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MALDITO VILLANO

MALDITO VILLANO

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Villana / Posesivo
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Karol

UNA LECTORA MUERE ODIANDO UNA HISTORIA.... SOLA PARA DESPERTAR DENTRO DE ELLA.

NovelToon tiene autorización de Karol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 17

Desperté de golpe, empapada en sudor, con la respiración agitada y el corazón latiéndome tan fuerte que por un instante pensé que volvería a desmayarme.

Me incorporé de inmediato, pero el movimiento fue un terrible error.

—¡Ah…!

Una punzada me atravesó el pecho y perdí el equilibrio. Caí nuevamente sobre la cama, sin fuerzas siquiera para quejarme.

Miré a mi alrededor, confundida.

Mi habitación.

Estaba en mi habitación.

La luz que entraba por las ventanas me resultaba demasiado familiar. Las cortinas, los muebles, las flores sobre la mesita… Todo estaba en su lugar.

Entonces escuché una voz.

—¡Isabel!

Antes de que pudiera girar la cabeza, unos brazos me rodearon con fuerza.

Alan.

Me abrazó como si acabara de recuperar algo que había perdido para siempre. Su rostro quedó escondido contra mi cuello y sentí cómo sus manos temblaban ligeramente sobre mi espalda.

—Estás despierta… —murmuró.

No respondí. Apenas podía procesar lo que estaba ocurriendo.

Él se apartó lo suficiente para mirarme. Sus ojos recorrieron mi rostro una y otra vez, como si necesitara comprobar que realmente estaba despierta y que no se trataba de otra ilusión.

—Candelita…

Su voz se quebró.

Y entonces comprendí que algo había pasado.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero la expresión de Alan no era la de alguien que acababa de encontrarme dormida. Era la de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando que abriera los ojos.

—¿Qué…? —intenté preguntar.

Mi voz salió tan débil que apenas fue un sonido.

Alan abrió la boca para responder, pero la puerta de mi habitación se abrió de golpe.

—¡Isabel!

Mis padres entraron casi corriendo. Mi madre fue la primera en llegar hasta la cama y me tomó el rostro entre sus manos, llenándome de besos mientras las lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas.

Mi padre se acercó inmediatamente después y me acarició el cabello con una mano temblorosa.

—Mi niña… —murmuró.

Detrás de ellos apareció Clara.

Tenía los ojos enrojecidos y el rostro pálido. En cuanto me vio despierta, se llevó ambas manos a la boca y comenzó a llorar.

—¡Isabel!

Se acercó a la cama y me abrazó con cuidado, procurando no lastimarme.

—Eres una idiota… una completa idiota —sollozó—. ¿Cómo pudiste hacerme algo así?

Quise responderle que no había sido mi intención terminar recibiendo un ataque mágico, pero mi garganta apenas me permitía respirar con normalidad.

Así que me limité a apretar débilmente su mano.

Todos hablaban al mismo tiempo. Mi madre lloraba, mi padre intentaba tranquilizarla, Clara no dejaba de repetirme lo mucho que me había asustado y Alan…

Alan no me soltaba.

Tenía una mano entrelazada con la mía y la otra descansaba sobre mi espalda. Cada vez que alguien se acercaba demasiado o intentaba moverme, su mirada se volvía especialmente severa.

Parecía un perro guardián.

Uno bastante guapo, debo admitir.

Pero seguía sin entender qué estaba pasando.

Intenté preguntar cuánto tiempo había transcurrido desde la fiesta, pero mi voz no salió. Mi garganta estaba demasiado débil y, después de varios intentos, terminé agotada.

Fue mi padre quien finalmente me explicó que llevaba varios días inconsciente.

Varios días.

Aquellas palabras me dejaron helada.

¿Varios días?

Yo había sentido que solo había pasado una noche en aquel extraño sueño. Sin embargo, mientras recorría aquel bosque y observaba los recuerdos de los dos niños, mi cuerpo había permanecido inmóvil en aquella cama.

No sabía qué pensar.

Tampoco tuve mucho tiempo para hacerlo, porque el sanador llegó poco después y pidió que todos me dejaran descansar.

Después de revisarme, explicó que todavía necesitaba recuperarme. El ataque mágico había afectado mi cuerpo más de lo que parecía y, aunque había logrado superar el peligro inicial, debía permanecer en reposo.

También mencionó que era normal que tuviera dificultades para hablar durante los primeros días.

Genial.

Justo cuando tenía cientos de preguntas, mi propio cuerpo había decidido dejarme sin voz.

Los días siguientes fueron bastante tranquilos, al menos en apariencia.

Mis padres se turnaban para visitarme y Clara aparecía siempre que podía. Me contaba pequeñas cosas del palacio, aunque evitaba mencionar demasiado lo ocurrido aquella noche.

Yo tampoco insistía.

Había algo en sus ojos que me hacía pensar que todavía se sentía culpable por lo sucedido.

Y, por supuesto, estaba Alan.

Ese hombre parecía haber olvidado que tenía una casa, responsabilidades y una vida propia.

Pasaba gran parte del día en mi habitación. A veces se sentaba junto a la ventana a leer, otras fingía revisar documentos y, en ocasiones, simplemente permanecía en silencio observándome.

Aunque su actividad favorita parecía ser abrazarme.

Especialmente cuando nadie estaba mirando.

Si mis padres salían de la habitación, Alan aprovechaba para acercarse a la cama, sentarse a mi lado y rodearme con sus brazos, acomodándome contra su pecho con un cuidado que no combinaba en absoluto con su habitual arrogancia.

Al principio me sorprendía.

Después terminé acostumbrándome.

Y, para mi desgracia, descubrí que me gustaba demasiado.

Había algo reconfortante en escuchar su respiración y sentir el calor de su cuerpo. Después de tantos días de sueños extraños, recuerdos que no me pertenecían y preguntas sin respuesta, aquellos momentos me permitían dejar de pensar.

A veces apoyaba la cabeza contra su pecho y cerraba los ojos.

Otras, simplemente me aferraba a su camisa, como si temiera que desapareciera en cuanto lo soltara.

Él nunca se quejaba.

Al contrario, cada vez que lo hacía, sus brazos se cerraban un poco más a mi alrededor.

Una tarde, cuando nos quedamos solos, decidí que ya había tenido suficiente de aquella situación.

Tomé una hoja de papel y una pluma de la mesita. Me acomodé como pude y escribí lentamente:

¿Qué pasó durante los días que estuve inconsciente?

Le entregué el papel.

Alan leyó la pregunta y su expresión cambió.

Por un momento pensé que respondería, pero simplemente dejó la hoja sobre la mesita.

—No tienes que preocuparte por eso ahora.

Fruncí el ceño.

Tomé nuevamente la pluma.

¿Cómo que no? ¡Estuve inconsciente durante días! Quiero saber qué pasó.

Esta vez me miró directamente.

—Lo sé.

Esperé.

Él suspiró y se pasó una mano por el cabello.

—Cuando estés completamente recuperada, hablaremos.

Lo observé con incredulidad.

¿En serio?

¿Ese era su argumento?

Volví a escribir, esta vez con letras un poco más grandes:

Alan, no soy una niña.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Nunca he dicho que lo seas, candelita.

Puse los ojos en blanco.

Él tomó el papel, lo dobló cuidadosamente y lo dejó junto a la pluma.

—Por ahora, lo único que necesitas hacer es descansar.

Lo miré con toda la indignación que mi débil cuerpo podía reunir.

Pero Alan simplemente se inclinó, me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y depositó un beso en mi frente.

—No voy a discutir contigo cuando apenas puedes mantenerte sentada.

¡Qué hombre tan insoportable!

Quise protestar, pero él ya me había rodeado con sus brazos y me había acomodado contra su pecho.

Me quedé quieta unos segundos.

Después, casi sin darme cuenta, mis dedos se aferraron a su camisa.

Alan bajó la mirada hacia mí.

No dijo nada, pero sentí cómo su mano acariciaba lentamente mi cabello.

—No vuelvas a asustarme así —murmuró.

Aquellas palabras fueron tan suaves que casi pensé que las había imaginado.

Levanté un poco la cabeza para mirarlo.

Su expresión había cambiado. Ya no tenía aquella sonrisa burlona ni la mirada traviesa con la que acostumbraba provocarme.

Solo parecía cansado.

Mucho más de lo que había notado hasta entonces.

Quise preguntarle si había estado allí todo el tiempo. Si había dormido. Si había comido. Si realmente se había quedado esperando a que despertara.

Pero no podía.

Así que hice lo único que se me ocurrió.

Apreté un poco más mi abrazo.

Alan apoyó los labios sobre mi cabello y cerró los ojos.

—Mi candelita…

Por primera vez, no tuve ganas de responderle con alguna de mis habituales quejas.

Me quedé allí, escuchando los latidos de su corazón, mientras el cansancio comenzaba a vencerme.

Sin embargo, justo antes de quedarme dormida, recordé aquellas últimas palabras del sueño.

Esta vez, no lo olvides.

Abrí los ojos lentamente.

¿Qué se suponía que debía recordar?

Y, sobre todo…

¿A qué se refería aquella voz con «esta vez»?

Mis dedos se cerraron alrededor de la camisa de Alan.

Quizá él no quisiera contarme lo que había sucedido durante aquellos días.

Pero yo tenía la sensación de que no era la única persona que guardaba secretos.

Y estaba decidida a descubrirlos.

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Cliente anónimo
y ☺️
Adeilis
La historia es muy interesante, me gusta mucho más capítulo por favor
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