El Legado de la Ambición En la cúspide del éxito corporativo, los apellidos no son solo nombres; son sentencias. Samantha San Lorenzo ha pasado su vida bajo el escrutinio de una familia que valora la perfección por encima de la libertad. Su mundo de porcelana se agrieta cuando colisiona con Vladimir Musk, un hombre cuya visión del futuro es tan audaz como peligrosa. Lo que comienza como una rivalidad por el control de un imperio se transforma en una atracción prohibida que desafía toda lógica. Entre juntas de accionistas y secretos que podrían hundir industrias enteras, Samantha y Vladimir descubrirán que, en el juego del poder, el corazón es el único activo que no pueden permitirse perder. Una historia de redención, deseo y la lucha por escribir su propio destino.
NovelToon tiene autorización de Paulina Yolanda Olivares Carrasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
La Fragilidad del Cristal
POV: Samantha San Lorenzo
La luz del sol de la mañana entró por el ventanal roto del salón con una crueldad metálica. El Caribe volvía a ser un espejo turqués, como si la furia de la noche anterior hubiera sido solo un mal sueño, una alucinación colectiva entre dos enemigos. Pero el peso del cuerpo de Vladimir a mi lado, el calor de su piel contra la mía y el desorden de las sábanas de seda negra eran pruebas irrefutables de que el sistema había fallado. O quizás, de que finalmente se había reiniciado.
Me levanté con cuidado, tratando de no despertarlo. Vladimir dormía con una expresión que nunca le había visto: paz. Sin la armadura de sus trajes, sin la mirada calculadora, parecía casi humano. Casi vulnerable. Me envolví en una de sus camisas blancas de hilo —otra vez habitando su ropa, otra vez dejando que su aroma me reclamara— y caminé hacia el balcón de su habitación.
El desastre en la terraza era absoluto. Muebles de diseño destrozados, fragmentos de cristal esparcidos como diamantes sin valor y el rastro del agua que había intentado reclamar la casa. Me apoyé en la barandilla, sintiendo el aire salino en mi rostro.
¿Qué acababa de hacer?
Había entregado la última trinchera que me quedaba. Mi orgullo. Mi desprecio. Había dejado que el hombre que orquestó la caída de mi padre me tocara, me leyera y me desarmara. Y lo peor de todo no era el acto en sí, sino la realización de que, por primera vez en mi vida, no me sentía como una San Lorenzo cumpliendo un deber. Me sentía... viva.
—El remordimiento es una pérdida de energía, Samantha. Una ineficiencia emocional que no te puedes permitir.
La voz de Vladimir, ronca por el sueño, me hizo sobresaltar. Estaba de pie en el umbral del balcón, solo con los pantalones del traje de ayer, observándome con esa intensidad que ahora se sentía distinta. Ya no era una inspección de activos; era algo más profundo, algo que me daba miedo nombrar.
—No es remordimiento, Vladimir —respondí, sin mirarlo—. Es análisis de daños. Anoche rompimos la regla número uno de este matrimonio.
—¿Cuál? ¿La de odiarnos hasta que la muerte o el divorcio nos separe? —caminó hacia mí, deteniéndose justo detrás, sin tocarme, pero haciendo que cada vello de mi cuerpo se erizara—. Ese contrato se diseñó para proteger nuestras empresas, no nuestros corazones. Lo que pasó anoche no estaba en las cláusulas, pero tampoco estaba prohibido.
—Cambia las cosas —me giré para enfrentarlo. Sus ojos grises eran ahora un mar en calma, pero el peligro seguía allí—. Cambia cómo te miro en la junta de accionistas. Cambia cómo discuto contigo sobre la división de energía. Me has quitado la única arma que tenía contra ti: mi distancia.
Vladimir dio un paso más, acortando el espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. Extendió su mano y tomó un mechón de mi cabello, enrollándolo en su dedo con una lentitud tortuosa.
—Te equivocas. Ahora tienes un arma mucho más poderosa. Ahora sabes que puedo ser distraído. Que hay algo en este mundo que me importa más que el cierre de la bolsa de Nueva York. Si fueras inteligente, Samantha, usarías eso a tu favor.
—¿Me estás pidiendo que te manipule a través de mis sentimientos? —solté una risa amarga—. Eres un monstruo hasta cuando intentas ser romántico.
—No intento ser romántico. Intento ser honesto. La honestidad es el lujo más caro que podemos permitirnos.
Él se inclinó y depositó un beso casto en mi frente. El gesto me dolió más que cualquier insulto. Era una promesa de algo que no podíamos tener: una vida normal. De repente, su teléfono satelital, que había recuperado la señal, empezó a vibrar sobre la mesa de noche. El sonido era un recordatorio estridente de que el mundo exterior no se había detenido.
—Es Ivan —dijo él, su expresión volviendo a la máscara de hierro en un segundo—. El equipo de reparaciones y los abogados están a diez minutos en helicóptero. La burbuja ha estallado, Samantha. Vuelve a ponerte tu armadura. La necesitamos.