En un mundo donde la superficie de la civilización es solo una máscara para las guerras de castas entre Alfas, Betas y Omegas, la ciudad de Chicago se convirtió en el tablero de ajedrez más sangriento del siglo XXI. La obra narra la colisión de dos linajes destinados a destruirse: la Bratva Volkov, liderada por el implacable y territorial Valerius, y la dinastía Moretti, cuyo último heredero, Dante, fue entrenado como un arma de precisión conocida como "El Fénix".
Lo que comenzó como un matrimonio forzado para evitar una guerra total, se transformó en una devoción absoluta que desafió las leyes de la mafia. A través de traiciones familiares, conspiraciones científicas de la Red Zero y el acecho de padres que veían en sus hijos simples herramientas de poder, Valerius y Dante forjaron un vínculo inquebrantable que mezcló el aroma del roble quemado con vainilla negra
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Capítulo 12: La Máscara de Crueldad
La luz fría del invierno de Chicago se filtraba por los ventanales reforzados, pero no aportaba calidez. El ático había recuperado su orden gélido. Dante volvía a estar encadenado, pero esta vez Valerius se había asegurado de que las esposas estuvieran sobre las mangas de una camisa de seda negra para no lastimarlo más.
El sonido del ascensor anunció la llegada del emisario. Valerius se puso su chaqueta de cuero, ocultando sus vendajes, y se sentó en su sillón de mando con una expresión de aburrimiento letal. En su mano derecha sostenía un vaso de whisky; en la izquierda, un cuchillo de combate con el que jugaba distraídamente.
Las puertas se abrieron y apareció Marco "El Silencioso", uno de los capitanes más antiguos de los Moretti. Era un hombre de pocas palabras y ojos que lo veían todo. Detrás de él, dos guardias rusos lo vigilaban de cerca.
—Valerius Volkov —dijo Marco, haciendo una inclinación de cabeza apenas perceptible—. He venido por órdenes de Vincenzo Moretti. Queremos ver el estado de nuestro señor.
Valerius soltó una risa seca y señaló con el cuchillo hacia la columna donde Dante permanecía con la cabeza baja, fingiendo un agotamiento que no sentía.
—Tu limpiador está un poco sucio, Marco —dijo Valerius, levantándose y caminando hacia Dante con pasos lentos y pesados—. Ha sido difícil sacarle la verdad sobre el puerto. Se resiste a aceptar que su propio hermano lo vendió a la Red Zero.
Valerius agarró a Dante del cabello, obligándolo a mirar a Marco. La mirada de Dante era de puro odio fingido, pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Marco por un microsegundo, hubo un destello de reconocimiento. Marco era el mentor de Dante; era el único en la familia Moretti que todavía le era leal de verdad.
—Mírale la cara, Marco —siseó Valerius, acercando el filo del cuchillo a la mejilla de Dante, rozando apenas la piel—. Sigue siendo tan orgulloso como cuando intentó matarme. Dile a Vincenzo que si quiere recuperarlo entero, el precio ha subido. Ya no quiero dinero. Quiero las rutas de distribución del muelle sur.
Marco apretó la mandíbula. —Vincenzo no negociará territorio por un Omega, por muy útil que sea.
—Entonces dile que se despida de él —Valerius giró el cuchillo y presionó la punta contra el pecho de Dante, justo sobre el corazón—. Porque si no me sirve como moneda de cambio, me servirá como trofeo de caza. Me gusta cómo se ve encadenado en mi sala. Combina con la decoración.
Dante reaccionó con una actuación magistral: escupió a las botas de Valerius. —Púdrete en el infierno, ruso. Mi hermano vendrá por tu cabeza y yo mismo te cortaré la garganta cuando me suelte.
Valerius, en una muestra de furia, le propinó un bofetón que resonó en todo el ático. El golpe fue seco, pero Valerius lo dio con la palma abierta para hacer ruido sin causar daño real. Dante giró la cabeza por el impacto, ocultando una pequeña sonrisa de satisfacción bajo su flequillo.
—Sáquenlo de aquí —ordenó Valerius a sus guardias, refiriéndose a Marco—. Dile a los Moretti que tienen 24 horas. Después de eso, empezaré a enviar a Dante por piezas.
Cuando el ascensor se cerró y volvieron a estar a solas, el silencio fue absoluto. Valerius dejó caer el cuchillo al suelo y se acercó a Dante, soltando sus cadenas con manos temblorosas por la tensión contenida.
—Eso ha sido... convincente —susurró Dante, limpiándose un rastro de sangre del labio—. Marco sabe que estoy vivo. Pero también sabe que me estás "rompiendo". Si es tan listo como creo, enviará un mensaje codificado a través de las rutas de contrabando.
Valerius lo tomó por los hombros, su aroma a roble quemado volviéndose protector y posesivo. —Tu hermano va a usar esa información para atacar esta torre hoy mismo, Dante. No va a negociar. Va a intentar matarnos a los dos para que no quede ningún cabo suelto.
Dante lo miró fijamente, una idea peligrosa formándose en su mente. —Entonces vamos a darle lo que quiere. Vamos a dejar que entre... y vamos a convertir esta torre en su tumba.