"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 13: Sangre en el Trono de Hierro
Bianca caminaba por el sendero hacia su casa con el bolso apretado contra el pecho. Los fajos de billetes de Andrés pesaban como plomo. No sentía el triunfo de haber salvado a Clara; sentía la náusea de haber visto el alma rota del hombre que la amaba desde las sombras.
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La Rata en el Camino
A mitad de camino, una sombra se despegó de un viejo roble. Era Santiago. Al ver el bolso de Bianca y la forma en que ella lo protegía, sus ojos se encendieron con una codicia enferma.
— Así que volviste con él —escupió Santiago, bloqueándole el paso—. Fuiste a venderte de nuevo. ¿Cuánto te dio por una noche, Bianca? ¿O fue por una hora?
— Quítate, Santiago. Este dinero es para la vida de Clara, algo que a ti te importa muy poco —respondió ella, intentando rodearlo.
Santiago la tomó del brazo con una fuerza brutal, sacudiéndola.
— ¡Ese dinero debería ser mío! Yo te cuidé, yo estuve aquí cuando no tenías nada. ¡Dámelo! Con esto Gaby y yo podríamos irnos de este agujero.
Bianca lo miró con un asco infinito. El hombre que jugaba a ser el guardián de su moralidad ahora intentaba robarle el dinero de las medicinas de su hermana para huir con su amante. En ese momento, Santiago dejó de existir para ella.
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La Emboscada de la Codicia
Antes de que Santiago pudiera arrebatarle el bolso, un motor rugió a sus espaldas. Una moto se detuvo en seco y Juan Aguilar bajó de ella con una agilidad felina. Santiago, cobarde ante la fuerza real, retrocedió de inmediato.
— Deja a la chica, campesino —ordenó Juan, pero sus ojos no estaban en Bianca, sino en el bolso—. Bianca, preciosa... qué suerte que consiguieras el capital. Ese dinero nos va a servir para el cargamento que llega mañana al puerto. Con eso, multiplicaremos la inversión y seremos libres.
— ¿Inversión? Juan, este dinero es para la cirugía de Clara —dijo Bianca, retrocediendo horrorizada—. No voy a dártelo para tus negocios.
Juan cambió de expresión. La máscara de amante apasionado se deslizó, revelando al criminal despiadado que siempre fue.
— No me entiendes, Flor. No te estoy preguntando. Si no hay negocio, no hay huida. Dame el dinero o lo tomo de tus manos frías.
Bianca estaba rodeada. El hombre que decía amarla por su pureza (Santiago) intentaba robarle, y el hombre que le prometía pasión (Juan) quería usar la vida de su hermana para financiar su guerra.
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El Atentado: Silencio y Pólvora
Mientras la tensión estallaba en el camino, a pocos kilómetros de allí, la mansión de Urrieta se sumía en un silencio sepulcral. Don Andrés estaba en su despacho, mirando una vieja foto de Bianca, cuando las luces se apagaron de golpe.
Andrés, acostumbrado al peligro, buscó su arma en el escritorio, pero una sombra fue más rápida. No hubo gritos, ni advertencias. Solo el sonido de un silenciador escupiendo plomo dos veces.
Andrés sintió el impacto en el pecho y el hombro. Cayó hacia atrás, golpeando el ventanal que se astilló pero no se rompió. Desde el suelo, con la vista nublándose, vio una silueta encapuchada desaparecer por la terraza. No pudo reconocer al atacante. ¿Fue un enviado de Juan? ¿Un socio traicionero? ¿O alguien que nadie sospechaba?
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El Grito en la Noche
De vuelta en el camino, un guardaespaldas de Andrés, que vigilaba a Bianca desde lejos, recibió una alerta por radio y salió de su escondite con el arma en alto.
— ¡Señorita Bianca, al coche ahora! —gritó el guardia.
Santiago y Juan se dispersaron como ratas ante la presencia del arma. Juan subió a su moto y huyó jurando venganza, mientras Santiago se perdía en la maleza, aterrado.
— ¿Qué pasa? ¿A dónde me llevan? —preguntó Bianca mientras el coche arrancaba a toda velocidad.
— Han atacado al patrón. Han intentado asesinar a Don Andrés en la mansión.
Bianca sintió que el mundo se detenía. El dinero en su bolso, la traición de Santiago, el egoísmo de Juan... todo se volvió insignificante. Recordó la mirada de Andrés de hace apenas una hora. Recordó que, a pesar de todo, él era el único muro que la separaba del abismo.
— ¿Quién fue? —preguntó ella, con la voz quebrada.
— No se sabe, señorita. No dejaron rastro. Solo sabemos que él está luchando por su vida.
Bianca cerró los ojos y, por primera vez, rezó por el hombre que la había comprado, dándose cuenta de que si Andrés moría, ella no solo perdería a su protector, sino que se quedaría sola en un mundo lleno de lobos que ya no tenían miedo a la sombra del dueño.