La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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XVIII- el peso del trono
Alessio:
Miré hacia abajo. Mis sábanas de seda estaban revueltas, y mi cuerpo, mi propia maldita anatomía, me traicionaba. Mis 34 centímetros estaban rígidos, levantados contra el aire de la madrugada, palpitando con una vida propia que exigía una satisfacción que la mujer que tenía al lado —fuera quien fuera la que me había acostado esa noche— jamás podría darme.
Me levanté de la cama como un resorte, sin importarme el frío, y caminé hacia el ventanal que daba al jardín. La rigidez de mi miembro era un recordatorio constante de que, a pesar de todo el orgullo y todas las mentiras que me contaba frente a mi familia, el animal seguía hambriento.
—Maldita sea... —siseé, apretando los puños contra el cristal helado—. Ni siquiera en mis sueños puedes dejar de ser mía.
El odio hacia ella y hacia mí mismo se mezcló en un cóctel tóxico. Ella estaba allá afuera, follando con un idiota de la fundición, creyéndose libre, mientras yo me quedaba aquí, con los puños sangrando y el cuerpo ardiendo por una posesión que no podía soltar.
(al dia siguiente)
La luz de la mañana se filtraba por los ventanales de la sala de juntas, una luz que, para mi gusto, era demasiado limpia para lo que íbamos a discutir. Me ajusté los gemelos de mi traje oscuro; mi rostro era una máscara impasible de acero, aunque por dentro, los restos del sueño de la madrugada todavía me quemaban como ácido.
Maximiliano presidía la mesa larga de caoba. A su lado, Bianca revisaba unos documentos tácticos, su expresión era de una frialdad matemática. Los representantes de los clanes aliados —hombres cuyos nombres eran sinónimo de miedo en tres continentes— esperaban mi palabra.
—El mercado en la zona norte está saturado —dije, mi voz resonando con una autoridad gélida que hizo que todos se enderezaran—. Las ventas van en exceso, la demanda es voraz, pero estamos operando al límite de nuestra capacidad logística.
Lancé un plano sobre la mesa. No era solo terreno; era el cuello de botella que nos impedía expandirnos.
—Necesitamos más territorio, no solo para ampliar la capacidad de nuestros almacenes de armas y drogas —continué, señalando un sector estratégico en el puerto y las rutas interiores—. Necesitamos un complejo logístico subterráneo que sirva como nodo central para el lavado de dinero a gran escala y la centralización de las rutas de narcotráfico. Sin esto, estamos perdiendo dinero cada minuto que pasa.
—¿Qué hay de los enemigos sueltos? —preguntó un capo del clan rival, con la voz cargada de sospecha—. Se dice que hay filtraciones, que alguien está tocando nuestras rutas.
Bianca soltó una carcajada seca, sin siquiera levantar la vista de su tablet.
—Los enemigos sueltos no son el problema, son el entretenimiento —dijo ella con una sonrisa depredadora—. El problema es que Alessio ha estado distraído. Pero eso ya se terminó.
Sentí el peso de todas las miradas sobre mí. Apreté la mandíbula. Si tan solo supieran que esa "distracción" tenía nombre, apellido y un maldito tatuaje de mordidas en la piel que yo mismo me encargué de marcar en mis pesadillas.
—Mis problemas personales no afectan los números, Bianca —gruñí, mi voz bajando a un tono peligroso—. Lo que sí afecta los números es la falta de blindaje en nuestras nuevas unidades de transporte. Necesitamos blindaje de grado militar para mover la mercancía pesada y los cargamentos de armas sin llamar la atención de las patrullas fronterizas corruptas.
Maximiliano me miró. Sus ojos grises eran dos cuchillos analíticos.
—El terreno es tuyo, Alessio —dijo mi padre—. Pero el éxito de esta expansión requiere una limpieza total de cualquier cabo suelto en la zona. Si hay alguien que cree que puede jugar en nuestro patio, asegúrate de que entienda por qué los Veraldi somos los únicos dueños de este terreno.
Asentí, sintiendo cómo el animal volvía a tomar el control. Las drogas, el lavado de dinero, las armas... todo era un juego de ajedrez, y yo estaba listo para mover las piezas. Pero mientras hablaba de logística y rutas, en mi cabeza solo había una ruta que importaba: el camino que llevaba al maldito departamento donde ese infeliz de la fundición creía que podía mantener a mi mujer bajo su techo.
(30 minutos despues)
La reunión con los otros clanes terminó con apretones de manos que se sentían como sentencias de muerte y promesas de lealtad escritas sobre arena. Me quedé en la cabecera, observando cómo los capos salían de la oficina, hasta que solo quedamos nosotros. La familia.
Miré a mi padre, Maximiliano. Se suponía que estaba retirado, que el trono era mío y que él solo era un consultor desde las sombras. Pero le vale una mierda. Mi viejo no sabe lo que es soltar el mando; respira pólvora y exhala autoridad. Se sienta ahí, con su estructura de dios griego y su corona de plata, y me recuerda con cada gesto que, aunque yo sea el heredero, él sigue siendo el arquitecto de este imperio de sangre. No puede dejarlo; la mafia es su verdadera esposa, y María, mi madre, es la única que logra que no se queme vivo en su propio fuego.
—Bien —dijo Maximiliano, su voz cortando el aire post-reunión—. Ahora que los perros de fuera se han ido, hablemos de negocios reales.
Bianca se acomodó en su silla, cruzando sus largas piernas enfundadas en licra táctica, con esa mirada de acero que heredó de él.
—Tenemos una solicitud prioritaria —anunció Bianca, proyectando un perfil en la pantalla de la oficina—. Malik Al-Fayed.
El nombre resonó en la habitación con el peso del petróleo y la sangre. Al-Fayed no era un cliente cualquiera; era el contacto más lucrativo de los Veraldi en el Medio Oriente, un hombre que manejaba milicias como si fueran piezas de un tablero de ajedrez. Un sociópata con clase, el tipo de aliado que te hace millonario o te manda a una fosa común si te equivocas en un decimal.
—Malik quiere triplicar el pedido —continuó Bianca—. No solo busca más cantidad de armamento pesado y lanzagranadas para sus conflictos en la frontera, sino que exige una pureza del 99% en los cargamentos de heroína sintética que le estamos enviando. Dice que sus hombres necesitan estar "despiertos" y que el flujo actual es insuficiente.
—Triplicar —masculló Maximiliano, entrelazando sus dedos sobre la mesa—. Eso nos obliga a acelerar la adquisición de los nuevos terrenos que discutimos hoy. Malik no es un hombre que sepa esperar, y sus depósitos de criptomonedas ya están listos para ser lavados.
Yo me mantuve en silencio un momento, sintiendo la presión de la responsabilidad sobre mis hombros.
—Si le damos lo que quiere a Al-Fayed, nos convertiremos en sus únicos proveedores —dije, mirando a mi padre—. Pero mover ese volumen de armas y drogas requiere una logística perfecta. Un solo error, un solo cabo suelto en la ruta, y los Veraldi seremos el blanco de todas las agencias internacionales.
—Por eso necesitamos que estés enfocado, Alessio —dijo mi madre, María, entrando en la sala con esa elegancia que siempre lograba calmar el ambiente, aunque sus ojos verde olivo mostraran preocupación—. Al-Fayed es un hombre peligroso porque no tiene nada que perder. Si le fallamos, su respuesta no será diplomática.
—No fallaré —aseguré, aunque por dentro mi mente seguía siendo un campo de batalla.
Hablábamos de millones de dólares, de armas capaces de derribar gobiernos y de toneladas de droga que cruzarían el océano, pero en algún lugar oscuro de mi conciencia, seguía pensando en que esa misma logística que planeábamos para Malik Al-Fayed, podría usarse para borrar del mapa a un cierto trabajador de una fundición sin dejar rastro.
—Yo iré —solté, y mi propia voz sonó extraña en mis oídos, como si viniera de un lugar muy lejano al centro de esta mesa de caoba—. Viajaré personalmente para reunirme con Malik Al-Fayed. Cerraré el trato en sus términos, cara a cara.
Sentí la mirada de Maximiliano clavándose en mi perfil, pesada como el plomo, analizando si mi decisión nacía de la estrategia o de la huida. Bianca, por su parte, arqueó una ceja con esa suficiencia táctica que me daban ganas de borrarle de un bofetón. Ella sabía. Todos en esta habitación sabían que el heredero de los Veraldi no necesitaba cruzar el océano para firmar un manifiesto de carga de armas y heroína. Podíamos hacerlo por canales encriptados desde la comodidad de nuestro búnker.
Pero necesitaba irme. Necesitaba que el rugido de las turbinas del jet privado apagara el eco de los gemidos de Clara en mi cabeza.
«Aléjate, Alessio. Cruza el desierto si hace falta», me repetía en un bucle mental mientras fingía revisar las especificaciones del armamento en la tablet. «Vete antes de que termines quemando esa florería con ella dentro. Vete antes de que le vueles la cabeza a ese infeliz de la fundición y rompas la tregua que tú mismo impusiste».
Porque esa era la verdad que no podía confesarle a mi padre. Cada minuto que pasaba en esta ciudad, sentía el rastro de su perfume de jazmín en cada ráfaga de viento. Mi mente, traicionera y obsesiva, no dejaba de calcular la distancia exacta entre mi oficina y el departamento de Rocco. Sabía que si me quedaba una noche más, terminaría en esa calle, observando las luces encendidas de su ventana, imaginando cómo él la tocaba, cómo ella se arqueaba bajo sus manos... y mis 34 centímetros reaccionaban con una furia dolorosa ante el solo pensamiento de su traición.
—Es una decisión arriesgada, pero necesaria —continué, recuperando el tono de acero—. Al-Fayed es un hombre de gestos. Si el heredero de la familia viaja hasta su territorio para estrecharle la mano, el trato se sellará con una lealtad que no se compra con dinero. Además, quiero supervisar personalmente las rutas de transporte desde el origen. No podemos permitirnos filtraciones en un pedido de esta magnitud.
—Me parece bien —dijo Maximiliano tras un silencio eterno, asintiendo lentamente—. Pero recuerda, Alessio: un Veraldi no viaja para esconderse. Viaja para conquistar. No quiero que lleves fantasmas en el equipaje.
—No habrá fantasmas, papá —mentí, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas—. Solo negocios.
Mentira. Me llevaba el fantasma de su piel roja vino, el fantasma de su risa coqueta que ahora le pertenecía a otro, y el odio visceral que me carcomía las entrañas. Viajar a ver a Malik Al-Fayed era mi última oportunidad de recuperar la cordura, de enterrar a Clara bajo las arenas del desierto y recordar que yo era un depredador, no una víctima de mis propios celos.
—Prepárenlo todo —ordené, levantándome de la silla—. Salgo mañana a primera hora.
Clara:
La campanilla de la entrada tintineó, pero no fue el sonido alegre de siempre. Fue un aviso fúnebre. El aire de la florería se congeló al instante, y antes de levantar la vista de las rosas que estaba podando, el rastro de tabaco caro y peligro ya me había golpeado los pulmones.
Alessio estaba allí, llenando el marco de la puerta con su presencia insultante. Su traje oscuro parecía absorber la luz de mis flores, convirtiendo mi santuario en una celda.
—Está cerrado —dije, mi voz saliendo más fría y afilada de lo que esperaba. No lo miré. Me concentré en las espinas, apretando las tijeras hasta que los nudillos me dolieron.
Él soltó una risa seca, un sonido carente de humor que me erizó el vello de la nuca. Dio un paso hacia adelante, moviéndose con esa elegancia de depredador que tanto detestaba... y que tanto recordaba.
—Vaya, qué bienvenida, Ratoncito —soltó con una ironía punzante—. Veo que el vino no solo se te subió a la cabeza, sino que te tiñó el pelo. Un cambio drástico... ¿Acaso intentas borrar las huellas de alguien a quien no puedes olvidar?
Me tensé. Mi corazón, ese traidor que no entendía de razones ni de odios, empezó a golpear contra mis costillas con una violencia salvaje. Era un galope frenético, un estruendo interno que me mareaba. Con Rocco todo era paz, una marea tranquila; pero con Alessio era un incendio, una taquicardia que me recordaba que seguía viva de la peor manera posible.
—Vete, Alessio —repetí, clavando mis ojos en los suyos. Él me recorrió entera con la mirada, deteniéndose en mi cuello, buscando las marcas que ya no estaban, o quizás imaginando las nuevas.
—Me voy —dijo, dando otro paso que me obligó a retroceder hasta chocar con el mostrador—. Me voy lejos, a cerrar negocios que tú no podrías ni soñar. Pero dime una cosa... ¿el obrero de la fundición sabe que mientras te folla, sigues teniendo el pulso de una fugitiva cuando yo entro en la habitación?
—¡Eres un animal! —le grité, sintiendo que el aire me faltaba. Por dentro, luchaba desesperadamente por sofocar ese sentimiento eléctrico que me recorría. No quería sentir esto. Lo odiaba. Odiaba su arrogancia, su violencia y la forma en que me miraba como si fuera su propiedad privada—. No significas nada para mí. Rocco me da lo que tú nunca pudiste: respeto.
Él se inclinó sobre el mostrador, invadiendo mi espacio, su aliento rozando mi mejilla.
—El respeto no hace que el corazón te estalle en el pecho como lo está haciendo ahora, Clara —susurró, y por un segundo vi un destello de esa posesión enferma en sus ojos verdes—. Disfruta de tu "paz". Veremos cuánto te dura cuando te des cuenta de que el rojo vino solo sirve para ocultar que sigues sangrando por mí.
Se dio la vuelta y salió sin mirar atrás, dejando tras de sí el aroma de su perfume y un silencio que me pesaba como el plomo. Me quedé allí, agarrada al mostrador, tratando de controlar mi respiración. Lo odiaba. Tenía que odiarlo. Pero mientras veía su coche alejarse, mi corazón seguía latiendo a mil por hora, gritándome una verdad que me negaba a aceptar.
Me quedé petrificada, aferrada al borde del mostrador con tanta fuerza que la madera se me clavaba en las palmas. Mis pulmones se movían en espasmos, buscando un aire que parecía haberse evaporado junto con el portazo de Alessio. El silencio que dejó tras de sí era ensordecedor, roto solo por el sonido errático de mi propia respiración.
Y entonces, lo sentí.
Esa traición física, visceral y humillante que mi cuerpo decidía perpetrar contra mi voluntad. Sentí una pulsación profunda, un calor líquido que se extendía entre mis muslos, dejando mi centro húmedo y palpitante. Era una reacción eléctrica, una respuesta animal a su cercanía, a su olor, a la violencia contenida en su voz. Me odié en ese mismo instante. Me odié porque Rocco era la paz, era el hombre que me trataba con una ternura infinita, pero sus caricias casi nunca lograban despertarme este incendio incontrolable. Con Rocco el sexo era un refugio; con Alessio, era una guerra de la que siempre salía derrotada.
—No... no puede ser —susurré, cerrando los ojos con fuerza, mientras dejaba que mi cabeza colgara sobre el mostrador.
¿Qué era este nudo que me apretaba la garganta? ¿Era que lo extrañaba? ¿Extrañaba la forma en que me reclamaba como si el mundo entero no existiera fuera de su alcance? ¿O era que lo amaba a pesar de que cada fibra de mi sentido común me gritaba que huyera? ¿O era un odio tan puro y tan intenso que se confundía con la pasión más oscura?
"Es odio", me mentí a mí misma, apretando los muslos para intentar ignorar esa humedad pecaminosa. "Lo odio por hacerme sentir así, por irrumpir en mi vida y recordarme que todavía tiene las llaves de mi cuerpo".
Pero la verdad era una espina clavada en mi corazón: Alessio se iba lejos, y aunque debería estar celebrando mi libertad, sentía un vacío que me succionaba el alma. Me sentía incompleta, como si al cruzar esa puerta se hubiera llevado una parte de mi oxígeno. El rojo vino de mi cabello, mi nueva vida, el departamento de Rocco... todo parecía de repente una escenografía de cartón piedra frente a la realidad devastadora de su presencia.
Me deslicé por el mostrador hasta quedar sentada en el suelo, rodeada de pétalos caídos, llorando de pura rabia y frustración. Lo odiaba con toda mi alma, pero mi cuerpo seguía gritando su nombre en la oscuridad.
Alessio:
El jet privado cortaba las nubes a una altitud que debería hacerme sentir como el dios que mi padre espera que sea, pero lo único que sentía era un vacío gélido en el pecho. Me serví un whisky puro, el hielo tintineando contra el cristal con un ritmo que me recordaba al de los latidos de Clara cuando la tuve acorralada en la florería hace apenas una hora.
Me recosté en el asiento de cuero, cerrando los ojos, y de repente, una sensación extraña me recorrió el torso. Un aleteo. Un nudo suave y punzante que se revolvía justo debajo de mis costillas.
—¿Qué demonios...? —mascullé, apretando el vaso con fuerza.
Eran mariposas. Esa sensación estúpida y adolescente que los poetas usan para describir el enamoramiento. Solté una carcajada seca y amarga, una que murió en el aire presurizado de la cabina.
—Mariposas de odio —me dije a mí mismo, dejando que el sarcasmo goteara como veneno en mis pensamientos—. Son mariposas de odio puro, Alessio. Solo son los restos de la rabia queriendo salir de tu estómago. Son parásitos que se alimentan de la traición de esa mujer.
Pero el autoengaño no duró ni un segundo. Por mucho que intentara convencerme de que ese aleteo era el deseo de verla sufrir, mis dedos acariciaron inconscientemente el lugar en mi cuello donde ella solía esconder su rostro. No podía sacármela de la cabeza. Su nuevo cabello rojo vino, el flequillo que ocultaba su mirada herida, la forma en que su cuerpo temblaba de deseo mientras su boca me gritaba que me fuera.
Cada vez que el avión vibraba por la turbulencia, mi mente volvía a ella. A mi amada ratoncito.
Apreté el vaso hasta que mis nudillos quedaron blancos. Estaba viajando miles de kilómetros para negociar armas con Malik Al-Fayed, para expandir un imperio de sangre y dinero, pero la verdad era una bala que ya me había atravesado el cráneo: me iba para no matarla, o peor, para no caer de rodillas ante ella y suplicarle que volviera a ser mi prisionera.
—No importa cuánto vuele —susurré, mirando por la ventanilla hacia la oscuridad del océano—. Te llevo grabada en las tripas, Clara. Y esas mariposas... van a terminar devorándome vivo antes de que aterrice.