El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 6
Sofia
Luciano habló conmigo durante casi una hora antes de que fuera al apartamento de Santiago.
No fue una conversación fácil.
Me habló de traiciones dentro de las familias más poderosas del país. De movimientos extraños. De reuniones que nadie recordaba haber convocado. De negocios que se habían cerrado en secreto.
Pero lo que más me inquietó fue la amenaza.
Una amenaza que había llegado a Santiago.
Y que, según Luciano, también había sido enviada a otros líderes y herederos de varias familias importantes.
—Alguien intentó eliminarlos a todos en una sola noche —me dijo con gravedad—. A los líderes… y a sus sucesores.
El ataque a la gala había sido solo el comienzo.
Ahora las familias más poderosas estaban formando una alianza.
Una alianza que buscaba proteger a los que quedaban… y descubrir quién estaba detrás de todo.
Por eso Luciano iba a casarse con Karen Manrique.
Y por eso querían que Santiago y yo también nos casáramos.
Una unión de poder.
Una señal para el enemigo.
Acepté con una sola condición.
—Me casaré con Santiago si él está de acuerdo.
Pero yo no quería esperar al día siguiente para saber su respuesta.
Necesitaba saberlo esa misma noche.
Entrar al apartamento de Santiago fue… extraño.
Había estado allí muchas veces cuando éramos adolescentes.
Diez años eran suficientes para que muchas cosas cambiaran.
Los muebles eran nuevos.
La decoración era diferente.
Pero aun así…
Mi cuerpo recordaba el lugar.
Los pasillos.
Las ventanas.
La forma en que la luz entraba por la sala.
Me senté en el sofá sin pensarlo demasiado.
Santiago me miró y sonrió.
—¿Qué? —pregunté.
—Siempre te sentabas ahí.
Miré el lugar.
Y tenía razón.
Rodé los ojos.
—Luciano empezará mañana con los preparativos de su boda.
—¿Tan rápido?
—Se casará en cuatro semanas.
Santiago pasó una mano por su cuello.
—Eso es demasiado rápido.
Me encogí de hombros.
—Luciano no se casa por amor.
Lo miré con una leve sonrisa.
—Al igual que nosotros.
Se quedó en silencio.
—Entonces da igual el tiempo.
Hice una pequeña pausa.
—Aunque Karen sí quiere una boda de cuento de hadas.
Santiago soltó una pequeña risa.
—No me sorprende.
Me miró de reojo.
—Todas quieren eso.
Lo miré fijamente.
—No me mires así.
Sonreí.
—Pero quiero que se vea bonito.
Caminé hacia la cocina y me serví un vaso de agua.
—No sabemos cuándo podremos divorciarnos.
Santiago levantó una ceja.
—¿Divorciarnos?
—Claro, no vamos a estar casados toda la vida.
Bebí un poco de agua.
—Tres o cuatro meses para organizar la boda — dije volviendo al tema importante
—¿Tan poco?
—No quiero que sea apresurado.
Lo miré.
—Ni que los medios crean que quiero robarle protagonismo a la boda de mi hermano.
Santiago soltó una pequeña risa.
—Eres terrible.
—Y tú eres un pésimo anfitrión.
Él seguía mirándome como cuando éramos niños.
Como si estuviera recordando algo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Santiago sonrió.
—¿Recuerdas cuando nos dijeron que debíamos casarnos?
Solté una risa inmediata.
—Luciano dijo que él tomaría mi lugar.
—Sin saber con quién era el matrimonio.
—Exacto.
Ambos empezamos a reír.
—Cuando dijeron tu nombre —continué— se quedó completamente callado.
Nos sentamos en la alfombra como solíamos hacerlo cuando éramos adolescentes.
Pedimos comida china.
Y por unas horas…
Todo volvió a sentirse normal.
Hablamos de la boda.
De lo que queríamos.
De lo que definitivamente no queríamos.
De cómo habíamos cambiado.
De nuestras vidas.
De Italia.
De los años que habíamos pasado lejos.
Cuando miré el reloj, ya casi era medianoche.
—Debo irme.
Santiago negó de inmediato.
—No.
—¿No?
—Por seguridad.
Se cruzó de brazos.
—Quédate esta noche.
Lo pensé unos segundos.
—Está bien.
Pero antes de entrar a la habitación, lo miré con una sonrisa traviesa.
—Santiago.
—¿Sí?
—Cuando nos casemos no voy a vivir en este apartamento lleno de tus sucios recuerdos.
Santiago soltó una carcajada.
—Está bien.
—Busquemos una casa.
—O un apartamento más grande.
—Perfecto.
Dormir en esa habitación otra vez fue… raro.
Era la habitación de invitados.
Pero durante años había sido mi habitación cada vez que me quedaba allí.
Antes de irme de nuevo del país.
Antes de que todo cambiara.
Antes de que dejáramos de vernos.
Por la mañana, cuando desperté, lo primero que vi fue la noticia en mi teléfono.
“Luciano Reyes anuncia su compromiso con Karen Manrique.”
Suspiré.
Le escribí de inmediato.
¿Estás bien?
La respuesta llegó segundos después.
Sí.
¿Por qué?
Por tu boda.
Ah.
Normal.
Rodé los ojos.
Podía ser tan odioso cuando quería.
Salí de la habitación.
Santiago estaba hablando por teléfono en la sala.
Le hice un gesto de despedida con la mano.
Él respondió de la misma forma.
Salí del apartamento y bajé al estacionamiento.
Subí a mi auto y comencé a conducir hacia la casa de mis padres.
Todo parecía normal.
Hasta que miré el espejo retrovisor.
Dos autos negros estaban estacionados cerca del edificio de Santiago.
No les presté atención al principio.
Pero cuando giré en la siguiente calle…
Los dos autos giraron detrás de mí.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Respiré profundo.
Mantén la calma.
Seguí conduciendo como si nada.
Como si no hubiera notado nada.
Mis padres siempre nos enseñaron qué hacer en situaciones como esa.
Saqué el teléfono con calma.
Llamé a Luciano.
—Hola —respondió.
—Creo que me están siguiendo.
El tono de Luciano cambió al instante.
—Envíame tu ubicación.
—Ya.
Activé la opción de ubicación en tiempo real.
—Mantente conduciendo —dijo—. Ya vamos para allá.
Miré el espejo nuevamente.
Los dos autos seguían detrás de mí.
A la misma distancia.
Sin intentar acercarse.
Sin intentar adelantarme.
Esperando.
Y entonces entendí algo que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
No querían matarme.
Querían esperar el momento perfecto para hacerlo.