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LÍNEAS CRUZADAS

LÍNEAS CRUZADAS

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor-odio / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura

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Capítulo 6: La guerra del espresso y el circuito de Monza

La luz matutina inundó el ático de CityLife a través de los cristales panorámicos, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de microcemento.

Valeria despertó sin el castañeteo de dientes de la víspera. Al contrario: el ambiente tenía una tibieza envolvente y acogedora. Se deslizó fuera de las sábanas, cruzó descalza hacia el panel táctil del pasillo y se quedó congelada al mirar los dígitos luminosos: 21.5°C.

El bloqueo de contraseña estaba desactivado.

Valeria frunció el ceño con una mezcla de desconcierto y una punzada cálida en el centro del pecho. ¿El hombre del ego blindado había capitulado a medianoche? ¿O simplemente sus propios dedos se habían congelado tanto que tuvo que tragar su orgullo brutalista?

Recogiéndose el cabello en una pinza con un movimiento rápido, se enfundó en una bata de lino blanco y caminó hacia la cocina de isla abierta.

Dante ya estaba allí.

Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta gris de manga corta que se ajustaba a sus hombros, con el pelo húmedo peinado hacia atrás tras una ducha temprana y una toalla pequeña colgando de su cuello. Con la precisión de un alquimista renacentista, maniobraba el portafiltro de latón de su máquina de trece bares, midiendo los gramos de grano etíope recién molido sobre una báscula digital de alta precisión.

El aire olía a avellana tostada, cacao puro y madera noble.

Valeria carraspeó, deteniéndose a un metro de la línea divisoria de cinta azul que aún marcaba la encimera.

—El panel marcaba veintiuno y medio —soltó ella, apoyando las manos en la cadera con actitud de fiscal acusador—. Supongo que el emperador del hielo descubrió que el titanio no era lo único que se resiente con temperaturas de frigorífico.

Dante ni siquiera levantó la vista del manómetro. Ajustó la palanca cromada y dejó que un chorro denso y avellanado comenzara a caer en dos tazas de porcelana negra.

—El procesador central del aire acondicionado sufrió una sobrecarga por interferencias electromagnéticas en la madrugada —respondió él con una voz grave, tranquila y ridículamente sobria—. Tuve que reiniciar los parámetros de fábrica para que no saltara el disyuntor. No te hagas ilusiones líricas, Vidal. Fue un simple ajuste de mantenimiento preventivo.

Valeria arqueó una ceja, divertida ante la desfachatez con la que inventaba excusas técnicas:

—Claro. Un reinicio de fábrica que casualmente aterrizó en mi temperatura exacta. Muy conveniente, De Rossi.

—Tengo un café que servir —cortó él, tomando una de las tazas humeantes y dándose la vuelta.

En lugar de beberla, dio dos pasos largos, cruzó deliberadamente la frontera de la cinta azul y depositó la taza humeante sobre la servilleta de lino de Valeria. El aroma era tan tentador que a la arquitecta casi se le caen las defensas en el acto.

—Tu brebaje de sobre de supermercado es una ofensa visual para cualquier persona con terminaciones nerviosas en la lengua —sentenció Dante, mirándola a los ojos desde su imponente altura—. Tómate eso antes de que la acidez te arruine el humor para la junta de las diez. Y no te acostumbres: mañana el mantenimiento del termostato vuelve a dieciocho grados.

Valeria miró la crema perfecta del café, luego miró la comisura ladeada de los labios de él. Por un segundo, el impulso de sonreír fue tan poderoso que tuvo que morderse la lengua.

—Si esto tiene veneno para ratas, De Rossi, te juro que mi testamento deja a Bianca como albacea con la única orden de pintar tu oficina entera de rosa chicle.

—Bébetelo, Vidal —murmuró él, con una sombra de risa jugando en su garganta mientras tomaba su propia taza y caminaba hacia el ventanal.

Valeria dio el primer sorbo. Cerró los ojos por una milésima de segundo: el café era sublime, suave y con un regusto dulce que disipó de golpe la fatiga de la noche anterior. Miró de reojo la espalda ancha de Dante recortada contra el horizonte milanés y recordó con una punzada electrificante el mensaje de PlanoCero a las dos de la madrugada: «El fuego es el único elemento que purifica el metal».

Dios mío, qué peligroso era ese hombre cuando dejaba de gritar.

A las nueve y media de la mañana, la paz matutina saltó por los aires con la llegada del séquito habitual.

Bianca y Enzo entraron al ático sin molestarse en tocar el timbre, utilizando los códigos de acceso corporativo que poseían como socios directores. Bianca vestía un conjunto de cuero sintético verde esmeralda y cargaba dos carpetas de cuero; Enzo traía una caja de pasteles de crema y su teléfono móvil encendido en modo grabación preventiva.

—¡Buenos días a los tortolitos del año! —canturreó Bianca, arrojando su bolso sobre la mesa de roble y observando de inmediato la línea de cinta azul—. Veo que el tratado de no agresión sigue vigente. Me encanta el toque de carrocero, Valeria. Muy vanguardista.

—Ahorren los chistes de comedia barata —gruñó Dante, saliendo de su habitación ya enfundado en un traje a medida gris carbón, ajustándose la corbata de seda oscura frente al espejo del vestíbulo—. Tenemos la inspección ocular de los terrenos de Monza a las once. El comité de urbanismo de la región va a evaluar el impacto de suelo para la subestación del consorcio.

—Sobre eso... —intervino Enzo, frotándose las manos con una sonrisa diabólica que puso en alerta a ambos arquitectos—. El consorcio de CityLife nos notificó que solo asignaron una tarjeta de acceso para el estacionamiento subterráneo VIP de este edificio. Un único espacio cubierto con cargador ultrarrápido y vigilancia privada. El otro vehículo tendrá que dormir en el aparcamiento público al aire libre a cuatro manzanas de aquí, bajo los tilos que derraman resina pegajosa sobre la pintura.

Valeria se giró hacia Dante como un rayo. Dante clavó sus ojos en Valeria.

—Mi Maserati no duerme bajo un árbol con palomas, Vidal —sentenció él con frialdad absoluta—. Necesita resguardo térmico.

—Mi Porsche eléctrico necesita el cargador de alto voltaje todos los días para no degradar la batería, De Rossi —contraatacó ella de inmediato, con los ojos castaños echando chispas—. No pienso caminar cuatro manzanas bajo la lluvia con tacones para ir a buscar el coche.

Bianca soltó un aplauso silencioso de júbilo:

—Qué tragedia logística. Dos coches de cien mil euros y un solo cajón de estacionamiento. Afortunadamente, su eficiente equipo de relaciones públicas ya encontró la solución más democrática y civilizada.

Enzo extrajo dos acreditaciones plastificadas con cordón rojo del bolsillo de su americana y las dejó caer sobre la mesa de roble:

—El Autodromo Nazionale di Monza está reservado esta mañana para pruebas de asfalto antes de la llegada de los peritos municipales. Tienen la pista júnior de karts de competición de veinticinco caballos de fuerza libre durante cuarenta y cinco minutos. Quince vueltas al circuito cerrado. El que cruce la bandera a cuadros primero se queda con la tarjeta del garaje durante los próximos seis meses.

Dante miró el pase, luego miró a Valeria con una sonrisa predatoria que desarmó su porte ejecutivo.

—¿Te da miedo la velocidad sin dirección asistida, Vidal? —provocó él, inclinando la cabeza con insolencia—. Los karts de dos tiempos no tienen tapicería de cuero ni sensores de aparcamiento para salvarte.

Valeria recogió su acreditación de la mesa con un chasquido seco, clavando la vista en la yugular del hombre:

—A los diecisiete años gané el campeonato regional de karting de Como, De Rossi. Te voy a arrancar las pegatinas del mono de carreras antes de la tercera curva.

El rugido de los motores de dos tiempos a quince mil revoluciones por minuto rasgó el aire de Monza bajo un cielo azul despejado.

La pista júnior del mítico circuito italiano olía a gasolina quemada, caucho caliente y asfalto recalentado. Sentados en la tribuna de cronometraje con sendos vasos gigantes de refresco y una bolsa de pistachos, Bianca y Enzo disfrutaban del mejor espectáculo del año.

En la línea de salida, dos pequeños bólidos de chasis tubular vibraban con violencia.

Valeria vestía un mono de carreras ignífugo blanco y rojo que delineaba su figura esbelta, con el pelo recogido dentro del sotocasco y la visera oscura de su casco integral bajada. A su lado, el kart negro de Dante rugía con acelerones secos; el arquitecto llevaba un mono negro con detalles en gris plata, con los antebrazos tensos sobre el volante de cuero vuelto y la mirada fija en el semáforo de cinco luces rojas.

Las luces se encendieron una a una: rojo, rojo, rojo, rojo...

¡Verde!

El chillido de los neumáticos traseros patinando sobre la goma del asfalto fue ensordecedor.

Dante salió con una tracción brutal, aprovechando la potencia pura de su arrancada para cerrar la trayectoria hacia la primera chicane. Pero Valeria no levantó el pie del acelerador: metió el morro de su kart por el piano interior con una agresividad suicida, obligando a los neumáticos a saltar sobre los bordillos pintados de amarillo y rojo.

—¡Está loca! —gritó Enzo desde la grada, levantándose del asiento con el teléfono grabando en vertical—. ¡Casi lo manda a la puzolana en la primera curva!

Durante ocho vueltas, el duelo fue una clase magistral de pilotaje al límite y rencor acumulado.

Dante dominaba las rectas con trazadas limpias y una frenada milimétrica que no regalaba un solo milímetro; Valeria recuperaba terreno en las enlazadas lentas, cruzando el kart en derrapes controlados que levantaban virutas de goma negra sobre el asfalto. Se rozaron los pontones laterales dos veces con un estruendo de metal y fibra que arrancó gritos a los comisarios de pista.

En la vuelta catorce, a dos curvas del final, Dante protegía el interior de la horquilla Parabólica.

Valeria amagó con tirarse por fuera, obligando a Dante a abrir apenas medio metro su línea para cubrir el vértice. Fue la trampa perfecta. En el instante exacto en que él corrigió el volante, Valeria pisó el freno con la fuerza justa para clavar el morro, cruzó el kart por detrás de él y aceleró a fondo por el hueco interior, rozándole el neumático delantero con la rueda trasera.

Cruzaron la línea de meta a centímetros de distancia, levantando los brazos al unísono:

¡ZAS!

La pantalla digital del cronómetro oficial del circuito parpadeó con los tiempos del transpondedor:

> KART 07 (VALERIA): 48.312 SEG.

> KART 12 (DANTE): 48.314 SEG.

> DIFERENCIA: 0.002 SEGUNDOS A FAVOR DE VIDAL.

>

Valeria frenó en el parque cerrado, se quitó el casco de un tirón y sacudió su melena castaña al viento, sudorosa, con las mejillas encendidas de adrenalina pura y los ojos brillantes como dos antorchas.

Se bajó del kart de un salto, se plantó frente a Dante mientras este se desabrochaba los guantes con la mandíbula apretada y le agitó la tarjeta magnética del garaje en las narices con una carcajada triunfal que resonó por todo el paddock:

—¡Dos milésimas, De Rossi! ¡Dos malditas milésimas! ¡Aparcas tu tanque bajo las palomas durante los próximos seis meses!

Dante se quitó el sotocasco despacio. Tenía el cabello alborotado pegado a la frente por el sudor y la respiración rota. La miró desde su metro ochenta y ocho, devorando la estampa salvaje, victoriosa y deslumbrante de la mujer que acababa de humillarlo en la pista. La rabia de la derrota luchó ferozmente contra un deseo primitivo que le encendió el vientre.

Dio un paso adelante, acorralándola contra el morro de su propio kart, respirando su mismo aire agitado:

—Tuviste suerte con el rebote del piano interior, Vidal.

—Se llama talento, querido —ronroneó ella, sosteniéndole la mirada a escasos centímetros de su boca—. Admite la derrota como un caballero.

Dante bajó la vista hacia sus labios entreabiertos, tentado de mandar el contrato conyugal y a los comisarios al diablo para besarla allí mismo contra el chasis caliente.

Pero el sonido de unos aplausos educados y una voz con un marcado acento francés quebró el trance de golpe.

—Magnifique! Absolument magnifique!

Desde la entrada del paddock avanzaba un hombre de unos treinta y cinco años, con un traje de lino beige de corte impecable, gafas de carey y una sonrisa galante que irradiaba sofisticación parisina.

—Madame Vidal... —dijo el recién llegado, ignorando por completo la presencia de Dante mientras tomaba la mano sudorosa de Valeria y depositaba un beso reverencial a un milímetro de sus nudillos—. Soy Jean-Paul Laurent, el nuevo director de la comisión técnica de patrimonio de la Unión Europea. Sabía que sus diseños tenían audacia, pero verla dominar una máquina con semejante bravura... es un espectáculo para los sentidos.

Valeria parpadeó, sorprendida por el gesto, y recuperó su porte profesional con una sonrisa radiante:

—Señor Laurent... un placer. No sabía que el delegado de Bruselas llegaría tan temprano a la inspección.

—Para admirar su trabajo de cerca, querida Valeria, cualquier madrugón es poco —añadió el francés, clavándole una mirada cargada de un interés que no tenía nada que ver con los coeficientes de dilatación del suelo.

A un paso de distancia, el rostro de Dante De Rossi se transformó en una máscara de piedra gélida.

Los ojos azules del arquitecto se oscurecieron como una tormenta sobre el mar, clavándose en la mano del francés como si estuviera calculando la trayectoria exacta para partírsela en tres pedazos. La mandíbula se le tensó con tanta fuerza que un músculo comenzó a latirle bajo la piel de la mejilla.

Dio medio paso al frente, interponiendo su hombro ancho entre el francés y Valeria, con una frialdad letal que bajó la temperatura del paddock diez grados de golpe:

—De Rossi —soltó Dante con un barítono áspero que sonó como el cerrojo de una escopeta, extendiendo su mano con un agarre de acero que obligó al francés a parpadear por el dolor—. Y la señora Vidal está bajo contrato exclusivo de interoperabilidad con mi firma, señor Laurent. Si tiene que revisar planos de suelo, la documentación técnica la manejo yo.

Jean-Paul soltó la mano de Dante con disimulo, sacudiéndose los dedos mientras arqueaba una ceja ante la evidente hostilidad territorial del italiano.

Valeria miró a Dante de reojo. Notó la rigidez salvaje de sus hombros, el fuego oscuro en sus ojos y la forma en que su cuerpo se había colocado en posición de combate para bloquear el acceso del francés.

Una chispa de asombro y una satisfacción perversa, dulce e incontrolable le recorrió la espina dorsal:

El gran Dante De Rossi estaba ardiendo en celos.

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Saira Macias
puro fuego
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