Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
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Capítulo 17: Los Cimientos del Ámbar
Esa noche, mientras Leo reía en la sala de juegos con Mila, Adrián se encerró en su estudio. El mensaje seguía ahí, quemando su pantalla. "Los secretos de los Varma son más antiguos que el éxito de tu empresa".
Adrián no era solo un CEO; era un experto en encontrar lo que otros querían ocultar. Abrió su terminal privada, aquella que no estaba conectada a los servidores de Aether Soft, y empezó a rastrear el origen del mensaje. No quería involucrar a Xavi todavía; si esto era algo familiar, quería ser el primero en saberlo.
Su aroma a pino se volvió frío, casi gélido, mientras sus dedos volaban sobre el teclado.
— Muéstrame algo —susurró para sí mismo.
Después de horas de búsqueda en archivos digitalizados de la década de los 90, Adrián encontró una carpeta encriptada con el sello de su abuelo, el fundador original del patrimonio Varma. Tras romper la seguridad, apareció un nombre que nunca había escuchado: Elias Thorne.
El corazón de Adrián dio un vuelco. ¿Elias Thorne? ¿El abuelo de Julian?
Los documentos revelaron una verdad amarga: Aether Soft no nació solo del genio de los Varma. Hubo una patente compartida que fue adquirida en circunstancias dudosas durante una crisis financiera de los Thorne hace treinta años. No fue un robo legal, pero fue una maniobra despiadada que dejó a la familia de Julian en la ruina antes de que lograran reconstruirse.
De repente, la puerta del estudio se abrió suavemente. Adrián cerró la pestaña de un golpe, pero el aroma a eucalipto ya estaba en la habitación. Leo entró con dos tazas de té, pero se detuvo en seco. Su nariz se arrugó; el aire olía a la toronja ácida del estrés de Adrián.
— Adrián, son las dos de la mañana —dijo Leo, dejando las tazas en la mesa. Se acercó y puso una mano sobre el hombro del rubio—. Tu aroma está disparado. Estás en modo defensa. ¿Qué está pasando?
Adrián forzó una sonrisa, ocultando sus manos ligeramente temblorosas.
— Solo un pequeño problema con la migración de datos de un cliente antiguo, Leo. No es nada de qué preocuparse.
Leo entrecerró los ojos. Como Alfa, podía sentir que el pino de Adrián estaba mintiendo, ocultando una nota de miedo bajo la capa de fatiga.
— Sabes que no soy solo tu programador, ¿verdad? Soy tu pareja. Y tu aroma me está diciendo que ese problema de datos tiene garras.
— De verdad, Leo, ve a dormir. Iré en un momento —insistió Adrián, tratando de mantener su voz firme.
Leo lo miró por un largo momento, con una mezcla de dolor y sospecha. Dio un paso atrás, dejando que su propio aroma a eucalipto se enfriara un poco.
— Está bien. Pero recuerda que las sombras crecen cuando las dejas solas, Adrián. No vuelvas a construir muros entre nosotros.
Leo salió de la habitación, y Adrián se dejó caer en su silla, sintiéndose como un traidor. Acababa de descubrir que su fortuna, la misma que usaba para proteger a Leo, podría estar cimentada en una injusticia cometida contra la familia de su mayor enemigo.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez era una imagen: una foto antigua de su padre, Samuel, estrechando la mano de un joven Elias Thorne, y sobre la foto, una palabra escrita en rojo: "DEVOLUCIÓN".