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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:649
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

IX. La chiamata del Generale.

Sesenta minutos exactos. Ese fue el tiempo que tardó Valentina en enviarme un mensaje de texto con solo diez dígitos y una nota breve: "Verificado. Es ella".

Me quedé mirando la pantalla del teléfono mientras el corazón me golpeaba las costillas con una fuerza que no tenía nada que ver con la fiebre. Seguía en la cama, todavía con la voz destrozada y esa sensación de que el mundo se movía un poco más lento de lo normal, pero la duda ya no era una opción. En mi mundo, cuando tienes un objetivo, disparas. No esperas a que el objetivo se mueva.

Sin dudarlo, presioné el número.

Me llevé el teléfono al oído y cerré los ojos. El tono de llamada sonó una vez... dos veces... tres veces. Cada segundo se sentía como una eternidad de estática. Empecé a pensar que quizás estaba ocupada, que quizás no contestaba números desconocidos, que quizás...

—¿Hola? —la voz de Giulia irrumpió en el auricular, fresca, un poco distraída, con ese ruido de fondo de gente hablando y el tintineo metálico de sus herramientas.

Me quedé muda un segundo. Mi garganta se cerró por la tos y por algo que no sabía identificar.

—¿Giulia? —solté finalmente. Mi voz salió más profunda y oscura de lo que pretendía, una vibración de ultratumba que delataba mi estado.

Hubo un silencio del otro lado. Un silencio largo, como si ella estuviera tratando de ubicar esa frecuencia de voz en su memoria.

—¿Alessandra? —preguntó, y pude jurar que escuché una sonrisa en su tono—. Caspita, suenas como si hubieras regresado de una guerra... o como si te hubieras tragado un camión de grava. ¿Qué te pasó, "General"? Te desapareciste de la faz de la tierra.

—Una pequeña... complicación logística —respondí, aclarándome la garganta con un quejido—. Resulta que no soy tan invulnerable como pensaba. La gripe decidió que era un buen momento para atacarme por la espalda.

—Pobrecita... —se burló suavemente, aunque noté una pizca de preocupación genuina—. Te dije que el aire del parque estaba frío, pero tú tenías que hacerte la dura con tu traje caro. ¿Cómo conseguiste mi número? No recuerdo habértelo dado entre beso y beso.

Me reí, pero la risa se convirtió en una tos seca que me obligó a apartar el teléfono un momento. Cuando recuperé el aliento, me acomodé contra las almohadas, sintiendo cómo el calor volvía a mis mejillas.

—Tengo mis métodos, artesana —dije con un rastro de mi antigua arrogancia—. No creas que puedes escaparte de una Veraldi tan fácilmente. Especialmente después de dejarme con una pulsera y una deuda pendiente.

—¿Deuda? —rio ella—. Te cobré quinientos euros por una pulsera de cinco, creo que la que debe soy yo.

—Me debes una charla sin fiebre —sentencié, apretando el teléfono—. Y quiero saber si la pulsera que me hiciste tiene algún hechizo, porque no he dejado de pensar en ella desde que me desperté.

—No es un hechizo, Ale —su voz bajó de tono, volviéndose más dulce, más íntima—. Se llama "atención al detalle". Me alegra que estés viva. ¿Vas a sobrevivir o tengo que ir a llevarte sopa de flores a tu mansión de cristal?

—Sobreviviré —aseguré, mirando la joya en mi muñeca—. Pero prepárate. En cuanto mis piernas me sostengan, voy a ir a buscarte. Y esta vez, no voy a dejar que te despidas tan rápido.

—¿Que yo me escapé? —la risa de Giulia resonó en el auricular, clara y cargada de una ironía que me hizo arrugar el entrecejo—. Por favor, Alessandra, tienes el descaro más grande de toda Italia. ¿Quién fue la que me plantó un beso de película y salió caminando hacia su coche negro como si fuera una agente secreta cumpliendo una misión? Porque yo no fui.

—*Fue un agradecimiento logístico* —respondí, aunque mi voz ronca delataba mi sonrisa—. *Un pago extra por el servicio.*

—¡Un pago extra! —exclamó ella, y escuché cómo soltaba sus pinzas sobre la mesa—. Hablando de pagos, ¿qué demonios te pasa por la cabeza para darme quinientos euros? Me hiciste sentir como si te hubiera vendido una reliquia del Vaticano en lugar de un trozo de alambre y unas cuentas de vidrio. No se vale, Alessandra. No se vale que me robes un beso y que luego intentes comprar mi silencio o mi conciencia con un fajo de billetes.

—*No fue para comprar nada, Giulia. Fue para asegurarme de que no tuvieras que venderle nada a nadie más por el resto de la semana* —mascullé, cerrando los ojos—. *Y lo del beso... bueno, la oportunidad estaba ahí. Soy una mujer de acción, no de palabras.*

—Pues tu "acción" me dejó paralizada en medio del parque con cara de idiota —replicó ella, y esta vez su tono bajó una octava, volviéndose más suave, casi tímido—. Además... hay algo que no sabes, General. Y esto sí que te lo voy a cobrar caro.

—*¿Ah, sí? ¿Qué cosa?*

—Fue el primero.

Me quedé en silencio absoluto. El zumbido de la línea telefónica era lo único que llenaba mi habitación. La "General" de los Veraldi, la mujer que negociaba con criminales, se quedó sin palabras ante una estudiante de restauración.

—*¿Tu... tu primer beso?* —logré decir, y mi voz sonó más rota de lo habitual—. *No puede ser. Estás bromeando.*

—No bromeo con esas cosas —dijo ella, y pude imaginarla mordiéndose el labio—. Siempre he estado demasiado ocupada entre libros, resinas y pinceles. Nunca nadie había tenido la... la osadía de simplemente tomarlo así. Me lo robaste, Alessandra. Fue un robo a mano armada.

—*Si lo llego a saber...* —empecé a decir, pero me detuve.

—¿Si lo llegas a saber, qué? ¿Habrías pedido permiso? ¿Habrías sido más delicada? —me retó ella con esa diversión recuperada—. No te pega, Ale. Te pega más eso de llegar, marcar territorio y luego enfermarte para que no pueda reclamarte en persona. Es una estrategia brillante, tengo que admitirlo.

—*No es una estrategia, es una desgracia* —gruñí, sintiendo un calor nuevo en el pecho que no era fiebre—. *Ahora me siento como una criminal. Una Veraldi robándole a una inocente artesana su primer recuerdo.*

—Oh, no te hagas la víctima ahora —rio Giulia—. Me gusta la pulsera que me dejaste en los labios, pero no me gusta que me llames con voz de ultratumba desde una cama de lujo. Si vas a ser una ladrona, al menos ten la decencia de estar sana para cuando vaya a recuperarlo.

—*¿A recuperarlo?* —arqueé una ceja, sintiendo que la vida volvía a mis venas—. *¿Estás diciendo que planeas devolvérmelo?*

—Digo que las cuentas no están saldadas, Alessandra. Entre los quinientos euros, el beso robado y tu desaparición misteriosa, tienes una lista de cargos en tu contra bastante larga.

—*Acepto los cargos* —susurré—. *Pero vas a tener que esperar a que este "demonio" se cure para que pueda defenderme como es debido.*

—Te espero, General. Pero no te acostumbres a que te conteste el teléfono tan rápido. La próxima vez, quizás te cueste otros quinientos euros solo escuchar mi "hola".

—*Valdría cada centavo, Giulia. Valdría cada maldito centavo.*

—Eres imposible —se rió ella, y escuché el sonido de una silla arrastrándose. Seguramente se estaba acomodando para seguir la batalla—. Pero en serio, Alessandra, ¿estás bien? Tu voz me da escalofríos, suena como si estuvieras llamando desde el más allá para reclamar una deuda de sangre.

—*Estoy mejor de lo que merezco* —admití, acomodando la almohada con un brazo mientras el otro sostenía el teléfono como si fuera un tesoro—. *Mi madre dice que deliraba con nudos y mariposas. Creo que tu pulsera me afectó las neuronas más que el virus.*

—¿Ah, sí? ¿Y qué decías de las mariposas en tus delirios de "General"? —su tono era puramente burlón, pero había una nota de curiosidad que no pudo ocultar.

—*Cosas sin sentido... que el nudo estaba flojo, que no quería que te fueras...* —mi propia honestidad me hizo carraspear, sintiendo que la autoridad se me escapaba por los dedos—. *Es el efecto de la fiebre, Giulia. No le hagas caso a una mujer que no sabe ni ponerse los pantalones al derecho.*

—¿Te pusiste los pantalones al revés? —Giulia soltó una carcajada tan fuerte que tuve que alejar el teléfono un centímetro—. ¡Oh, daría mis mejores pinceles por haber visto eso! La gran Alessandra Veraldi, la mujer que me miró como si fuera a comprar mi alma en el parque, derrotada por un pantalón de sastre. El universo tiene un sentido del humor maravilloso.

—*Ríete todo lo que quieras, artesana* —gruñí, aunque no pude evitar que se me escapara una sonrisa—. *Pero no olvides que esa mujer derrotada todavía tiene tu número. Y que ahora que sé que fui la primera... bueno, eso cambia las reglas del juego.*

—¿Ah, sí? ¿Y cuáles son las nuevas reglas, jefa? —preguntó ella, y noté que su respiración se había vuelto un poco más pausada.

—*La primera regla es que no voy a dejar que nadie más se acerque a esa boca que ahora me pertenece por derecho de robo* —sentencié, y aunque mi voz seguía ronca, recuperó ese filo de acero que solía hacer temblar a mis subordinados—. *Y la segunda es que, en cuanto me levante de esta cama, vas a cerrar tu puesto de pulseras por un día. Te voy a llevar a cenar a un lugar donde no acepten monedas de cinco euros.*

—Qué posesiva... —susurró Giulia, pero no sonaba molesta; sonaba fascinada—. Me gusta la segunda regla, pero con una condición. Nada de quinientos euros en la mesa. Y nada de guardaespaldas mirándome como si fuera a robarte el reloj. Solo tú... y esa voz de demonio que tienes ahora, si es que no se te pasa para entonces.

—*Hecho* —respondí, sintiendo que el cansancio volvía a reclamarme, pero esta vez con una paz extraña—. *Ahora vuelve a tus alambres. Tengo que dormir para recuperar mis fuerzas. No querrás que tu primer beso "oficial" sea con una mujer que se desmaya en la sopa.*

—Duerme, Ale. Y por favor... revisa tus etiquetas antes de salir de la cama mañana.

—*Vaffanculo, Giulia* —murmuré con cariño antes de colgar.

Dejé el teléfono sobre el pecho y cerré los ojos. La oscuridad de la habitación ya no se sentía tan fría. Tenía el número, tenía el recuerdo de su risa y tenía la certeza de que, por primera vez en mi vida, había encontrado algo que no podía controlar, pero que deseaba con más fuerza que todo el imperio de mi padre.

Giulia:

Terminé de guardar mis pinzas, los carretes de alambre y las pequeñas cajas de piedras en el maletín de cuero gastado. El taller de la facultad estaba casi en penumbra, solo iluminado por los flexos de los estudiantes que, como yo, perdían la noción del tiempo entre resinas y barnices. Me dolían los dedos, pero era ese dolor satisfactorio de haber trabajado con las manos. Salí al aire fresco de Milán, que a esta hora de la noche ya empezaba a morder, y me quedé un momento bajo la farola de la entrada, mirando la pantalla de mi teléfono.

"Alessandra".

Aún podía sentir el eco de su voz en mi oído. Esa voz profunda, rota por la fiebre, que sonaba como si hubiera estado gritando en medio de una tormenta de arena. Una sonrisa se me escapó mientras caminaba hacia la avenida principal. ¿Cómo era posible que una mujer que parecía capaz de comprar la mitad de la ciudad se hubiera puesto los pantalones al revés? El pensamiento me acompañó mientras levantaba la mano para detener un taxi. No tenía energía para el metro.

—A Navigli, por favor —le dije al conductor, hundiéndome en el asiento trasero.

Durante el trayecto, miré por la ventanilla las luces borrosas de la ciudad. Milán siempre me había parecido una ciudad fría, de gente con prisa y abrigos caros que no te miran a los ojos. Pero entonces apareció ella. Alessandra Veraldi. La mujer que me había dado el primer beso de mi vida y que, por alguna razón, ahora ocupaba cada rincón de mi cabeza. Quinientos euros. Me reí sola en la oscuridad del taxi, ganándome una mirada extraña del conductor por el retrovisor. Esa mujer estaba loca, pero era una locura que, extrañamente, empezaba a gustarme.

Cuando el taxi me dejó cerca de mi edificio, caminé rápido, subiendo las escaleras de dos en dos. Al llegar a la puerta, saqué las llaves con torpeza. Esperaba encontrar el departamento con el aroma a café quemado y la luz de la cocina encendida, pero cuando abrí, me recibió una oscuridad absoluta, solo rota por un resplandor azulado que venía del rincón del salón.

Allí, hundida en el viejo sillón de cuero, estaba **Martina**.

Martina era mi roommate desde hacía dos años. Estudiaba medicina y, a veces, dudaba de si realmente era humana o algún tipo de organismo que funcionaba a base de Red Bull y libros de anatomía. Tenía el cabello corto, rapado a los lados, y siempre vestía con sudaderas tres tallas más grandes. En ese momento, su rostro estaba iluminado únicamente por la luz blanca de su laptop. Parecía un espectro tecnológico. A su alrededor, la mesa ratona y el suelo estaban sepultados bajo una avalancha de hojas, esquemas de sistemas nerviosos y libros tan gruesos que podrían servir de defensa personal.

—¿Sigues viva? —pregunté en voz baja, dejando mis llaves en el cuenco de la entrada.

Martina no se movió. Solo sus dedos seguían tecleando con una velocidad frenética.

—Define "viva" —respondió con una voz ronca, sin apartar la vista de la pantalla—. Si te refieres a tener pulso, creo que sí. Si te refieres a tener alma, esa se quedó en el examen de fisiología de esta mañana.

Caminé hacia la cocina sin encender la luz principal, para no quemarle las retinas, y busqué algo de cenar.

—Hueles a metal y a perfume caro —soltó Martina de repente, deteniendo el tecleo—. ¿Qué pasó hoy en el parque? Llegaste dos horas tarde.

—El taller se extendió —mentí, aunque sabía que con ella era inútil—. Y tuve una llamada... interesante.

Me acerqué a ella con un sándwich a medio hacer y me senté en el brazo del sillón, observando el caos de papeles. Martina finalmente cerró la laptop a la mitad y me miró. Tenía unas ojeras que parecían tatuadas y esa expresión masculina y severa que ponía cuando entraba en "modo diagnóstico".

—Giulia, te conozco. Esa cara no es de haber pasado cuatro horas puliendo una virgen de madera —dijo Martina, entornando los ojos—. Esa cara es de "alguien me ha descolocado el esquema". Suelta el chisme antes de que me de un síncope por falta de glucosa.

—¿Te acuerdas de la "General"? —pregunté, mordiendo el sándwich.

Martina soltó un bufido y se echó hacia atrás, estirando los brazos.

—¿La mujer del traje que parece que va a mandar a alguien a dormir con los peces si no la saludan bien? ¿Cómo olvidarla? Estuviste hablando de sus ojos "de dos colores" durante tres días seguidos. ¿Qué pasó? ¿Te compró todo el puesto y te pidió que restauraras su castillo?

—Me llamó —susurré, y sentí que la cara me ardía de nuevo—. Está enferma. Una gripe de esas que te tumban. Me llamó con una voz... Martina, sonaba como si fuera un demonio. Me dijo que no dejaba de pensar en la pulsera.

Martina me miró en silencio durante unos segundos, luego estiró la mano para agarrar una de las hojas de sus apuntes y empezó a abanicarse con ella dramáticamente.

—¡Oh, por favor! —exclamó con una risa burlona—. "No dejo de pensar en la pulsera". Esa es la frase más cliché del mundo para decir "te quiero ver sin ropa pero tengo fiebre". Giulia, esa mujer te tiene en la mira. ¿Y tú qué hiciste? ¿Le diste consejos de salud o le seguiste el juego?

—Le dije que me robó el beso —admití, escondiendo la cara tras el sándwich—. Y que fue el primero.

Martina se quedó congelada. Lentamente, se incorporó en el sofá, tirando un par de hojas de anatomía al suelo. Su expresión de cansancio desapareció, reemplazada por una de absoluta incredulidad.

—¡¿Qué hiciste QUÉ?! —gritó, y luego bajó la voz rápidamente al recordar la hora—. Giulia Tagliaferro, eres una romántica sin remedio. ¡Le confesaste a la jefa de la mafia de Milán que fue tu primer beso! ¡Ahora te va a devorar viva!

—¡No es de la mafia, Martina! —protesté, aunque en el fondo recordaba el fajo de quinientos euros—. Solo es... intensa. Y muy orgullosa. Además, ella me confesó que deliraba conmigo mientras tenía fiebre. Decía cosas de nudos y mariposas.

—Mariposas... —Martina se frotó la nuca y soltó una carcajada—. Mira, si esa mujer no te manda un ramo de flores de mil euros mañana, es que la fiebre le frió el cerebro. Pero en serio, Giulia, ten cuidado. Esa gente no es como nosotros. Nosotros nos preocupamos por pagar el alquiler y por si el examen de mañana es de opción múltiple. Ella parece el tipo de persona que mueve hilos que ni siquiera podemos ver.

—Lo sé —dije, mirando hacia la ventana oscura—. Pero hoy, por teléfono, no parecía esa persona. Parecía... vulnerable. Como si necesitara que alguien se riera de ella por ponerse los pantalones al revés.

—¿Se puso los pantalones al revés? —Martina se echó a reír de nuevo, esta vez con ganas—. Vale, oficialmente me cae bien. Una mujer poderosa que se humilla sola por la fiebre es mi tipo de comedia favorita. Pero dime, ¿qué vas a hacer ahora?

—Dijo que en cuanto pueda caminar, vendrá a buscarme. Quiere llevarme a cenar.

Martina suspiró y volvió a abrir su laptop, el resplandor azul iluminando de nuevo su rostro serio.

—Bueno, pues si desapareces y te encuentran en el fondo de un canal, espero que al menos la cena haya valido la pena —bromeó, aunque luego me miró con cariño—. Disfrútalo, Giulia. Te pasas el día arreglando cosas viejas. Tal vez es hora de que algo nuevo y un poco peligroso te arregle a ti.

Me quedé un rato más allí, en la penumbra del salón, escuchando el rítmico tecleo de Martina y sintiendo el peso de la pulsera que ella misma me había enseñado a valorar. El departamento era pequeño, estaba desordenado y olía a libros de medicina, pero esa noche, por primera vez, sentí que el mundo exterior era mucho más grande y emocionante de lo que jamás me había atrevido a imaginar.

—Oye, Martina —dije antes de irme a dormir.

—¿Dime?

—¿Crees que el primer beso realmente significa algo para alguien como ella?

Martina se detuvo, miró la pantalla un momento y luego se encogió de hombros.

—Para alguien como ella, que probablemente lo tiene todo... lo único que significa algo es lo que no puede comprar. Y un primer beso, Giu, es de las pocas cosas que no tienen precio. Ni siquiera para una Veraldi.

Me fui a la habitación con esas palabras dando vueltas en mi cabeza. Me acosté, sintiendo las sábanas frescas, y antes de cerrar los ojos, acaricié el espacio vacío de mi muñeca donde solía estar la pulsera que ahora dormía con Alessandra.

—Duerme bien, General —susurré a la nada—. Y por favor, mañana ponte bien la ropa.

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