"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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El precio del secreto
La victoria en la junta directiva dejó un sabor agridulce en la boca de Micaela. Aunque ahora ocupaba el sillón presidencial de los Ferrante, la mirada de Alexander sobre ella se había vuelto más pesada, más asfixiante. Él no celebraba su éxito como un socio, sino como un dueño que ve su inversión dar frutos.
Esa tarde, mientras Micaela sostenía a Gabriel en la guardería de la mansión, el sonido de su teléfono la sobresaltó. Era un número desconocido.
—¿Disfrutas de mi silla, Micaela? —La voz de Julián sonaba arrastrada, pastosa por el alcohol—. Disfrútala mientras puedas. Porque acabo de darme cuenta de algo que Alexander olvidó ocultar bien.
—No tienes nada, Julián. Estás acabado —respondió ella, apretando a su hijo contra su pecho.
—Tengo la fecha de nacimiento del bastardo que tienes en brazos —siseó Julián con una risa malévola—. Hice las cuentas. Alexander te "encontró" hace un mes, pero ese niño tiene semanas de nacido. No es un Rossi. Es un Ferrante. Y si voy a la prensa con la prueba de que el gran CEO Rossi está criando al hijo de su enemigo para robarse una herencia, ambos terminarán en la cárcel.
Micaela colgó, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies. Si Julián lograba forzar una prueba de ADN legal, Alexander perdería su reputación y ella podría perder la custodia de Gabriel en un juicio escandaloso.
Salió al pasillo buscando a Alexander, pero se detuvo al escucharlo hablar en su despacho. La puerta estaba entreabierta.
—...no me importa cuánto cueste, Luciano —decía Alexander con una frialdad que helaba la sangre—. Si Julián se acerca a un laboratorio, asegúrate de que el técnico desaparezca. Si intenta hablar con la prensa, compra el canal. Micaela no puede saber que Julián ya sospecha. Ella tiene que seguir creyendo que yo soy su único escudo.
Micaela retrocedió, tapándose la boca con la mano. Alexander no solo la protegía; estaba manipulando el peligro para mantenerla dependiente de él. Él sabía que Julián sospechaba y estaba usando ese miedo para que ella no lo abandonara ahora que tenía su propio poder.
—¿Buscabas algo, Micaela? —Alexander apareció en el pasillo, cerrando su despacho tras de sí. Su mirada escaneó el rostro pálido de ella—. Pareces haber visto un fantasma.
—Julián me llamó —dijo ella, tratando de que su voz no temblara—. Sabe lo de Gabriel. Sabe que no es tu hijo.
Alexander caminó hacia ella, acorralándola contra la pared de mármol. Puso una mano a cada lado de su cabeza, atrapándola en su jaula personal de seda y acero.
—No te preocupes por Julián. Él es un perro que ladra desde el fango —Alexander le acarició la mejilla con una calma aterradora—. Mientras seas mi esposa y vivas bajo mis reglas, nadie tocará a ese niño. Pero si intentas jugar a la presidenta independiente, si intentas alejarte de mi lado... bueno, quizá entonces mis abogados no sean tan eficientes protegiendo la identidad de Gabriel.
—Me estás amenazando con mi propio hijo —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas de rabia.
—Te estoy recordando los términos de nuestra sociedad —corrigió él, inclinándose para besarle la frente con una posesión enfermiza—. Eres la Propiedad del CEO, Micaela. Y lo que es mío, se queda conmigo. A cambio, te daré la cabeza de Julián en una bandeja de plata antes de que termine la semana.
Alexander se alejó, dejándola sola en la penumbra del pasillo. Micaela miró hacia la habitación de su hijo. Había destruido a un monstruo para caer en las garras de uno mucho más inteligente. Pero Alexander Rossi había cometido un error: le había enseñado a Micaela a ser despiadada.
Esa noche, mientras Alexander dormía, Micaela no lloró. Se sentó frente a su computadora y empezó a desviar silenciosamente fondos de su nueva cuenta en Ferrante hacia una cuenta secreta en el extranjero. Si Alexander quería una guerra de posesión, ella le daría una lección de supervivencia.
La "Propiedad" estaba empezando a planear su fuga, y el precio sería el imperio que ambos habían construido sobre las cenizas de su pasado.