Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
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La distancia falla
El aire en la oficina estaba tan cargado de estática que juraría haber visto chispas entre nosotros antes de que nuestras bocas colisionaran. Damien y yo éramos dos desastres naturales esperando el momento exacto para destruirnos. Nuestro matrimonio por contrato era un tablero de ajedrez donde cada movimiento era un insulto y cada mirada un desafío al ego del otro.
Pero este beso... este maldito beso no estaba en las cláusulas.
—Cállate de una vez, Rachell —gruñó él contra mis labios, rompiendo el contacto apenas un milímetro, con su respiración golpeando mi cara como un vendaval.
—Oblígame, idiota —respondí, y ni siquiera terminé la frase cuando su mano se cerró alrededor de mi nuca, tirando de mi cabeza hacia atrás con una fuerza que me hizo soltar un jadeo de pura anticipación.
Damien no besaba; él conquistaba. Su lengua invadió mi boca con la misma arrogancia con la que cerraba tratos multimillonarios. Era una guerra de poder donde mis dientes chocaban con los suyos y mis uñas se clavaban en sus hombros, traspasando la tela de su traje italiano de tres mil dólares. El sabor de su boca era una mezcla de café amargo y el whisky que siempre guardaba en su escritorio, y me supo a la victoria más dulce que jamás hubiera probado.
—Llevas meses provocándome, jugando a ser la esposa de hielo —masculló él, bajando sus labios a mi cuello, mordiendo la piel justo encima de mi clavícula—. No tienes idea de las ganas que tengo de ver cómo te quiebras debajo de mí.
—No te hagas ilusiones, Damien —jadeé, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis glúteos con una posesividad que me hizo vibrar—. Esto es solo para que cierres la boca.
—Mentirosa —dijo, y con un movimiento brusco, despejó su escritorio de roble. Los papeles, mi laptop y los informes de ventas volaron al suelo en un estrépito que solo alimentó mi adrenalina.
Me sentó sobre la madera fría y se posicionó entre mis piernas, abriéndolas de par en par. La visión de Damien desabrochándose la corbata con esa calma depredadora me revolvió las entrañas. Se quitó el saco y lo tiró sin mirar, mientras sus ojos, oscuros como el petróleo, no dejaban de desvestirme.
—Mírate —dijo, su voz bajando a un tono peligroso—. Estás temblando. ¿Dónde quedó la gran Rachell, la mujer que no necesita a nadie?
—Sigue aquí, observando cómo intentas desesperadamente hacerme suplicar —lo provoqué, aunque mi respiración era un desastre entrecortado.
Él soltó una risa seca y se abalanzó sobre mis pechos, desgarrando los botones de mi blusa de seda. El aire frío de la oficina golpeó mi piel, pero el calor de su boca lo borró todo. Damien me reclamó con una ferocidad animal; sus labios succionaban mis pezones, sus dientes mordisqueaban con la presión exacta para hacerme arquear la espalda y clavar mis dedos en su cabello oscuro.
—Joder, hueles tan bien —gruñó, bajando sus manos a mi falda de tubo, subiéndola hasta que no quedó nada más que encaje entre él y yo—. Estás empapada, Rachell. Estás hirviendo por tu querido esposo.
—¡Cállate la puta boca! —le grité, la frustración y el deseo convirtiéndose en un nudo insoportable en mi vientre.
No esperó. Se deshizo de su cinturón y sus pantalones con una urgencia que delataba que su autocontrol también estaba hecho cenizas. Cuando lo vi, rígido y palpitante, sentí un tirón de lujuria que me hizo jadear. Sin preámbulos, Damien me tomó de los muslos, elevándome un poco, y se hundió en mí de un solo golpe, profundo y violento.
Un grito agudo escapó de mi garganta, un sonido que él devoró con otro beso salvaje. Me llenaba por completo, una invasión que reclamaba cada centímetro de mi interior. Damien empezó a moverse con un ritmo brutal, rítmico, sus caderas golpeando contra las mías con una fuerza que hacía que el escritorio vibrara bajo mi espalda.
—¡Dime de quién eres, Rachell! —ordenó, aumentando la velocidad, sus ojos clavados en los míos con una intensidad que me quemaba—. ¡Dilo!
—¡Mia! soy solo mía, Damien! —eso solo provoco que se hundiera más fuerte dentro de mi y grité, perdida en el morbo de la entrega, en el placer crudo de sus embestidas que golpeaban mi cuello uterino con una precisión devastadora.
El sexo era una batalla de egos. Él me dominaba con su fuerza, y yo lo poseía con mi entrega, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura para atraerlo más profundo, para sentir cada vena, cada pulso de su miembro dilatándome. El placer era tan nítido que rozaba el dolor, una agonía deliciosa que nos hacía sudar y gruñir insultos que en realidad eran promesas de lujuria absoluta.
—No voy a dejarte ir nunca —susurró él en mi oído, mientras sus dedos buscaban mi clítoris, frotándolo con una presión experta que me hizo ver destellos de luz—. Vas a ser mi esposa en todos los sentidos, hasta que no puedas recordar cómo era la vida antes de este momento.
La velocidad aumentó. El sonido de nuestra carne chocando era lo único que se escuchaba en la oficina silenciosa. Sentí que el clímax se acumulaba en la base de mi columna, una ola de lava a punto de estallar. Mis músculos vaginales se contrajeron violentamente alrededor de él, y Damien soltó un rugido ronco, acelerando hasta que sus movimientos se volvieron frenéticos.
—¡Córrete conmigo, Rachell! —exclamó, y el mundo estalló.
Me corrí con una fuerza que me dejó sin aire, mis uñas dibujando surcos rojos en su espalda mientras el éxtasis me sacudía en espasmos infinitos. Segundos después, sentí cómo Damien se tensaba, su cuerpo volviéndose puro acero sobre el mío, mientras se vaciaba dentro de mí con una descarga de calor abrasador.
Nos quedamos allí, jadeando, con los pechos subiendo y bajando al unísono. Mis piernas aún rodeaban su cintura, y él no se retiró. Me miró, con el cabello desordenado y los ojos todavía nublados por el placer, y por primera vez, no vi al socio comercial, sino al hombre que acababa de adueñarse de mi alma.
—Mañana seguiremos odiándonos —susurró él, rozando mi nariz con la suya, su voz todavía quebrada—. Pero esta noche... esta noche vas a dormir en mi cama.
—No te acostumbres, Damien —respondí, intentando recuperar mi tono egocéntrico, aunque mis labios todavía temblaban.
El me levanto en sus brazos sin complicación y comenzó a caminar hacia su habitación que era la que más cerca estaba sinceramente no me molestaba, no me molestaba nada de esto y yo me quiero mojar más en sus brazos.
—Pero creo que el contrato acaba de recibir una actualización...
Él sonrió, una sonrisa descarada y triunfal, y supe que este era solo el inicio de un incendio que ninguno de los dos quería apagar.