Dicen que la sangre de un vampiro es fría, pero la suya ardía con una maldición. La mía, tan dulce y prohibida, era su único dulce veneno... o su salvación eterna.
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Capítulo 05
La noche del eclipse parcial no trajo consigo una oscuridad ordinaria. El cielo, teñido de un púrpura enfermizo, parecía colgar sobre la mansión Liu como una sábana pesada. En el interior, el ambiente era asfixiante. Las sombras en los rincones cobraban vida propia, retorciéndose y alargándose más allá de las leyes de la física. Para XiaoXuan, el tiempo se había convertido en un enemigo silencioso que marcaba cada segundo con el latido frenético de su propio corazón.
Estaba sola en su habitación, esperando. Se miraba al espejo, apenas reconociendo a la mujer que le devolvía la mirada. Sus mejillas estaban un poco más pálidas, y sus ojos reflejaban una determinación que bordeaba la desesperación. Se tocó el cuello, la zona donde la piel era más fina y el pulso más evidente. Esa noche, ese pequeño espacio de piel se convertiría en el campo de batalla entre la vida y la muerte.
Un golpe seco en la puerta la hizo sobresaltarse. No fue una de las criadas. Fue el doctor Han, cuyo rostro, generalmente clínico y distante, hoy mostraba una preocupación genuina.
—Es hora, XiaoXuan —dijo él, evitando mirarla a los ojos—. El eclipse está llegando a su punto máximo. La sombra en el interior de Chen Yi está empezando a desgarrar su tejido celular. Si no actuamos en los próximos veinte minutos, no habrá nada que salvar.
XiaoXuan asintió, incapaz de articular palabra. Siguió al doctor por los pasillos, que ahora estaban sumidos en un frío tan intenso que cada aliento suyo formaba una pequeña nube de vapor. Al llegar a los aposentos de Chen Yi, la puerta estaba custodiada por cuatro guardias armados, cuyas expresiones de terror delataban que lo que ocurría tras esas maderas no era algo para lo que estuvieran preparados.
Al entrar, XiaoXuan estuvo a punto de retroceder por la fuerza del impacto emocional. El aire en la habitación estaba cargado de un olor a ozono y ceniza. Chen Yi no estaba en su sillón. Estaba en el suelo, cerca de la cama, luchando contra espasmos que sacudían su cuerpo con una violencia inhumana. Sus manos estaban cubiertas de una capa grisácea mucho más gruesa que antes, y sus ojos, inyectados en sangre, vagaban por la habitación sin reconocer nada.
—¡Atrás! —rugió él cuando vio la silueta de XiaoXuan—. ¡Dije que no quería... que no permitiría esto!
Lady Liu estaba de pie cerca de la ventana, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—¡Cállate, Chen Yi! —gritó su madre, perdiendo por primera vez su compostura gélida—. No es el momento para tu maldito orgullo. ¡Mírate! Te estás desmoronando.
—¡Prefiero desmoronarme a ser un parásito de su luz! —Chen Yi intentó levantarse, pero un nuevo espasmo lo obligó a hincar la rodilla, soltando un gemido que rompió el alma de XiaoXuan.
El doctor Han se acercó a XiaoXuan y le tendió una pequeña daga de plata.
—Necesitamos que la sangre fluya primero por el aroma para que sus instintos de depredador tomen el control de su voluntad debilitada. XiaoXuan, sé que es mucho pedir, pero debes acercarte voluntariamente. Si él siente resistencia, la maldición rechazará la sangre.
XiaoXuan tomó la daga. Estaba helada. Caminó hacia Chen Yi paso a paso, sintiendo cómo la presencia de él intentaba repelerla. Era como caminar contra un viento huracanado de negatividad. Cuando estuvo a menos de un metro, se arrodilló frente a él.
—Chen Yi —llamó ella con suavidad, pero con firmeza—. Mírame.
Él levantó la vista. Su rostro estaba desencajado por el dolor, pero en sus ojos grises todavía había una chispa de ese hombre que la había desafiado en la biblioteca.
—Vete... —susurró él, sus colmillos empezando a alargarse involuntariamente—. Si te acercas más, no podré detenerme. Te drenaré hasta que no seas más que un cascarón vacío. XiaoXuan, por una vez en tu vida, sé egoísta y huye.
—No voy a huir —dijo ella, acercando la daga a su palma—. Mi hermano está en una mesa de operaciones porque tú lo permitiste. Mi madre está a salvo porque tú lo permitiste. Este es el precio de la vida, Chen Yi. Tú pagaste la de mi familia, ahora yo pago la tuya. No es limosna, es justicia.
Con un movimiento rápido, XiaoXuan cortó su palma. El aroma de su sangre "dulce" inundó la habitación instantáneamente. Fue como si una luz dorada hubiera estallado en medio de la oscuridad. El efecto fue inmediato: Chen Yi se quedó petrificado. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi todo el iris. El hambre, una sed ancestral y voraz, se apoderó de su expresión.
—No... —intentó decir él, pero sus manos, movidas por un instinto que su mente ya no controlaba, se cerraron sobre las muñecas de XiaoXuan.
—Hazlo —le pidió ella, su voz temblando ligeramente, no por miedo al dolor, sino por la intensidad de la conexión—. Toma lo que necesitas.
Chen Yi emitió un sonido que era mitad sollozo y mitad gruñido. Atrajo la mano herida de XiaoXuan hacia su boca y lamió la sangre que brotaba de su palma. XiaoXuan cerró los ojos, sintiendo la lengua fría de él sobre su piel caliente. Pero no fue suficiente. La maldición exigía más.
Él la empujó suavemente hacia atrás hasta que ella quedó recostada contra la alfombra, y él se posicionó sobre ella. Su peso era abrumador, pero extrañamente reconfortante en medio de aquel frío. Chen Yi apartó el cabello del cuello de XiaoXuan con dedos que temblaban violentamente.
—Perdóname —susurró él contra su piel.
Entonces, el dolor llegó. Fue un pinchazo agudo, seguido de una sensación de succión que le quitó el aliento. XiaoXuan soltó un grito ahogado, agarrándose a los hombros de la camisa de Chen Yi. Sus uñas se clavaron en la seda mientras sentía cómo su propia esencia vital era arrastrada fuera de ella.
Pero después del dolor inicial, ocurrió algo inesperado. Una ola de calor empezó a fluir desde el punto de contacto hacia el resto de su cuerpo. Ya no era solo que él estuviera bebiendo su sangre; era como si sus almas estuvieran tratando de igualarse. XiaoXuan empezó a ver destellos de los recuerdos de Chen Yi: siglos de soledad, el frío de las tumbas, el sabor de la ceniza y una tristeza tan profunda que amenazaba con ahogarla.
Por su parte, Chen Yi estaba experimentando un milagro. Por primera vez en décadas, el dolor constante en sus venas se estaba apagando. La sensación de "quemazón" de la sombra estaba siendo sofocada por un bálsamo de luz y dulzura. Era como beber sol líquido. Sentía el corazón de XiaoXuan latiendo contra su pecho, un tambor rítmico que le recordaba lo que significaba estar vivo.
—Más... —murmuró él en su trance, perdiendo la noción de la realidad.
—¡Suficiente! —la voz de Lady Liu resonó como un látigo—. ¡Doctor Han, sepárelos!
El doctor Han intervino rápidamente, aplicando un sedante místico en el cuello de Chen Yi y apartándolo de XiaoXuan con ayuda de los guardias. Chen Yi se resistió por un segundo, con los labios manchados de un rojo brillante, antes de caer en un sueño profundo inducido por la sobrecarga de energía.
XiaoXuan se quedó tumbada en el suelo, respirando con dificultad. Se sentía ligera, como si estuviera flotando, pero su cuerpo pesaba una tonelada. El doctor Han se acercó a ella, presionando una gasa en su cuello.
—Lo has logrado, XiaoXuan —dijo él, con una mezcla de asombro y alivio—. Has detenido la crisis. Su pulso se está estabilizando por primera vez en años.
XiaoXuan miró hacia donde Chen Yi yacía inconsciente. A pesar de la debilidad, a pesar de que él acababa de tomar una parte de ella, no sintió odio. Sintió una extraña melancolía. Había compartido su dolor, y ahora, ese dolor también era suyo.
Lady Liu se acercó a ella, mirándola desde arriba con su habitual máscara de frialdad, aunque había una nueva chispa de respeto en sus ojos.
—Has cumplido tu parte —dijo la Matriarca—. Ahora, descansa. Mañana empezará el verdadero proceso. Has salvado su vida hoy, pero para curar la maldición, deberás entregarte muchas veces más. ¿Te arrepientes?
XiaoXuan cerró los ojos, sintiendo todavía el eco del calor de Chen Yi en su piel.
—No —susurró antes de que la oscuridad la reclamara a ella también—. Si este es el precio de la vida... estoy dispuesta a pagarlo.