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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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Capítulo 2: La subasta de mi cuerpo

La cafetería solía ser mi único refugio, el único rincón del mundo donde el aroma a grano tostado lograba amortiguar el hedor a podredumbre moral de mi casa. Pero hoy, mientras limpio la barra de madera con movimientos mecánicos, el lugar se siente como una celda de cristal. Siento los ojos de los clientes sobre mí, pero sobre todo, siento el peso de la amenaza de mi madre quemándome la nuca.

Mis rodillas, ocultas bajo el pantalón, palpitan con cada paso. El corte de la porcelana de esta mañana se ha pegado a la tela, y cada vez que me muevo, la herida se abre un poco más, recordándome quién soy: una propiedad en liquidación.

La campana de la puerta tintinea. Espero ver a un cliente habitual, pero lo que entra es un vendaval de envidia pura. Mi hermana, Elena, cruza el umbral con sus tacones de aguja golpeando el suelo como martillazos rítmicos. Se quita las gafas de sol y me mira con una mezcla de odio y una fascinación que no logra ocultar.

—Deberías cerrar ya, Anaís —dice, apoyándose en la barra y mirando mis manos temblorosas—. Mamá dice que necesitas tres horas de tratamiento de belleza para que ese hombre no se arrepienta de haber gastado tanto dinero en ti. Aunque, después de lo que vi hoy... —se detiene y muerde su labio inferior, una expresión de deseo casi obsceno cruzando su rostro.

—¿De qué hablas? —pregunto, tratando de concentrarme en una taza para no mirarla a los ojos.

—Hablo de Ricardo —sisea ella, y por primera vez noto un brillo de celos reales en sus pupilas—. Ha salido en las noticias financieras esta mañana. Dios, Anaís... es un pecado. No parece un hombre de cuarenta años. Tiene ese tipo de cuerpo que parece esculpido en granito, una mandíbula que podría cortar acero y unos ojos que te desnudan sin necesidad de tocarte. Es injusto que una mosquita muerta como tú se quede con un hombre así. Yo debería estar en tu lugar. Yo sabría qué hacer con un hombre de ese calibre.

Elena golpea la barra con frustración. A ella no le importa que él sea un controlador o que sea famoso por su crueldad en los negocios; a ella solo le importa que es el hombre más poderoso y atractivo que ha visto en su vida. Para ella, mi matrimonio es un premio que no merezco; para mí, es una sentencia de muerte.

—Si tanto lo quieres, dile a papá que cambie el contrato —susurro, sintiendo que el aire me falta.

—¡No seas idiota! —me grita, atrayendo las miradas de los clientes—. Papá ya firmó. Ricardo te eligió a ti después de ver tus fotos. Quiere algo "puro", algo que pueda moldear a su antojo. No quiere una mujer con carácter como yo; quiere una alfombra sobre la cual caminar, y tú eres experta en eso, ¿verdad, cenicienta?

Elena sale de la cafetería con un portazo, dejándome con un nudo de terror en la garganta. Si Elena, que es una depredadora nata, se siente intimidada por su atractivo, ¿qué posibilidades tengo yo de sobrevivir a él?

El resto de la tarde es un desfile de humillaciones estéticas. Regreso a casa y soy entregada a un equipo de estilistas que mi madre ha contratado. Me depilan con saña, me exfolian la piel hasta dejarla roja y me tiran del cabello mientras intentan darle una forma perfecta. Me envuelven en un vestido de seda color champán que se ajusta a mis curvas como una segunda piel, dejando mis hombros al descubierto. Me siento como una muñeca de porcelana que están preparando para ser estrellada contra una pared de concreto.

—Ni una lágrima, Anaís —me advierte mi madre mientras me abrocha un collar de diamantes que pesa como un grillete frío—. Si arruinas el maquillaje con tus lloriqueos, te juro que el golpe de esta mañana te parecerá una caricia comparado con lo que te haré frente a él.

Bajamos las escaleras en un silencio sepulcral. Mi padre se endereza la chaqueta frente al espejo del recibidor, con los ojos brillando por la codicia del contrato que está a punto de asegurar. De pronto, el sonido de un motor potente ruge fuera de la mansión. Mi corazón late con tanta fuerza que temo que el vestido se rompa.

La puerta principal se abre y el aire de la habitación parece desaparecer.

Ricardo no entra; él invade.

Es más alto de lo que imaginé, con una espalda ancha que llena el marco de la puerta. Su traje negro, hecho a medida por manos expertas, marca la musculatura de su pecho y hombros de una forma que resulta intimidante. Su rostro es de una belleza peligrosa: piel bronceada, una barba de tres días perfectamente recortada que acentúa su mandíbula fuerte, y unos ojos oscuros, casi negros, que destilan una autoridad absoluta. No parece un hombre que ha cumplido los cuarenta; parece un depredador en su plenitud física.

Su mirada recorre mi cuerpo de arriba abajo con una lentitud insoportable. Es una inspección comercial, gélida y precisa. Se detiene en mis labios, en mi cuello, y finalmente en mis ojos. Siento que me está desnudando el alma, buscando cualquier rastro de resistencia para aplastarla.

—Es un poco más pequeña de lo que decían los informes —dice su voz. Es una nota profunda, ronca, que vibra directamente en mis huesos.

Camina hacia mí con la elegancia de un lobo. Ignora el saludo de mi padre como si fuera un estorbo. Se detiene a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio personal hasta que su aroma a sándalo y tabaco caro me marea. Se inclina, y su aliento cálido roza mi oreja, haciéndome estremecer.

—Espero que seas tan inteligente como dicen, Anaís —murmura, y su voz solo es para mí—. Porque no tengo paciencia para los juguetes que se rompen al primer uso. Y yo tengo planeado usarte mucho.

Me toma de la barbilla con una fuerza que me obliga a sostenerle la mirada. Sus dedos son firmes, posesivos, y su tacto me quema la piel. Por el rabillo del ojo, veo a Elena. Está pálida, con los ojos fijos en los músculos de Ricardo, apretando los puños con una envidia tan amarga que casi se puede oler en el aire. Ella lo desea con una desesperación enferma; yo solo quiero que la tierra se abra y me trague.

—Es perfecta, ¿verdad, Ricardo? —interviene mi madre con una sonrisa servil, buscando su aprobación.

Él no se molesta en contestarle. No aparta sus ojos de los míos. Hay una chispa de crueldad y dominio en sus pupilas que me dice que mi infierno personal acaba de subir de temperatura. Su mano baja por mi brazo con una caricia que parece una amenaza, apretando justo donde mi madre me había lastimado antes.

—Ya veremos qué tan perfecta es —responde él, y su sonrisa es una promesa de tormenta—. Vamos a cenar. Quiero saber exactamente qué es lo que he comprado por tan alto precio.

1
Gabriela Huasco
/Frown/
Maria Jose Ariza Ortiz
esta novela está más enredada que un costal de anzuelos no he entendido nada de nada
Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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