La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???
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Capítulo 1: Cuatro ojos
El primer día de tercer año en el Colegio Nacional San Martín olía a lavandina, a pan con manteca de la cantina y a desodorante Axe que alguno de los de cuarto se había puesto entero. Yo tenía el uniforme planchado —pollera gris tabla, camisa blanca que me picaba en el cuello, corbata azul que mamá me había hecho el nudo porque a mí siempre me quedaba torcido— y las manos transpiradas agarrando la mochila como si me fuera a salvar de algo.
Me llamo Emilia Ríos. Dieciséis años, promedio 9,80, anteojos de marco negro que me quedaban grandes y frenillos desde los trece. Pelo castaño, largo, siempre en una trenza baja porque si me lo soltaba se me inflaba y terminaba pareciendo un escobillón. No era fea —eso decía mi mamá cuando me veía llorar porque no entraba en los jeans que usaba Martina López—. Era invisible. Y en el San Martín eso era lo mejor que te podía pasar.
El colegio era viejo, de esos de provincia con piso de mosaico gastado y carteles de “No correr en los pasillos” que nadie respetaba. Había dos grupos: los que jugaban al fútbol en todos los recreos y las chicas que se sacaban fotos en el baño. Y después estábamos los demás.
Thiago Benítez estaba en el primer grupo, pero era el que lo manejaba.
Thiago iba a mi curso desde primer año. Alto, hombros anchos por el fútbol, pelo oscuro siempre despeinado a propósito, ojos verdes que te hacían bajar la vista sin querer. La campera del uniforme colgada de un hombro, las mangas de la camisa arremangadas aunque la preceptora se cansara de decirle que no. Jugaba de nueve, salía en las historias de las chicas de quinto, y tenía a Ramiro y Lautaro sentados siempre al lado, en el fondo, riéndose fuerte de cosas que solo ellos entendían.
Nunca me había hablado. Hasta ese día.
Dejé la mochila en el banco de la segunda fila —ni muy adelante para no ser “la traga”, ni muy atrás para no ser “la quilombera”— y saqué la cartuchera. La profesora todavía no llegaba y el aula era un quilombo de sillas arrastrándose y chicos gritando.
El empujón no fue fuerte. Lo justo para que se me cayera la cartuchera y los lápices rodaran por el pasillo.
—Uy, perdón, no te vi —dijo Thiago. Pero estaba sonriendo. No de disculpa. De esos que te miran y te miden.
Ramiro se rio atrás. Lautaro también.
Me agaché rápido. La cara me ardía.
—Todo bien —murmuré, sin mirarlo.
—No, pará —agarró mi portaminas antes que yo. Era uno azul, mordido en la punta porque me lo vivía mordiendo en las pruebas. Lo levantó como si fuera un bicho—. ¿Todavía usás estas cosas de primaria, Ríos?
Algunas chicas giraron. Martina López se tapó la boca con la mano.
—No todos tenemos plata para comprar las cosas lindas de la librería del centro, Benítez —me salió antes de pensarlo.
Se hizo silencio un segundo. Thiago levantó una ceja. No esperaba que le contestara.
—Touché —dijo, y me tiró el portaminas. Cayó al piso de nuevo—. Igual te queda.
Ramiro me miró de arriba abajo, despacio. —Che, ¿tus viejos no te dejan cortarte el pelo o te gusta parecerte a tu abuela?
Sentí el nudo en la garganta. Los anteojos se me empañaron un poco. Quería decir algo inteligente, algo que lo dejara callado. Pero me quedé con la cartuchera apretada contra el pecho y me senté.
La profesora de Historia entró y todo siguió como si nada.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia