Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 17
—Eres mía, Elara —me gruñó al oído, mientras con un movimiento rápido y certero de sus manos comenzó a rasgar y apartar las capas de gasa y seda de mi vestido negro, exponiendo mis hombros, mi cuello y la piel de mi pecho al aire frío de la habitación—. Y este imperio que acabamos de robar no es más que el regalo de bodas que te ofrezco para ver hasta dónde eres capaz de llegar conmigo.
—Demuéstralo —le desafié con una sonrisa felina en los labios, antes de volver a atrapar su boca en un nuevo y desesperado beso, mientras sus manos rudas y expertas se adentraban bajo las telas desgarradas de mi ropa interior, encontrando mi humedad hirviente y haciéndome soltar un grito ahogado que retumbó en las paredes de la sacristía, sellando nuestra unión en medio del fuego, el pecado y la absoluta destrucción de los Moretti
El despacho principal de la mansión Moretti olía a pólvora fría, a ceniceros rebosantes de colillas de cigarros caros y al sudor rancio de la derrota. Los pesados cortinajes de terciopelo permanecían cerrados, bloqueando cualquier rayo de sol que se atreviera a profanar la penumbra en la que me encontraba sumergido. Tenía los nudillos ensangrentados, la camisa blanca con los primeros botones arrancados y una botella de whisky escocés a medio vaciar sobre la caoba del escritorio.
Afuera, la boda de Mía se había convertido en un chiste macabro, una farsa patética que terminó entre sollozos histéricos, amenazas a medias y la desbandada general de los capos del consejo al comprender que el trono de los Moretti se desmoronaba como un castillo de naipes sacudido por un terremoto.
Pero nada de eso importaba ya. Mía estaba encerrada en su habitación, llorando a gritos y rompiendo jarrones de cristal como una niña caprichosa que descubre que su juguete favorito se ha hecho añicos. Mi mente, sin embargo, no estaba en ella. Estaba atrapada en una sola imagen: los ojos oscuros y burlones de Elara, su piel caliente bajo mis manos la noche anterior, y el eco de su traición resonando en las paredes de mi propia casa.
Un golpe seco y tembloroso en la puerta de roble interrumpió mis pensamientos.
—¡Lárgate! —le gruñí a la madera con una voz ronca y bestial, sin levantar la vista de la botella.
La puerta se abrió con extrema lentitud, y la figura de Dante asomó en el umbral. El rostro de mi hombre de confianza era un poema de pánico absoluto, el tipo de terror visceral que solo se ve en los hombres que saben que están a segundos de recibir un tiro en la cabeza. Sostenía en la mano un sobre de papel kraft cerrado con el sello de cera roja del alto tribunal de la mafia.
—Patrón... tiene que leer esto —dijo Dante con un hilo de voz, tragando saliva con dificultad y manteniendo los ojos clavados en el suelo—. Acaba de llegar por conducto oficial a través de los mensajeros del norte. Lo mandan los lugartenientes del clan principal.
Me puse de pie de un solo golpe, volcando la silla hacia atrás con un estrépito metálico que hizo temblar los cristales. Crucé el despacho a zancadas furiosas, le arrebaté el sobre de las manos con una violencia tal que rasgué el papel por los bordes, y saqué el documento oficial que reposaba en su interior.
Mis ojos recorrieron las líneas impresas con tipografía fría y formal. Cada palabra era una estocada directa al corazón de mi orgullo, una bofetada de realidad tan brutal que sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
“Por medio del presente edicto se notifica al clan Moretti la reestructuración formal de los activos territoriales y comerciales del norte. El contrato matrimonial de alianza ha sido ratificado y consumado bajo las leyes del Consejo Supremo. La nueva legítima esposa de Don Alejandro, soberana indiscutible de los territorios del norte y copropietaria de los holdings financieros previamente adjudicados a esta casa, es la ciudadana Elara Moretti.”
Elara Moretti.
No una subordinada cualquiera. No una ficha de intercambio descartable. No una prisionera o una moneda de cambio entregada a regañadientes.
La esposa de Alejandro.
La reina del capo más despiadado, intocable y poderoso de todo el bajo mundo. La mujer con más autoridad, influencia y protección en un radio de mil kilómetros a la redonda. Un ser intocable. Quien se atreviera a levantarle un dedo a Elara cavaba su propia tumba ante el ejército entero del norte.
—No... No puede ser... —murmuré con la respiración entrecortada, estrujando el papel oficial entre mis dedos hasta convertirlo en un guiñapo inútil.
El risueño eco de la trampa perfecta comenzó a formarse en mi cabeza con la claridad de una revelación divina y sádica. Anoche, mientras ella se entregaba a mí en mi propia cama con una ferocidad desatada, gimiendo mi nombre mientras sus uñas se clavaban en mi espalda, no era una despedida triste. Era la ceremonia de despedida de un hombre al que ya había condenado a la horca. Había estado conmigo sabiendo perfectamente que a la mañana siguiente cruzaría las puertas del enemigo para sentarse a su lado en el trono, dueña absoluta de mi ruina y de mi imperio.
—¿Elara...? —repetí su nombre en un susurro incrédulo que se mezcló con una risa nerviosa, quebrada y oscuramente fascinada—. Maldita sea... me has destruido. Me has cabalgado hasta la locura solo para robarme el reino desde adentro.
Dante dio un paso hacia atrás, visiblemente aterrorizado por la expresión demacrada y salvaje que debió reflejarse en mi rostro.
—Patrón... ¿Qué vamos a hacer? Los hombres del norte están reorganizando las rutas comerciales. Dicen que si intentamos recuperar los puertos por la fuerza, Alejandro mandará a arrasar esta mansión hasta los cimientos... y que la propia Elara firmó la orden de ejecución para cualquier miembro de nuestra familia que ose cruzar la línea.
Una rabia ciega, primigenia y caliente me recorrió las venas, pero por debajo de esa ira furibunda ardió una llama de deseo tan enfermiza y retorcida que me revolvió el estómago. La quería. La quería de vuelta bajo mi cuerpo, suplicando y desafiándome al mismo tiempo, incluso sabiendo que ahora era intocable, incluso sabiendo que me había apuñalado con una elegancia letal.
—¿Hacer? —le espeté a Dante con una sonrisa desquiciada, los ojos inyectados en sangre mientras me pasaba una mano temblorosa por el cabello revuelto—. No vamos a hacer nada, Dante. Por ahora. Ella ganó esta mano. Pero los juegos de la mafia apenas comienzan, y te juro por lo más sagrado que voy a encontrar la manera de volver a entrar a su guarida... aunque eso signifique quemar el infierno entero para recuperarla.