Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 22: El veneno en la raíz
La cocina de Elena Soto estaba llena de papeles. Hojas impresas, cuadernos con notas, fotografías borrosas de periódicos antiguos. Una mesa de guerra improvisada en un espacio doméstico, rodeada de tres mujeres que habían decidido no rendirse.
Laura había traído los archivos que había copiado de su trabajo, números y fechas que contaban una historia de corrupción. Elena había hablado con sus contactos, empleadas domésticas que murmuraban sobre "la rubia que se volvió loca" y "el escándalo que el dinero enterró". Y Valeria había regresado de la clínica con el testimonio de una enfermera que había visto el horror con sus propios ojos.
—Es suficiente para destruirlo —dijo Laura, organizando los papeles en categorías—. No legalmente, no todavía. Pero públicamente. Si esto sale a la luz, su imagen se derrumba. Los inversores huyen. Los socios se distancian. Alejandro Rivas construyó su imperio sobre la apariencia de respeto y responsabilidad. Quita eso, y solo queda un depredador con dinero.
—Pero necesitamos a Sofía —argumentó Valeria—. Los números son fríos. La gente no se emociona con las transferencias bancarias. Pero una mujer que fue encerrada por tres años, destruida por su obsesión... eso es algo que el público puede entender. Eso es algo que no pueden ignorar.
—¿Y cómo la encuentras? El sur es grande. Hay cientos de pueblos costeros.
—Tengo un nombre. Mendizábal. Y tengo una tía que la llevó. Si puedo encontrar a esa tía, encuentro a Sofía.
—¿Cuánto tiempo tienes?
Valeria miró el calendario de la cocina. Cuatro días. Cuatro días hasta el plazo que Alejandro le había dado.
—No suficiente. Tengo que jugar con el tiempo que tengo. Pero puedo empezar. Puedo hacer llamadas. Puedo buscar registros.
—Yo puedo ayudarte con eso —intervino Elena, que había estado en silencio, escuchando—. Tengo una prima en el sur. En Puerto Esperanza. Ella puede preguntar discretamente. La gente que vive en pueblos pequeños sabe todo lo que pasa. Si una mujer como Sofía llegó hace años, alguien la recordará.
—¿Es seguro, mamá? ¿Pedirle a alguien de la familia que se involucre?
—Mi prima Rosa es fuerte. Y discreta. Ha pasado por cosas propias que le han enseñado a callar cuando es necesario y hablar cuando importa. Ella querrá ayudar.
El plan empezaba a tomar forma. Una red de mujeres, extendiéndose silenciosamente, tejiendo una trampa que Alejandro no podría ver hasta que fuera demasiado tarde.
—Hay otra cosa —dijo Valeria, mirando a Laura—. El periodista que mencionaste. El que escribió sobre corrupción. Creo que es hora de contactarlo.
—¿Ahora? ¿Sin Sofía?
—Ahora. Podemos darle los documentos. La historia de Sofía puede ser la segunda parte, la prueba final. Pero la corrupción, los sobornos, las transferencias... eso es algo que puede verificar por su cuenta. Algo que puede investigar sin ponernos en peligro inmediato.
—¿Y si se lo cuenta a Alejandro? ¿Si es uno de los que él ha comprado?
—Es un riesgo. Pero si Laura dice que casi lo arruinan por escribir la verdad, significa que no se vende. Y necesitamos a alguien que sepa cómo publicar esto sin que nos maten antes de que salga.
Laura asintió, aunque la preocupación seguía marcando su rostro.
—Me pondré en contacto con él mañana. Con cuidado. En un lugar público. Sin decirle todavía quiénes somos.
—Bien. Y yo... yo tengo que hacer algo más.
—¿Qué? —preguntaron su madre y su prima al unísono.
Valeria sacó su teléfono y lo dejó sobre la mesa, con la pantalla brillando en la cocina iluminada por la luz artificial.
—Voy a escribirle a Daniel.
—¿Qué? —Laura palideció—. Alejandro probablemente monitorea todas sus comunicaciones. Si le escribes...
—No le voy a escribir a su número personal. Me dio una dirección de correo electrónico hace tiempo, una secundaria que usaba para cosas de la universidad. Dijo que la revisaba pocas veces, pero que si alguna vez necesitaba contactarlo urgentemente, era la forma. Alejandro no sabe que la tengo. Probablemente, piensa que todas mis formas de contactar a Daniel están bajo su control.
—¿Y qué vas a decirle?
—La verdad. O al menos, parte de ella. Que Alejandro me está presionando. Necesito que esté listo. Cuando todo salga a la luz, voy a necesitar un testigo que confirme que fue obligado a irse. Que su "oportunidad" fue una excusa para alejarlo de mí.
—¿Crees que te responderá?
—No lo sé. Pero si lo hace, si confirma que fue coaccionado, tenemos otra pieza de evidencia. Un testimonio de alguien que Alejandro intentó comprar y enviar lejos.
Elena tomó la mano de su hija, apretándola con fuerza.
—Ten cuidado, mi niña. Cada paso que das en esta dirección es un paso hacia el fuego.
—Lo sé, mamá. Pero el fuego va a quemar de todas formas. Al menos esta vez, voy a ser yo quien prenda la mecha.
Valeria redactó el correo esa misma noche, con las palabras cuidadosamente medidas, lo suficientemente vagas para no revelar todo el plan, lo suficientemente claras para que Daniel entendiera la urgencia.
"Daniel: Alejandro me ha dado una semana para 'decidir'. No voy a ceder. Pero necesito saber si estás bien. Necesito saber si fuiste obligado a irte. Si puedes leer esto, por favor responde. No estoy sola. Estoy peleando. Y voy a ganar."
Envió el mensaje y cerró los ojos, rezando para que llegara a su destino, para que Daniel estuviera bien, para que la respuesta llegara antes de que fuera demasiado tarde.
Afuera, la noche era oscura y silenciosa, una quietud que precedía la tormenta. Y en algún lugar de esa oscuridad, Alejandro Rivas esperaba, sin saber que la mujer que creía suya estaba reuniendo un ejército.