Tu nombre en mi pasado
En la ciudad de Vareth, donde el poder se mueve en silencio y la lealtad se paga con sangre, Adrián Voss vive atrapado en un pasado que nunca logró enterrar.
Años después de la muerte de su padre, una sola pista aparece de la nada: un nombre que no debería existir… Elena Rivas.
Ella es todo lo que no encaja en su mundo: tranquila, normal, aparentemente ajena a la oscuridad que domina la ciudad. Pero en Vareth, nadie es inocente… y nadie aparece por casualidad.
Mientras Adrián se acerca a ella buscando respuestas, lo que encuentra es algo mucho más peligroso: una conexión que no entiende, una atracción que no puede controlar… y un secreto que podría destruirlos a los dos.
Porque alguien más ya los está observando.
Y esta vez…
el pasado no viene a recordarse.
Viene a cobrarse.
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Cerca... demasiado cerca
El apartamento quedó atrás en cuestión de minutos.
No hubo despedidas, ni miradas largas. Solo movimiento. Rápido, silencioso, como si el tiempo se les estuviera cerrando encima.
La noche en Vareth se sentía más densa que antes.
Las luces… ya no eran solo luces.
Eran ojos.
Bajaron por una calle estrecha, casi sin tránsito. El pavimento estaba húmedo, reflejando los pocos faroles que funcionaban. A lo lejos, el sonido de motores rompía el silencio… pero no se acercaban del todo.
Eso era peor.
Porque significaba que estaban organizándose.
—No están improvisando —murmuró Mateo mientras caminaba al frente.
—Nunca lo hicieron —respondió Adrián.
Elena iba justo detrás de él.
Esta vez… sí lo tomó del brazo.
No fue algo grande.
Ni dramático.
Pero fue real.
Adrián miró ese gesto de reojo.
No dijo nada.
Pero no se apartó.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella en voz baja.
—A un lugar donde podamos verlos venir —respondió él.
—¿Y eso existe?
Mateo soltó una risa seca.
—En esta ciudad… todo existe si sabes dónde buscar.
Doblaron una esquina y el paisaje cambió.
Edificios más altos, pero abandonados. Ventanas rotas. Puertas cerradas con metal. Todo parecía detenido en el tiempo.
Elena miró alrededor.
—Esto parece muerto.
—No lo está —dijo Adrián—. Solo no quiere que lo vean.
Entraron a un edificio sin nombre.
La puerta principal estaba abierta, pero colgando de un solo lado. El interior olía a humedad y polvo viejo. Cada paso levantaba un leve eco que se perdía en los pisos superiores.
—Tercer piso —indicó Mateo.
Subieron.
Sin hablar.
Solo el sonido de sus pasos… y sus propias respiraciones.
Cuando llegaron, Mateo empujó una puerta.
El lugar era amplio. Sin muebles. Solo paredes grises, ventanas grandes… y una vista clara de varias calles.
Perfecto para observar.
Perfecto para una trampa.
Elena soltó lentamente el brazo de Adrián.
—Aquí vamos a esperar…
No sonaba como pregunta.
—Sí —respondió él.
Se acercó a una de las ventanas.
Miró hacia abajo.
Vehículos.
Luces.
Movimiento.
—Ya están cerca.
Mateo empezó a revisar el lugar.
Entradas.
Salidas.
Puntos ciegos.
—Tenemos dos rutas de escape… y ninguna es buena —dijo.
—Nos basta —respondió Adrián.
Elena se quedó en el centro del lugar.
Girando un poco sobre sí misma.
Mirando todo.
Sintiendo todo.
—Esto se siente mal…
Adrián la miró.
—Lo sé.
—No… —dijo ella— no es solo peligro.
Pausa.
—Es como si ya hubiera estado en un lugar así.
Silencio.
Adrián se acercó.
—¿Otra vez eso?
Ella asintió.
—Sí… pero más fuerte.
Se llevó una mano a la cabeza.
—Es como… flashes.
—¿Qué ves?
—Nada claro…
Respiró hondo.
—Pero siento que esto… no es la primera vez.
Mateo los observó desde lejos.
—Eso confirma lo que pensamos.
Elena lo miró.
—¿Qué cosa?
—Que tu conexión no empezó ahora.
Silencio.
—Y probablemente… tampoco terminó.
Eso la dejó fría.
Pero esta vez no retrocedió.
Adrián dio un paso más cerca de ella.
—Mírame.
Ella lo hizo.
—No importa cuándo empezó esto…
Pausa.
—Lo importante es que ahora estoy aquí contigo.
Elena sostuvo su mirada.
—Eso no lo hace menos peligroso.
—No.
Silencio.
—Pero lo hace diferente.
Ella lo estudió.
Como si intentara entenderlo de verdad.
—¿Por qué?
—Porque no estás sola.
Ese momento…
fue suave.
En medio de todo el caos… fue suave.
Elena bajó la mirada un segundo.
Y luego… sin pensarlo demasiado…
lo abrazó.
No fuerte.
No desesperado.
Solo… necesario.
Adrián se quedó quieto un segundo.
Sorprendido.
Pero después… respondió.
La rodeó con los brazos.
Sin apurar nada.
Sin decir nada.
Mateo desvió la mirada.
—No quiero arruinar el momento…
Pero su tono ya lo había hecho.
—Pero nos quedan pocos minutos.
Se separaron.
Lento.
Pero no incómodo.
Ahora había algo más claro entre ellos.
Algo que ya no se podía negar.
Elena lo miró.
—Si esto sale mal…
Adrián negó.
—No va a salir mal.
—Adrián.
—No voy a dejar que pase.
Silencio.
Ella sonrió un poco.
—Siempre dices eso.
—Y siempre lo voy a decir.
Mateo intervino.
—Posiciones.
Se movieron.
Cada uno tomó un lugar.
Ventanas distintas.
Ángulos distintos.
Respiración contenida.
Abajo…
los vehículos se detuvieron.
Las puertas se abrieron.
Sombras salieron.
Organizadas.
Demasiadas.
Elena sintió el corazón acelerarse.
—Ya vienen…
Adrián no apartó la vista.
—Sí.
Pasos.
En el edificio.
Lejanos… pero subiendo.
Mateo cargó su arma.
—Ahora empieza.
Elena miró a Adrián una última vez.
—Oye…
Él giró apenas.
—¿Qué?
Pausa.
Ella dudó.
Pero lo dijo.
—Si salimos de esta…
Silencio.
—Quiero entender qué somos.
Eso lo golpeó más que todo lo demás.
Adrián la miró.
De verdad.
—Vamos a salir.
—No es lo que te pregunté.
Silencio.
Él respiró.
—Entonces cuando salgamos…
Pausa.
—te lo voy a demostrar.
Pasos más cerca.
Segundo piso.
Elena asintió.
—Más te vale.
Y esta vez…
no había miedo en su voz.
Había decisión.
El sonido de la puerta del edificio rompiéndose abajo…
retumbó hasta ellos.
Mateo sonrió apenas.
—Llegaron.
Adrián apretó la mandíbula.
Elena se preparó.
El aire se volvió denso.
Pesado.
El tipo de momento donde todo cambia.
Porque ya no era solo sobrevivir.
Ni escapar.
Ni entender.
Ahora…
era resistir juntos.
Y a veces…
eso es mucho más peligroso que estar solo.
Porque cuando tienes algo que perder… peleas diferente.