Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
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El reinado empieza
...18 ...
...ANNE MORETTI ...
Nate estaba sentado a mi lado, mirando por la ventanilla hacia las calles de Milán con una expresión que intentaba ser neutral, pero yo lo conocía demasiado bien. Tenía las ojeras marcadas y una rigidez en la mandíbula que no se consigue durmiendo en propiedades de lujo.
Se supone que venía de pasar unos días de "relajo" en Marsella, pero parecía que acababa de volver de una guerra.
—Te ves terrible, Nathaniel —solté, sin apartar la vista de mis uñas perfectamente pintadas—. Si esas fueron tus vacaciones, te sugiero que cambies de agencia de viajes. O de compañía.
Nate ni siquiera se inmutó. Siguió mirando hacia afuera, con un dedo tamborileando impaciente sobre su rodilla.
—¿Qué te pasó? —insistí, girándome un poco hacia él—. Estás agotado. ¿Marsella es tan pesada para ti o es que te metiste en problemas?
—No te metas en mis jodidos asuntos, Anne —respondió él, con una voz tan gélida que me hizo parpadear.
Arqueé una ceja. Normalmente nos lanzamos pullas, nos pinchamos, pero esto era diferente. Había una hostilidad cruda, una rabia sorda que parecía estar a punto de estallar.
—¿Y ahora por qué estás siendo tan hostil conmigo? —pregunté, esta vez con un tono más serio, casi herida por su tono—. Solo estoy conversando con mi hermano. No me has dirigido una palabra amable desde que aterrizaste.
Nate soltó un suspiro largo, cerrando los ojos con fuerza por un segundo, como si estuviera tratando de contener un grito. Se pasó la mano por el cabello, desordenando ese peinado perfecto que tanto le costaba mantener.
—Lo siento, ¿sí? —dijo, aunque no sonaba muy arrepentido—. Es solo que a veces eres muy insoportable. No me das espacio ni para respirar.
Me llevé una mano al pecho, fingiendo una indignación absoluta.
—¿Yo? ¿Insoportable? —exclamé con una sonrisa ladeada—. Pero si soy un angelito, Nathaniel. Deberías agradecer que me preocupo por tu bienestar físico y mental.
Nate giró la cabeza por fin, mirándome con una mezcla de cansancio y una pizca de esa antigua complicidad que siempre hemos tenido, aunque sus ojos seguían viéndose vacíos.
—Un angelito, sí —completó él, soltando una risa seca y amarga—. Pero caído. Estás loca, Anne. Deberías venir con una etiqueta de advertencia para el resto de la humanidad.
Me reí, pero mi mente ya estaba trabajando a mil por hora. Nathaniel no estaba solo cansado; estaba roto. Algo había pasado en esa ciudad costera que lo había cambiado, algo que iba mucho más allá de un simple romance de verano. Y si mi hermano estaba guardando secretos que lo hacían actuar como un animal herido, era solo cuestión de tiempo para que yo descubriera qué cabeza tenía que cortar para traerlo de vuelta al redil.
El coche se detuvo frente a una villa discreta en las afueras de Milán. Enzo D’Amato nos había enviado con una instrucción clara: "negociar" la retirada de los Calderone de las rutas logísticas del norte. Enzo cree que lo estamos ayudando a consolidar su poder, pero el pobre diablo no se da cuenta de que cada movimiento que hago es un ladrillo más en mi propio trono.
Mi plan es simple: limpiar el camino, eliminar a la competencia y, cuando Manuelle y Enzo se sientan seguros en la cima, patear la escalera. Yo no nací para ser la lacaya de un capo o la socia de un mafioso. Nací para ser la dueña de la pirámide.
Nathaniel bajó del auto y, en cuanto sus pies tocaron el suelo, el hermano cansado de Marsella desapareció. Se ajustó la chaqueta, cargó su arma con un movimiento seco y sus ojos se volvieron dos pedazos de hielo azul. Estaba letal, concentrado, como un depredador que solo encuentra paz en la violencia.
—Sin errores, Anne —murmuró con una voz que no admitía réplicas—. Entramos, obtenemos la firma y salimos.
—Como digas, hermanito —respondí con una sonrisa gélida.
Al entrar al despacho principal, nos encontramos con el Consigliere de los Calderone, un hombre canoso y arrogante que nos esperaba con una copa de coñac, creyéndose protegido por las leyes de la diplomacia mafiosa.
—Los Moretti —dijo el hombre con una sonrisa de suficiencia—. Supongo que Enzo los envió a suplicar por las rutas. Siéntense y hablemos.
Nate se mantuvo a un lado, vigilando la puerta, con el dedo en el gatillo. El aire estaba cargado de esa tensión que precede a la tormenta.
—No venimos a hablar viejo —dije, caminando hacia el escritorio con una elegancia felina—. Venimos a dar un mensaje. Pero no de parte de Enzo.
—¿Ah, no? ¿Y de parte de quién? —preguntó el anciano, arqueando una ceja.
—Mío.
Sin darle tiempo a parpadear, saqué la Beretta de mi muslo y le disparé directamente en la frente. El estruendo fue ensordecedor en la habitación cerrada. El cuerpo del Consigliere se desplomó hacia atrás, su sangre salpicando el cuadro renacentista que colgaba detrás de su silla. La copa de coñac rodó por el suelo, intacta.
Nate dio un salto, bajando su guardia por un segundo, con los ojos desorbitados. Se giró hacia mí, con el rostro pálido de pura rabia y desconcierto.
—¿Qué mierda hiciste, Anne? —rugió, acercándose a mí—. ¡El plan era negociar! ¡Acabas de declarar una guerra abierta que Enzo no autorizó! ¡Nos van a cazar por esto!
Guardé el arma con una parsimonia que lo puso más nervioso. Lo miré fijamente, sin un ápice de remordimiento.
—Enzo es un cobarde que teme a la grandeza, Nathaniel. Yo no —le dije con voz firme—. Los Calderone no van a retroceder fácil, y siento que está es la única forma de mostrarles que nosotros no les tenemos miedo. Ahora ellos no tienen cabeza, y Enzo tendrá que pelear una guerra que yo empecé. Mientras ellos se matan entre sí, nosotros nos quedaremos con los restos.
Nate me miró como si fuera un monstruo, pero en el fondo de sus ojos vi una chispa de comprensión. Estaba atrapado en mi juego, y ahora, con las manos manchadas de sangre, ya no tenía vuelta atrás.
—Estás loca... —susurró, mirando el cadáver—Realmente vas a matarnos a todos con tal de sentarte en esa maldita silla.
—No a todos, Nate —le guiñé un ojo—. Solo a los que estorben. Vámonos, tenemos cosas que hacer.
El trayecto de vuelta a la mansión fue un desierto de palabras. Podía sentir su desaprobación vibrando en el asiento de al lado, una mezcla de miedo y repulsión por lo que acababa de presenciar. Para él, la lealtad es un concepto lineal; para mí, es un tablero de ajedrez donde las piezas más grandes son las primeras que deben caer.
Cuando nos detuvimos frente a la entrada principal, Nate bajó del auto sin mirarme. Se detuvo un momento antes de entrar, apoyando las manos en el marco de la puerta.
—No cometas más locuras, Anne —me advirtió con una voz que arrastraba cansancio—. El abuelo no es estúpido. Si se entera de que estás jugando a ser jefe por tu cuenta, no habrá sangre que te salve.
—Descansa, Nathaniel —me limité a decir con una sonrisa enigmática—. Mañana el mundo seguirá girando, aunque sea bajo mis reglas.
Lo vi entrar y, tras esperar unos minutos, me dirigí a la oficina del abuelo Manuelle. Caminé por los pasillos de mármol con la seguridad de quien ya es dueña del lugar, aunque los retratos de mis antepasados parecieran juzgarme con sus ojos pintados.
Todo estaba saliendo según lo planeado. La ejecución del Consigliere de los Calderone no fue un impulso; fue el primer dominó. Ahora, los Calderone responderán con fuego, Enzo D’Amato se verá obligado a contraatacar y, en medio de ese caos de testosterona y pólvora, yo seré la única que mantenga la cabeza fría para recoger las cenizas del imperio. Solo es cuestión de tiempo. Mi ascenso es inevitable.
Sin embargo, hay una variable que me irrita.
Mi pequeña "activación" de la guerra ha puesto a la familia bajo el lente de la policía estatal. Milán está hirviendo y los agentes de la unidad antimafia han empezado a merodear nuestras empresas legales como buitres. Eso no solo me molesta a mí; tiene a mi tío Cassian al borde de un colapso nervioso.
Pasé por delante de la biblioteca y escuché los gritos de Cassian desde el interior. Estaba furioso, despotricando sobre cómo la reputación de la empresa familiar se estaba yendo al abismo por culpa de los "movimientos descuidados" de la última semana. Él teme a la cárcel y al escándalo; yo solo temo a la mediocridad.
Entré al despacho del abuelo Manuelle sin llamar. Él estaba allí, envuelto en el humo de su habano, mirando el fuego de la chimenea.
—Ya está hecho, abuelo —dije con voz clara—. El mensaje ha sido entregado.
Manuelle se giró lentamente. Sus ojos, nublados por la edad pero afilados por la crueldad, me estudiaron en silencio. Él sabe que miento. Sabe que el mensaje que entregué fue mucho más sangriento de lo que él autorizó. Pero también sabe que soy la única Moretti con las garras lo suficientemente largas para sostener este legado.
—Las autoridades nos tienen en la mira, Anne —dijo él con una calma aterradora—. Cassian dice que vas a destruirnos.
—Cassian es un hombre de oficina, abuelo —respondí, acercándome a su escritorio—. Yo soy una mujer de resultados. Si la policía investiga, que investigue. Les daremos un chivo expiatorio mientras nosotros nos apoderamos del norte.
Me mantuve firme, disfrutando de la adrenalina. El juego se ha vuelto peligroso, pero es exactamente así como me gusta. En la cima no hay espacio para los que temen a la ley o a los remordimientos.
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...NATHANIEL DEVERAUX ...
El silencio de mi anexo en la mansión Moretti era insoportable. Me serví un vaso de whisky, pero el líquido quemaba mi garganta de una forma diferente a la habitual; no era el alcohol, era la bilis de mi propia conciencia. Me dejé caer en el sofá de cuero, mirando al techo, pero lo único que veía era el rostro de Eliana en aquel pasillo de hospital.
Soy un maldito desgraciado.
No es que la amara, no soy tan ingenuo. No creo en el amor y mucho menos con una chica que saqué de un club en Marsella. Pero se había convertido en una obsesión, un juguete nuevo que quería mantener impecable y exclusivamente para mí. Me atraía de una forma visceral, casi violenta, y esa necesidad de posesión me había nublado el juicio.
Sin embargo, verla rota en el suelo del hospital me hizo darme cuenta de que me había pasado de la raya. Hay cosas que no se le hacen a nadie, ni siquiera a un "juguete". Robarle sus últimos días con su madre por mi capricho de tener una semana perfecta fue un acto de una bajeza que ni yo mismo me perdonaba.
No dejaba de dar vueltas a lo que hice antes de subirme al jet. En lugar de tener un mínimo de decencia humana, me puse en modo defensa. Me puse posesivo. Le grité que era mía, la amenacé como si fuera un matón de tercera categoría y la traté como si su dolor fuera una molestia.
—Eres un patán, Moretti —susurré para nadie, apretando el vaso con fuerza.
Me sentía sucio por falta de ética. La traté como un objeto que se puede comprar y manipular a antojo, y aunque me fascinaba la idea de que fuera "mía", sabía perfectamente que lo que hice fue una canallada. Me porté como un desalmado con alguien que no tenía nada, y ahora, de regreso en la realidad de Milán, el peso de ser un absoluto imbécil me carcomía.
Había roto el juguete, y por primera vez en toda mi vida, no podía simplemente comprar otro para olvidar el desastre que había dejado atrás.
El teléfono pesaba en mi mano más que una de mis armas. Sabía que lo más sensato, lo más "humano" dentro de mi propia escala de valores retorcida, era dejarla en paz. Había hecho pedazos su confianza y me había comportado como un animal posesivo en el momento en que ella más necesitaba compasión. Pero no podía simplemente cerrar la puerta y fingir que no había sido un absoluto desgraciado. Necesitaba que lo escuchara, aunque fuera para que tuviera una razón más para odiarme con fundamentos.
Marqué su número. La primera vez, el tono de llamada sonó hasta morir en el vacío. La segunda, lo mismo. Sentí un tic en la mandíbula; la impaciencia era mi estado natural, pero me obligué a esperar. A la tercera, el clic de la línea abierta me detuvo el corazón por un segundo.
—¿Qué quieres, Nathaniel? —Su voz llegó como una ráfaga de hielo, cargada de una fatiga que me golpeó el pecho—. Estoy velando a mi madre... ¿puedes dejarme en paz de una maldita vez? Si quieres compañía o sexo, respeta al menos mi luto. No soy un objeto.
Cerré los ojos, tragándome la respuesta defensiva que me subía por la garganta. El Nate de hace dos días habría estallado, pero el Nate que acababa de ver a Anne ejecutar a un hombre a sangre fría entendía que ya había demasiada oscuridad a mi alrededor.
—Cálmate, Eliana. Solo... escucha —solté un suspiro largo, tratando de bajar los escudos—. Te llamaba para decirte que lo siento. Fui un idiota contigo, un completo imbécil.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado. Ella no esperaba eso de mi.
—Me porté como un desgraciado —continué, mi voz sonando ronca y extraña en mis propios oídos—. Fui egoísta y nunca pensé bien en las cosas. Te doy mi más sentido pésame, de verdad. No debí ocultarte nada, ni tratarte como lo hice en el apartamento. No tienes por qué perdonarme, pero necesitaba que supieras que sé que estuve mal.
El silencio se prolongó. Podía escuchar su respiración entrecortada, el ruido de fondo de lo que imaginé era el tanatorio de Marsella.
—¿De verdad? —preguntó ella por fin, su tono pasando de la hostilidad a una confusión vulnerable.
—Sí, de verdad —reafirmé, apretando el puente de mi nariz.
—Está bien... —murmuró ella, y sentí un pequeño alivio que no supe procesar—. Pero, Nate, de verdad tu actitud me dio mucho miedo. No esperaba eso de ti. No estoy segura de si quiero que sigamos siendo "amigos" o lo que sea que esto fuera. Me asustaste.
Esa palabra, miedo, me escoció. No quería que me amara, pero tampoco quería ser el monstruo de sus pesadillas. Al menos no de esa forma tan rastrera.
—Lo entiendo —respondí, recuperando mi tono frío pero esta vez con un matiz de respeto—. Te voy a dar tu tiempo. No voy a ir a molestarte por un buen rato. Haz lo que tengas que hacer, Eliana. Y de verdad perdóname. Adiós.
Colgué antes de que ella pudiera decir algo más. Tiré el teléfono sobre la cama y me quedé mirando la pared. Le daría espacio, desaparecería de su radar para dejar que sus heridas cerraran, o para que me olvidara. Era lo mejor para ella.
Pero mientras me alejaba del teléfono, una parte de mí, esa parte oscura y obsesiva que Anne siempre alimentaba, sabía que esto no era un final. Era solo un paréntesis. Un Moretti nunca deja ir algo que considera suyo, aunque aprenda a esperar en las sombras.