Fernando García Sánchez lo tiene todo: un imperio tecnológico, un apellido que hace callar las conversaciones y el título de Don de la organización criminal más temida de España. Lo único que no puede comprar es la certeza de que alguien lo quiera por quien es y no por lo que tiene.
Así que, durante unas semanas, se quita el traje, se pone un delantal y se esconde detrás de la barra de su propio club con un nombre falso: Jorge, el bartender.
Una noche de lluvia, una chica brasileña cruza la calle para ayudar a un desconocido que no sabe abrir un paraguas. Carolina trabaja en una cafetería, estudia con beca y no le pregunta cuánto gana, dónde vive ni cómo se apellida. Solo le seca la cara con una toallita y le ofrece compartir su auto.
Fernando debería irse. En cambio, la sigue.
Lo que ninguno de los dos sabe es que la mentira que los une es pequeña comparada con los secretos que los esperan: un pasado que alguien se tomó el trabajo de borrar, una promesa que una madre le hizo a Carolina en sueños, enemigos que llevan años esperando un descuido y un mundo de poder, sangre y lealtades donde amar es la forma más peligrosa de debilidad.
Cuando la verdad por fin salga a la luz, Carolina tendrá que elegir entre la paz y el caos. Y Fernando tendrá que descubrir si el hombre que quiso ser para ella es capaz de cargar con todo lo que realmente es.
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Segundo encuentro
Narra Carolina...
El resto de la mañana pasó volando y la cafetería estuvo llena durante buena parte del turno. Tuve poco tiempo para pensar, pero cada vez que conseguía unos minutos de calma, mi mente volvía a la noche anterior.
Cuando por fin terminé la jornada, agarré mi bolso y salí.
Fue entonces cuando lo vi: Jorge estaba parado afuera de la cafetería.
El corazón se me aceleró antes de que pudiera controlarlo.
Llevaba un paquete en las manos.
—Hola —dijo.
—Hola.
—Espero no estar interrumpiendo.
—No lo estás.
Me extendió el paquete.
—Vine a agradecerte lo de ayer.
Tomé el envoltorio.
—No tenías por qué traer nada.
—Quise hacerlo.
Abrí el paquete y al instante me llegó el olor de la comida.
—¿Qué es?
—Tortilla de patatas, croquetas de jamón y empanadas.
Lo miré, sorprendida.
—Y hay postre.
Abrí un poco más el paquete.
—¿Churros con chocolate?
—Sí.
Se me escapó una sonrisa.
—Me encantan los churros.
—Entonces espero que te gusten.
—Gracias.
Asintió.
—También quería acompañarte a tu casa.
—¿Vas para ese lado?
—Sí.
No pregunté más.
Empezamos a caminar uno al lado del otro.
La conversación surgió de manera natural, sin que ninguno de los dos tuviera que esforzarse por mantenerla. Jorge me preguntó cómo había sido mi día, si me gustaba trabajar en la cafetería y por qué había elegido Tecnologías de la Información.
También quiso saber si extrañaba Brasil.
Esta vez respondí con sinceridad.
—Extraño algunas cosas. A mi mamá, sobre todo.
Se quedó callado unos segundos.
—¿Perdiste a tu mamá?
Asentí.
—Cuando tenía catorce años.
Jorge no hizo más preguntas.
Me gustó eso.
No intentó mostrar lástima ni indagó en detalles que yo no le había ofrecido. Solo siguió caminando a mi lado.
Pasado un rato, decidí preguntarle por él.
—¿Y tú, Jorge? ¿A qué te dedicas?
Pareció pensarlo un instante.
—Soy bartender.
La respuesta encajaba con su apariencia sencilla y con la historia que yo me imaginaba para él.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Debes de conocer a mucha gente.
—Así es.
—¿Trabajas todos los días?
—Casi.
Me reí.
—Entonces estamos en el mismo barco.
Sonrió.
Esa sonrisa me removió algo extraño por dentro.
Seguí hablando de mi infancia, de Catarina y de las clases de artes marciales a las que Antonio nos había apuntado. Jorge escuchó todo con atención, sin interrumpir ni tratar de llevar la charla hacia otro tema.
Cuando llegamos a mi casa, me detuve frente a la puerta.
—¿Quieres pasar?
Dudó unos segundos.
—Si no es molestia.
—No lo es.
Abrí la puerta.
Nuestra casa era pequeña, pero siempre la manteníamos ordenada. No había muebles caros ni objetos de lujo, solo lo que habíamos podido comprar con nuestro propio esfuerzo. Fotografías, libros y algunas plantas ocupaban los rincones que habíamos logrado convertir en hogar.
Puse el paquete sobre la mesa.
—Siéntate.
Jorge obedeció mientras yo sacaba platos y cubiertos.
—Sírvete.
—Gracias.
Nos sentamos a la mesa y empezamos a comer.
La conversación siguió durante la cena. Me preguntó por la universidad, por mis planes para el futuro e incluso por el tipo de trabajo que me gustaría conseguir al graduarme.
Cuando le dije que soñaba con trabajar en tecnología y, quizá algún día, abrir mi propia empresa, me miró con atención.
—De verdad te gusta.
—Muchísimo.
—Entonces no elegiste la carrera por casualidad.
—No.
Sonrió.
El tiempo pasó tan rápido que solo me di cuenta al mirar el reloj.
—Uf, ya es tarde.
Jorge siguió mi mirada.
—Tengo que irme.
—Claro.
Se levantó.
—Mañana tengo que trabajar temprano.
Lo acompañé hasta la puerta.
—Gracias por la comida.
—Gracias a ti por la ayuda de ayer.
Se acercó y me besó en la mejilla.
Fue solo un beso de despedida, nada más.
Aun así, sentí que el corazón se me aceleraba.
Su perfume volvió a envolverme y, por un instante, me quedé sin saber qué decir.
—Buenas noches, Jorge.
—Buenas noches, Carolina.
Se fue.
Cerré la puerta y me quedé unos segundos parada en el mismo lugar.
Me llevé la mano al pecho.
El corazón seguía latiéndome a toda prisa.
Respiré hondo.
—¿Qué me está pasando?
No encontré respuesta.
Durante años había dejado mis sentimientos en segundo plano porque tenía cosas mucho más importantes que resolver. Tenía que estudiar, trabajar, construir mi futuro y asegurarme de que Catarina y yo pudiéramos vivir sin depender de nadie.
Y entonces apareció Jorge.
Un hombre al que conocía desde hacía solo dos días.
Un bartender que no sabía abrir un paraguas.
Un desconocido que se había cruzado en mi camino una noche de lluvia y que, de alguna manera que todavía no lograba comprender, ya ocupaba demasiado espacio en mis pensamientos.
Peor aún era recordar las palabras de mi mamá en el sueño.
Tendrás que elegir entre la paz y el caos.
Sacudí la cabeza, tratando de espantar esa idea.
Era solo un sueño.
Tenía que serlo.
Yo todavía no sabía, sin embargo, que aquel encuentro aparentemente sencillo estaba por abrir puertas a un pasado que desconocía y a un futuro que jamás habría imaginado.
Y en medio de todo eso estaba Jorge.
El hombre que yo conocía por ese nombre.
El hombre que todavía no sabía que me estaba ocultando la mayor parte de su verdadera vida.