Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Cartas
Semanas después, en una mañana que parecía igual a todas las demás, llegó la carta.
Fue entregada junto a otros documentos, sin ceremonia especial.
Pero Regina la reconoció de inmediato.
El sello.
La casa Darcy.
Su mano se detuvo apenas al tomarla.
Un segundo.
Solo uno.
Pero suficiente para que algo se moviera en su interior.
Un leve… nerviosismo.
Inesperado.
Injustificado.
Inaceptable.
Respiró.
Lento.
Silencioso.
Y, con cuidado, rompió el sello.
La carta era exactamente lo que debía ser.
Formal.
Correcta.
Precisa.
Nelson Darcy no escribía de más.
No había adornos.
No había frases innecesarias.
Solo información.
Rutas.
Fechas.
Ajustes en los acuerdos.
Regina leyó cada línea con atención.
Y, poco a poco…
Esa sensación inicial se disipó.
Porque ahí no había nada que pudiera desordenarla.
Nada que escapara a lo lógico.
Nada que no perteneciera al trabajo.
Tomó papel.
Pluma.
Y respondió.
Con la misma exactitud.
Con el mismo tono.
—Estimado Lord Darcy…
Palabras medidas.
Ideas claras.
Cierre impecable.
Cuando terminó, revisó la carta una vez más.
No había errores.
No había dobles sentidos.
No había nada que pudiera interpretarse más allá de lo evidente.
Perfecta.
Y así comenzó.
Un intercambio constante.
Cartas que iban y venían entre Mercia y el reino vecino.
Siempre iguales.
Siempre… correctas.
Las semanas pasaron.
Y con ellas, las cartas.
Regina abría cada una sin apresurarse.
Las leía.
Respondía.
Y seguía con su día.
No había interrupciones.
No había desvíos.
Todo estaba contenido dentro de lo que ella podía manejar.
Y eso…
La tranquilizaba.
Porque ahí, en ese formato, en esa distancia…
No había miradas.
No había silencios incómodos.
No había manos que rozaran por accidente.
No había distracciones.
Solo tinta sobre papel.
Negocios.
Nada más.
A veces, mientras leía, reconocía algo.
La claridad en la forma de estructurar ideas.
La lógica en las propuestas.
Era él.
Sin necesidad de verlo.
Sin necesidad de escucharlo.
Y aun así…
No iba más allá.
No lo permitía.
Porque en ese espacio seguro, delimitado por palabras formales y márgenes definidos…
Regina tenía el control.
Todo estaba en su lugar.
Como debía ser.
Como ella lo había decidido.
Y así, carta tras carta…
Se convenció de algo..
Esto era lo correcto.
Esto era lo suficiente.
Y, sobre todo…
Esto era seguro.
Regina continuó con su rutina.
Cartas.
Siempre cartas.
Respondía a sus socios con la misma precisión de siempre.
A su padre, con brevedad y respeto.
Y a Nelson Darcy… con esa formalidad impecable que había construido como una barrera segura.
Todo estaba en orden.
Todo bajo control.
Hasta que llegó esa carta.
No parecía diferente a las demás.
El mismo sello.
La misma presentación.
Pero, cuando la tomó entre sus manos…
Lo sintió.
Un leve cambio en su pulso.
Casi imperceptible.
Aun así, rompió el sello con calma.
Como siempre.
Comenzó a leer.
Las primeras líneas eran habituales.
Referencias a acuerdos.
Confirmaciones de rutas.
Ajustes menores.
Nada fuera de lo esperado.
Nada que la sacara de su centro.
Hasta que llegó a esa parte.
La última.
Donde él lo mencionaba con total naturalidad.
Que viajaría a Mercia.
Para concretar y firmar el acuerdo en persona.
Regina se detuvo.
Sus ojos quedaron fijos en esa línea.
La releyó.
Una vez.
Dos.
No porque no entendiera.
Sino porque…
Algo dentro de ella reaccionó antes que su mente.
Un estremecimiento leve recorrió su cuerpo.
Rápido.
Involuntario.
Innegable.
Cerró la carta con cuidado.
Demasiado cuidado.
La dejó sobre la mesa.
Y se quedó en silencio.
[Es por trabajo.. nada mas.. no debo sobre pensar en esto.. es solo trabajo]
Claro que lo era.
No había otra razón.
Era lo lógico.
Lo esperado.
Lo correcto.
Firmar acuerdos importantes en persona era normal.
Necesario.
Nada más.
Pero su cuerpo…
No reaccionaba como si fuera “nada más”.
Ese pequeño temblor seguía ahí.
Esa ligera tensión en el pecho.
Esa conciencia repentina de algo que se acercaba.
No un evento.
Sino… alguien.
Regina inhaló profundamente.
Y sostuvo el aire unos segundos.
—No significa nada.
Lo dijo dentro de sí.
Con firmeza.
Como siempre.
—Es solo trabajo.
Otra vez.
—Solo trabajo.
Se obligó a moverse.
Tomó otros documentos.
Revisó números.
Leyó informes.
Pero, por primera vez en semanas…
Le costó un poco más concentrarse.
Porque ahora había algo distinto.
Una expectativa que no había elegido.
Una anticipación que no había buscado.
—Esto no cambia nada.
Se repitió.
Y lo creía.
Quería creerlo.
Porque todo seguía igual.
Su decisión seguía firme.
Su corazón… seguía cerrado.
Y aun así…
Mientras la carta permanecía sobre la mesa, silenciosa, inofensiva en apariencia…
Regina no pudo evitar notar una verdad incómoda..
Era la primera vez que una reunión de negocios…
La hacía sentir así.