Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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Entrenamiento
El patio de entrenamiento resonaba con el choque de espadas.
Noah estaba en el centro, rodeado de caballeros. La camisa blanca pegada al torso por el sudor, las mangas arremangadas, los primeros botones abiertos. Cada movimiento era limpio, preciso… peligroso.
—Otra vez —ordenó con voz baja.
Un caballero atacó.
Noah desvió, giró y lo desarmó en un segundo.
Desde la galería superior, Raeliana lo observaba apoyada en la baranda.
Dios… ¿por qué se ve así de bien peleando?
Uno de los caballeros miró hacia arriba.
—Su Excelencia… mire allá.
Noah siguió la dirección de su mirada.
La vio.
Vestido claro, cabello movido por el viento… y esa sonrisa.
Raeliana levantó la mano y saludó como si nada.
Luego, impulsivamente, llevó los dedos a sus labios y le lanzó un beso.
Silencio absoluto en el patio.
Un par de caballeros tosieron.
Otro directamente se quedó petrificado.
Noah no se movió.
Solo la miró.
¿Qué acaba de hacer…?
Raeliana parpadeó.
¿QUÉ ACABO DE HACER?
Se puso roja hasta las orejas.
Giró sobre sus talones y desapareció casi corriendo.
En su habitación, caminaba de un lado a otro.
—¿Por qué hice eso…? ¡¿Qué me pasa?!
Se dejó caer sobre el sofá, cubriéndose la cara.
Fue automático… como si estuviéramos en otro mundo…
Seguro pensó que estoy loca.
O peor… desesperada.
Un golpe suave en la puerta.
—Adelante.
Noah entró sin esperar más.
Ya se había cambiado, pero aún tenía el cabello húmedo y algunas gotas recorrían su cuello.
—¿Me buscaba?
Raeliana se quedó rígida.
Respira. Compórtate como una duquesa normal. No como una adolescente.
—Yo… eh… sí. Quería preguntarle algo.
Noah se acercó despacio.
—La escucho.
—Quiero entrenar.
Silencio.
—¿Entrenar…?
—Sí. Con espada. Defensa personal. Lo que sea.
Sus ojos se entrecerraron apenas.
—Eso no es apropiado para usted.
—No me importa lo apropiado.
Lo miró directo.
—Enséñeme.
Noah la estudió como si intentara descubrir una mentira.
—Podría lastimarse.
—No lo haré.
He sobrevivido cosas peores que un entrenamiento con espada.
—¿Está segura?
—Totalmente.
Una pausa.
—Muy bien —dijo finalmente—. Si insiste… entrene conmigo.
El patio estaba vacío al atardecer.
Noah le entregó una espada de práctica.
—Sujétela así.
Se colocó detrás de ella, ajustando sus manos.
Raeliana sintió el calor de su cuerpo demasiado cerca.
Concéntrate… CONCÉNTRATE.
—Los pies firmes. El peso al frente.
Ella corrigió la postura sin dudar.
Noah frunció levemente el ceño.
—¿Ha hecho esto antes?
—…Algo parecido.
Se separó.
—Ataque.
Raeliana avanzó.
Rápida.
Demasiado rápida.
Noah bloqueó por reflejo, pero sus ojos se abrieron apenas.
Ella giró la muñeca, cambió el ángulo y atacó de nuevo.
No era un movimiento elegante.
Era eficiente.
Instinto de combate…
Noah retrocedió medio paso.
—¿Quién le enseñó eso?
Raeliana se detuvo.
Artes marciales modernas… difícil de explicar en este siglo.
—Digamos que… aprendí a defenderme.
—Otra vez.
Esta vez él atacó.
Ella esquivó, giró el cuerpo y golpeó su espada hacia abajo con precisión.
El impacto resonó en todo el patio.
Un par de guardias que miraban a distancia se quedaron boquiabiertos.
Noah bajó lentamente su arma.
—Usted no es una principiante.
Raeliana respiraba agitada, pero sonreía.
—Le dije que no me lastimaría.
Silencio.
El viento movió su cabello.
Noah dio un paso al frente.
—¿Qué más sabe hacer, Raeliana?
Su voz era baja. Intensa.
Ella sostuvo su mirada.