una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 17: El eco de una ausencia
El departamento de los Moore, que alguna vez fue un refugio de luz y olor a café recién hecho, se había transformado en un museo de gestos ensayados. Para Adam, entrar en su propia casa se sentía ahora como caminar sobre una capa de hielo fino; sabía que algo se estaba resquebrajando debajo, pero no lograba ver la profundidad de la grieta.
Esa noche, Adam llegó temprano con un ramo de jazmines frescos, el aroma favorito de Elizabeth. Quería celebrar que el diseño de la estructura principal de la nueva casa había sido aprobado. Al abrir la puerta, lo recibió una oscuridad inusual. Elizabeth estaba sentada en el sofá, con la mirada perdida en el ventanal donde la lluvia golpeaba con una monotonía metálica. No había música, ni televisión, ni el sonido del teclado que solía acompañar sus tardes de edición.
—¿Eli? —llamó Adam, dejando las llaves sobre la mesa—. ¿Estás bien? Te quedaste a oscuras.
Ella se sobresaltó, y Adam notó con una punzada en el pecho que el movimiento no fue de sorpresa, sino de una extraña culpa. Elizabeth forzó una sonrisa, pero era una expresión que no llegaba a sus ojos. El brillo que siempre la definía, esa chispa de curiosidad y calidez, parecía haberse extinguido, dejando solo una cáscara pálida y agotada.
—Solo... estaba pensando, Adam. Me distraje con la lluvia —respondió ella, levantándose con una pesadez que no correspondía a sus treinta años.
—Te traje flores —dijo él, extendiendo el ramo.
Elizabeth lo tomó y, por un segundo, Adam vio cómo sus manos temblaban. Ella hundió el rostro en los jazmines, pero en lugar de la alegría habitual, una sombra de dolor cruzó su semblante. El aroma de las flores, que antes representaba su hogar, ahora le recordaba las sábanas grises del departamento de Julián y el perfume de Maximiliano. Era una disonancia insoportable.
—Gracias. Son hermosas —susurró ella, pero su voz sonaba hueca, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo.
Cenaron en un silencio que Adam intentó romper varias veces con noticias sobre la obra, sobre los nuevos cimientos y las baldosas que habían elegido. Pero Elizabeth solo asentía, perdida en una distancia que los kilómetros no podían explicar. Estaba allí físicamente, masticando mecánicamente, pero su mente estaba a kilómetros, en un refugio clandestino del casco antiguo, reviviendo las manos de otro hombre sobre su piel.
—Siento que ya no estás aquí, Eli —soltó Adam de repente, dejando los cubiertos a un lado. Su voz no era de reproche, sino de una tristeza profunda—. Estás ausente. Me miras, pero no me ves. Tu brillo... se apaga en cuanto cruzas esa puerta. ¿Es el trabajo con Maximiliano? ¿Te está presionando demasiado?
Elizabeth sintió que el aire se le escapaba. La mención del nombre de Maximiliano en labios de su esposo fue como un latigazo.
—Es solo... la responsabilidad, Adam. El proyecto es enorme y siento que el mundo entero está mirando. No quiero fallar.
—No me importa el proyecto —replicó Adam, rodeando la mesa para tomar sus manos. Ella no se apartó, pero sus dedos estaban gélidos—. Me importas tú. Siento que te estoy perdiendo en una oficina de cristal. Si ese trabajo te está robando la paz de esta manera, renuncia. No necesitamos tanto dinero. Podemos esperar por la casa. Prefiero vivir en este departamento pequeño toda la vida y tener a la mujer de la que me enamoré, que tener una mansión con una extraña.
Esas palabras fueron el golpe de gracia para la resistencia de Elizabeth. La bondad de Adam era su mayor castigo. Él estaba dispuesto a sacrificar su sueño por ella, mientras ella sacrificaba su integridad por un hombre que nunca podría darle un hogar a la luz del día.
—No puedo renunciar ahora, Adam. No es tan simple —dijo ella, retirando sus manos con la excusa de recoger los platos.
—Nada es simple contigo últimamente —suspiró él, quedándose solo en la mesa—. Antes solíamos hablar de todo. Ahora pareces una sombra que entra y sale de casa. Ni siquiera me dejas tocarte sin que parezca que te estoy pidiendo un sacrificio.
Elizabeth se detuvo frente al fregadero, dándole la espalda. Las lágrimas empezaron a correr silenciosas por sus mejillas. Quería gritarle la verdad, quería decirle que su brillo no se apagaba por el cansancio, sino por la vergüenza de llevar el secreto de otro hombre impregnado en el alma. Pero el silencio volvió a ganar.
Esa noche, mientras Adam dormía a su lado, Elizabeth se quedó despierta mirando el techo. El peso de la doble vida se sentía como una losa de mármol sobre su pecho. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Maximiliano, pero cuando los abría, veía la silueta honesta de Adam.
La farsa estaba funcionando hacia afuera, pero por dentro, Elizabeth Moore se estaba desintegrando. El refugio del casco antiguo era el único lugar donde se sentía viva, pero su casa era el lugar donde recordaba que estaba muerta por dentro. El incendio que Maximiliano había provocado ya no solo quemaba en la oficina; ahora estaba consumiendo los cimientos de la única vida buena que ella había conocido.