Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 10: La jaula de oro
Punto de vista: Alexander
El golpe seco de la puerta de las escaleras de emergencia al cerrarse retumbó en mi pecho como un disparo.
Me quedé inmóvil en medio del pasillo solitario, mirando el espacio vacío donde hacía apenas unos segundos Alana había estado parada. Mi mano seguía apoyada contra la pared de mármol, aún tibia por la cercanía de su cuerpo. El aire olía a su perfume de flores silvestres, una huella sutil que chocaba de frente contra el aroma pesado y artificial a perfume de diseñador que Victoria había dejado a su paso.
Apreté el puño con tanta fuerza contra el mármol que las articulaciones me dolieron.
—Maldita sea... —siseé entre dientes, pasándome ambas manos por la cara con pura rabia.
La había visto. Vi la mirada de decepción, el dolor amargo y la frialdad repentina en esos ojos ámbar cuando me descubrió con Victoria. Ver cómo se le quebraba la expresión al escuchar la palabra boda me había provocado un retortijón brutal en las entrañas, un ardor amargo que me hacía querer mandar todo a la mierda: las acciones de la empresa, la alianza con los Sterling y las apariciones públicas.
Pero en la vida real, los imperios no se construían con deseos. Se construían con cadenas de oro.
Caminé de vuelta a mi despacho a pasos pesados. Tomé mi saco del respaldo de la silla ejecutiva y me lo puse con brusquedad, ajustándome la corbata frente al ventanal de cristal. Al mirar mi reflejo, no vi al poderoso CEO de Hale Developments; vi a un hombre acorralado en su propia trampa, obligándose a fingir una vida perfecta mientras la única mujer que le encendía el alma bajaba en ese momento hacia los brazos de otro.
«Mateo la está esperando abajo», recordé con un ataque de celos negro y punzante.
El pensamiento de ella saliendo a cenar con ese chico, buscándolo para desahogarse o encontrar consuelo, me dio ganas de atravesar la pared de un puñetazo.
Bajé por el ascensor privado directamente al estacionamiento subterráneo, donde el chófer ya tenía la camioneta negra blindada lista. El trayecto hasta el exclusivo club de golf de Beverly Hills fue un martirio silencioso. Mientras el auto devoraba las avenidas iluminadas de Los Ángeles, mi mente no dejaba de repetir el instante en que la acorralé contra la columna y le rogué que se quedara.
«Alana, espera...»
Había pronunciado su nombre por primera vez en la vida real con una desesperación que me desconoció a mí mismo.
Al llegar al club, el ambiente me recibió con la sofisticación rancia de siempre: candelabros de cristal, champaña de miles de dólares, mozos de etiqueta y la élite empresarial de la ciudad sonriendo con dentaduras perfectas.
—¡Alex, por fin llegas! —exclamó la madre de Victoria, abordándome en cuanto crucé la entrada del salón privado, tomándome del brazo con una sonrisa ensayada—. Estábamos a punto de hacer el brindis por el anuncio.
—Buenas noches, Eleanor —saludé con mi mejor máscara de frialdad corporativa, aceptando la copa de cristal que un mesero me ofreció.
Victoria se acercó de inmediato, entrelazando su brazo con el mío con gesto posesivo frente a los fotógrafos de las revistas de sociedad. Su sonrisa era deslumbrante, impecable, la prometida perfecta de un multimillonario.
—¿Todo en orden en la oficina, mi amor? —murmuró a mi oído, rozando su copa con la mía.
—Todo bajo control —mentí sin pestañear, dando un trago largo a la champaña que se sintió como vinagre en mi garganta.
Durante las siguientes tres horas, representé mi papel a la perfección. Sonreí en los momentos adecuados, estreché la mano de los mayores inversionistas de la costa oeste, reafirmé la solidez de la fusión entre Hale Developments y el grupo Sterling, y permití que Victoria anunciara que la boda se llevaría a cabo en seis meses.
Seis meses.
La coincidencia del tiempo me golpeó como una bofetada. Seis meses llevaba soñando con Alana. Seis meses faltaban para entregarle mi vida a una mujer a la que no amaba.
Cerca de la medianoche, excusándome con el pretexto de una llamada urgente con la sede de Tokio, me alejé hacia la terraza privada del club que daba a los campos de césped nocturnos. El aire fresco de la noche me devolvió un poco el aliento.
Saqué mi teléfono del bolsillo y busqué la base de datos de los pasantes. Abrí el expediente de Alana Mendoza.
Allí estaba su fotografía oficial: la mirada firme, la sonrisa sutil y los detalles de su proyecto. Me quedé contemplando la pantalla durante minutos enteros, acariciando la imagen con el pulgar.
—Te dije que no jugaras con fuego, amigo —la voz de Lucas resonó a mi espalda mientras caminaba hacia mí con dos vasos de whisky en la mano.
Giré la cabeza levemente, guardando el teléfono en el saco.
—¿Qué haces aquí, Lucas? —pregunté con cansancio.
—Victoria invitó a la directiva para celebrar el anuncio —respondió, ofreciéndome uno de los vasos—. Y como tu mejor amigo, era mi deber venir a ver cómo te ahogabas en tu propio show.
Tomé el vaso de whisky y me lo tragué de un solo golpe. El licor amargo me quemó la garganta.
—Alana me vio con Victoria en el pasillo —confesó mi voz, saliendo más rota de lo que pretendía—. Escuchó cuando Victoria habló de la fecha de la boda.
Lucas soltó un suspiro pesado, apoyando los codos sobre el barandal de la terraza para mirar el campo a oscuras.
—Alex... esa chica te miró esta tarde en la revisión como si te conociera de toda la vida. Y tú la miraste como si fuera lo único respirable en esa sala. La tensión entre ustedes no es normal, es casi peligrosa. Si Victoria o sus padres notan un mínimo desliz tuyo con una pasante, la fusión se va al demonio.
—No me importa la fusión, Lucas —solté con una agresividad reprimida que me sorprendió a mí mismo—. Esta noche la tuve a centímetros de mí en la vida real. Le toqué la piel por la tarde. Es la misma mujer. Siente exactamente lo mismo que yo cuando nos miramos. No estoy loco.
Lucas me miró con una mezcla de lástima y preocupación sincera.
—No digo que estés loco, Alex. Digo que estás jugando una partida donde puedes perderlo todo: tu empresa, tu reputación y a ella. Si esa chica es real y está aquí... ¿qué vas a hacer? ¿Vas a cancelar la boda y destruir el imperio que tu padre construyó, o vas a obligarte a mantenerla como una simple pasante?
La pregunta quedó flotando en el aire nocturno, pesada y sofocante.
No respondí. Me limité a mirar las luces lejanas de la ciudad.
Mañana a primera hora volvería a ver a Alana en el taller de diseño. Tendría que mirar sus ojos color ámbar a través de una mesa de planos, imponiendo la distancia de un jefe ejecutor mientras por dentro mi cuerpo entero exigía arrastrarla a un rincón, pedirle perdón y besarla hasta que olvidara el nombre de cualquier otra mujer en este planeta.
Estaba atrapado en una jaula de oro. Pero por primera vez en mi vida, estaba dispuesto a romper los barrotes.