Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 13
El sábado por la tarde, mientras caminaban por un parque cercano, las sombras se alargaron. Elena, la madre de Alexia, había salido a buscar unos recados y, al regresar, los vio desde la distancia. Vio la postura protectora de Milton, la forma en que él la miraba con esa adoración que no parecía fingida, y la manera en que Alexia se entregaba a ese momento, olvidando el mundo entero.
Cuando Alexia llegó a casa esa noche, el ambiente estaba cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Elena estaba sentada en la pequeña mesa de la cocina, con una taza de té frío frente a ella. Sus ojos, normalmente cansados, estaban encendidos con una llama que Alexia no reconocía.
—¿Quién era él, Alexia? —la voz de su madre era un hilo de acero—. Ese chico... ese chico tiene el aire de los Vance. El aire de los hombres que creen que pueden comprarlo todo, incluso el corazón de una mujer.
Alexia sintió que su estómago se contraía. —Mamá, es solo un amigo. Me está ayudando con...
—¡No me mientas! —estalló Elena, levantándose de golpe, haciendo que su silla chirriara contra el suelo—. He visto esa mirada antes. Es la mirada de alguien que cree que está jugando, que está coleccionando momentos, sin importarle a quién destruye en el camino.
Elena comenzó a caminar de un lado a otro en la pequeña cocina, sus manos temblando. —Tu padre... él era como ellos. Un millonario con apellidos que sonaban a poder y prestigio. Cuando empezamos, me dijo exactamente lo mismo: que me protegería, que nada nos separaría. Pero el día que su familia se enteró, cuando amenazaron con desheredarlo y destruir todo lo que él había construido, no le tomó ni un segundo decidir qué era más importante. Nos dejó. Nos abandonó en la ruina, bajo el pretexto de que "era lo mejor para nosotras". Nunca volvió a mirar atrás.
Las palabras de su madre golpearon a Alexia como piedras. El secreto familiar que siempre había estado oculto bajo una capa de dolor y vergüenza, finalmente había salido a la luz. La historia de su origen era una herida abierta, un patrón que se repetía. Alexia miró a su madre, viendo en su rostro el reflejo de su propio futuro si continuaba con esta farsa.
—Él no es como mi padre, mamá —dijo Alexia, aunque su voz sonaba hueca incluso para ella.
—Todos lo parecen al principio, hija —replicó Elena, suavizando su tono pero manteniendo la firmeza en su advertencia—. Los hombres como ellos no saben amar fuera de sus privilegios. En cuanto la realidad les golpee, en cuanto tengan que elegir entre su mundo y el nuestro, siempre elegirán el poder. No dejes que este chico te convierta en otra versión de mí, Alexia. No permitas que te deje con un corazón roto y una vida deshecha por el simple hecho de haber creído en una fantasía.
Esa noche, Alexia no pudo dormir. Se quedó mirando el techo de su habitación, el silencio de la casa amplificando los latidos de su corazón. El miedo al abismo se apoderó de ella. Se dio cuenta de que, sin importar cuánto insistiera en que su relación era "fingida", los sentimientos estaban allí. Su corazón, terco y vulnerable, se había entregado a Milton, y la sola idea de perderlo —ya fuera por una ruptura real o por la inevitable realidad de sus mundos separados— le provocaba un dolor físico, una laceración interna que la hacía sentirse pequeña, insignificante.
La historia se estaba repitiendo. Ella era la chica pobre, él era el príncipe heredero, y en el guion de la vida, ese final nunca era feliz. Se sintió atrapada, como si estuviera caminando por una cuerda floja sobre un abismo oscuro. Cada caricia de Milton, cada vez que él la llamaba "suya" para protegerla, era un paso más cerca de una caída inminente.
Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. La luz de la luna iluminaba la calle solitaria. Pensó en la suavidad del beso en el pasillo, en la vulnerabilidad en los ojos de Milton cuando confesó que era una farsa. Si él estaba fingiendo para protegerla, ella también tendría que fingir para sobrevivir. Tendría que ponerse una máscara de indiferencia, aunque por dentro se estuviera desmoronando, aunque cada día fuera una lucha contra la esperanza de que, tal vez, solo tal vez, esta vez el resultado fuera diferente.
Pero el miedo al abandono estaba profundamente arraigado en su ADN, una advertencia silenciosa grabada por el abandono de su padre. La realidad era un peso frío en sus hombros. Milton Vance era una tormenta, y ella, en su fragilidad, era apenas una hoja en el viento. La "felicidad fingida" no era más que un parche en una herida que estaba destinada a supurar. Y al darse cuenta de esto, mientras el amanecer empezaba a teñir el cielo de un tono grisáceo, Alexia supo que el verdadero conflicto apenas estaba comenzando. No era contra los que se burlaban de ella, no era contra la pobreza, era contra la inevitabilidad de un destino que parecía dictar que ella nunca sería suficiente para alguien como él.
Se volvió a acostar, cerrando los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen de Milton y la dolorosa verdad de su madre. Pero el vacío seguía ahí, esperándola, creciendo en el silencio, recordándole que en el juego de las sombras, la luz siempre termina por apagarse.
Los días siguientes fueron una prueba de fuego. En los pasillos de Saint-Jude, la pareja era ahora el tema de conversación más popular, pero de una manera extrañamente respetuosa. Milton, fiel a su palabra, mantenía su posición protectora, cerrando el paso a cualquiera que intentara un comentario despectivo. Alexia, por su parte, se movía como una sombra, aceptando el apoyo de Milton con una frialdad calculada que, en realidad, era su mecanismo de defensa contra el dolor que sabía que vendría.