Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.
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Capítulo 8: Entre el neón y las sábanas de seda
El aplauso estridente del imitador de Elvis rompió el trance como un disparo al aire.
—¡Eso sí que es amor a toda velocidad, muchachos! —exclamó el oficiante, soltando una risotada ronca mientras guardaba la propina de billetes en el bolsillo de su capa—. ¡Que el Rey bendiga esta locura de matrimonio!
Antonella se separó de golpe, dando un traspié hacia atrás. Se llevó los dedos temblorosos a los labios, que aún le ardían por la presión avasalladora de la boca de Andrew. Tenía las mejillas encendidas en un carmín violento y la respiración tan entrecortada que apenas podía sostenerle la mirada. En sus ojos castaños había una mezcla furiosa de pánico, desconcierto y una excitación oscura que se negaba a admitir.
—Eso... eso no estaba en el contrato —susurró con la voz quebrada, tratando de recuperar la compostura mientras se alisaba la chaqueta de cuero con manos torpes.
—El sacerdote dijo que podía besar a la novia —respondió Andrew con absoluta insolencia, relamiéndose la comisura de los labios con lentitud calculada—. Había que hacer creíble la actuación para los registros del condado, señora Prescott. ¿O preferías que el juez sospechara de una farsa y anulara el trámite antes de empezar?
—¡No me llames señora Prescott! —protestó ella entre dientes, arrebatándole de las manos al empleado el documento oficial recién sellado con el escudo del estado de Nevada—. Este papel es mi boleto de libertad, nada más.
Dobló el certificado con un cuidado casi reverencial y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, justo contra su pecho, como si temiera que el aire del desierto se lo arrebatara.
Salieron de la capilla bajo el calor seco de la madrugada. El Strip de Las Vegas seguía latiendo como un animal eléctrico, ajeno a la vida que acababan de dinamitar. La brisa caliente agitaba los mechones sueltos de Antonella mientras caminaban uno al lado del otro. El silencio entre ellos ya no era el de dos extraños haciendo un trato de carretera; era denso, vibrante y cargado de una electricidad que hacía que cada roce accidental de sus brazos enviara una sacudida a través de la piel.
—Necesitamos un lugar para pasar la noche —dijo Andrew, metiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros—. Has estado despierta casi dos días seguidos y tus ojos se van a cerrar en cualquier momento.
—Un motel barato al borde de la carretera está bien. No quiero gastar de más —propuso ella, aunque el cansancio le pesaba en los huesos como plomo fundido.
Andrew frunció el ceño con desdén.
—Ni hablar. No crucé cuatro mil kilómetros en un taxi desvencijado para terminar en una habitación que huela a humedad y desinfectante barato. Si vamos a celebrar que arruinaste un imperio, lo haremos con estilo.
Antes de que Antonella pudiera replicar, Andrew la tomó de la mano y la condujo hacia la entrada monumental de una de las torres hoteleras más lujosas de la avenida. En la recepción de mármol pulido, Andrew se acercó al mostrador con una presencia tan imponente que el conserje cuadró los hombros de inmediato. Deslizó un fajo generoso de billetes de cien dólares sobre la madera y solicitó la mejor suite disponible en los pisos altos, pagada en efectivo y bajo un registro exprés.
Antonella observó la transacción con una ceja arqueada.
—Para ser un taxista independiente, Drew, gastas el dinero con una soltura bastante sospechosa. ¿De dónde sacas tantos billetes nuevos?
Andrew no pestañeó. Se guardó la tarjeta magnética de la suite en el bolsillo y la miró de arriba abajo con una sonrisa de medio lado.
—El juego en Las Vegas tiene ventajas para los que sabemos contar cartas, princesa. No hagas preguntas cuyas respuestas no quieras justificar ante un tribunal. Sube al ascensor antes de que te quedes dormida en la alfombra.
La suite del piso cuarenta y dos era un despliegue de lujo contemporáneo: ventanales panorámicos de piso a techo que dominaban todo el valle iluminado, pisos de madera noble, una barra de bar completa con licores de reserva y una cama monumental vestida con sábanas de hilo egipcio blanco.
Antonella dejó caer su bolso sobre el sofá y caminó directamente hacia el ventanal. Desde esa altura, Las Vegas parecía una alfombra de joyas arrojadas sobre la arena negra.
—Es hermoso —murmuró, abrazándose a sí misma.
Andrew se quitó la chaqueta y desabrochó los primeros tres botones de su camisa blanca, arremangando la tela hasta los codos. Caminó hacia la barra, sirvió dos dedos de whisky en un vaso bajo de cristal tallado y se acercó a ella en silencio.
—La vista no está mal —dijo él en voz baja, pero sus ojos ámbar no miraban las luces de la ciudad; estaban fijos en el reflejo de Antonella en el cristal—. Aunque creo que la vista dentro de la habitación es infinitamente mejor.
Antonella sintió que el calor le subía de nuevo al cuello. Se giró para encararlo, apoyando la espalda contra el frío vidrio de la ventana.
—¿Siempre eres así de arrogante, o el volante del taxi te da delirios de grandeza?
—Solo soy honesto —respondió Andrew, dando un paso más hacia ella, acortando la distancia hasta que apenas unos centímetros de aire los separaban—. Pasaste cuarenta horas insultando a un tipo al que crees un monstruo, corriste hacia el peligro sin titubear y te casaste con un desconocido en una capilla de mala muerte solo para no doblar la rodilla ante tu familia. Eres la mujer más imprudente, obstinada y brillante que he conocido en mi vida.
La seriedad en sus palabras desarmó por completo el sarcasmo defensivo de Antonella. El nudo en su garganta apretó con fuerza.
—Tenía miedo, Drew —confesó ella, y por primera vez en todo el viaje su voz sonó vulnerable, despojada de las armaduras del apellido Belmont—. Toda mi vida fue un guion escrito por otros. Mis notas, mi ropa, las personas con las que hablaba... todo estaba diseñado para ese almuerzo en el sótano. Cuando vi a ese hombre bajar las escaleras, comprendí que a nadie en esa mesa le importaba si yo respiraba o si me moría por dentro, mientras las acciones de la empresa subieran de precio. No me quedó otra opción más que saltar al vacío.
Andrew levantó la mano despacio. Con el dorso de los nudillos, le acarició la mejilla con una delicadeza infinita, apartándole un mechón castaño detrás de la oreja. La aspereza fingida de su fachada se disolvió por completo, dejando al descubierto al hombre real: alguien que, bajo el peso de su propia corona de hierro, entendía exactamente el infierno de vivir para cumplir las expectativas de otros.
—Saltaste —susurró Andrew, su voz rozándole la piel como una brasa—, pero no caíste al vacío. Te atrapé yo.
El contacto de su mano en su rostro fue la chispa final. Antonella alzó la vista y se perdió en el abismo dorado de sus ojos. Ya no había rastro del alcohol, ni de la fatiga, ni de los contratos; solo había una necesidad salvaje, acumulada tras miles de kilómetros de miradas robadas y roces fortuitos en la cabina del auto.
Ella no retrocedió. Dio un paso al frente, acortando el último espacio que los separaba, y colocó sus manos sobre el pecho firme de Andrew, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo la seda de la camisa.
—Rompiste la regla número uno en la capilla, Drew —le recordó ella en un susurro entrecortado, con los labios a milímetros de los suyos.
—Rómpela tú ahora —la desafió él, rodeándole la cintura con un brazo de acero y atrayéndola contra su cuerpo hasta que no quedó un solo milímetro de distancia entre los dos.
Antonella se puso de puntillas y lo besó.
Fue un beso hambriento, desprovisto de prudencia. Andrew soltó un gruñido sordo contra su boca y la levantó en vilo, haciéndola gemir de sorpresa mientras sus piernas se enlazaban alrededor de sus caderas. La llevó hacia la cama sin romper el contacto, devorándole los labios con una posesividad que no admitía dudas ni rescates.
Cayeron sobre las sábanas de seda en un torbellino de manos impacientes y respiraciones agitadas. La chaqueta de cuero de Antonella terminó en el suelo, seguida por la camisa blanca de Andrew. Cuando la piel de Antonella rozó el torso desnudo de él —firme, marcado por una musculatura atlética y quemando de fiebre—, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
—Mírame —ordenó Andrew en voz baja, posando las manos a ambos lados de su cabeza mientras cubría su cuerpo con el suyo—. No hay sombras de Nueva York aquí. No hay familias, no hay pactos, no hay viejos decrépitos. Solo tú y yo.
—Solo tú y yo —repitió Antonella, enredando los dedos en el cabello oscuro de él y tirando hacia abajo para volver a fundirse en su boca.
Hicieron el amor con la intensidad furiosa de quienes saben que el mundo real está esperando al otro lado de la puerta para destruirlos. Cada caricia de Andrew era un reclamo territorial; sus labios descendieron por la línea de su cuello, marcaron sus clavículas y encendieron un fuego líquido en cada rincón de su piel que Antonella jamás sospechó poseer. Ella se arqueó contra su cuerpo, arañándole la espalda con una entrega absoluta, llamándolo por el nombre falso que él le había dado mientras el placer la arrastraba como una marea fuera de control.
En la penumbra de la suite, bajo el resplandor distante de las luces de neón que se filtraban por los ventanales, Andrew se perdió por completo en la mujer que el destino le había asignado por decreto y que él acababa de conquistar por fuego propio.
Horas más tarde, la calma se asentó sobre la habitación.
Antonella dormía profundamente de costado, con las sábanas blancas cubriéndole la cadera y una mano apoyada sobre la almohada. Tenía el rostro relajado, una curva suave en los labios y el cansancio de mil batallas finalmente borrado de sus facciones.
Andrew estaba sentado al borde del colchón, descalzo, con los pantalones puestos y la mirada perdida en el horizonte del desierto, donde los primeros tonos malva del amanecer comenzaban a desteñir las estrellas.
Se giró despacio para mirarla. La arandela de goma negra todavía brillaba en el dedo anular de Antonella, un recordatorio grotesco y perfecto de la noche más extraordinaria de su vida. En el bolsillo de la chaqueta que colgaba de la silla, el certificado de matrimonio sellado por Nevada guardaba el secreto que en pocas horas haría estallar a Manhattan en mil pedazos: Antonella Belmont y Andrew Prescott, legalmente unidos ante la ley.
Andrew pasó las yemas de los dedos sobre el hombro desnudo de ella, con una ternura que jamás se había permitido sentir por nadie.
Sabía lo que vendría después. Sabía que ella despertaría decidida a tomar ese papel y arrojárselo en la cara a sus padres para romper sus cadenas. Sabía que el choque entre los Belmont y los Prescott sería sangriento y que su abuelo Arthur desataría un infierno cuando descubriera la farsa.
Pero mientras contemplaba el ascenso del sol sobre las montañas de Nevada, Andrew Prescott apretó la mandíbula con una determinación inquebrantable.
Ella creía que este era el final de su huida.
No tenía idea de que apenas era la primera curva del camino.