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ENEMIGOS A MEDIDA

ENEMIGOS A MEDIDA

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor de la infancia / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15: La brigada de los dedales

A las seis de la mañana, el cielo sobre San Telmo era una lonja gris plomo que amenazaba con más llovizna. La calle Alsina despertaba con el traqueteo de los primeros colectivos y el silbido distante de las calderas de las panaderías, pero en el primer piso del taller el vapor ya subía en columnas densas hacia las cabriadas de madera del techo.

Clara colgó el teléfono de línea fija con la mano acalambrada y miró a Victoria, que terminaba de despejar la mesa de corte secundaria.

—Mariana viene con su juego de tijeras alemanas. Raquel y las dos mellizas de Barracas se toman el tren de las seis y media en Constitución —anunció Clara, con una chispa de adrenalina en los ojos cansados—. Dicen que si se trata de doblarle el brazo a Beltrán, cosen veinticuatro horas seguidas sin cobrar un centavo hasta que ganemos la Bienal.

Victoria asintió despacio, ajustándose el delantal de trabajo sobre la cintura.

—Nadie cose gratis en este taller, Clara. Les pagamos tarifa doble por hora de gala y viáticos en efectivo. Si salimos de esta, el fondo de la Bienal es para todas.

Caleb apareció desde la cocina trasera cargando dos cafeteras humeantes y una bolsa de medialunas de grasa sobre una tabla de madera. Se había lavado la cara con agua fría; el raspón en su pómulo estaba limpio y la sombra de barba de dos días le afilaba la mandíbula, pero en sus ojos dorados no quedaba rastro de la derrota.

—Tenemos exactamente veintiocho horas antes de que la comisión evaluadora de la Bienal ponga un pie en esta sala —dijo Caleb, plantando las jarras en el centro de la mesa auxiliar—. Beltrán va a traer a tres peritos técnicos de la Cámara Textil Industrial. Van a revisar márgenes de costura, simetría milimétrica, resistencia de ojales y la solidez de las entretelas. Si encuentran una sola hilacha suelta o un forro tirante, tienen la excusa perfecta para bajar la cápsula de la categoría de Oro.

—No van a encontrar nada —sentenció Victoria, tomando una taza humeante entre sus manos—. Porque las mujeres que van a cruzar esa puerta no son operarias de línea de montaje: son las mejores artesanas que tuvo este país antes de que Vanguardia desguazara las cooperativas.

Quince minutos antes de las siete, la campana del interfono sonó.

Subieron de a tres, con la respiración agitada por los escalones y los bolsos de cuero gastado al hombro. Eran cuatro mujeres curtidas en el oficio: Mariana, con el cabello plateado recogido en una trenza impecable y un alfiletero de terciopelo que le envolvía la muñeca como un guantelete de armadura; Raquel, de mirada filosa y dedos callosos de haber picado solapas durante tres décadas en los sastres del microcentro; y las hermanas Méndez, gemelas idénticas de manos rápidas como relámpagos que sabían forrar un vestido de fiesta al bies sin estirar un solo milímetro de seda.

Al entrar, las cuatro se frenaron en seco en el umbral.

Sus miradas pasaron de Victoria a la figura imponente de Caleb, que estaba al fondo afilando una tiza de sastre con una cuchilla de precisión. El aire se volvió espeso por un segundo. Para ellas, Caleb Rinaldi era el muchacho brillante que había desertado a Europa con los bolsillos llenos mientras sus cooperativas quebraban una tras otra por el dumping de importaciones de Vanguardia.

Mariana dio un paso al frente, clavando sus ojos severos en él.

—Vaya —dijo la veterana, con una voz rasposa de tabaco negro—. Así que el hijo pródigo se dignó a bajar de las pasarelas de Milán.

Caleb no esquivó la mirada. Dejó la tiza y la navaja sobre la madera, dio dos pasos al frente y se detuvo a un metro de la mujer, inclinando la cabeza con un respeto sincero que no solía mostrarle a ningún directivo corporativo.

—Mariana —saludó él en voz baja—. Veo que todavía usas las tijeras de tu padre.

—Y cortan mejor que tus láseres computarizados, Rinaldi —retrucó ella, sin aflojar la tensión en el rostro—. Victoria nos dijo que estás peleando contra Beltrán. Si es una farsa corporativa para lavarle la cara a tu fábrica, dímelo ahora y me doy media vuelta. No pienso perder una noche de sueño para salvarle las acciones a tu directorio.

Caleb respiró hondo, clavando la vista en las cuatro modistas.

—Si fuera por el directorio, anoche la policía habría tirado la puerta abajo y confiscado hasta los botones de este taller —respondió él, con una firmeza que desarmó cualquier sombra de impostura—. No estoy acá por Vanguardia. Estoy acá porque el único trabajo que vale la pena en mi vida se hace sobre esta mesa, con Victoria. Y si ustedes nos ayudan a poner estas siete piezas en el Palacio San Martín, Beltrán pierde el control sobre mi contrato y este taller se queda con el subsidio de producción más grande de la historia de la Bienal.

Mariana miró a Victoria de reojo, buscando la confirmación definitiva.

Victoria asintió con una sola mirada: firme, clara, transparente.

La anciana modista soltó un bufido corto, dejó su bolso sobre la banqueta más cercana y sacó su dedal de bronce pulido, colocándoselo en el dedo medio con un chasquido seco.

—Menos discursos y más tela, muchacho —ordenó Mariana, arremangándose el cárdigan de lana—. Muestra los moldes de las mangas. Y que alguien me sirva café bien cargado antes de que me arrepienta.

En cuestión de diez minutos, el taller de la calle Alsina se transformó en una colmena de guerra de precisión quirúrgica.

Victoria distribuyó las estaciones con la autoridad de una general de campaña. En la mesa norte, Raquel y las gemelas Méndez tomaron los cuerpos de los tres vestidos de gala en satén azul y crepé negro: hilvanar vistas, montar cierres invisibles a mano con puntada perdida y forrar interiores con seda lavada para que la prenda se deslizara sobre la piel como agua. Clara asumió el control de la estación de planchado con zapata de teflón y almohadillas de sastre, abriendo costuras con golpes milimétricos de vapor para evitar que el calor aplastara el lustre natural de la lana.

En la mesa central quedaron Caleb y Victoria, frente a frente, abocados a la pieza insignia: el conjunto sastre con la falda al bies y el vestido de cierre.

Trabajaban codo a codo, con una sincronía que arrancaba miradas de asombro silencioso de las veteranas. Si Victoria sostenía el hombro del maniquí con la mano izquierda, Caleb ya tenía el alfiler exacto posado entre sus dedos para asegurar la entretela. Cuando Caleb necesitaba calibrar el ángulo del cuello, Victoria marcaba el piquete con la punta de las tijeras sin necesidad de pedir confirmación. La fricción entre ambos ya no era de rencor; era una corriente viva, electrificada, donde cada roce de dedos sobre el paño de lana se convertía en una caricia clandestina bajo la luz amarilla del taller.

Hacia las dos de la tarde, el aroma a guiso caliente que Clara había preparado en una olla grande llenó el ambiente, ofreciendo un respiro de veinte minutos donde las modistas comieron de pie, comentando entre risas los errores de confección que los modistos europeos solían cometer en las solapas.

Pero la calma duró poco.

A las tres y media, el ruido metálico del buzón de correspondencia de la planta baja resonó en el descanso de la escalera.

Clara bajó a buscar el sobre y regresó con el rostro desencajado, sosteniendo un pliego membretado con el sello en lacre rojo del Comité de Ética y Admisión de la Bienal Nacional.

Victoria dejó la aguja clavada en el bajo de un delantero y tomó el papel. Leyó las primeras líneas en voz alta, mientras el silencio en la sala se volvía sepulcral:

—«Por disposición de la Presidencia del certamen, se adelanta la inspección técnica extraordinaria de viabilidad y homologación de taller para el día de la fecha, viernes, a las dieciocho horas. La no comparecencia o la falta de acreditación del setenta por ciento del volumen de la cápsula armada in situ resultará en la baja automática de la categoría de Oro».

—¡Hijos de perra! —estalló Raquel, arrojando su tijera sobre el tablón—. ¡Nos adelantaron la inspección dieciséis horas!

—Beltrán sabe que estábamos reclutando gente —dijo Caleb entre dientes, con la mandíbula apretada hasta hacer crujir los dientes—. Algún espía en el sindicato o en la portería le avisó del movimiento. Quiere encontrarnos con las prendas desarmadas a mitad de tarde.

Victoria miró el reloj de roble de la pared: marcaba las tres y cuarenta.

Les quedaban dos horas y veinte minutos.

Mariana se puso de pie, ajustándose las gafas con una tranquilidad salvaje que contagió a toda la habitación.

—Guárdense la histeria para las cámaras de televisión, chicos —dijo la veterana, señalando los percheros con la aguja en alto—. Las gemelas cierran los forros de los tres vestidos ahora mismo. Raquel, agarra la Singer y dale marcha al remallado de las faldas. Victoria, Caleb... monten las mangas del saco principal ya. Si esos burócratas quieren ver artesanía a las seis de la tarde, les vamos a refregar la mejor sastrería que vieron en sus vidas.

Nadie dudó.

El ruido rítmico, rápido y furioso del pedal de la Singer volvió a tronar en el rincón del taller como un motor de avión. Las tijeras mordían el hilo sin tregua; el vapor siseaba contra las lanas y los alfileres desaparecían de las muñequeras a una velocidad de vértigo.

Victoria sentía los dedos quemándole por la fricción del hilo de seda, pero cada vez que alzaba la mirada, encontraba los ojos dorados de Caleb devolviéndole una fe inquebrantable que la mantenía de pie. No había espacio para el cansancio ni para el miedo: solo existía el filo del acero, el vuelo de la seda y la certeza de que estaban cosiendo juntos el principio de su libertad.

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