Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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LA CASCADA
El sol brillaba intensamente sobre el campo, iluminando las flores silvestres que bordeaban el sendero que Sara y Alejandro recorrían. El aire estaba impregnado del aroma fresco de la tierra húmeda y el canto melodioso de las aves que anidaban en los árboles. Sara, aún con la inquietante sensación del sueño en su mente, intentaba distraerse con la belleza del paisaje. Sin embargo, su mente seguía volviendo a la imagen de la niña en la oscuridad. “¿Sabías que hay una hermosa cascada cerca de aquí?” comentó, casi sin pensar. Su voz resonó en el aire, ligera y despreocupada, pero una sombra de duda cruzó su rostro.
Alejandro, que había estado caminando a su lado, se detuvo en seco, sus ojos brillando con emoción. “¿De verdad? ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¡Llévame allí!” Su voz era un ruego, y Sara no podía resistirse a su entusiasmo. A pesar de sus reservas, una parte de ella anhelaba la aventura, el escape del peso que la preocupación por su madre había dejado en su corazón. “Está bien, pero no me culpes si es un poco difícil de encontrar,” respondió, sonriendo con un leve nerviosismo. Alejandro asintió, tomando su mano con firmeza, como si su toque pudiera ahuyentar cualquier inquietud.
Mientras caminaban, los sonidos del campo se intensificaron. El murmullo del viento entre las hojas, el crujido de las ramas bajo sus pies, y el lejano sonido del agua corriendo llenaban el aire. Sara se sintió más ligera, como si el peso del mundo se desvaneciera a medida que se acercaban a la cascada. Al llegar, el espectáculo que se desplegó ante ellos fue impresionante. El agua caía en un torrente, creando un arco iris en la bruma que se elevaba. “Es aún más hermosa de lo que recordaba,” murmuró Sara, maravillada.
“Vamos a nadar,” propuso Alejandro, su entusiasmo contagioso. Sin pensarlo dos veces, se despojó de su camisa y se lanzó al agua con un grito de alegría. Sara lo siguió, riendo, sintiendo el frescor del agua que la envolvía. Nadaron y chapotearon, olvidando las preocupaciones, dejando que el momento los absorbiera por completo. El sol brillaba sobre ellos, y la risa de Alejandro resonaba en el aire como música. Sara se sentía viva, como si la cascada hubiera lavado sus miedos, aunque la imagen de la niña seguía acechando en un rincón de su mente.
De repente, mientras se sumergía, algo tiró de ella desde abajo. La sensación fue como un tirón helado, y el mundo alrededor se oscureció. Sara luchó por salir a la superficie, pero las corrientes eran fuertes. En su desesperación, vio a Alejandro, que se zambulló tras ella, su rostro lleno de pánico. “¡Sara!” gritó, extendiendo su mano hacia ella. Ella sintió su toque, pero la fuerza del agua la arrastraba hacia el fondo. En un instante de claridad, vio una figura en la orilla, una niña de cabello oscuro que la miraba fijamente, sus ojos llenos de una tristeza indescriptible.
Cuando finalmente logró salir a la superficie, el aire fresco le golpeó el rostro, pero el mundo giraba. Sara cayó de nuevo al agua, y todo se volvió negro. Alejandro, en un intento desesperado, la sacó del agua, su corazón latiendo con fuerza mientras la arrastraba hacia la orilla. “¡Sara, despierta!” suplicaba, su voz quebrándose mientras la sostenía en sus brazos. El sonido del agua que caía se convirtió en un eco distante, y el rostro de la niña seguía apareciendo en su mente, como un susurro.
Después de unos minutos que parecieron eternos, Sara abrió los ojos lentamente. La luz del sol la deslumbró, y su mente estaba confusa. “¿Qué… qué pasó?” balbuceó, tratando de recordar. Alejandro la miraba con una mezcla de alivio y miedo. “Te perdí por un momento. Estabas bajo el agua, y…” Su voz se apagó, incapaz de terminar la frase. “Lo siento, no sé qué pasó,” dijo Sara, sintiendo un frío recorrer su cuerpo. La cascada, que antes había sido un lugar de alegría, ahora parecía un recordatorio de lo que casi había perdido.
Con esfuerzo, se levantaron y comenzaron a caminar hacia la granja, el peso de la experiencia aún fresco en sus corazones. El camino de regreso estaba lleno de silencio, solo interrumpido por el murmullo del viento. Sara se sentía extraña, como si algo hubiera cambiado en ella. La preocupación por su madre y el misterio de la niña en su sueño se entrelazaban en su mente. “¿Crees que deberíamos contarle a tu madre?” preguntó Alejandro, rompiendo el silencio. “No quiero asustarla más de lo que ya está,” respondió Sara, su voz cargada de una inquietud que no podía ocultar.
Al llegar a la granja, el ambiente era tenso. Julieta, la ama de llaves, los recibió con una mirada preocupada. “¿Qué les pasó?” preguntó, sus ojos escaneando sus rostros. Antes de que pudieran responder, un médico que había sido llamado se acercó. “Necesito ver a Sara,” dijo con firmeza, guiándola hacia la sala donde su madre yacía enferma. Alejandro la siguió de cerca, su mano entrelazada con la de ella, como si su toque pudiera protegerla de cualquier mal.
El médico examinó a Sara con atención, sus manos expertas palpando su abdomen. “No hay nada de qué preocuparse, pero parece que tienes dos meses de embarazo,” reveló, sus palabras golpeando a Sara como un rayo. La incredulidad la envolvió, y su mente se llenó de preguntas. ¿Cómo era posible? Alejandro, al escuchar la noticia, se quedó paralizado, sus ojos buscando los de Sara, llenos de sorpresa y ternura. “¿Estás bien?” preguntó, su voz suave. Sara asintió, pero en su interior, la preocupación por el futuro y el eco de la niña seguían resonando, como un misterio que aún no habían resuelto.