NovelToon NovelToon
La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La hija del último amanecer.

El grito de Adrian atravesó la oscuridad.

—¡EVELYN!

Su voz resonó entre las paredes de piedra y murió en algún lugar bajo la capilla, como si las sombras hubieran devorado incluso el eco.

Evelyn extendió las manos, buscando desesperadamente al hombre que tenía a su lado apenas unos segundos antes. Sus dedos rozaron la fría pared, el borde de la cuna y, finalmente, una tela húmeda que no reconoció.

—¡Adrian! ¡Respóndeme!

No hubo respuesta.

El aire se había vuelto insoportablemente frío. Una corriente helada recorría la cámara subterránea, aunque allí abajo no existían ventanas ni puertas abiertas. Evelyn sintió que algo le rozaba la nuca. Se volvió de golpe, con el corazón desbocado.

—¿Quién está ahí?

Una luz tenue apareció al otro extremo de la habitación.

No era una antorcha. Tampoco una lámpara.

Era la pequeña rosa blanca que Elara había sostenido en sus manos antes de que todo quedara a oscuras. Sus pétalos brillaban con una claridad pálida, casi lunar, y una gota de sangre descendía lentamente por uno de ellos.

Junto a la rosa se encontraba la joven de dieciocho años que Evelyn había visto unos instantes atrás.

Elara.

Su hija.

La niña que había muerto antes de cumplir nueve años. La criatura que había aparecido en sus sueños, en sus recuerdos y en aquellos documentos imposibles. La niña a la que había entregado a las sombras en una vida que apenas comenzaba a recordar.

Pero aquella muchacha ya no tenía rostro de niña.

Sus ojos grises eran los mismos de Adrian. Su cabello oscuro caía sobre los hombros y llevaba un vestido azul de una época que Evelyn no conseguía identificar. En su cuello descansaba el medallón de Eleanor.

—¿Dónde está Adrian? —preguntó Evelyn, con la voz quebrada.

Elara bajó la mirada.

—Todavía no lo has perdido.

—¿Qué significa eso?

—Que aún puedes elegir.

Evelyn dio un paso hacia ella.

—No voy a elegir entre mi hija y el hombre que amo. No volveré a hacerlo.

Por primera vez, la expresión de Elara se quebró. Una tristeza antigua apareció en su rostro, tan profunda que Evelyn sintió que estaba mirando a alguien que llevaba siglos llorando.

—Eso dijiste la primera vez, mamá.

La palabra la golpeó con más fuerza que cualquier acusación.

Mamá.

Evelyn se llevó una mano al pecho.

—Yo te recuerdo… —susurró—. Recuerdo tus manos pequeñas. Recuerdo una habitación iluminada por velas. Recuerdo que llorabas cuando había tormenta y que Adrian se sentaba junto a tu cama para contarte historias. Recuerdo…

La voz se le quebró.

—Recuerdo haberte perdido.

Elara apretó la rosa blanca entre sus dedos.

—No, mamá. Recuerdas haberme entregado. Todavía no recuerdas por qué.

Un ruido seco retumbó a espaldas de Evelyn.

Esta se volvió de inmediato.

Adrian estaba tendido junto a uno de los pilares de piedra. Tenía una mano apoyada contra el suelo y la otra apretada sobre su costado. La sangre le oscurecía la camisa blanca, justo debajo de las costillas.

—¡ADRIAN!

Evelyn corrió hacia él y cayó de rodillas a su lado.

—Mírame. Por favor, mírame.

Él abrió los ojos con dificultad.

—Evelyn…

—Estoy aquí. No te muevas.

—No… te acerques a ella.

Evelyn miró por encima del hombro. Elara seguía inmóvil junto a la cuna.

—¡Es nuestra hija!

—Lo sé —murmuró Adrian—. Por eso…

Un espasmo de dolor le impidió terminar la frase.

Evelyn presionó la herida con ambas manos. La sangre estaba caliente. Demasiado caliente. Sintió que el mundo se reducía al rostro pálido de Adrian, a su respiración irregular y al miedo insoportable de volver a perderlo.

Había vivido una vida entera sin él. Había envejecido, había conocido la soledad y había muerto con el arrepentimiento de no haber elegido el amor cuando tuvo la oportunidad.

Después había despertado a los dieciocho años.

Creyó que aquella segunda vida era un regalo.

Pero ahora comprendía que los regalos no solían exigir sangre a cambio.

—No vas a morir —le dijo, inclinándose sobre él—. ¿Me escuchas? No voy a permitirlo.

Adrian levantó una mano temblorosa y le acarició la mejilla.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre encuentro la manera de salvarte.

—Y siempre terminas perdiendo algo.

—Esta vez no.

Él la miró con una ternura desesperada.

—Evelyn, amor mío… quizá nunca debimos regresar.

Ella sintió que se le detenía el corazón.

Era la primera vez que Adrian la llamaba así sin esconderse detrás de su orgullo, sin disfrazar sus sentimientos de una orden o una promesa solemne.

Amor mío.

Y lo decía como si se estuviera despidiendo.

—No vuelvas a decir eso —susurró ella—. No después de todo lo que hemos pasado.

—Entonces escucha lo que voy a decirte. Si la cámara vuelve a oscurecerse, no sigas mi voz.

—Adrian…

—Prométemelo.

Evelyn negó con la cabeza, llorando.

—No puedo prometerte que te abandonaré.

—No te estoy pidiendo que me abandones. Te estoy pidiendo que no permitas que vuelva a utilizarte para regresar.

Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, una voz surgió desde la entrada de la cámara.

—Ya es demasiado tarde para fingir que ninguno de ustedes sabe la verdad.

Alexander apareció entre las columnas.

Tenía el rostro desencajado y una herida abierta en la frente. En su mano sostenía una llave antigua, ennegrecida por el tiempo. Al ver a Adrian en el suelo, se detuvo.

Durante un instante, los dos hermanos se miraron.

Eran idénticos, salvo por la cicatriz sobre la ceja izquierda de Alexander. Sin embargo, nunca habían parecido tan diferentes. Adrian, incluso herido, buscaba con la mirada a Evelyn. Alexander observaba la cuna con un terror que no había mostrado en ninguna de sus anteriores apariciones.

—¿Qué has hecho? —preguntó Adrian, intentando incorporarse.

—Lo mismo que tú hiciste hace años.

—¡Alexander!

—¡No! —gritó su hermano—. Estoy cansado de que todos me ordenen callar. Padre lo hizo. Eleanor lo hizo. Margaret también. Y tú… tú llevas vidas enteras haciéndolo, aunque ni siquiera recuerdes mi nombre.

Evelyn se puso de pie lentamente.

—¿Qué sabes de Elara?

Alexander cerró los ojos.

—Todo.

—Entonces habla.

Él miró a la joven junto a la cuna. Su expresión se llenó de culpa.

—Elara no fue solamente la hija que ustedes perdieron. Fue la primera persona a la que el pacto les quitó… y también la primera que aprendió a regresar.

Evelyn sintió que las piernas le flaqueaban.

—¿Regresar de dónde?

—De la muerte.

Alexander dejó la llave sobre la piedra.

—Pero no como ustedes creen. Cada vez que ella vuelve, alguien debe ocupar su lugar. Una vida por otra. Un recuerdo por otro. Una existencia borrada para que la suya pueda continuar.

Evelyn miró a Adrian, que intentaba mantenerse consciente.

—¿Por eso murió Eleanor?

Alexander no contestó de inmediato.

Ese silencio fue suficiente para helarle la sangre.

—Mi madre intentó romper el pacto —continuó Adrian desde el suelo—. Eso es lo que recuerdo. Ella quiso impedir que Elara fuera entregada.

—No —dijo Alexander—. Eleanor quiso impedir algo mucho peor.

La joven del vestido azul levantó la cabeza.

—Basta, tío.

La palabra dejó a Evelyn sin aliento.

Tío.

Alexander se quedó inmóvil. Por primera vez, la muchacha parecía tener sobre él una autoridad que iba más allá del miedo.

—No tienes derecho a contarles todo de esa manera —dijo Elara.

—¿Y tú sí tienes derecho a condenarlos a repetirlo eternamente?

Elara apretó los labios.

—No fui yo quien hizo el pacto.

—Pero eres tú quien lo mantiene vivo.

La rosa blanca cayó de sus manos.

Al tocar el suelo, sus pétalos se dispersaron como ceniza.

Y entonces Evelyn recordó.

No fue un recuerdo completo, sino una sucesión de imágenes que le atravesaron la mente con una violencia insoportable.

Un salón iluminado por cientos de velas.

Un hombre vestido de negro, cuyo rostro no podía distinguir.

Una mesa cubierta de documentos.

Elara, mucho más pequeña, dormida en una cuna.

Adrian frente a ella, con las manos manchadas de sangre.

Y su propia voz, pronunciando unas palabras que nunca habría querido decir:

«Si tiene que morir alguien, que sea yo. Déjala vivir».

Después, otra voz. La suya también, pero más vieja. Más cansada.

«No. Esta vez no serás tú».

Evelyn se tambaleó.

Alexander la sostuvo antes de que cayera.

—¿Lo recuerdas? —preguntó él.

Ella se apartó de su mano.

—¿Qué hice?

—Intentaste salvarla.

—¡¿Qué hice?!

Alexander tragó saliva.

—Le pediste al pacto que tomara tu lugar.

Evelyn miró sus propias manos como si esperara encontrar sangre en ellas.

—¿Y qué ocurrió?

—El pacto aceptó. Pero no tomó tu vida. Tomó tu muerte.

La cámara pareció inclinarse a su alrededor.

—Eso no tiene sentido.

—Por eso sigues regresando —dijo Alexander—. Porque una parte de ti murió, pero otra quedó atrapada en el instante anterior. Tu cuerpo envejeció, tu corazón dejó de latir y tu historia terminó. Sin embargo, el pacto conservó a la Evelyn que todavía deseaba elegir de otra manera. La devolvió al principio una y otra vez.

Evelyn recordó la vejez. Las manos arrugadas. La habitación silenciosa. El peso de los años.

Y, por encima de todo, el deseo que había pronunciado antes de morir.

Si pudiera volver…

—No me concedieron una segunda oportunidad —susurró—. Me condenaron a repetir mi vida.

—Sí —respondió Alexander—. Y Adrian fue arrastrado contigo.

Adrian cerró los ojos, como si aquellas palabras confirmaran un temor que llevaba mucho tiempo persiguiéndolo.

—Por eso recuerdo una boda que todavía no hemos celebrado —murmuró—. Por eso he visto mi propia muerte.

—Porque no es la primera vez que ocurre —dijo Alexander—. En algunas vidas, Evelyn muere antes del amanecer. En otras, mueres tú. Y en otras…

Miró a Elara.

—En otras, ninguno de los dos recuerda siquiera que tuvieron una hija.

Evelyn sintió que el dolor se transformaba en rabia.

—¿Y tú? ¿Qué papel desempeñas en todo esto?

Alexander bajó la mirada.

—Yo fui el primer precio.

El silencio que siguió fue absoluto.

Adrian abrió los ojos.

—¿Qué acabas de decir?

Alexander respiró hondo, como si llevara años esperando el momento de pronunciar aquella confesión.

—Cuando nacimos, nuestro padre recibió la profecía. Uno de los gemelos salvaría a la familia; el otro la destruiría. Arthur decidió que tú serías el heredero. Yo fui declarado muerto porque necesitaba ocultar al niño que, según él, traería la ruina.

—Eso ya lo sabíamos —dijo Adrian.

—No. No lo sabían todo.

Alexander se arrodilló junto a la cuna.

—El pacto no exigía la muerte de uno de nosotros. Exigía que uno de nosotros dejara de existir en la memoria de los demás. Nuestro padre creyó que podía engañarlo escondiéndome. Pero alguien debía recordar que yo había nacido. Alguien debía llevar mi nombre.

Se volvió hacia Adrian.

—Tú fuiste ese alguien. Durante años soñaste conmigo porque una parte de tu memoria se negó a obedecer a nuestro padre. Y cuando intentaste salvar a Elara, el pacto encontró la manera de unir nuestras condenas.

Adrian lo observó con una mezcla de horror y comprensión.

—Por eso te vi caer en el incendio de la capilla.

—No caí, hermano. Me arrojaron.

—¿Quién?

Alexander levantó la mirada hacia la joven.

Elara no se movió.

Pero sus ojos grises se llenaron de lágrimas.

—Yo no quería hacerlo —susurró ella.

Evelyn sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué?

Elara se acercó un paso. Su rostro ya no tenía la serenidad sobrenatural de antes. Parecía una muchacha aterrorizada que hubiera cargado durante demasiado tiempo con una culpa imposible.

—En una de las vidas, Alexander intentó romper el pacto. Creyó que, si desaparecía por completo, nadie tendría que pagar por mí. Pero el pacto no lo dejó marcharse. Me utilizó para obligarlo a regresar.

—¿Lo mataste? —preguntó Evelyn.

—No de la manera que crees.

—¡Respóndeme!

Elara bajó la cabeza.

—Lo empujé al fuego para que el pacto creyera que había cobrado su precio. Pero él sobrevivió. Y desde entonces ha pasado de una vida a otra intentando encontrarme.

Alexander no la contradijo.

Esa fue la parte más terrible.

No había odio en su rostro. Solo agotamiento.

—Quería que terminaras de existir —confesó él—. No porque te odiara, sino porque no podía soportar verte morir una y otra vez.

Elara lo miró.

—Y yo quería que ustedes me recordaran.

—Lo sé.

—Quería tener una madre y un padre que no tuvieran que elegir entre amarme y sobrevivir.

Evelyn sintió que las lágrimas le nublaban la vista.

—Mi niña…

—No me llames así si todavía vas a entregarme.

La frase cayó entre ambas como una sentencia.

Evelyn dio un paso hacia su hija, pero Elara retrocedió.

—No quiero que me salves, mamá. Quiero que recuerdes lo que hiciste después de entregarme.

Evelyn cerró los ojos.

La memoria volvió a abrirse.

Esta vez no vio la cuna.

Vio una habitación blanca, sin ventanas, y a una Evelyn mucho más vieja sentada ante un espejo. Su cabello era completamente gris. Sus manos temblaban. En el regazo sostenía un retrato de Adrian.

Junto a ella había una carta.

«Si he regresado, es porque el pacto todavía no ha terminado. Si he vuelto a tener dieciocho años, es porque alguien necesita que cometa el mismo error».

La anciana Evelyn levantó la mirada hacia el espejo.

Y sonrió con una tristeza espantosa.

«Pero esta vez no voy a salvar a Adrian. Esta vez voy a dejar que muera».

Evelyn abrió los ojos de golpe.

—No…

Adrian intentó incorporarse.

—¿Qué has visto?

Ella retrocedió, horrorizada.

—Yo… yo iba a dejarte morir.

—¿Cuándo?

—En otra vida. Después de regresar. Lo sabía. Sabía que para terminar con esto tenía que dejarte morir.

Adrian guardó silencio.

Evelyn sintió que su respiración se deshacía en pequeños sollozos.

—Todo este tiempo pensé que el peligro era nuestra boda. Creí que alguien quería matarte el día en que nos casáramos. Pero la boda no es el final, ¿verdad?

Alexander negó lentamente.

—La boda es el momento en que el pacto exige que elijan. El amor que los une es la razón por la que ambos regresan. Pero el precio nunca ha sido la boda.

Evelyn miró la inscripción de la pared.

La novia morirá antes del amanecer.

Después recordó la frase de Elara.

Si quieres que yo viva… tendrás que recordar quién debe morir.

La respuesta empezó a tomar forma en su mente.

Y era tan terrible que deseó no haberla encontrado.

—El pacto no quiere a Adrian —susurró—. Ni me quiere a mí.

Miró a su hija.

—Te quiere a ti.

Elara no respondió.

No hacía falta.

Durante un instante, Evelyn volvió a verla como la niña de vestido azul que sostenía una rosa blanca. La niña que había aparecido en sus sueños y que le había pedido que no permitiera que su padre muriera por ella.

Ahora comprendía que aquella advertencia no era una petición de sacrificio.

Era una súplica para que dejaran de obedecer al pacto.

—Podemos romperlo —dijo Evelyn, aferrándose a esa esperanza—. Tiene que haber una manera.

Alexander se puso de pie.

—La hay.

Adrian lo miró con desconfianza.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

—Porque no quería que intentaras hacerlo.

—Habla.

Alexander observó a su hermano gemelo durante varios segundos.

—Para romperlo, uno de nosotros debe renunciar voluntariamente a la vida que el pacto le prometió.

Evelyn sintió un escalofrío.

—¿Qué vida?

Alexander señaló el retrato de la anciana Evelyn, que aún descansaba sobre una piedra.

—La segunda vida de Evelyn no fue un regalo. Fue una deuda. El pacto le devolvió la juventud a cambio de una promesa que hizo antes de morir: que, si volvía a encontrar a Adrian, elegiría salvarlo incluso cuando eso significara condenar a otra persona.

—Yo nunca habría prometido eso.

—La mujer que murió a los setenta y seis años sí lo hizo. No porque fuera cruel, sino porque estaba desesperada.

Evelyn recordó la soledad de aquella primera vida. Los años perdidos. Las noches en las que había imaginado qué habría ocurrido si hubiera elegido de otra manera.

Había deseado volver.

Y alguien la había escuchado.

—¿Qué debo hacer? —preguntó, con la voz casi inaudible.

Alexander miró a Elara.

—Debes renunciar a la vida que te prometieron.

—¿Y Adrian?

—Si tú renuncias, él será libre de vivir sin recordar las vidas anteriores. Pero tú no volverás a despertar. No habrá tercera oportunidad, ni otro comienzo. Tu historia terminará aquí.

Evelyn miró a Adrian.

Él intentó levantarse, pero la herida lo obligó a apoyarse de nuevo contra la piedra.

—No —dijo con firmeza—. No vas a hacerlo.

—Adrian…

—No voy a permitir que te sacrifiques por mí.

—No es por ti.

—¡Siempre termina siendo por mí!

La voz de Adrian se quebró y el dolor de su herida pareció volverse insignificante frente a la desesperación que lo atravesaba.

—Toda mi vida he visto morir a las personas que amo. Mi madre. Mi padre. Tú. Nuestra hija. Y cada vez que creo que puedo cambiar algo, termino perdiéndote de una manera distinta. No quiero otra vida si tengo que vivirla sin ti.

Evelyn se arrodilló junto a él y apoyó la frente contra la suya.

—Yo tampoco quiero una vida sin ti.

—Entonces no me pidas que te deje marchar.

—No te lo estoy pidiendo.

Le acarició el rostro.

—Te estoy pidiendo que confíes en mí.

Adrian cerró los ojos. Una lágrima descendió por su mejilla.

—Confío en ti más que en mi propia vida.

—Entonces confía en que esta vez no voy a elegir por miedo.

Él la besó.

Fue un beso breve, tembloroso, interrumpido por el dolor y las lágrimas. No tuvo la desesperación de una despedida, sino la tristeza de dos personas que por fin habían encontrado lo que buscaban y comprendían que quizá no podrían conservarlo.

Cuando Evelyn se apartó, Adrian mantuvo su frente apoyada contra la de ella.

—Si existe una tercera vida —susurró—, quiero encontrarte en ella.

—No habrá tercera vida.

—Entonces esta tendrá que ser suficiente.

Evelyn cerró los ojos.

Por primera vez desde que había despertado a los dieciocho años, no deseó regresar a ningún lugar.

Quería vivir.

No para corregir el pasado. No para recuperar a la niña que había perdido. No para demostrar que podía salvar a todos.

Quería vivir porque amaba a Adrian.

Porque había descubierto que el amor no consistía en impedir toda pérdida, sino en dejar de convertir el miedo en una condena.

Y porque Elara merecía algo más que ser el precio de los errores de sus padres.

—No voy a renunciar a mi vida —dijo Evelyn finalmente.

Alexander palideció.

—Entonces no has comprendido.

—Sí. Lo he comprendido.

Se volvió hacia Elara.

—No voy a entregarte. No voy a sacrificar a Adrian. Y tampoco voy a dejar que el pacto siga decidiendo quién merece existir.

La joven de vestido azul la contempló con una expresión indescifrable.

—¿Y qué vas a hacer, mamá?

Evelyn se puso de pie.

—Voy a encontrar a quien hizo el primer pacto.

La rosa blanca volvió a aparecer entre los dedos de Elara.

Pero esta vez no tenía sangre.

—Ya lo encontraste —respondió la muchacha.

Elara señaló el retrato de la anciana Evelyn.

—Fuiste tú.

Evelyn dejó de respirar por un instante.

—Eso es imposible.

—La primera vez que regresaste, no eras la muchacha que eres ahora —dijo Elara—. Eras una mujer que había vivido demasiado tiempo con el arrepentimiento. Una mujer que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para cambiar el pasado.

—Yo no hice ningún pacto.

—No lo hiciste con sangre, mamá. Lo hiciste con un deseo.

La joven extendió la mano hacia el retrato.

La anciana Evelyn que aparecía en él ya no sonreía. Su rostro había cambiado. Sus ojos estaban abiertos, fijos en quien contemplaba la pintura, y en sus labios se dibujaba una expresión de dolor que Evelyn reconoció de inmediato.

Era su propio rostro.

Pero había algo más.

En el fondo del retrato, detrás de la anciana, se distinguía una figura masculina vestida de negro. Su cara estaba oculta por las sombras. Solo se veía una mano apoyada sobre el hombro de Evelyn.

En uno de sus dedos brillaba un anillo con el emblema de los Blackthorne.

Adrian lo vio y palideció.

—Ese anillo…

Alexander se volvió hacia él.

—¿Lo reconoces?

Adrian asintió lentamente.

—Era de mi padre.

La cámara quedó sumida en un silencio insoportable.

—Arthur Blackthorne murió hace décadas —dijo Evelyn.

—En esta vida —respondió Alexander.

La llave que él había dejado sobre la piedra comenzó a girar por sí sola.

Una vuelta.

Dos.

Tres.

Desde algún lugar detrás de la pared surgió el sonido de un mecanismo antiguo. Las piedras se separaron lentamente, revelando una puerta que no aparecía en ninguno de los planos de la capilla.

Sobre ella había una inscripción.

«Aquí comienza la vida que ninguno de ustedes recuerda.»

Elara retrocedió.

Por primera vez, parecía tener miedo de verdad.

—No abras esa puerta —suplicó.

Evelyn la miró.

—¿Qué hay detrás?

La muchacha comenzó a llorar.

—La primera vez que morí.

Un golpe retumbó desde el otro lado.

Después, una voz masculina pronunció el nombre de Evelyn.

—Mi querida nieta…

Evelyn sintió que la sangre se le helaba.

Conocía aquella voz.

La había escuchado durante su infancia, en la mansión Ashbourne, cuando su abuelo Thomas creía que ella dormía y hablaba a solas frente a una chimenea.

Pero Thomas llevaba años muerto.

—Evelyn —repitió la voz—. Esta vez has tardado demasiado en volver.

La puerta comenzó a abrirse.

Y Adrian, todavía tendido en el suelo, levantó la cabeza con una expresión de terror absoluto.

—No puede ser…

Del otro lado apareció un hombre anciano vestido con ropas del siglo anterior. Su cabello blanco caía sobre una frente marcada por profundas arrugas. Llevaba un bastón de empuñadura dorada y un anillo idéntico al que aparecía en el retrato.

Thomas Ashbourne.

El abuelo de Evelyn.

El hombre que le había enseñado a leer, que la había protegido de niña y que, según todos los registros, había muerto mucho antes de que ella regresara a los dieciocho años.

Thomas sonrió con ternura.

—Has crecido mucho, mi niña.

Evelyn no pudo moverse.

El anciano observó a Adrian, luego a Alexander y finalmente a Elara.

Su sonrisa desapareció.

—Veo que han cometido el mismo error otra vez.

—¿Qué error? —preguntó Evelyn, reuniendo las fuerzas que le quedaban.

Thomas levantó el bastón y señaló el retrato.

—Creer que la segunda vida era para salvarlos.

Entonces miró directamente a Evelyn.

—Tu segunda vida no fue creada para que salvaras a Adrian, ni para que recuperaras a tu hija.

Se acercó un paso.

—Fue creada para que recordaras quién lo mató la primera vez.

Adrian dejó escapar un sonido ahogado.

Evelyn se volvió hacia él.

Y en los ojos de su amado encontró algo que nunca había visto antes.

Reconocimiento.

No hacia Thomas.

Hacia el recuerdo que acababa de despertar.

—Evelyn… —susurró Adrian—. Fui yo.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué?

Él comenzó a llorar.

—Yo fui quien te mató.

____________🌸

1
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play