familiares donde creyó recibir menos atención, balances de afecto imposibles de comprobar. En México, las familias podían sentarse juntas los domingos, rezar antes de comer y aun así guardar cuentas secretas durante décadas.
Yo había sido parte de esas cuentas sin saberlo.
—Lo siento —dije—. Voy a arreglarlo.
—Eso dices porque nunca has tenido que arreglar nada sola —respondió Paula.
La frase me encontró un lugar blando. Quise defenderme, enumerar trabajos, noches sin dormir, entrevistas perseguidas bajo la lluvia. Pero para Paula nada de eso contaba. En su cabeza yo seguía siendo la nieta consentida que podía elegir una carrera divertida porque otros sostenían el apellido.
Mi tío Julián se pasó una mano por la cara.
—No es momento.
—Nunca es momento cuando se trata de ella.
Miré a mi abuelo. Su expresión se había cerrado. Santiago, a mi lado, seguía inmóvil, pero sentí su atención como una pared. No iba a intervenir a menos que yo cayera. Esa contención me sostuvo más de lo que habría querido admitir.
—¿Cómo arreglaste casarte sin pensar? ¿Cómo arreglaste salir en medios con otro hombre?
Santiago se tensó a mi lado.
Le toqué apenas la manga, pidiéndole silencio.
Paula siguió:
—Tus padres viven viajando, tú cobras dividendos, haces tu vida en medios y cuando todo explota volvemos nosotros a poner la cara. ¿Cuándo vas a dejar de exigir que esta familia pague tus caprichos?
Cada palabra dolía más porque venía de alguien de casa.
Yo quise pedir perdón otra vez, pero algo en la mirada de mi abuelo me detuvo. Había disculpas que solo alimentaban a quien quería seguir golpeando.
Santiago también lo notó. No dijo nada, pero su presencia cambió la temperatura del cuarto. Paula podía insultarme como sobrina, pero no podía olvidar que había un Alcázar escuchando cada palabra. Eso la enfurecía más, porque la obligaba a medir una rabia que quería soltar completa.
Mi tío Julián, que casi siempre resolvía los conflictos con bromas, ya no encontraba ninguna. Se veía cansado. Por primera vez pensé que quizá su ligereza había sido otra forma de cobardía: dejar que las mujeres de la familia cargaran resentimientos mientras él sonreía para no hacerse responsable.
El despacho de mi abuelo, con sus fotos familiares y diplomas de empresa, se sintió de pronto demasiado pequeño para tantos años de cosas no dichas.
Miré una foto vieja en la pared: todos nosotros en una posada de la fábrica, con gorros navideños, cajas de dulces y sonrisas que parecían sencillas. Paula aparecía detrás de mí, una mano sobre mi hombro. No recordaba si ese día ya me resentía o si el resentimiento vino después, gota por gota. La familia no se rompía de golpe; se astillaba mientras todos seguíamos posando para la foto.
Quise decirle que yo nunca había querido quitarle nada a Mateo. Que si alguna vez recibí más cariño, no fue una decisión mía. Pero sabía que esa defensa no serviría. Paula no discutía contra mis actos; discutía contra mi existencia dentro del reparto familiar.
Y contra eso no había argumento limpio, solo límites.
Límites que yo todavía estaba aprendiendo a poner sin pedir perdón por ocupar espacio.
Aunque me temblara la voz por dentro.
Y aunque nadie quisiera notarlo.
Ni admitirlo jamás.
Mi abuelo tomó un vaso y lo estrelló contra el escritorio.
El ruido calló la sala.
—Paula —dijo con una voz que no le había oído en años—, si no quieres trabajar en Dulces Salcedo, puedes quedarte en casa cobrando tus dividendos. Nadie te obliga.
Paula palideció.
—Papá...
—No soy tu papá. Soy tu suegro y soy el dueño de esta empresa.
Julián bajó la mirada.
Mi abuelo se puso de pie, lento pero firme.
—Mi hijo mayor puede viajar si quiere. Mi hijo menor puede trabajar si quiere. Sus esposas pueden opinar, pero no decidir a quién protege esta familia.
Me miró.
—Valeria se equivocó al callar. Eso se corrige.
Luego miró a todos.
—Pero Dulces Salcedo no es de ustedes para repartir culpas. Dulces Salcedo es mío.