En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
NovelToon tiene autorización de yana_vern para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
No quería imaginarme hasta dónde podía llegar Camila, pero no me quedó otra opción: la malicia y el descaro de esa mujer no tenían límites. Con su mezcla de dulzura falsa y manipulación descarada, logró que Marcelo accediera a sacar un millón de pesos, supuestamente para "arreglar" nuestra separación. La cita quedó pactada para la mañana siguiente, y por supuesto, Camila no perdió tiempo en avisarme.
---Flora\, mañana a primera hora ---me dijo\, con su tono que parecía inocente pero era puro veneno---. Espero que tengas todo listo.
Sonreí por dentro; sabía exactamente lo que estaba haciendo. Con calma, fingí ocupaciones laborales y pospuse cualquier movimiento, dejándola con la ansiedad al límite. Todo era un juego, y ella no tenía ni idea de que estaba cayendo en mi trampa.
Al llegar al hospital, lo primero que hice fue llevar a Benjamín a revisión. Los médicos nos recibieron sin sospechar nada; aproveché para pedir que le tomaran un simple análisis de sangre, un procedimiento rutinario. Pero en realidad, era la excusa perfecta para que Alejandro obtuviera la muestra de sangre del niño sin levantar sospechas.
Observé a Benjamín concentrado en su libro de dibujos, completamente ajeno a la tensión que se movía a su alrededor. Alejandro estaba allí también, aunque no lo vi entrar; sus pasos eran silenciosos, discretos. Se situó en otra sala, solicitando que le extrajeran una muestra de su propia sangre. Ordenó que los resultados de la prueba de parentesco fueran urgentes, y que todo se manejara en absoluto secreto. Su mirada, aunque distante, reflejaba un cuidado y un amor casi imperceptible. Era como si quisiera proteger a mi hijo del mundo entero, incluso de mis propios padres.
Mientras él supervisaba todo desde los corredores, yo me mantuve junto a Benjamín, distraída con sus risas y preguntas. Pero de repente, sonó mi teléfono. La pantalla mostraba el nombre de Augusto, el padre de Marcelo. Su tono era de amenaza pura.
---Flora\, ¿qué estás haciendo con ese niño? ---su voz sonaba autoritaria\, casi intimidante---. La separación no cambia nada: ¡ese niño debe estar con nosotros!
---Señor ---contesté con la calma más firme que pude mantener---\, Marcelo abandonó esta familia\, engañó a todos y este niño jamás fue parte de su plan. Nadie tiene derecho a decidir sobre él más que yo y su bienestar.
Hubo un silencio, apenas interrumpido por la respiración tensa de Benjamín, que me miraba con curiosidad. No tenía miedo, pero percibía la seriedad en mis palabras.
No pasó mucho antes de que Marcelo irrumpiera en la habitación, acompañado de Augusto y de su hermana Martina. Augusto olía a cigarrillos, sin importar la fragilidad del sistema inmunológico de mi hijo. Sin mediar palabra, levantó a Benjamín, que inmediatamente frunció el ceño y dijo:
---¡Abuelo\, qué olor! ¡Hueles mal!
Pero Augusto no lo escuchó; de inmediato acusó que yo estaba manipulando al niño. Su ira creció, y vi cómo Marcelo se tensaba junto a él, aún dudando si intervenir.
---¡Déjalo\, mamá! ---intentó decir Benjamín\, con su voz pequeña pero decidida---. ¡No quiero!
No dudé ni un segundo. Abracé a mi hijo con fuerza y lo retiré de los brazos de su abuelo, protegiéndolo como si fuera lo único que importara en el mundo. Augusto no aceptó el gesto; su rostro se tornó rojo de furia.
---¡Flora\, esto es un escándalo! ---gritó---. ¡Tú no entiendes nada!
Martina, con su aire de superioridad, me señaló con desdén.
---No sé cómo puedes ser tan egoísta\, Flora. Ese niño también es de nuestra familia.
No dudé en confrontarla. Con voz firme y clara, recordé un secreto que hasta ese momento nadie había revelado en público:
---¿De verdad quieres hablar de egoísmo? ¿Sabes lo que tu hermano estuvo haciendo mientras yo cuidaba a mi hijo? ---hice una pausa\, viendo cómo su rostro palidecía---. Sí\, Martina\, tu hermano me engañó. Ahora dime\, ¿quién es realmente egoísta aquí?
El silencio fue inmediato. Ni Marcelo ni Martina pudieron replicar; las palabras habían cortado cualquier argumento que intentaran.
Marcelo, confundido y sorprendido, cambió su actitud de golpe. Ya no estaba seguro de cómo enfrentar la situación. Intentó retomar control, hablando de custodia, derechos y todo lo que había planeado, pero sus argumentos sonaban huecos ante la evidencia.
---¡Flora\, aún podemos negociar la custodia! ---dijo\, su tono más dubitativo---. Este niño... ---intentó continuar\, pero Augusto lo interrumpió.
---¡No! ---bramó Augusto\, con un rugido que llenó la sala---. Este es nuestro único nieto\, y debe quedarse en nuestra familia. No permitiré que nadie lo aparte de nosotros.
No me moví ni un centímetro. Sostuve la mirada de mi hijo, asegurándome de que supiera que estaba a salvo. Benjamín se aferró a mí, confiado, y en ese momento supe que ninguna amenaza externa podría separarnos.
Mientras tanto, en mi mente, planifiqué los siguientes pasos. La batalla apenas comenzaba, pero ya había ganado algo crucial: mantener a mi hijo seguro y demostrar la verdad sobre quienes realmente lo cuidaban y lo amaban. Cada intento de manipulación, cada intento de intimidación, chocaba contra la determinación de una madre que no iba a ceder.
La habitación seguía tensa. Augusto respiraba con fuerza, Martina miraba al suelo, y Marcelo intentaba recomponerse. Yo, sin soltar a Benjamín, di un paso adelante, dejando claro que la autoridad y el amor por mi hijo estaban de mi lado, inquebrantables.