Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 17 ¿Lo eliminamos?
En el penthouse, la alerta llegó en cuestión de horas. Un movimiento bancario inusual de Valentina, una cantidad enorme transferida a una cuenta fantasmal vinculada a Rogelio Mercado. Drago, al ver el nombre, se puso pálido.
—"El Tuerto" Mercado —masculló, mostrándole el informe a Aleska.
—Es el policía que enterró el caso del incendio. Valentina lo está pagando. No está buscando papeles. Está buscando personas.
Aleska, que estaba estudiando los planes de la empresa, levantó la vista. Su mente conectó los puntos al instante.
—Un testigo —dijo, con certeza.
—Tiene que ser. Alguien que pueda hablar. Es más peligroso que un documento. Un documento se puede negar. Un testigo, no.
—Exactamente —asintió Drago, su rostro era una máscara de furia concentrada.
—Y si ha llegado a Mercado, está a un paso de encontrarlo. Tenemos que movernos. Ya.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Aleska, no con miedo, sino con la frialdad táctica que ya era su segunda naturaleza.
—¿Lo eliminamos?
Drago la miró. Era la pregunta lógica, la del mundo del que él venía. Pero vio la determinación en sus ojos, no el horror. Y en lugar de dar una orden, hizo algo distinto. Le pasó el poder.
—No. La eliminación es lo que Valentina espera. Es lo que haría el viejo Dmitri. Pero tú y yo somos más que eso ahora. ¿Qué harías tú, Aleska? Tú que ves el tablero con ojos nuevos.
Ella no lo decepcionó. Se levantó y fue al mapa digital de la ciudad que tenían en la pared.
—Valentina pagó la mitad. Eso significa que el trato no está cerrado. Mercado tiene que producir el testigo para cobrar el resto. —Señaló la región sur del mapa.
—Dijiste que el pirómano, "El Fósforo", está escondido en el sur. Mercado no se va a arriesgar a moverlo. Va a ir él. Para verificar, para grabar una declaración, para sacar el encendedor. Tenemos que llegar primero.
—¿Y hacemos qué? ¿Le ofrecemos más dinero? —preguntó Drago, cruzando los brazos, evaluando su lógica.
—No —negó Aleska, con un brillo peligroso en los ojos.
—Le ofrecemos lo que más quiere un hombre como él: una salida limpia y una pensión dorada, lejos de aquí, a cambio de entregarnos a Valentina. Le damos una historia mejor. En lugar de ser el policía corrupto que ayuda a una mujer despechada, será el héroe que ayudó a Drago Krutoy a desenmascarar a su exesposa, que intentaba extorsionarlo con testigos falsos. Le pagamos el doble, pero la historia es nuestra.
Drago la observó, y una admiración feroz iluminó su rostro. Era un plan audaz, limpio en apariencia, y que convertía la debilidad en fortaleza.
—Tienes que ir tú —dijo, sorprendiéndola.
—Si voy yo, será una amenaza. Mercado se pondrá a la defensiva. Tú… tú eres la joven esposa, elegante, inofensiva. Puedes acercarte con la oferta. Yo estaré a una llamada de distancia, con los recursos para respaldar tu palabra.
Era la misión más peligrosa que le había encargado. Iba a enfrentarse sola a un policía corrupto y posiblemente a un pirómano. Pero Aleska no vaciló. Era la jugada final. La que limpiaría el pasado de Drago y atraparía a Valentina en su propia trampa.
—Iré —dijo, con una voz que no admitía dudas.
—Dame los detalles de Mercado y el avión. Y prepara el contrato y el dinero. Vamos a darle a Valentina el testimonio que merece… uno que la entierre a ella.
Mientras Aleska se preparaba, Drago la observaba desde la puerta. Esta mujer, que había llegado a su vida como un peón sangrante, ahora manejaba las piezas maestras de su destino.
Valentina, en su desesperación por separarlos, por hacer dudar a Drago, había cometido el error de subestimar a Aleska una vez más. Y ese error, Drago lo sabía, les costaría todo.
La caza había terminado. Ahora comenzaba la emboscada.
La noche antes de que Aleska partiera al sur, el penthouse estaba cargado de una electricidad distinta. No era la tensión habitual de la estrategia, sino algo más denso, más personal.
Los planes estaban hechos. El jet privado esperaba. Los contratos y el dinero estaban listos. Sofia había venido y se había ido, después de repasar con Aleska cada posible escenario, cada tono de voz para usar con Mercado.
Ahora estaban solos. Drago en la terraza, mirando las luces que parpadeaban como nervios en la ciudad. Aleska terminaba de empacar un pequeño bolso de mano nada llamativo, solo lo esencial. La ropa era sencilla, pero la determinación en su rostro era más brillante que cualquier joya.
—¿Estás segura de que no quieres que vaya contigo? —preguntó Drago, sin volverse. No era la primera vez que lo preguntaba, pero esta vez la pregunta sonó diferente. No era el jefe verificando un plan. Era un hombre preocupado.
—Estoy segura —respondió Aleska, acercándose a la puerta de la terraza.
—Tu presencia lo envenena todo. Yo soy la oferta de paz, la salida elegante. Tú eres la amenaza que viene después si dicen que no. Esa es la jugada.
Él asintió, finalmente girándose para mirarla. La luz de la luna la bañaba, haciendo que su piel pareciera de porcelana y sus ojos, dos pozos oscuros llenos de una calma inquebrantable. La vio, no como el proyecto terminado, sino como la mujer que había emergido: fuerte, inteligente, mortalmente elegante y suya de una manera que nada legal ni financiero podía definir.
—Antes, cuando te confesé lo del incendio… —comenzó Drago, su voz más ronca de lo usual—, dijiste que necesitabas tiempo. Y cocinaste. Y pensaste. Y decidiste quedarte. Pero nunca preguntaste… qué pasó después para mí.
Aleska se quedó quieta. Era verdad. Se había centrado en el hecho, en las consecuencias estratégicas. No en el dolor del niño que se convirtió en monstruo.
—¿Qué pasó después, Drago?
—Después —dijo él, acercándose un paso, el espacio entre ellos reduciéndose a menos de un metro—, pasé veinte años construyendo un muro a mi alrededor. Ladrillo por ladrillo. Dinero, poder, miedo, respeto. Valentina fue un adorno en ese muro. Clarissa, una extensión de mi ego. Pero nadie… nadie jamás se paró al otro lado y no solo no le tuvo miedo al monstruo, sino que le enseñó a ser algo más. —Su mirada la recorrió, voraz.
—Hasta que te rescaté de ese almacén. Y en lugar de ser un ladrillo más, te convertiste en la llave maestra de todo el maldito castillo. Y en la única persona que me ha hecho sentir… expuesto. Y vivo.