NovelToon NovelToon
CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: La firma

El sobre era negro. No negro mate, ni negro de tinta barata. Era un negro que se tragaba la luz de los tubos fluorescentes del café.

Lo dejaron sobre la mesada de acero a las 7:03 pm, justo cuando Lía Vargas terminaba su segundo turno seguido y la notificación del hospital le vibraba en el bolsillo por tercera vez en el día.

Hospital Central – Departamento de Cardiología

Estimada Srta. Vargas: le recordamos que la cirugía de Mateo Vargas (ID 447-22) requiere un depósito de $180,000 USD antes del viernes 18:00 hs para mantener el quirófano reservado. Pasado ese plazo, el paciente será reubicado en lista de espera general. Saludos cordiales.

Saludos cordiales. Lía quiso tirar el teléfono contra la pared.

Mateo tenía 16 años, un soplo que se volvió insuficiencia y una sonrisa que todavía le decía “enana” aunque ella lo cargaba hasta la puerta de la escuela. No había padre —se fue cuando ella tenía nueve—, no había tíos, no había ahorros. Solo ella, el café de la esquina de Corrientes y dos trabajos que juntos apenas llegaban a pagar el alquiler.

El sobre no tenía remitente. Solo su nombre escrito a mano con tinta plateada: Lía Vargas. La caligrafía era perfecta. Demasiado.

Adentro, una sola hoja de papel grueso. Más pesada de lo normal, con filo. Cuando la sacó, sintió el borde cortarle apenas la yema del índice. Una línea roja. No sangró mucho.

CONTRATO DE MATRIMONIO – CONFIDENCIAL – NOCTURNE CORP

Duración: 12 meses calendario a partir de la firma.

Compensación: $500,000 USD (50% por adelantado a la firma, 50% al finalizar el período) + cobertura médica integral para Mateo Vargas (incluye cirugías, internación, medicamentos y rehabilitación).

Contraparte: D. Blackwell – CEO.

Cláusulas principales (resumen ejecutivo):

Matrimonio civil de carácter privado. Estrictamente sin prensa ni divulgación en redes. 2. Residencia compartida obligatoria en Penthouse Nocturne (Piso 66, Torre Nocturne, Puerto Madero). 3. La cónyuge no indagará ni solicitará ver el rostro de la contraparte fuera del domicilio conyugal. 4. Prohibido el ingreso a la oficina privada de la contraparte (Piso 66, puerta negra, ala oeste). 5. Exclusividad afectiva y sexual durante la vigencia del contrato. 6. Ruptura anticipada por cualquiera de las partes: penalidad del 200% de la compensación recibida. 7. Incumplimiento de cláusulas 3 o 4: anulación inmediata de la protección civil de la cónyuge y reversión de beneficios otorgados, incluyendo intervenciones médicas en curso.

Al pie, una línea para firmar. Y al lado, con letra más chica: “Documento vinculante. Leer Anexo A antes de firmar.” No había Anexo A.

Lía se rió. Una carcajada corta, seca, que le raspó la garganta.

—¿Esto es una cámara oculta?

Miró alrededor. El café estaba vacío salvo por el señor Morales, que siempre pedía cortado en jarrito y le dejaba propina de monedas. Nadie la filmaba.

Cinco minutos después, entró un hombre. Traje gris, corbata sin nudo, cincuenta y tantos, piel curtida. No pidió café.

—Señorita Vargas. Soy el doctor Elías Ruiz, representante legal de Nocturne Corp.

—¿Doctor en qué? —Lía cruzó los brazos. El delantal todavía olía a café quemado.

—En cerrar tratos. —Dejó un estuche de cuero sobre la mesa. Lo abrió. Adentro había una lapicera Montblanc y un celular prepago encendido. En la pantalla: una transferencia pendiente de $250,000 USD a su cuenta. Beneficiario: Lía Vargas. Concepto: “Adelanto contractual”.

—Firma ahora —dijo Ruiz—, la transferencia se acredita en diez minutos. Su hermano entra a quirófano mañana a las 8 am. El cirujano ya está notificado.

Lía sintió que el estómago se le caía a los pies.

—¿Y si no firmo?

Ruiz no pestañeó. Le faltaba un diente lateral cuando sonrió.

—Entonces su hermano muere en lista de espera. No es amenaza, es estadística. Negocios.

—¿Por qué yo? —La pregunta le salió antes de poder frenarla—. Hay mil chicas que firmarían por menos.

—Porque usted no tiene padres, no tiene pareja, no tiene redes sociales activas. Y porque su tipo de sangre es compatible.

—¿Compatible con qué?

—Con los requisitos del contrato. —Ruiz empujó la lapicera hacia ella—. Mi cliente es muy específico.

Lía pensó en Mateo. En la última vez que lo vio sin tubos: jugando a la play, perdiendo a propósito para que ella no se enojara. “Cuando sea grande te voy a comprar un café que no sea este, enana.”

Agarró la lapicera. La tinta olía raro. No a tinta. A hierro caliente, como cuando la plancha quema la ropa.

Firmó. Lía Vargas. La L se le torció un poco.

El celular vibró. Transferencia recibida: $250,000 USD.

10:47 pm – Registro Civil, sala 3.

No hubo flores. No hubo “podés besar a la novia”.

El juez era un hombre joven con ojeras y ganas de irse. El testigo era Ruiz. Y al fondo, de espaldas a la luz, estaba él.

Damián Blackwell medía casi dos metros. Traje negro hecho a medida, zapatos que no hacían ruido. Guantes de cuero. Y una máscara de porcelana blanca que le cubría toda la cara, sin marcas, sin expresión. Solo dos agujeros oscuros a la altura de los ojos. No se veía piel.

—Señor Blackwell, ¿acepta a la señorita Vargas como su legítima esposa conforme a la ley? —preguntó el juez, leyendo rápido.

—Sí. —La voz no era humana. No por el tono —era grave, controlada—, sino por el peso. Como si cada palabra hubiera existido antes que el idioma.

—Señorita Vargas, ¿acepta al señor Blackwell como su legítimo esposo?

Lía miró la máscara. Detrás de los agujeros no había ojos. Había sombra.

—Sí —dijo, y le sonó ajeno.

Él se giró lo justo para extenderle la mano. En la palma, un anillo. Oro negro, ancho, con un símbolo grabado en el centro: tres líneas cruzadas dentro de un círculo. Cuando lo tocó, el metal estaba tibio.

Se lo puso. Encajó perfecto. Demasiado.

Y ahí lo sintió. No fue dolor. Fue reconocimiento. Como si el anillo supiera el tamaño exacto de su dedo desde antes de nacer. Un latido subió por la muñeca hasta el pecho y se quedó ahí, como una segunda pulsación.

—Felicidades —dijo el juez, y selló el libro.

1:12 am – Penthouse Nocturne.

El ascensor no tenía botón 66. Ruiz puso una tarjeta negra y el panel se iluminó solo.

El departamento era obsceno. Ventanales del piso al techo con toda Buenos Aires encendida abajo. Mármol negro, muebles bajos, ni un cuadro. Olía a nada. A limpio, a vacío.

—Tu habitación es la del fondo, a la izquierda —dijo Damián, sacándose el saco. No los guantes. No la máscara—. La mía está cerrada. Cocina, living, podés usar todo. Menos la puerta negra al final del pasillo.

Lía dejó la mochila en el piso. Solo traía dos mudas, el cargador y la foto de Mateo.

—Me casé con vos y no te vi la cara.

—Y lo vas a agradecer.

—¿Y si no quiero? ¿Si mañana me arrepiento?

Él se acercó. No caminó: en un parpadeo estaba a medio metro. Lía retrocedió por instinto y chocó con la mesa ratona.

—Entonces leé la cláusula siete —dijo él, sin levantar la voz.

Lía sacó el contrato de la mochila. Lo leyó otra vez.

Cláusula 7: El incumplimiento de las cláusulas 3 o 4 anula la protección civil del cónyuge. La compensación se revierte. Incluyendo intervenciones médicas en curso.

Mateo estaba en quirófano en ese momento. Faltaban siete horas.

Cerró la carpeta despacio.

—Sos un hijo de puta.

—Soy un hombre que cumple lo que firma. Dormí.

Se fue por el pasillo. La puerta negra al fondo se cerró sola. Sin ruido. Sin corriente de aire.

Lía se sentó en el sillón. La ciudad brillaba abajo, indiferente. Se miró el anillo. Quiso sacárselo.

No salía.

Tiró. Más fuerte. La piel alrededor se puso blanca. Después roja. El símbolo grabado empezó a calentarse.

Y entonces lo escuchó.

No con los oídos.

“No lo intentes. Todavía no.”

Era su voz. Dentro de su cabeza, clara como si él estuviera susurrándole al oído.

Lía se levantó de golpe. El corazón le golpeaba en las costillas.

Caminó hasta la puerta negra. No la iba a abrir. Solo… mirar.

Cuando apoyó la palma a dos centímetros de la madera, el picaporte —de hierro oscuro— largó un hilo de humo.

Y del otro lado, algo pronunció su nombre.

Lía.

No como pregunta. Como orden.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play