Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
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4. Lo que mi madre enterró.
—El día que murió Mara.
Mi madre pronunció aquellas palabras con tanta dificultad que, durante unos segundos, fui incapaz de hacer otra pregunta.
La fotografía seguía entre mis dedos. El papel amarillento tenía una pequeña marca en una de las esquinas y el rostro de la niña que aparecía en ella era el mío, aunque apenas podía reconocerme. Tenía el cabello más corto, las rodillas raspadas y una sonrisa despreocupada que ahora me parecía pertenecer a otra persona.
A mi lado, la mujer de cabello oscuro permanecía de espaldas.
Inés Valdés.
No podía verle la cara, pero el colgante con forma de estrella brillaba alrededor de su cuello como una señal que alguien había olvidado borrar.
—¿Qué pasó ese día? —pregunté.
Mi madre se quedó junto a la puerta, sin atreverse a entrar del todo en la habitación.
—No tendrías que haber encontrado esa fotografía.
—Pero la encontré.
—Abril…
—¡No! —La interrumpí, y mi propia voz me sorprendió—. Hace unos días encontraron a Olivia muerta. Después alguien empezó a enviarme mensajes, fotografías y amenazas. Gael dice que estuvo en la mansión Valdés la noche en que murió Mara. Y ahora encuentro una foto mía con una mujer que desapareció después de esa misma muerte.
Tragué saliva.
—No podés seguir diciéndome que no pasó nada.
Mi madre bajó la cabeza.
Por primera vez, no intentó negar mis palabras.
Eso me asustó mucho más que cualquiera de sus evasivas anteriores.
—No dije que no hubiera pasado nada —respondió finalmente—. Dije que no quería que volvieras a acercarte a esa historia.
—¿Por qué?
—Porque hay cosas que no sabés.
—¡Entonces contámelas!
Mi madre se estremeció.
El silencio que siguió pareció extenderse por toda la casa. Afuera, el viento golpeaba las ventanas y una rama rozaba el vidrio con un sonido irregular.
Ella se acercó lentamente y se sentó frente a mí.
—Cuando eras chica, tenías una memoria extraordinaria —comenzó—. Recordabas conversaciones enteras, lugares a los que habías ido una sola vez y cosas que los adultos creían que no habías escuchado. A veces te despertabas en mitad de la noche hablando de personas que yo no conocía.
La observé con incredulidad.
—¿Y qué tiene que ver eso con Mara?
—Mucho más de lo que imaginás.
—No me estás respondiendo.
Mi madre se frotó las manos, un gesto nervioso que yo conocía desde siempre.
—El 17 de octubre, hace diez años, fui a buscarte a la casa de una amiga. Te había dejado allí durante unas horas porque tenía que hacer un trámite. Cuando llegué, estabas con Inés Valdés.
Miré la fotografía.
—¿En el parque?
—Sí.
—¿Por qué estaba conmigo?
—Porque ella te había llevado hasta allí.
Sentí que una pieza encajaba, aunque todavía no comprendía el dibujo completo.
—¿Y dónde estabas vos?
Mi madre tardó demasiado en responder.
—En la mansión Valdés.
El aire se me quedó atrapado en la garganta.
—¿Vos también estabas allí la noche en que murió Mara?
—Sí.
No hubo excusas. No hubo una explicación inmediata.
Solo esa palabra.
Sí.
Durante años había pensado que mi madre llevaba una vida sencilla, que conocía a la gente del pueblo como cualquier persona que hubiera vivido allí durante mucho tiempo. Nunca había imaginado que pudiera estar relacionada con aquella historia.
—¿Conocías a Mara? —pregunté.
—Sí.
—¿Eras amiga de ella?
Mi madre apartó la mirada.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Significa que la conocía, pero que nunca llegué a comprenderla del todo.
Me levanté de la cama y caminé hasta la ventana.
Necesitaba moverme. Necesitaba hacer algo con toda aquella información que parecía caer sobre mí sin darme tiempo a respirar.
—¿Y a Inés?
—También la conocía.
—¿Por qué desapareció?
Mi madre cerró los ojos.
—Después de la muerte de Mara, Inés se marchó de Santa Aurelia. Eso fue lo que todos creyeron. Algunos dijeron que había abandonado el país. Otros aseguraron que se había ido a vivir con familiares. Nadie se puso de acuerdo y, con el tiempo, dejaron de preguntar.
—¿Y vos qué creés?
—No lo sé.
Me volví hacia ella.
—Mamá, por favor.
—¡No lo sé, Abril!
Su voz se quebró al final.
Nunca la había escuchado hablarme así. No era enojo. Era desesperación.
Se llevó las manos al rostro y respiró profundamente antes de continuar.
—La última vez que vi a Inés, me pidió que cuidara de vos. Me dijo que, si alguien preguntaba por aquella tarde, yo debía asegurarme de que no recordaras nada.
—¿Y le hiciste caso?
Mi madre no contestó.
No necesitaba hacerlo.
Miré de nuevo la fotografía. La niña de la imagen parecía feliz. No tenía idea de que, diez años después, su rostro aparecería en una investigación por asesinato.
—¿Qué se supone que tendría que recordar?
Mi madre se secó una lágrima.
—No estoy segura de que lo que recordás sea real.
Aquella respuesta me dejó helada.
—¿Cómo que no estás segura?
—Eras muy pequeña. Habías pasado por una situación difícil. Durante un tiempo tuviste pesadillas y decías cosas que no tenían sentido. Después dejaste de hablar de esa noche.
—¿Qué cosas decía?
Mi madre negó con la cabeza.
—No quiero confundirte.
—¡Ya estoy confundida!
Se quedó callada.
Me acerqué a ella y me agaché para quedar a su altura.
—Escuchame. No sé qué pasó hace diez años. No sé qué relación tenías con Mara, ni por qué conocías a Inés, ni qué hice yo para terminar en esa fotografía. Pero alguien mató a Olivia. Alguien sabe que estoy investigando. Y esa persona conoce cosas de mi infancia que ni siquiera yo recuerdo.
Le tomé las manos.
—No puedo resolver esto si seguís ocultándome la verdad.
Mi madre me miró durante un largo rato.
Por un instante, creí que finalmente iba a contármelo todo.
Pero entonces se oyó un golpe en la puerta principal.
Las dos nos sobresaltamos.
Mi madre retiró las manos de las mías y se puso de pie inmediatamente.
—Quedate acá —ordenó.
—¿Quién es?
—No salgas, Abril.
Su tono fue tan firme que me quedé inmóvil.
La vi cruzar el pasillo. Escuché cómo abría la puerta y después una voz masculina que no reconocí.
No distinguí las palabras.
Solo escuché a mi madre decir:
—Te dije que no volvieras.
El hombre respondió algo en voz baja.
Mi madre guardó silencio.
Después llegó una frase que me hizo acercarme lentamente al pasillo.
—La chica encontró la fotografía, ¿verdad?
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
Mi madre respondió tan bajo que apenas pude oírla.
—Todavía no sabe nada.
—Entonces más vale que siga así.
Me acerqué un poco más, intentando ver quién estaba en la entrada.
Solo alcancé a distinguir una mano apoyada contra el marco de la puerta. Una mano masculina, con un anillo plateado en el dedo índice.
—No vuelvas a acercarte a ella —dijo mi madre.
—Eso ya no depende de mí.
La puerta se cerró.
Retrocedí rápidamente antes de que mi madre pudiera verme espiando. Volví a la habitación y me senté en la cama, fingiendo que no había escuchado nada.
Unos segundos después, ella apareció en la puerta.
Tenía la respiración agitada.
—¿Quién era? —pregunté.
—Nadie.
La miré fijamente.
—Mamá, escuché la conversación.
Su rostro se endureció.
—No deberías escuchar conversaciones ajenas.
—Y vos no deberías mentirme.
Por un instante, pareció que iba a responderme con otra advertencia. Pero algo cambió en su expresión.
Se acercó, tomó la fotografía de mis manos y la guardó en el bolsillo de su abrigo.
—Esta noche no salgas de casa —dijo.
—¿Por qué?
—Porque te lo estoy pidiendo.
—Eso no es una explicación.
Mi madre se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Hay personas que no necesitan matarte para arruinarte la vida, Abril. Algunas solamente necesitan que recuerdes lo que pasó.
Y se marchó.
Me quedé sola, con una pregunta que no dejaba de repetirse en mi cabeza.
¿Qué había visto una niña de seis años para que tantos adultos tuvieran miedo de sus recuerdos?
A las nueve de la noche, Mateo me llamó.
Estaba sentada en el suelo de mi habitación, con las fotografías del observatorio abiertas en la computadora. Había intentado comparar los rostros, buscar nombres y encontrar alguna referencia a la muchacha de cabello oscuro.
No había conseguido nada.
—Decime que tenés buenas noticias —respondí.
—Depende de lo que consideres buenas noticias.
—Mateo, hoy no estoy de humor.
—Entonces tengo noticias horribles.
Suspiré.
—Dale.
—Conseguí algo más sobre Inés Valdés.
Me incorporé.
—¿Qué encontraste?
—Una dirección antigua. Aparece en un documento relacionado con la venta de la mansión.
—¿Sigue viviendo ahí?
—No lo sé. La dirección corresponde a una casa en las afueras, cerca del camino que lleva al río.
—¿Cómo conseguiste eso?
—No importa.
—Mateo.
—Está bien. Le pedí ayuda a mi hermana y revisamos los registros que estaban disponibles. No hicimos nada ilegal, si eso es lo que te preocupa.
No era exactamente lo que me preocupaba, pero decidí no discutir.
—¿Podemos ir mañana?
—No.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que no?
—Porque acabo de recibir un mensaje.
El tono de su voz había cambiado.
—¿De quién?
—De un número desconocido.
—¿Qué dice?
Escuché el sonido de unos dedos golpeando la pantalla.
Después, Mateo leyó en voz alta:
—«Dejá de buscar a Inés Valdés. La última persona que intentó encontrarla terminó como Mara».
Se me heló la sangre.
—Mandámelo.
Un segundo después, mi teléfono vibró.
Abrí la captura de pantalla.
El mensaje era real. El número no figuraba entre mis contactos y no tenía ninguna información que permitiera identificar al remitente.
—¿Te llegó después de que me llamaras? —pregunté.
—Sí. Estaba por mandarte la dirección cuando apareció.
—Alguien sabe que estamos buscando a Inés.
—Alguien sabe demasiado.
Me levanté y comencé a caminar por la habitación.
—Tenemos que ir a esa casa.
—¿No acabás de leer la amenaza?
—Precisamente por eso.
—Abril, no podemos presentarnos en una dirección desconocida después de recibir una amenaza relacionada con un asesinato.
—Entonces, ¿qué proponés? ¿Que nos quedemos esperando a que nos envíen otra fotografía?
Mateo suspiró.
—Propongo que pensemos antes de hacer algo que después no podamos deshacer.
Tenía razón.
Y odiaba que la tuviera.
Me senté de nuevo frente a la computadora y abrí la imagen de los cinco adolescentes.
—¿Sabés qué es lo que más me molesta de todo esto? —pregunté.
—¿Qué?
—Que todos parecen conocer una parte de la historia. Gael estaba en la mansión. Mi madre estaba en la mansión. Inés desapareció después de la muerte de Mara. Y ahora alguien quiere impedir que la encontremos.
—Todavía no sabemos si todos están relacionados.
—Pero alguien está conectando las piezas por nosotros.
Miré la fotografía.
—Es como si quisiera que siguiéramos un camino determinado.
Mateo guardó silencio.
—¿Y si ese camino está lleno de mentiras? —preguntó finalmente.
Observé la figura que aparecía medio escondida detrás de los demás.
—Entonces tendremos que descubrir quién quiere que creamos en ellas.
A las diez y diecisiete, recibí otro mensaje.
Esta vez no había palabras.
Solo una fotografía.
La imagen mostraba el interior de una habitación oscura. Había una mesa, una silla y un espejo apoyado contra la pared. Sobre la mesa descansaba un pequeño colgante con forma de estrella.
Reconocí el símbolo inmediatamente.
Debajo de la imagen apareció una frase.
Tu madre no fue la única que te mintió.
Me quedé mirando la pantalla.
Después llegó un segundo mensaje.
Preguntale a Gael qué pasó con la quinta persona.
Sentí que el estómago se me encogía.
Volví a abrir la fotografía de los cinco adolescentes. Amplié los rostros uno por uno, intentando identificar a la figura que aparecía detrás de ellos.
La muchacha de cabello oscuro.
El chico desconocido.
Mara.
Gael.
Y la quinta persona.
La que llevaba el colgante.
Había algo en esa figura que no conseguía interpretar. La cabeza estaba ligeramente inclinada hacia un costado, como si hubiera girado justo cuando alguien tomó la fotografía.
Entonces lo noté.
En el reflejo de una de las ventanas del observatorio aparecía otra silueta.
Una persona que no estaba entre los cinco.
O, al menos, eso parecía.
Amplié la imagen hasta que los bordes comenzaron a deformarse.
La silueta estaba junto a la entrada del edificio.
No podía distinguir su rostro, pero sí una mano apoyada contra el vidrio.
En el dedo índice llevaba un anillo plateado.
El mismo tipo de anillo que había visto aquella tarde en la puerta de mi casa.
Sentí un escalofrío.
Quizá era una coincidencia. Quizá había cientos de personas en Santa Aurelia que usaban anillos similares.
Pero ya no confiaba en las coincidencias.
Abrí el chat con Gael y escribí:
Necesito que me digas qué pasó con la quinta persona.
No esperaba una respuesta inmediata.
Sin embargo, apenas unos segundos después, apareció el indicador de que estaba escribiendo.
Desapareció.
Volvió a aparecer.
Finalmente, llegó un mensaje.
¿Quién te habló de eso?
No contesté.
Él volvió a escribir.
Abril, escuchame. No vuelvas a mirar esa fotografía.
Sentí que una mezcla de rabia y miedo me recorría el cuerpo.
¿Por qué?
La respuesta tardó casi un minuto.
Porque la persona que aparece en esa foto no debería estar viva.
Leí la frase una vez.
Después otra.
Mis dedos quedaron suspendidos sobre el teclado.
Quería preguntarle quién era aquella persona. Quería saber qué había ocurrido la noche en que murió Mara y por qué mi madre estaba tan aterrorizada.
Pero antes de que pudiera escribir, llegó un último mensaje.
Y porque si alguien descubre que todavía existe, Olivia no va a ser la última.
Me quedé inmóvil frente a la pantalla.
Afuera, una ráfaga de viento golpeó la ventana.
Entonces escuché algo.
Un ruido leve en el pasillo.
Como el roce de unos zapatos contra el suelo.
Giré la cabeza.
La puerta de mi habitación estaba entreabierta.
Yo recordaba haberla cerrado.
Me levanté lentamente y me acerqué, conteniendo la respiración. Cuando llegué al umbral, miré hacia el pasillo.
No había nadie.
Pero la puerta principal estaba abierta.
Y sobre el suelo, justo en la entrada, había un sobre blanco.
Mi nombre estaba escrito en el frente.
ABRIL MONTENEGRO.
Lo recogí con las manos temblorosas.
Dentro había una sola fotografía.
Era una imagen antigua de la mansión Valdés, tomada desde el jardín trasero. En una de las ventanas del piso superior aparecía una niña pelirroja.
Yo.
Alguien había escrito una frase en el reverso.
La noche que murió Mara, vos no fuiste una testigo.
Debajo, con una letra diferente, había una segunda línea.
Fuiste la razón por la que todos guardaron silencio.
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