Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: Sangre en la copa
Damian no giró la cabeza ni un milímetro. Mantuvo la copa de champaña en su mano izquierda, balanceando el líquido dorado con la calma ensayada de quien ha pasado la mitad de su vida en salones diplomáticos rodeado de hombres que preferirían verlo muerto antes del amanecer.
—El del fondo de la terraza lleva un corte de pelo militar y la chaqueta demasiado holgada en el costado derecho —murmuró él, con una voz tan baja que apenas vibró contra la clavícula desnuda de Valeria—. La gente de los Balcanes no suele molestarse en pagar a sastres decentes cuando viene a cobrar una deuda.
Valeria contuvo una exhalación corta, clavando los dedos en la tela del esmoquin de él.
—Entonces no son incompetentes. Son suyos —dijo ella, con una ironía filosa como un estilete—. Qué tranquilizador saber que su trabajo secundario incluye convertir una cena benéfica para niños desfavorecidos en un polígono de tiro.
—No son míos, señorita Taylor. Son competencia desleal —replicó Damian, dedicándole una sonrisa deslumbrante y fría que engañó a un par de fotógrafos apostados a diez metros de distancia—. Y no dispare alarmas todavía. Kassian tiene dos tiradores en el tejado adyacente y tres hombres en la cocina. El juego no ha empezado.
—El camarero de la izquierda no está esperando órdenes de tiro —advirtió ella, siguiendo con la visión periférica la bandeja de plata que se abría paso entre los vestidos de alta costura—. Mírele las manos. No tiene callos de empuñar armas automáticas. Lleva guantes de seda blanca, pero sus dedos están rígidos, los hombros pegados a las costillas y camina evitando las luces directas. En el puerto de Boston a esos los llamaban «los químicos». No vienen a hacer ruido, Valmont. Vienen a envenenar el pozo.
Damian la miró de reojo. Una llamarada oscura y fascinada atravesó sus ojos ámbar.
—¿Boston, dijo? —preguntó él en un susurro cargado de veneno—. Pensé que su currículum decía que había pasado su juventud estudiando administración en Dublín.
Valeria se mordió el interior de la mejilla, maldiciendo mentalmente el desliz. El instinto había hablado más rápido que su prudencia burocrática.
—Veo mucho cine clásico, señor Valmont. Ahora concéntrese en no morirse antes de que firmemos la auditoría, porque si me quedo sin trabajo por culpa de un homicidio con cianuro, voy a tener que cobrar mi liquidación de su testamento.
Antes de que Damian pudiera replicar, una voz gutural y resonante quebró la burbuja que los aislaba.
—¡Damian! Querido muchacho, pensé que el invierno en Ginebra te retendría en tus cuarteles de invierno.
Markus Von Berg se interpuso en su camino. Era un hombre corpulento de sesenta años, con el cabello plateado peinado hacia atrás, un monóculo absurdo sujeto a la solapa y la arrogancia pesada de los viejos industriales prusianos que consideraban que el mar Báltico era una propiedad privada de su familia. A su lado, un abogado joven y relamido sostenía una carpeta de piel con el escudo de los astilleros alemanes.
—Markus —saludó Damian, extendiendo la mano derecha en un gesto formal y frío—. Veo que trajiste a toda la corte.
—Los tiempos exigen cautela, muchacho. Y veo que tú has decidido venir bien acompañado —los ojos pequeños y acuosos de Von Berg barrieron a Valeria con un descaro paternalista que le revolvió el estómago a ella—. Una flor exótica en un salón de hielo. ¿Tu nueva secretaria privada, supongo?
Valeria dio medio paso al frente antes de que Damian pudiera intervenir. Su postura era impecable; la seda negra de su vestido caía como agua líquida sobre sus caderas y su mirada castaña tenía la temperatura del nitrógeno líquido.
—Directora de operaciones centrales del consorcio, señor Von Berg —dijo Valeria, con una voz modulada, clara y letalmente educada—. Y antes de que su abogado intente entregarle al señor Valmont el anexo tres con la cláusula de responsabilidad solidaria por los diques secos de Rostock, le sugiero que revise el artículo doce del derecho marítimo europeo. Si los astilleros no pasaron la inspección de emisiones de azufre en octubre, la penalización no recae sobre el comprador, sino sobre el patrimonio familiar del cedente. O sea, sobre usted.
El abogado de Von Berg abrió la boca como un pez fuera del agua, buscando desesperadamente entre sus notas. El magnate alemán parpadeó dos veces, la sonrisa congelada en sus labios carnosos mientras una mancha rojiza le subía por el cuello almidonado.
—Yo... bueno, esa cláusula era un borrador preliminar —balbuceó el letrado.
—Esa cláusula era una estafa de cincuenta millones de euros mal redactada —remató Valeria con una sonrisa dulce y despiadada—. Que disfrute de la champaña, señor Von Berg. Los balances los revisamos el lunes en Ginebra. Si sus auditores se atreven a presentarse, claro.
Damian soltó una carcajada auténtica, sonora y profunda, que hizo que varias personas a su alrededor giraran la cabeza con sorpresa. Era la primera vez que alguien en ese salón lo escuchaba reír con genuino regocijo. Con un movimiento posesivo y fluido, deslizó su mano por la cintura de Valeria, apoyando la palma firme justo sobre la piel desnuda de su espalda baja.
El calor de sus dedos largos contra su piel le provocó a Valeria una descarga que le tensó los muslos. El contraste entre la frialdad de su traje y el fuego de su mano fue casi doloroso.
—Como ve, Markus, mi directora de operaciones no tiene mucha paciencia para los rodeos —dijo Damian, deleitándose con la humillación del alemán mientras sus dedos en la espalda de Valeria ejercían una presión sutil, atrayéndola un milímetro más contra su cadera—. Nos vemos en Ginebra.
Se alejaron sin esperar respuesta.
—Quita tu mano de mi espalda —siseó Valeria entre dientes, manteniendo una sonrisa de etiqueta para el público mientras sentía cada centímetro de la palma de Damian quemándole la piel.
—No puedo —respondió él, inclinando la cabeza hacia su oreja, fingiendo murmurarle una confidencia de amantes mientras sus ojos escaneaban el salón—. Si te suelto, Von Berg pensará que te despidió en el acto. Además, tu piel es lo único con sentido común en este maldito edificio.
—Eres un imbécil arrogante, Valmont.
—Y tú eres la mujer más peligrosa que ha pisado este hotel, señorita Taylor. Lo cual me resulta terriblemente adictivo.
Justo en ese instante, el camarero de manos rígidas apareció por su flanco derecho, cortándoles el paso con una reverencia practicada. Llevaba una bandeja de plata con dos copas de cristal tallado que contenían un licor ámbar oscuro, denso y brillante.
—Cortesía del señor presidente de la junta, señor Valmont. Reserva privada de la casa para brindar por la subasta —dijo el hombre. Su voz era plana, sin acento identificable, y sus ojos jamás subieron más allá del nudo de la pajarita de Damian.
Valeria vio el temblor casi microscópico en el borde de la bandeja de plata.
Antes de que Damian pudiera alargar la mano, Valeria interceptó el movimiento con el cuerpo, colocándose entre el camarero y su jefe. Con una gracia insultante, tomó una de las copas con las yemas de sus dedos engalanados, la llevó a la altura de su nariz como si fuera una sumiller experta y fingió aspirar el aroma.
Debajo del dulzor del roble y la vainilla, había una nota agria, metálica y punzante. Clorhidrato de aconitina. El veneno de los lobos. Una sustancia que no dejaba rastro en un cuerpo deshidratado y que provocaba un paro cardíaco silencioso en menos de veinte minutos, fácil de atribuir a un infarto masivo por exceso de trabajo y alcohol en un magnate de treinta y seis años.
Los clanes de la costa este americana lo usaban para limpiar herencias sin manchar las alfombras persas.
—Qué detalle —dijo Valeria, mirando al camarero a los ojos. El hombre tragó saliva, sus pupilas dilatándose por una fracción de segundo al reconocer que había sido descubierto—. Pero al señor Valmont no le gusta el roble americano cuando está adulterado con pesticidas.
Con un movimiento fluido y aparentemente accidental, Valeria tropezó sobre el tacón de aguja, soltando la copa. El cristal tallado se estrelló contra el mármol a los pies del camarero, salpicando el líquido ámbar sobre sus zapatos de charol.
El hombre retrocedió un paso, llevándose la mano al bolsillo interior de la chaqueta con un reflejo automático de sicario.
—No lo hagas —dijo Damian.
Su voz no fue alta, pero cayó sobre el camarero con el peso de una sentencia de muerte. Damian había dado un paso al frente, cubriendo a Valeria con su propio cuerpo. La postura relajada del magnate había desaparecido por completo: en sus ojos ámbar ya no había juego corporativo, solo la mirada gélida, desalmada e implacable del líder del Cónclave de Hierro.
Dos segundos después, una mano gigantesca vestida con cuero negro cayó sobre el hombro del camarero desde atrás. Kassian emergió de la multitud como una montaña silenciosa.
—El caballero necesita aire fresco —dijo Kassian con su voz de lija, clavándole los dedos en el cuello con una presión brutal que dejó al camarero sin aire, arrastrándolo hacia las puertas de servicio sin que los invitados a cinco metros notaran nada más que una salida discreta.
El salón siguió brillando con sus violines, sus risas vacías y sus copas de champaña.
Valeria respiró hondo, sintiendo que la adrenalina le recorría las venas como ácido. Se giró hacia Damian, lista para exigirle explicaciones y ordenar la evacuación inmediata hacia el helipuerto.
—Nos vamos ahora mismo, Valmont. Ese era solo el señuelo para...
Se detuvo en seco.
Damian estaba apoyado contra una columna de mármol. Su rostro, habitualmente de una palidez aristocrática impecable, había adquirido un tono cenizo aterrador. Una gota de sudor frío le caía por la sien y su respiración, siempre acompasada y controlada, se había vuelto corta, sibilante y pesada.
Valeria bajó la mirada hacia su mano derecha.
El anillo de platino reflejaba la luz, pero los nudillos de Damian estaban ensangrentados. Un rasguño fino, apenas un corte de aguja sobre la base del pulgar, sangraba una línea negra y espesa.
—El vaso... en la mesa de entrada —murmuró él, con la voz quebrada por un estertor metálico—. El apretón de manos... de Von Berg... tenía un anillo de contacto.
Damian trastabilló medio paso. Sus rodillas amenazaron con ceder bajo el peso de su cuerpo macizo. No era aconitina en la copa: la copa era la distracción para obligarlo a retroceder hacia la columna donde los cristales del anillo envenenado ya habían hecho su trabajo en el torrente sanguíneo.
—Damian —susurró Valeria, perdiendo por primera vez el título formal mientras lo sujetaba por los antebrazos con toda la fuerza de su cuerpo para evitar que se desplomara sobre el mármol frente a trescientos multimillonarios y las cámaras de la prensa suiza.
El peso de él era abrumador, puro músculo macizo que empezaba a perder la coordinación. El calor que emanaba de su pecho era abrasador, como si estuviera ardiendo por dentro.
—No... hagas un escándalo —dijo él entre dientes, obligando a su mandíbula a mantenerse firme mientras la miraba con ojos vidriosos, desesperados y rabiosos—. Si caigo aquí... la junta tomará el control antes de que salga el sol. Creen que... he bebido demasiado. Diles eso.
—Maldito imbécil testarudo —masculló ella, pasándole el brazo por la cintura y apoyando el hombro bajo el brazo de él con una destreza aprendida en callejones oscuros de los que ninguna heredera corporativa debería saber nada—. Sonríe y finge que no puedes con tus piernas por culpa del coñac. Vamos a la suite de la planta alta. Ahora.
Damian apoyó la cabeza pesadamente contra el cuello de ella, inhalando el perfume limpio de su piel mientras la oscuridad empezaba a devorar los bordes de su visión.
—No me dejes... caer, Valeria —susurró él, y el aliento abrasador quemó la piel de su garganta.
—No te vas a morir esta noche, Valmont —respondió ella con furia helada, sosteniendo el peso de su cuerpo mientras encaraba a los guardias del ascensor privado—. Todavía me debes un aumento.