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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 18 - Antojos a medianoche

A medianoche, Camila despertó de su sueño (¿o de su desmayo?). Sintió que alguien le sostenía la mano con calidez, una calidez que le recordó a la de una madre. Abrió los ojos poco a poco, deseando con toda el alma que todo lo que estaba viviendo no fuera más que un sueño, y que su madre estuviera a su lado, queriéndola y consintiéndola como siempre.

Pero no era la mano de su madre. Esa persona tenía el pelo demasiado corto para ser ella, y su cuerpo tampoco tenía nada de femenino. Camila se fijó bien en aquel rostro y, para su sorpresa, descubrió que quien le sostenía la mano era ¡el padre de su bebé!

Por puro reflejo, retiró la mano de entre las de Max. Su cuerpo reaccionó por instinto, buscando alejarse de él. Se incorporó y se arrastró hacia atrás en la cama para poner distancia, pero con la aguja del suero en el brazo no podía moverse a su antojo. Al final, solo se quedó sentada en la cama del hospital.

Lo observó. Él seguía dormido; no parecía haberse dado cuenta de nada. Camila miró a su alrededor. Sí, al parecer estaba otra vez en el mismo hospital donde la habían atendido la última vez. Trató de recordar lo que había pasado antes de desmayarse.

Estaba planchando cuando, de pronto, la puerta del cuarto se abrió de golpe. Lo último que guardaba en la memoria era la furia que se le notaba clarísima en la cara a Max. ¿Estaba enojado conmigo? ¿Hice algo mal otra vez?

¡Grrr! ¡Grrrrr!

Le rugió el estómago con fuerza. Tenía un hambre atroz. Recordó que esa noche se había saltado la cena por estar planchando decenas de kilos de ropa. Se llevó la mano al estómago, que le ardía de tanta hambre, y empezó a buscar con la vista algo de comer en la habitación. Sus ojos se detuvieron en un refrigerador de dos puertas que estaba a varios metros de la cama.

Con cuidado, descolgó la bolsa del suero del gancho. Su plan era caminar hasta el refrigerador cargándola. Pero el plan se quedó en plan: por descuido, la bolsa se le resbaló y le cayó a Max en la cabeza.

Al sentir que algo le caía encima, Max se despertó de golpe y se puso de pie, aturdido.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —preguntó desorientado, mirando para todos lados hasta que sus ojos se posaron en Camila—. ¿Qué pasó? ¿Eh? ¿Pasó algo?

Se acercó a ella para verla bien. Camila bajó la cabeza, asustada y avergonzada a la vez. Con timidez señaló la bolsa de suero que había caído sobre la cama. Max siguió la dirección de su dedo.

—¿Y esto por qué se cayó?

Mientras preguntaba, recogió la bolsa y la volvió a colgar en el gancho junto a la cama. Luego la miró fijamente.

—¿Ya despertaste? ¿Cómo te sientes? ¿Todavía estás mareada? ¿Te duele algo? —preguntó, preocupado. Quería acercarse y revisarla él mismo, pero temía asustarla, así que se contuvo.

Camila fue negando con la cabeza a cada pregunta. No estaba mareada. No le dolía nada. Lo único que le pasaba era que el estómago le ardía de hambre, pero le daba demasiada vergüenza admitirlo.

¡Grrrrr! ¡Grrr!

El estómago volvió a rugirle con fuerza. Camila se lo cubrió rápidamente, como si así pudiera evitar que Max oyera aquellos ruidos tan vergonzosos, y agachó la cabeza, muerta de pena. A él se le escapó una sonrisa al verla.

—¿Tienes hambre? —preguntó con dulzura.

Ella negó con la cabeza, tratando de salvar un poco de dignidad.

—¿Qué se te antoja? Yo te lo compro.

—N-no quiero comer nada…

¡Grrr! ¡Grrr!

Su estómago la traicionó otra vez. Camila hubiera querido meter la cabeza debajo del colchón y no volver a verle la cara a ese hombre.

A Max le hizo gracia su reacción. Quizá, si llegara a conocerla mejor, le terminaría gustando su forma de ser.

—¿Hay algo que se te antoje? Te consigo lo que sea. Dime, ¿qué quieres comer? —insistió con suavidad.

Camila agachó la cabeza todavía más, demasiado avergonzada y asustada para mirarlo a los ojos. Su estómago seguía protestando y el ardor era cada vez peor. Sin pensarlo más, soltó de golpe lo que quería.

—Quiero un panqueque relleno, un caldo picoso, pollo picante, patitas de pollo picantes, chocolate para beber y peras.

Lo dijo de corrido, sin tomar aire, y en cuanto terminó se escondió debajo de la cobija, dejando a Max boquiabierto, sin poder creer lo que acababa de oír.

—¿Segura que quieres todo eso? —preguntó él, incrédulo. No era que le diera flojera ir a buscar toda esa comida; simplemente no podía creer que una mujer tan menudita fuera capaz de comerse todo eso.

—Mjm —respondió ella escuetamente, todavía escondida bajo la cobija.

A Max se le volvió a escapar la sonrisa.

—Está bien. Espérame aquí. Te traigo todo lo que quieres.

Y dio media vuelta y salió de la habitación.

Antes de salir del hospital, les pidió a las enfermeras que estuvieran pendientes de Camila. Miró su reloj: eran las 00:17. Quién sabe dónde iba a conseguir toda esa comida. Abrió una aplicación de comida a domicilio, pero casi todos los restaurantes ya habían cerrado. Al final recurrió a su último salvavidas: ¡su asistente, Gerardo!

Gerardo contestó al primer timbrazo.

—¿Sí, señor? ¿Dígame, señor? —Tenía la voz ronca, como de alguien que está borracho pero hace lo posible por despabilarse.

—¿Dónde estás?

—Yo… Ando afuera, señor…

—Perfecto. Ayúdame a conseguir esta comida: un panqueque relleno, un caldo picoso, pollo picante, patitas de pollo picantes, chocolate para beber y peras. Te doy media hora para conseguirlo todo. Te veo en el hospital a las 00:50. Eso es todo.

—¿Eh? ¿Señor? ¿Señor? ¿Me lo puede repetir…?

Max colgó. Como no quería volver al cuarto de Camila con las manos vacías, fue a la tienda de conveniencia más cercana a comprar lo que fuera fácil de conseguir. Regresó a la habitación solo con unas peras y el chocolate para beber.

Ella lo recibió con entusiasmo. Los ojos le brillaban al ver la bolsa que traía en la mano, y a Max le dio risa.

—Perdón por decepcionarte. Solo traje peras y chocolate. Lo demás llega en unos veinte minutos.

Le pasó la bolsa, y ella se la arrebató de las manos a toda velocidad.

Camila la abrió y agarró una pera de inmediato. Antes de que alcanzara a llevársela a la boca, Max se la quitó.

—Las peras no están lavadas. Deja que las lave primero.

Lavó toda la fruta mientras Camila la seguía con la mirada hambrienta. En cuanto terminó, se la dio, y ella empezó a comérsela con ganas.

—Despacio. Todavía falta mucha comida por llegar.

—Mmm… —Camila no le hizo el menor caso. Lo único que tenía en mente era quitarse esa hambre de encima.

Max la observaba disfrutar la fruta cuando le sonó el celular. Era Gerardo.

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Alcenia Acosta
La ponen demasiado gafa
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