Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 18.
El Mustang rugía por la carretera secundaria, alejándose de los rascacielos de cristal y del veneno de Dorian. Aidan manejaba con una mano apretando el volante y la otra entrelazada con la mía, tan fuerte que sentía sus nudillos heridos pulsar contra mi palma. No hablábamos. No hacía falta. El silencio dentro del coche estaba cargado de una adrenalina que poco a poco se iba transformando en algo más profundo, algo que quemaba.
Llegamos a una pequeña cabaña de madera escondida cerca de un acantilado, un lugar que Aidan usaba cuando necesitaba desaparecer del mundo. No había lujos, solo el sonido del mar rompiendo contra las rocas y el olor a salitre.
—Aquí no nos va a encontrar ni Dios, Iris —dijo él, apagando el motor.
Bajamos y, por primera vez en días, sentí que podía respirar. Pasamos la tarde juntos, lejos de los contratos y las cámaras. Me enseñó a encender una chimenea de piedra, sus manos guiando las mías sobre la leña seca. Cocinamos algo simple, riéndonos cuando se me quemó la tostada y él me la quitó de las manos para darle un mordisco, mirándome con esos ojos oscuros que ahora solo tenían promesas.
—Eres un desastre en la cocina, Colman —se burló, atrapándome por la cintura mientras yo intentaba lavarme las manos.
—Y tú eres un bruto, Lennox —le respondí, pero me pegué a su pecho, buscando su calor.
Pasamos horas hablando de cosas que nunca nos habíamos dicho. Me confesó que guardaba cada nota que yo le mandaba en la escuela, incluso las que decían que lo odiaba. Yo le confesé que, aunque me dolía que me llamara "bola", siempre buscaba su mirada en los pasillos. Fue un día de tregua, de besos lentos bajo la luz del atardecer y de manos que se exploraban sin prisa, como si estuviéramos tratando de recuperar cada segundo perdido en esos tres años de ausencia.
Mientras tanto, en la mansión de la ciudad, el ambiente era el de un velorio antes de la tragedia.
Dorian estaba de pie frente al gran ventanal de la biblioteca, con un vaso de whisky en la mano que no dejaba de temblar ligeramente. Sus hermanos mayores, Alejandro y el imponente Dorian (el mayor de todos, el patriarca en ausencia del padre), estaban sentados frente a él, junto con el padre de los Lennox, Maximilian.
—Es una locura, Dorian —soltó Maximilian, golpeando la mesa de roble con el puño—. ¡Se odiaban! ¡Desde que eran unos mocosos no hacían más que tirarse piedras y decirse barbaridades! ¿Cómo me vas a decir que ahora Aidan la tiene escondida en algún lugar del acantilado?
Dorian no se giró. Su voz sonó como si viniera de ultratumba.
—El odio es solo amor con un disfraz muy feo, padre. Lo supe desde que los vi en el bosque de la finca. Aidan no la odia; está enfermo por ella. Y ella... ella lo mira como si fuera su único oxígeno.
—"Del odio al amor hay un solo paso", dicen por ahí —intervino Alejandro, cruzándose de brazos con una mueca de preocupación—. Pero este paso es un salto al vacío para los negocios. Si Aidan se queda con la hija de los Colman de esta manera, rompiendo el acuerdo de Dorian, vamos a tener una guerra legal con Rodolfo Colman que no podemos costear.
Maximilian se levantó, caminando de un lado a otro. Sus ojos, iguales a los de sus hijos, destellaban autoridad.
—¿Hasta dónde pudo llegar ese odio para convertirse en esto? —se preguntó el padre, casi para sí mismo—. Aidan siempre fue el rebelde, el que rompía los juguetes, el que se metía en peleas... pero esto es diferente. Está desafiando la estructura de la familia por una mujer. Dorian, tú tenías el control. ¿Cómo permitiste que se te escapara de las manos?
Dorian se giró por fin, y su rostro estaba demacrado, con ojeras profundas que su traje caro no podía ocultar.
—No se me escapó, padre. Ella eligió —dijo Dorian, y el veneno en su voz hizo que Alejandro se tensara—. Ella prefiere el barro de Aidan que el oro que yo le ofrecí. Y eso es algo que no voy a perdonar. Me importa una mierda el contrato del puerto ahora. Si Aidan cree que puede llevarse el premio y vivir feliz en su cabaña, está muy equivocado.
—¡Basta! —rugió Maximilian—. No voy a permitir que mis hijos se maten por una Colman. Aidan tiene que volver a la ciudad y la chica tiene que regresar con su padre antes de que esto se vuelva un escándalo nacional.
—Ya es un escándalo, papá —soltó Dorian con una sonrisa macabra—. Aidan bloqueó mi edificio con acero. Humilló a la empresa frente a todos los empleados. Esto ya no es sobre una chica; es sobre quién tiene los h... más grandes en esta casa. Y yo no pienso perder contra el hermano que huele a grasa de motor.
De vuelta en la cabaña, el sol ya se había ocultado y solo quedaba el brillo naranja de las brasas en la chimenea. Estábamos tirados en una alfombra de piel, con el edredón envolviéndonos a los dos. Aidan me acariciaba el pelo, trazando círculos en mi espalda desnuda.
.....iris......
—Mañana van a venir por nosotros, ¿verdad? —susurré, escondiendo la cara en su cuello.
Aidan se tensó, sus músculos de acero endureciéndose bajo mi tacto. Me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo. Sus ojos brillaban con una intensidad salvaje, la misma que me hacía temblar de miedo y de deseo.
—Que vengan, Iris —dijo, y su voz vibró en mi pecho—. Que traigan a todo el ejército de Dorian si quieren. Ya te lo dije una vez y te lo repito ahora: para sacarte de mi lado, van a tener que matarme. Y te aseguro que no va a ser un trabajo fácil.
Me besó con un hambre renovada, una que ya no tenía rastro de odio, sino de una posesión absoluta que me quemaba por dentro. Me sentía protegida y en peligro al mismo tiempo. Sabía que afuera, en la ciudad, los Lennox estaban moviendo sus hilos, conspirando para separarnos, usando a mi propio padre como moneda de cambio.
Pero mientras las manos de Aidan recorrían mis curvas y su boca reclamaba cada rincón de mi piel, el mundo exterior dejó de existir. Ya no era la arquitecta, ni la hija de Rodolfo, ni la "bolita" de la infancia. Era la mujer de Aidan Lennox, la que había cruzado la línea del odio al fuego eterno, y estaba dispuesta a ver el mundo arder con tal de no soltar su mano.
—Prométeme una cosa, Aidan —le pedí, jadeando mientras él bajaba sus besos hacia mi vientre—. Prométeme que, pase lo que pase mañana en la cena con mi padre, no me vas a dejar volver a esa oficina de cristal.
Aidan se detuvo, subió de nuevo hasta quedar sobre mí y me miró con una seriedad que me heló la sangre.
—Iris, después de lo que te voy a hacer esta noche, no vas a querer volver a ningún lado que no sea este —susurró, y volvió a atrapar mis labios en un beso que sabía a victoria y a una guerra que apenas estaba empezando.
Afuera, el viento soplaba con fuerza contra las paredes de madera, pero adentro, el incendio entre nosotros era tan grande que nada podía apagarlo. Estábamos solos contra el imperio de los Lennox, pero en ese momento, con mi cuerpo enredado en el suyo, sentí que teníamos todo el poder del mundo.