Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Novela
El día había comenzado torcido.
Ella.. tan alegre, tan intrépida, tan incapaz de quedarse callada cuando algo le parecía injusto.. caminaba por el mercado con el ceño fruncido y los pasos más fuertes de lo habitual. El bullicio, que normalmente le encantaba, esa mezcla de vendedores pregonando ofertas, niños riendo y monedas tintineando, le resultaba insoportable. El aire olía a pan recién horneado y especias, pero ni eso lograba suavizar su humor.
Había salido de casa con la intención de despejarse. Comprar frutas, quizá un trozo de queso, intercambiar bromas con los comerciantes que ya la conocían por su lengua rápida y su risa contagiosa. Pero aquel día no estaba para bromas.
Fue entonces cuando lo vio.. un pequeño puesto de libros viejos, encajonado entre una vendedora de flores secas y un anciano que ofrecía relojes descompuestos. El toldo estaba remendado y los libros se apilaban en torres inestables, con lomos gastados y páginas amarillentas. Normalmente habría pasado de largo. Pero algo.. quizá el título escrito con letras doradas ya casi borradas.. la hizo detenerse.
Tomó el libro sin pedir permiso. El vendedor apenas alzó la vista.
Comenzó a leer de pie.
Al principio lo hizo por simple curiosidad. La historia hablaba de un antiguo ducado, de intrigas familiares y de un matrimonio concertado. Pero a las pocas páginas, su expresión cambió. Sus labios se torcieron.
Emma Collins.
La villana.
No tardó en detestarla.
Emma Collins no solo era despiadada con los empleados del ducado, los despedía por nimiedades, humillaba a las doncellas por la forma en que doblaban las sábanas y reducía el salario de los jardineros si las flores no florecían como ella esperaba. Era fría, altiva, cruel.
Pero eso no fue lo que más la indignó.
Lo que hizo que apretara el libro con fuerza fue la manera en que trataba a su esposo.
El conde.
El conde mudo.
El abuelo de Emma la había obligado a casarse con él para preservar alianzas antiguas y fortalecer el apellido. Y aunque la joven jamás había querido ese matrimonio, lo que hacía después era imperdonable.
Las historias dentro del libro decían que el conde no era mudo por defecto físico. Los magos más poderosos del reino habían intentado sanarlo. Habían pronunciado hechizos antiguos, trazado símbolos con polvo de estrellas, invocado espíritus de sanación.
Nada funcionó.
Su voz no estaba enferma.
Su voz se había perdido el día que vio morir a sus padres.
Desde entonces, el silencio lo acompañaba como una sombra.
Y encima de ese silencio, Emma reía.
Se burlaba de él cuando intentaba comunicarse con gestos. Lo llamaba inútil frente a los sirvientes. Se desesperaba cuando él no podía responderle con palabras. Lo acusaba de ser una carga, un estorbo, un castigo impuesto por su abuelo.
La joven que leía en medio del mercado.. sintió cómo la rabia le subía por el pecho.
—¿Pero qué clase de mujer es esta? —murmuró para sí, olvidando que estaba en público.
Pasó la página con brusquedad.
El conde, en el relato, era paciente. Observador. Sus ojos hablaban lo que su boca no podía. Se esforzaba por cumplir con sus deberes, por proteger el territorio, por mantener la paz en un hogar que nunca fue cálido.
[Todo lo que tuvo que sufrir ese hombre. Ver morir a sus padres. Perder la voz por el trauma. Cargar con el peso del título. Y encima… encima tener que soportar una esposa que lo maltrata y se burla de él.]
Su mal humor, que antes era difuso, encontró un blanco claro.
Ya no estaba molesta por el día torcido.
Estaba molesta por la injusticia.
Cerró el libro de golpe.
—Si fuera yo… si fuera yo la que estuviera ahí…
No terminó la frase.
Pero en su mente, Emma Collins ya tenía los días contados.
El vendedor carraspeó.
No fue un sonido fuerte, pero sí lo suficiente para recordarle que llevaba varios minutos leyendo sin intención aparente de pagar. Ella alzó la vista y encontró los ojos del hombre clavados en el libro… y luego en ella.
Era una presión silenciosa, incómoda.
Bufó por lo bajo.
—Está bien —murmuró, más para sí que para él.
Pagó con monedas que dejó caer sobre la mesa improvisada y, sin esperar vuelto, tomó el libro bajo el brazo. Se alejó con paso firme, todavía con el mal humor adherido a la piel como una capa invisible.
Mientras caminaba entre los puestos, volvió a abrirlo.
Siguió leyendo sin prestar demasiada atención a su alrededor.
Y entonces descubrió algo que la hizo fruncir aún más el ceño.
Emma Collins no solo era cruel.
Era tonta.
La narración mostraba con claridad cómo la familia de su tía.. parásitos disfrazados de parientes afectuosos.. se aprovechaba descaradamente del dinero del conde. Organizaban fiestas ostentosas con fondos del territorio, compraban telas importadas, joyas innecesarias, carruajes nuevos, todo bajo el pretexto de “mantener la imagen familiar”.
Emma firmaba los permisos.
Emma autorizaba los gastos.
Emma jamás cuestionaba.
Porque estaba demasiado ocupada despreciando a su esposo como para notar que lo estaban desangrando financieramente.
La lectora.. apretó los dientes.
—Inútil… —murmuró, pero esta vez no sabía si hablaba de la villana o de sí misma por seguir avanzando sin mirar.
Pasó la página.
La indignación creció.
La prima de Emma.
Otra víbora.
La joven, descrita como dulce y delicada, se acercaba al conde con una suavidad calculada. No solo intentaba seducirlo con miradas largas y sonrisas suaves.. lo hacía con estrategia. Se posicionaba siempre a su lado cuando Emma comenzaba a hablar mal de él. Provocaba situaciones en las que la villana criticaba su silencio, su “incapacidad”, su “rareza”, mientras el conde estaba presente.
Él no podía defenderse con palabras.
Y la prima, con falsa compasión, intervenía.
—Oh, prima, no seas tan dura con el conde… seguro que él hace lo mejor que puede…
Luego apoyaba una mano ligera sobre el brazo del hombre, inclinándose apenas más de lo necesario. Se mostraba bondadosa, comprensiva, paciente.
Una santa frente al monstruo.
Pero todo era cálculo.
Porque cuanto más cruel parecía Emma, más luminosa parecía ella.
Y Emma… no lo notaba.
No veía cómo su propia prima la estaba empujando al abismo, erosionando su matrimonio, debilitando su posición.
—¿Pero cómo puede ser tan ciega? —susurró la lectura, avanzando sin rumbo.
No levantó la vista.
No vio que los puestos del mercado quedaban atrás.
No notó que el suelo bajo sus pies cambiaba de empedrado a tierra suelta.
No escuchó los primeros gritos.
Hasta que fueron demasiado claros para ignorarlos.
—¡Oiga!
—¡Señorita!
—¡Cuidado!
Alzó la cabeza, desorientada.
Miró a su alrededor.
El ruido del mercado ya no estaba. En su lugar, había montones de tierra, vigas de acero, maquinaria pesada. Un terreno de construcción delimitado por cintas amarillas que ella había atravesado sin darse cuenta.
Sus ojos se abrieron con retraso.
Frente a ella, el suelo simplemente… desaparecía.
No alcanzó a retroceder.
El libro resbaló de sus manos.
Sintió cómo su cuerpo perdía el equilibrio, cómo el aire se le escapaba del pecho en un grito que nunca terminó de formarse.
Y cayó.
La sensación fue breve y eterna a la vez. El viento golpeándole el rostro, el vértigo, el cielo alejándose arriba como un rectángulo de luz.
Pensó, absurdamente, en el conde.
En su silencio.
En la injusticia.
Luego, todo se volvió oscuro.
Y se apagó.
Maravilloso Daniel sigue asi👏