Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23: Cuando Intentaron Quitármelo
El silencio fue lo primero que me alertó.
Demasiado limpio.
Demasiado vacío.
El jardín interior del ala oeste nunca estaba completamente solo a esa hora. Siempre había al menos un guardia, una sirvienta, algún movimiento leve.
Pero esa tarde…
Nada.
Me detuve a medio paso.
El aire olía distinto.
No a flores.
A algo más metálico.
No tuve tiempo de procesarlo.
Una sombra cayó detrás de mí.
Instinto.
Giré, pero una mano cubrió mi boca antes de que pudiera gritar.
Firme.
Entrenada.
No improvisada.
—No hagas ruido.
La voz era baja. Masculina. Desconocida.
Mi corazón empezó a latir con fuerza, pero mi mente no entró en pánico.
No.
Pánico era lo que querían.
Dos hombres.
Ropa discreta.
Sin insignias.
Profesionales.
Intento de secuestro.
Perfecto.
—Muévete —susurró el segundo.
Intentaron arrastrarme hacia la arcada lateral, donde las enredaderas cubrían parcialmente el muro.
No luché de inmediato.
Eso los sorprendió.
Bien.
Si gritaba, podrían herirme.
Si me resistía sin pensar, podrían inmovilizarme.
Necesitaba segundos.
Solo segundos.
Mi mirada recorrió el entorno rápidamente.
El primer error de ellos:
Demasiada confianza.
No me ataron las manos.
El segundo error:
No sabían quién era realmente.
Cuando el que me cubría la boca aflojó apenas la presión para ajustarse, mordí.
Fuerte.
Con decisión.
El hombre soltó una maldición.
Giré sobre mi talón y golpeé con el codo al segundo en el estómago.
No fue elegante.
Fue eficaz.
Pero eran dos.
Y estaban preparados.
Uno me sujetó por detrás, bloqueando mis brazos.
—Sujétalo —gruñó el otro.
“Lo”.
Interesante.
No “su señoría”.
No “el consorte”.
“Lo”.
No era personal.
Era encargo.
Mi corazón latía con violencia ahora.
No por miedo.
Por rabia.
Intentaron cubrir mi boca otra vez.
Y esta vez grité.
No fue un grito largo.
Fue agudo.
Claro.
Suficiente.
Uno de ellos me golpeó en el costado para silenciarme.
El dolor fue inmediato.
Pero no me dejó sin aire.
Mal cálculo de ellos.
—¡Rápido!
Escuché pasos a lo lejos.
Guardias.
Demasiado tarde para una extracción limpia.
Uno de los hombres intentó arrastrarme hacia la pared lateral.
Pero el sonido de espadas desenvainándose cortó el aire.
—¡Alto!
Los hombres dudaron.
Error fatal.
Uno soltó mi brazo.
Y eso fue suficiente.
Me aparté, retrocediendo hasta chocar contra el muro.
Los guardias rodearon la escena.
Los atacantes no intentaron luchar.
Huyeron.
Uno fue derribado.
El otro desapareció por la arcada.
Mi respiración era irregular.
Mi costado dolía.
Pero estaba de pie.
Y eso era lo único que importaba.
—¿Está herido? —preguntó uno de los guardias.
—No.
Mentí.
No era momento de mostrar debilidad.
Entonces lo sentí.
Esa presencia.
Esa presión en el aire que siempre precedía su llegada.
Cassian.
No corría.
No gritaba.
Caminaba.
Y eso fue más aterrador.
Su mirada recorrió la escena en un segundo.
Guardias tensos.
Un atacante retenido.
Yo contra el muro.
Sus ojos bajaron a mi costado apenas un segundo.
Y algo en ellos cambió.
No fue furia inmediata.
Fue algo peor.
Frialdad absoluta.
—Explícame —dijo.
Nadie respondió al principio.
Uno de los guardias empujó al atacante capturado al suelo.
—Intento de extracción, mi señor.
Silencio.
Pesado.
Cortante.
Cassian no se acercó de inmediato a mí.
Primero miró al hombre en el suelo.
Y su voz cuando habló fue baja.
Demasiado baja.
—¿Quién te envió?
El hombre no respondió.
Error.
Cassian dio un paso adelante.
No levantó la voz.
No levantó la mano.
Pero todo el jardín sintió el cambio.
—Te pregunté algo.
El atacante escupió sangre.
Silencio.
Cassian inclinó apenas la cabeza.
—Llévenlo.
La orden fue simple.
Pero el tono dejó claro que no terminaría rápido.
Cuando finalmente se giró hacia mí, su control seguía intacto.
Demasiado intacto.
—¿Te lastimaron?
Su mano se movió hacia mi cintura.
Su toque fue firme.
Pero tembló apenas.
—Estoy bien.
—No me mientas.
—Es un golpe leve.
Sus ojos bajaron otra vez.
Evaluando.
Memorizando.
Registrando.
—Te dije que no caminaras sin escolta completa.
—No esperaba que intentaran esto tan pronto.
Silencio.
Su mandíbula se tensó.
—No debí permitir que te expusieras tanto.
Ah.
No.
Me enderecé.
Aunque el costado protestó.
—No fue por exposición.
—Fue por mí.
—No.
Lo miré directo.
—Fue porque no pueden dividirnos de otra forma.
Eso lo dejó inmóvil un segundo.
—No vuelvas a decir eso como si fuera inevitable.
—No es inevitable.
—Entonces no lo aceptes con tanta calma.
Me acerqué un paso.
—No estoy calmado.
Mi respiración todavía estaba acelerada.
—Estoy furioso.
Sus ojos descendieron a los míos.
Oscuros.
Profundos.
—Yo también.
Silencio.
Pero el suyo no era rabia descontrolada.
Era promesa.
Promesa de consecuencias.
Sus dedos subieron hasta mi mejilla.
Más suaves ahora.
—No voy a permitir que te toquen otra vez.
Mi corazón golpeó fuerte.
—No soy una reliquia que debas encerrar.
—No.
Su voz bajó.
—Eres lo único que no estoy dispuesto a perder.
Eso fue más peligroso que cualquier amenaza.
El jardín seguía lleno de guardias.
Pero el mundo se había reducido a ese instante.
—No voy a romperme por un golpe —murmuré.
—No es el golpe lo que me importa.
Silencio.
—Es que alguien creyó que podía quitártelo.
No dijo “quitármelo a mí”.
Dijo “quitártelo”.
Como si mi elección fuera suya también.
—No pueden —respondí con firmeza.
Sus ojos se suavizaron apenas.
Solo apenas.
—Van a aprenderlo.
Y por primera vez desde que empezó todo…
El juego político dejó de ser elegante.
Alguien había cruzado la línea.
Y cuando intentan tocar lo que el villano ama…
No queda tablero intacto.
La guerra acababa de empezar. 🔥