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ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.

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capitulo 7

De vuelta en el ático, la paz era absoluta, pero frágil. Lía descansaba con la cabeza en el pecho de Dante, escuchando el latido de su corazón. El aire olía a amor recién hecho y a una calma que ella sabía que era el preludio de la tormenta final.

—Dante —susurró ella, trazando círculos invisibles en su abdomen—. Mañana tenemos la reunión con Victoria. Ella dijo que había encontrado algo en los registros de la constructora. Algo que Julián ha estado usando para chantajear a la junta directiva.

Dante le acarició el cabello, besándole la frente. —Lo sé. Julián es como un animal herido; no sabe pelear de frente, así que intentará buscar barro para lanzarnos. Pero no importa lo que encuentre. La verdad es que él te traicionó primero, y que el dinero que desvió hacia Sara es una prueba irrefutable de su fraude.

—Tengo miedo de lo que mi padre haya hecho —confesó Lía—. Siempre lo vi como un héroe, como el hombre que construyó un imperio para darnos seguridad. Pero si él fue quien te echó de allí... si él fue quien causó ese incendio...

Dante la estrechó con más fuerza. —Tu padre tomó decisiones, Lía. Decisiones que me alejaron de ti por mucho tiempo. Pero esas mismas decisiones son las que me trajeron de vuelta con las armas necesarias para protegerte. Si él no hubiera sido un tiburón, yo no me habría convertido en el abogado que soy hoy. No te culpes por los pecados de tus antepasados.

Lía cerró los ojos, intentando aferrarse a esa lógica. Pero en el fondo de su mente, una premonición la inquietaba. Sabía que Julián no se rendiría fácilmente. Sabía que Sara, impulsada por años de envidia silenciosa, buscaría la forma de herirla donde más le dolía.

—Prométeme una cosa —dijo Lía, levantando la vista para mirar a Dante con una seriedad que lo estremeció.

—Lo que quieras.

—Si las cosas se ponen feas... si el nombre de mi familia se arrastra por el fango... no me dejes volver a esa oscuridad. No dejes que me convierta otra vez en la mujer invisible.

Dante tomó su rostro entre sus manos, con una intensidad que recordaba a las tormentas que azotaban el lago en su infancia.

—Lía, tú ya no eres invisible. Eres el centro de mi mundo. Eres la niña del muelle que se convirtió en una reina. Y si el mundo entero se quema, nos quedaremos en pie sobre las cenizas, pero juntos.

Se besaron una vez más, un beso que selló el pacto antes de que la realidad (la oficina de Victoria, el descubrimiento del litio y la confrontación final en la casa) se pusiera en marcha. Lía se durmió finalmente, teniendo por primera vez un sueño que no era húmedo, ni angustiante, sino simplemente tranquilo. Soñó con un lago en calma, donde dos niños se daban la mano mientras el sol se ponía, sabiendo que, aunque el fuego viniera, ellos ya habían aprendido a caminar sobre las brasas.

Sin embargo, fuera del edificio, una figura oscura observaba desde un coche estacionado. Julián Montero apagó su ordenador y guardó un sobre negro en la guantera. La guerra ya no era solo por dinero o por orgullo. Era una guerra de aniquilación. Y él estaba dispuesto a ser el último hombre en pie, incluso si tenía que destruir todo lo que Lía amaba para lograrlo.

El amanecer en el ático de Dante siempre tenía un aire irreal, pero esa mañana el silencio era denso, casi sólido. Lía se despertó antes de que el sol terminara de escalar los rascacielos. Se quedó inmóvil, sintiendo el calor del cuerpo de Dante a su espalda, su respiración pausada y profunda rozándole el cuello. Era una sensación de seguridad que todavía le resultaba ajena, un contraste violento con los años de soledad acompañada que había vivido junto a Julián.

Se deslizó fuera de las sábanas con cuidado de no despertarlo. Necesitaba un momento de claridad antes de que la guerra legal continuara. Se puso una bata de seda negra y caminó hacia el ventanal, observando cómo la ciudad se despertaba bajo una capa de neblina gris. Sin embargo, su paz duró poco. El sonido de su teléfono vibrando sobre la mesa de centro rompió el encanto.

Era un mensaje de Victoria: "Tengo los expedientes de propiedad de la cabaña del lago de hace veinte años. Lía, hay algo que no encaja con la historia oficial. Ven a la oficina en cuanto puedas. No es solo dinero, es tu padre."

Lía sintió un pinchazo de ansiedad en el estómago. Antes de que pudiera procesarlo, sintió unas manos fuertes y cálidas rodeando su cintura. Dante se había despertado y la rodeaba desde atrás, hundiendo su rostro en el hueco de su hombro.

—Estás pensando demasiado —susurró él, con la voz ronca por el sueño—. Puedo oír el engranaje de tu cabeza desde la cama.

—Victoria ha encontrado algo sobre el lago —dijo ella, girándose en sus brazos—. Algo sobre mi padre.

Dante se tensó visiblemente. El brillo de ternura en sus ojos fue reemplazado por una sombra de cautela.

—Mi padre nunca quiso hablar de por qué nos fuimos tan rápido. Solo decía que el señor Montero era un hombre que no aceptaba un "no" por respuesta.

—Vamos a averiguarlo juntos —dijo Lía, tratando de convencerse a sí misma.

...

Dos horas después, estaban sentados en la sala de juntas de Victoria. La abogada no perdió el tiempo con cortesías. Sobre la mesa había una serie de documentos amarillentos y fotos de satélite antiguas.

—Lía, siempre creíste que tu padre, don Alberto Montero, compró esas tierras para construir la cabaña de descanso de la familia, ¿cierto? —preguntó Victoria.

—Sí, eso es lo que siempre dijo. Que era su refugio —respondió Lía.

—Bueno, los registros de la Dirección de Minería dicen otra cosa —Victoria deslizó un informe técnico—. Debajo de ese lago y de las tierras colindantes —incluyendo la parcela donde vivía la familia de Dante— hay un yacimiento de litio que hoy vale una fortuna, pero que hace veinte años era solo una sospecha técnica. Tu padre no quería un refugio; quería el control total de la zona para una futura explotación minera a través de una empresa fantasma.

Dante se inclinó hacia adelante, sus nudillos blancos por la presión.

—Mi padre se negó a vender su pequeña parcela. Era lo único que tenía. Recuerdo que hubo discusiones... y luego, el incendio en el cobertizo.

Lía sintió que el mundo se desmoronaba.

—¿Hubo un incendio? Yo no recuerdo eso.

—Tú estabas en la ciudad esa semana, Lía —dijo Dante, mirándola con una tristeza profunda—. Mi padre me sacó de allí en medio de la noche. Me dijo que si nos quedábamos, lo siguiente que ardería sería la casa con nosotros dentro. El señor Montero le hizo entender que, o se iba, o nos enterraba allí mismo.

El silencio que siguió fue asfixiante. Lía sintió que el aire le faltaba. El hombre al que ella había admirado, su padre, el "gran Alberto Montero", no era más que un extorsionador que había destruido la infancia de Dante y su única posibilidad de felicidad temprana por pura codicia.

—Y hay algo más —continuó Victoria, bajando la voz—. Julián lo sabía. Encontré correos en el servidor antiguo de la constructora. Julián descubrió estos documentos hace dos años y los ha estado usando para chantajear a la junta directiva y desviar los fondos. Él sabía que si esta historia salía a la luz, el legado de los Montero caería y la constructora perdería todas sus licencias éticas.

—Por eso Julián se sentía tan seguro —murmuró Lía, las lágrimas empezando a quemarle los ojos—. No solo me estaba engañando con Sara; estaba extorsionando el nombre de mi familia mientras me robaba.

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