los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)
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XIX. Il vuoto profondo.
Alessandra:
Eran las tres de la mañana y el silencio de la mansión me resultaba insoportable. No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, el eco de la voz de Giulia —¡me das asco!— retumbaba en mi cráneo como una sentencia de muerte. El pecho me seguía apretando, una presión sorda que no se iba con el paracetamol ni con el whisky. Necesitaba apagar el cerebro. Necesitaba que el dolor físico borrara, aunque fuera por una hora, la agonía emocional que me estaba consumiendo.
Por eso la llamé. Se llamaba Elena, una mujer de ojos oscuros y piel pálida que acababa de llegar de Madrid para trabajar en uno de los clubes exclusivos que mi familia protegía. Era profesional, silenciosa y, sobre todo, no significaba absolutamente nada para mí.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por el balcón. Elena estaba de rodillas sobre mis sábanas de seda, su cuerpo arqueado, esperando. Yo no me quité la ropa; solo me desabotoné el pantalón, manteniendo la camisa negra puesta, como si quisiera proteger lo poco que quedaba de mi integridad.
—Haz que me olvide de mi nombre —mascullé, mi voz todavía afónica y profunda, mientras sacaba de mi cajón un arnés de cuero negro y un juguete de silicona de proporciones generosas.
No hubo ternura. No hubo besos bajo los árboles ni palabras susurradas al oído. Esto era una transacción de fluidos y fricción. Me ajusté el arnés con manos expertas y me posicioné sobre ella. Elena jadeó cuando la tomé por la nuca, forzando su rostro contra la almohada.
—Dime qué quieres, Alessandra... —susurró ella con ese acento que en otro momento me habría parecido sensual, pero que ahora solo era ruido.
—Cállate y aguanta —respondí secamente.
La penetré de un solo movimiento, una estocada brutal que le sacó un grito ahogado. No me importaba su placer, solo me importaba la sensación de poder recuperado, de control sobre un cuerpo que no fuera el mío. Moví mis caderas con una intensidad cruda, rítmica, violenta. El sonido del cuero chocando contra su piel y el roce de la silicona húmeda llenaron la habitación.
Elena se retorcía bajo mi peso, sus uñas clavándose en las sábanas mientras yo aumentaba la velocidad. Usé mis dedos libres para buscar su clítoris con una presión tortuosa, buscando que colapsara, buscando que sus gritos taparan el silencio de mi alma.
—¡Más fuerte! ¡Por favor, más fuerte! —suplicaba ella, arqueando la espalda.
Cumplí su deseo. La embestí con una furia que no tenía nada que ver con la pasión y todo que ver con el odio que sentía hacia mí misma. Cada vez que mis caderas chocaban contra las suyas, imaginaba que estaba golpeando los muros de Via delle Rose, que estaba rompiendo la fragilidad de mi propio corazón. El sudor empezó a empapar mi camisa, mezclándose con el rastro de las lágrimas que se habían secado en mis mejillas horas antes.
Tomé un vibrador de alta potencia y lo presioné contra ella mientras seguía penetrándola sin descanso. El zumbido del motor se mezcló con sus gemidos frenéticos. Elena llegó al orgasmo con una violencia que sacudió todo su cuerpo, sus músculos vaginales apretando el juguete en espasmos rítmicos.
Yo no llegué. No podía. Mi cuerpo estaba ahí, ejecutando la coreografía del sexo, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia. Cuando Elena se desplomó sobre la cama, jadeando y sudorosa, me retiré el arnés y me puse en pie sin mirarla.
—Vístete —dije, dándole la espalda mientras me abotonaba el pantalón—. Valentina te llevará de regreso. Hay un sobre en la mesa con el triple de lo acordado.
—¿Estás bien? —preguntó ella, todavía recuperando el aliento.
—Lárgate —sentencié.
Me quedé sola de nuevo. El sexo no había servido de nada. La habitación seguía oliendo a desolación. Me acerqué al ventanal y miré hacia la oscuridad de Milán. Mis manos seguían temblando. Podía follarme a mil mujeres, podía tener el control de todos los puertos de Italia, pero la verdad seguía grabada en mis pulmones: era un monstruo, y el único ser humano que había logrado ver más allá de mi armadura, ahora me despreciaba.
Encendí un cigarrillo, dejando que el humo llenara mis pulmones heridos, mientras esperaba que el sol del lunes terminara de destruir lo que quedaba de la noche.
Narradora...?:—Bueno, narro yo porque ella no está ni en sus cinco sentidos y además está afónica de tanto cantar como anciana dolida... Sin ofender, pero verla así es como ver un choque de trenes en cámara lenta: espantoso, pero no puedes dejar de mirar.
Soy **Morgana**, la que pone orden cuando el drama se vuelve demasiado denso para respirar. Y créanme, lo de Giulia esta noche no es drama, es una tragedia griega barata con olor a vino de oferta.
Ahí estaba ella, tirada en el suelo del balcón, abrazada a la botella como si fuera el último chaleco salvavidas en el Titanic. El frío de la madrugada le estaba congelando hasta las ideas, pero ella no se movía. Tenía el teléfono a un lado, con la pantalla iluminando su rostro empapado en lágrimas y mocos —sí, la tristeza real no es estética, es pegajosa—, mientras la voz de Mon Laferte sonaba de fondo, destrozándole lo poco que le quedaba de dignidad.
—*“Mi bueeeen amooor... si no quieres regresaaar...”* —intentó cantar Giulia, pero lo que salió fue un graznido lastimero que habría hecho que un gato callejero pidiera asilo político en otra ciudad.
Le dio un trago largo a la botella, haciendo una mueca porque, claro, el vino tinto y la garganta inflamada se llevan tan bien como un Veraldi y un código de ética. Se tambaleó un poco, apoyando la espalda contra la barandilla, mirando el ramo de flores muerto que parecía juzgarla desde las sombras.
—*“¿Por qué vuelves a buscarme una vez más?”* —balbuceó, señalando a la nada con el dedo índice—. ¡Eso! ¡¿Por qué?! ¡Mafiosa de porquería con ojos de gatito de diferente color! ¡Eres una mentirosa, Ale!
Se soltó a llorar otra vez, un llanto hipado, de esos que te dan cuando ya no tienes agua en el cuerpo pero tu cerebro insiste en que sigas sufriendo. Se restregó los ojos con el dorso de la mano, manchándose la cara de rímel corrido hasta parecer un panda con depresión clínica.
—*“Parece fácil para ti... alejarte para luego... exigir que te quiera...”* —continuó, subiendo el volumen del teléfono mientras se mecía de atrás hacia adelante—. ¡Como si nada sintiera! ¡Yo siento! ¡Siento que me voy a morir, Martina! ¡Me voy a moriiir!
Martina, por supuesto, seguía durmiendo —o fingiendo muy bien que estaba muerta para no tener que lidiar con este concierto de despecho—.
Giulia se quedó mirando el vacío, con la mirada perdida en las luces de Milán. La canción llegó a esa parte de "las terapias y los amores de mentira", y ella soltó una carcajada seca que terminó en un ataque de tos que casi la hace devolver el vino. Era patético. Era hilarante de una forma muy oscura. La chica que hacía joyas delicadas ahora era una masa de autocompasión borrachina.
—*“Dime cómo borro esto que sientooooo...”* —susurró, dejando caer la cabeza contra la pared.
La botella se le resbaló de las manos y rodó por el suelo, derramando las últimas gotas de color carmesí sobre las baldosas. Giulia no intentó recogerla. Se quedó ahí, tarareando el final de la canción con una voz que ya no era voz, sino puro aire herido.
Si Alessandra pudiera verla ahora, probablemente se reiría de su victoria... o se pegaría un tiro de la pura lástima. Pero como no está aquí para verlo, nos quedamos nosotros con el espectáculo.
—Mañana va a tener una resaca que le va a hacer desear que la mafia realmente la hubiera liquidado —susurré para mis adentros mientras veía cómo cerraba los ojos, vencida por el alcohol y el desamor, quedándose dormida entre pétalos marchitos y botellas vacías—. Duerme, "principessa". Que el lunes viene con todo y no acepta devoluciones.
Alessandra:
El silencio de la mansión después de que Elena se marchó era un peso físico, una losa que me aplastaba contra las sábanas de seda. No podía soportar el vacío, así que busqué en mi lista de reproducción algo que hiciera juego con el desastre que llevaba por dentro. Dejé que la voz de Laura Pausini llenara la habitación, inundando cada rincón con esa melodía que me recordaba a la adolescencia, a cuando los problemas se solucionaban con un abrazo y no con un cargamento de armas.
“Marco se ha marchado para no volver...”
Me reí para mis adentros, una risa amarga que quemaba tanto como el whisky de malta que estaba tomando directamente del vaso de cristal. No era Marco. Era ella. Era la chica que no sabía nada de barcos ni de imperios, la que me había hecho sentir, por un par de semanas, que yo también podía ser humana.
Estaba recostada en la cama, mirando hacia el techo alto donde las sombras bailaban al ritmo de la música. El alcohol ya estaba haciendo su efecto; sentía mis extremidades pesadas y el mundo un poco más borroso en los bordes, pero no era suficiente. Nunca era suficiente para callar la voz de mi cabeza.
—“La solitudine fra noi...” —murmuré, siguiendo la letra con mi voz ronca y maltratada. (La soledad entre nosotros...).
Le di un trago largo al vaso, sintiendo el ardor en mi garganta afónica. Me sentía patética. Yo, la General de los Veraldi, la mujer que hacía temblar a los estibadores del puerto con una sola mirada, estaba aquí, medio ebria, escuchando baladas italianas sobre el primer amor y la ausencia.
Miré a la nada, dejando que la música me envolviera. La ausencia no era solo un espacio vacío en mi cama; era ese hueco en mi pecho que parecía haberse expandido hasta dejarme hueca. Me preguntaba qué estaría haciendo ella. ¿Estaría durmiendo? ¿Estaría odiándome con la misma intensidad con la que yo me odiaba ahora?
—Perché fa così male, Giulia? —pregunté al aire frío de la madrugada. (¿Por qué duele tanto, Giulia?).
Cerré los ojos y, por un instante, la oscuridad me devolvió el brillo de sus ojos bajo aquel árbol. Pero la música cambió de tono, recordándome que la soledad es un tren que no tiene estaciones de regreso. Me quedé allí, suspendida entre el efecto del alcohol y la melancolía de la Pausini, sabiendo que el amanecer traería de nuevo la máscara de acero, pero que esta noche, en la intimidad de mi desastre, yo no era más que una mujer sola que no sabía cómo pedir perdón.
(al dia siguiente)
El sol del lunes me recibió con una jaqueca rítmica que me recordaba mi debilidad de la noche anterior. Me levanté de la cama con movimientos mecánicos, obligando a mis músculos a responder. Fui al baño y me miré al espejo; las ojeras eran profundas, pero mi mirada seguía siendo la de un depredador, aunque ahora estuviera herido.
Me apliqué una crema hidratante para calmar la piel castigada por el alcohol y el llanto. Con mano firme, deslicé un poco de delineador negro, apenas una línea sutil para recuperar la agresividad de mi expresión. Un toque de máscara de pestañas para abrir la mirada y un poco de gloss transparente. Hoy no quería la rigidez de mis trajes de sastre. Busqué en el fondo del armario y elegí ropa *oversize*: una sudadera negra de diseñador, ancha y pesada, con pantalones de carga del mismo color. Era una forma de esconderme, de crear una barrera de tela entre el mundo y yo.
Antes de salir, mi vista cayó en mi muñeca. Allí seguía la pulsera de alambre. Las piedras de color café profundo y verde olivo brillaron bajo la luz halógena. Todo en esa pieza —la imperfección del alambre, la elección de los colores que evocaban la tierra y el bosque— me recordaba a ella. Me recordaba a la paz del parque que yo misma había destruido. Apreté los dientes y salí de la habitación.
Llegué a los puertos de Milán cuando la neblina todavía abrazaba los contenedores. El olor a salitre y gasóleo me devolvió a mi realidad profesional. Valentina ya me esperaba con la tableta en mano, flanqueada por dos estibadores de mi confianza.
—Buenos días, General —dijo Valentina, observando mi cambio de vestimenta con curiosidad, pero sin atreverse a preguntar—. Los cargamentos para América están listos en el muelle siete. Solo falta su firma para proceder con el sellado térmico.
Caminamos hacia la zona restringida. El primer contenedor estaba abierto. Dentro, cajas de maquinaria industrial ocultaban compartimentos de doble fondo.
—¿Qué tenemos aquí? —pregunté, mi voz volviendo a ser ese susurro gélido que infundía respeto.
—Doscientos kilos de heroína de alta pureza y cien paquetes de fentanilo para el contacto en Puerto Rico —explicó el encargado—. Todo está sellado al vacío en bolsas de plomo para evadir los escáneres.
—Asegúrense de que el fentanilo vaya separado de los químicos industriales. No quiero que una fuga arruine el cargamento antes de llegar a San Juan —ordené con frialdad—. ¿Y el envío para Estados Unidos?
Caminamos hacia el siguiente sector. Aquí la seguridad era el triple. Cajas largas de madera con sellos diplomáticos falsos esperaban ser cargadas.
—Armas de precisión, señora. Rifles de francotirador de última generación y cincuenta unidades de subfusiles con silenciadores integrados. Van directos a Florida —Valentina me pasó los registros—. El comprador de Miami ya hizo el depósito inicial en la cuenta de las Caimán.
—Bien. Chequeen los números de serie una última vez. Si falta un solo perno en esos rifles, el responsable no volverá a ver la luz del día.
Finalmente, llegamos a la sección más discreta, un contenedor con ventilación reforzada y suministros básicos. El encargado abrió la puerta lo suficiente para que viera a las diez mujeres sentadas en literas improvisadas. Eran las nuevas adquisiciones para los clubes de la costa este. Estaban asustadas, en silencio.
—¿Están todas limpias y documentadas? —pregunté, mirando a una de las chicas que me observaba con ojos grandes, recordándome por un segundo la inocencia de Giulia. Aparté la mirada de inmediato.
—Sí, General. Todas tienen sus visas de "entretenimiento" listas. Llegarán a Nueva York en quince días. El cliente espera que lleguen en perfectas condiciones físicas.
—Manténganlas hidratadas y no escatimen en la comida durante el trayecto. Un producto dañado no se vende —sentencié, dándome la vuelta—. Cierren todo. Que los barcos zarpen antes de que el sol esté en lo alto.
Me quedé sola en el muelle, viendo cómo las grúas movían mis imperios de sombras. Toqué la pulsera en mi muñeca, sintiendo las piedras café y verdes contra mi piel. Era la General de nuevo, la mujer que movía veneno, armas y vidas humanas sin parpadear. Pero por dentro, bajo la sudadera negra, sentía que yo era el cargamento más dañado de todo el puerto.