Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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La casa en llamas.
El primer crujido llegó desde el techo.
Evelyn levantó la cabeza justo cuando una lengua de fuego trepó por las cortinas del salón, devorando la tela con una rapidez aterradora. El humo comenzó a extenderse bajo las vigas, oscureciendo los retratos antiguos y envolviendo los muebles cubiertos de sábanas blancas.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
La figura enmascarada había desaparecido por la puerta trasera, dejándolos encerrados en aquella casa que, hasta unos instantes antes, había sido el único lugar capaz de ofrecerles respuestas.
—¡Adrian! —exclamó Evelyn, aferrándose a su brazo—. ¡Tenemos que salir!
Él reaccionó de inmediato. Guardó el diario de Eleanor bajo su abrigo y la condujo hacia la entrada principal. Sin embargo, apenas llegaron al corredor, una viga cayó con un estruendo ensordecedor, bloqueando el paso entre ellos y la puerta.
Las llamas se alzaron al otro lado.
Evelyn retrocedió, llevándose una mano a la boca.
—No…
El calor era insoportable. El humo le arañaba la garganta y cada respiración parecía más difícil que la anterior.
—Mírame —ordenó Adrian, sujetándole el rostro con ambas manos—. Evelyn, mírame.
Ella levantó los ojos. El duque tenía una pequeña herida en la frente, pero parecía ignorarla por completo.
—Vamos a salir de aquí —le aseguró—. ¿Me oyes? No voy a dejar que te ocurra nada.
Evelyn sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.
Había escuchado esas palabras antes, en otras circunstancias, en otra vida que todavía la perseguía como una sombra. Durante décadas había deseado que alguien se las dijera con sinceridad. Ahora las pronunciaba el hombre cuya muerte había visto anunciada en una fotografía imposible.
El hombre al que, según aquella nota, perdería el día de su boda.
—No me prometas cosas que no puedes controlar —susurró ella, con los ojos húmedos.
Adrian apoyó su frente contra la suya.
—Entonces te prometo algo que sí puedo controlar.
—¿Qué?
—Que no voy a rendirme mientras exista una posibilidad de salvarnos.
Antes de que Evelyn pudiera responder, un grito llegó desde el piso superior.
—¡Su Excelencia!
Era el capitán Harrington, que había entrado en la casa con los guardias poco antes de que apareciera el desconocido. Se escucharon golpes, pasos apresurados y después una voz ahogada por el humo.
—¡Por aquí! ¡La escalera está bloqueada!
Adrian se apartó de Evelyn y alzó la voz.
—¡Harrington! ¡Busque otra salida! ¡Y no permita que ese hombre escape!
—¡Sí, mi señor!
El duque volvió a mirar a Evelyn.
—La casa debe tener una salida para los sirvientes. Las residencias antiguas siempre tenían una.
—¿Y si la cerraron?
—Entonces encontraremos otra.
—Adrian…
—No —la interrumpió con firmeza—. No pienso escuchar cómo te despides de mí antes de haber intentado salvarnos.
A pesar del miedo, una risa pequeña y temblorosa escapó de los labios de Evelyn.
—Eres insoportable.
—Me lo han dicho antes.
—Y arrogante.
—También.
—Y demasiado convencido de que puedes resolverlo todo.
Adrian le ofreció una sonrisa fugaz.
—Pero todavía estás aquí para enumerar mis defectos. Eso significa que aún tenemos tiempo.
La tomó de la mano y ambos se internaron en una galería lateral.
El humo había convertido los corredores en un laberinto.
Evelyn conocía aquella clase de miedo. No era el temor común que experimentaba una persona al enfrentarse a un peligro inesperado. Era algo más profundo: la sensación de estar a punto de perder una vida que apenas había comenzado a vivir de verdad.
Había muerto una vez.
Había despertado de nuevo.
Y, sin embargo, allí estaba, con el mismo terror que había sentido durante los últimos días de su primera existencia: el terror de que el destino le arrebatara aquello que más deseaba antes de que pudiera disfrutarlo.
Adrian avanzaba delante de ella, apartando con el brazo las cortinas que comenzaban a arder.
—¿Recuerdas algo de esta casa? —preguntó sin volverse.
—No. Nunca había estado aquí antes de hoy.
—Tu abuelo conocía a Eleanor. Quizá te trajera cuando eras pequeña.
—No lo recuerdo. En mi primera vida, mi abuelo murió cuando yo todavía era muy joven.
Adrian giró ligeramente la cabeza.
—¿En tu primera vida?
Evelyn apretó los labios.
Aún le resultaba extraño hablar de aquella manera. A veces, al contarle a Adrian algo de su pasado, sentía que estaba describiendo la vida de otra mujer. Una anciana que había soportado humillaciones, que había aprendido a no esperar demasiado de nadie y que había terminado sus días sin saber que el destino le concedería otra oportunidad.
Pero aquella mujer también era ella.
Y no quería seguir escondiéndose detrás de silencios.
—Sí —respondió—. En la vida que perdí, nunca conocí esta casa. Nunca conocí a Eleanor. Y nunca llegué a comprender lo que realmente había ocurrido en tu familia.
Adrian no dijo nada durante unos segundos.
—Entonces esta vez conoceremos la verdad.
La sencillez con la que lo dijo la conmovió.
No le preguntó si estaba segura. No intentó convencerla de que sus recuerdos eran imposibles. Había aceptado una realidad que habría hecho dudar a cualquier otra persona y, en lugar de utilizarla contra ella, la estaba ayudando a encontrar un camino.
Evelyn sintió que la mano de Adrian se cerraba con más fuerza alrededor de la suya.
Y entonces lo vio.
Una corriente de aire atravesaba una pequeña puerta de madera al final de la galería.
—¡Adrian, espera!
Él se detuvo.
La puerta estaba casi oculta detrás de un tapiz ennegrecido. Tenía un pomo de hierro y, sobre el marco, una marca tallada en la madera: un pequeño lirio rodeado por dos ramas.
Evelyn reconoció el símbolo.
Lo había visto en el medallón de Eleanor.
—Es el emblema de su familia —murmuró.
Adrian examinó la puerta.
—No figura en los planos que conozco.
—Tal vez sea una entrada de servicio.
El duque empujó el pomo. La puerta no cedió.
Volvió a intentarlo, esta vez con el hombro, pero la madera apenas se movió.
—Está trabada.
Evelyn miró alrededor, buscando desesperadamente algo con lo que abrirla. Entonces recordó el anillo de su abuelo, el que habían encontrado dentro del paquete.
Todavía lo llevaba puesto.
Se lo quitó y observó la pequeña figura grabada en el metal. Era el mismo lirio.
—Adrian… mira esto.
Él tomó el anillo y lo acercó a la cerradura. Debajo del pomo había una ranura estrecha, casi invisible entre los adornos de hierro.
El anillo encajó.
Se oyó un chasquido.
La puerta se abrió unos centímetros.
Al otro lado apareció una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad.
—Tu abuelo conocía esta salida —dijo Adrian, sorprendido.
Evelyn sintió un escalofrío.
—O quería asegurarse de que alguien pudiera encontrarla.
No tuvieron tiempo de analizarlo.
Una explosión sacudió la galería y el techo comenzó a desprenderse. Adrian empujó a Evelyn hacia la abertura justo cuando una lluvia de astillas y polvo cayó detrás de ellos.
—¡Baja!
Evelyn descendió los primeros escalones, sujetándose de la barandilla húmeda. Adrian la siguió y cerró la puerta a sus espaldas.
Durante unos instantes, el silencio fue casi absoluto.
Solo se escuchaba el rugido lejano del fuego, amortiguado por las gruesas paredes de piedra.
La escalera conducía a un pasadizo subterráneo.
—¿Adónde lleva? —preguntó Evelyn.
—No lo sé.
—Es una respuesta muy tranquilizadora, milord.
—Procuro mantenerte entretenida.
Ella lo miró con incredulidad.
Incluso en medio de un incendio, Adrian encontraba la manera de responder con aquella ironía seca que empezaba a resultarle peligrosamente familiar.
Y precisamente por eso, porque comenzaba a conocerlo de verdad, el miedo se volvió más intenso.
Ya no temía perder solamente al hombre que podía salvarla de una tragedia anunciada.
Temía perder al hombre que la hacía reír cuando estaba a punto de llorar.
El pasadizo desembocó en una pequeña cámara de piedra.
Había estanterías empotradas en las paredes, una mesa cubierta de polvo y varios baúles antiguos. El aire era más fresco allí abajo, aunque no podían quedarse demasiado tiempo: el fuego podía extenderse por los conductos de ventilación o derrumbar parte de la estructura.
Adrian encendió una lámpara de aceite que encontró sobre la mesa. La llama vaciló, iluminando los objetos abandonados.
Evelyn se acercó a uno de los baúles.
Tenía una cerradura rota y marcas de haber sido abierto recientemente.
—Adrian, ven a ver esto.
Él se colocó a su lado.
Dentro había documentos atados con cintas, varias cartas amarillentas y un pequeño estuche de terciopelo. En la parte superior de una carpeta aparecía escrito un nombre.
Eleanor de Blackthorne.
Adrian dejó de respirar durante un instante.
—Son de mi madre.
Abrió la carpeta con manos tensas. Los primeros papeles contenían cuentas de la casa y correspondencia familiar. Pero, debajo de ellos, encontraron una carta doblada en cuatro partes, sellada con cera roja.
El sello representaba un halcón con las alas extendidas.
Evelyn reconoció el emblema de inmediato.
—Los Langford.
Adrian la miró.
—¿Estás segura?
—Lo he visto en el carruaje de Lady Isabella. También en el anillo que llevaba su tío durante la recepción de la reina.
Él rompió el sello.
La carta estaba fechada el 17 de octubre de 1816.
La misma fecha que aparecía en el documento encontrado entre las pertenencias del padre de Adrian.
La misma fecha que se repetía en el pequeño papel oculto dentro del medallón.
Adrian comenzó a leer.
Su expresión cambió con cada línea.
—¿Qué dice? —preguntó Evelyn.
Él no respondió de inmediato. Volvió a leer el último párrafo, como si necesitara asegurarse de que las palabras no cambiarían ante sus ojos.
Finalmente, le entregó la carta.
Evelyn la sostuvo cerca de la lámpara.
«Lady Eleanor:
La advertí una vez y no volveré a hacerlo. Su insistencia en desenterrar lo sucedido aquella noche pone en peligro a personas que no deberían verse involucradas. Su esposo ha aceptado guardar silencio. Espero que usted tenga la sensatez de hacer lo mismo.
Si los documentos llegan a manos de su hijo, el acuerdo quedará destruido y todos los implicados tendrán motivos para temer.
Recuerde que no fue nuestra familia la que inició este asunto, pero sí será la nuestra la que decida cómo termina.
Por el honor de ambas casas, le aconsejo que abandone sus investigaciones.
B. Langford».
Evelyn sintió que el aire se le quedaba atrapado en la garganta.
—Su padre sabía lo que había ocurrido.
—Eso parece.
La voz de Adrian sonó extrañamente tranquila. Demasiado tranquila.
—Y aceptó guardar silencio.
Evelyn lo miró. Conocía esa clase de quietud. Era la calma de alguien que acababa de recibir un golpe tan profundo que todavía no podía permitirse sentir el dolor.
—Adrian…
—Toda mi vida creí que mi padre murió sin contarme la verdad porque quería protegerme.
Bajó la mirada hacia la carta.
—Me hizo prometer que no investigaría la muerte de mi madre. Durante años pensé que lo hacía porque no soportaba recordar lo que había ocurrido. Ahora descubro que tal vez sabía exactamente quién estaba detrás de todo.
—No sabemos si fue cómplice —dijo Evelyn con cuidado—. Puede que lo amenazaran.
—¿Y eso lo convierte en inocente?
Ella no encontró una respuesta inmediata.
Adrian dejó la carta sobre la mesa y se pasó una mano por el rostro.
—Era mi padre. Debió confiar en mí.
—Tal vez intentaba mantenerte a salvo.
—¿A salvo de qué? ¿De la verdad?
Su voz se quebró apenas en la última palabra.
Evelyn dio un paso hacia él.
—No tienes que decidir ahora qué clase de hombre fue tu padre. Todavía nos faltan piezas.
—Siempre faltan piezas, Evelyn. Una carta, un nombre, una fecha… Y cada vez que creemos estar cerca, alguien intenta matarnos.
Ella le tomó la mano.
—Entonces dejaremos de investigar por separado. Ya no tendrás que hacerlo solo.
Adrian la miró largamente.
En sus ojos había rabia, desconcierto y un dolor antiguo que parecía haberse acumulado durante años. Pero también había algo más: una confianza frágil que nunca habría permitido que nadie viera en su lugar.
—¿Por qué sigues a mi lado? —preguntó.
La pregunta la sorprendió.
—¿Qué?
—Sabes que mi familia está rodeada de secretos. Sabes que alguien está dispuesto a incendiar una casa para impedir que descubramos la verdad. Podrías marcharte. Podrías romper el compromiso y regresar a Ashbourne.
Evelyn sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
Podía responderle que el destino lo había señalado como una víctima. Que tenía miedo de que muriera el día de su boda. Que cada paso que daba junto a él estaba condicionado por una fecha que intentaba cambiar.
Pero ninguna de esas respuestas explicaba por qué, cuando Adrian la miraba, ella deseaba quedarse incluso cuando no había ninguna tragedia que impedir.
—Porque no quiero marcharme —dijo finalmente.
Adrian bajó los ojos hacia sus manos entrelazadas.
—Eso no es una explicación.
—Es la única que tengo.
Por primera vez desde que habían entrado en la casa, él pareció quedarse sin palabras.
Entonces un golpe seco resonó al otro lado de la pared.
Ambos se volvieron.
Una sección de las estanterías se había desplazado ligeramente. El impacto había dejado al descubierto un compartimento estrecho, escondido detrás de la piedra.
Adrian se acercó con cautela y apartó la madera que lo cubría.
Dentro había un segundo paquete, envuelto en tela encerada.
Evelyn contuvo el aliento.
Adrian lo abrió.
Encontraron una pequeña libreta, una llave de plata y un documento con varios nombres escritos en una columna. Junto a cada uno aparecía una fecha y una anotación.
Eleanor de Blackthorne — 17 de octubre de 1816.
Thomas Ashbourne — 17 de octubre de 1816.
Lord Langford — 18 de octubre de 1816.
Más abajo, una línea había sido tachada con tanta fuerza que la pluma había rasgado el papel.
Pero todavía podía leerse el nombre.
Adrian de Blackthorne.
A su lado, alguien había escrito una fecha futura.
La fecha de su boda.
Evelyn sintió que las piernas le flaqueaban.
—No puede ser…
Adrian tomó el documento y lo acercó a la lámpara.
—¿Quién escribió esto?
—No lo sé.
—¿Y por qué aparece mi nombre?
Evelyn no respondió.
Había una anotación debajo de la fecha, escrita con una letra fina y elegante.
Una letra que reconoció de inmediato.
Era su propia caligrafía.
La misma que había visto en el mensaje que le entregaron durante el baile de la reina.
«El último sacrificio cerrará el círculo. La mujer que regresa deberá elegir entre salvar al hombre que ama o conservar la vida que le fue devuelta».
Evelyn retrocedió un paso.
No era solamente una advertencia.
Era una amenaza.
Y alguien había previsto que ella llegaría hasta allí.
—Adrian, tenemos que salir de esta casa. Ahora.
Él dobló el documento y lo guardó junto con la carta.
—¿Qué ocurre?
—Te lo explicaré fuera.
—Evelyn…
—¡Por favor!
La desesperación de su voz lo hizo callar.
Adrian tomó la libreta, la llave y el resto de los papeles. Después la condujo hacia una puerta baja al fondo de la cámara.
La abrió.
Un corredor ascendente se extendía frente a ellos y, al final, se distinguía una tenue claridad.
La salida.
Por primera vez en varios minutos, Evelyn sintió esperanza.
Pero apenas habían recorrido unos pasos cuando un estruendo sacudió el pasadizo. El techo se agrietó y una lluvia de piedras cayó sobre ellos.
—¡Adrian!
Él la empujó hacia adelante.
Una viga desprendida golpeó su hombro y lo arrojó contra la pared.
El sonido que escapó de sus labios fue breve, casi ahogado.
Pero Evelyn lo escuchó.
—¡Adrian!
Se arrodilló a su lado. Él intentó incorporarse, aunque el brazo derecho le temblaba y tenía el rostro pálido.
—Estoy bien —murmuró.
—¡No estás bien!
—Evelyn, tenemos que movernos.
Ella miró la sangre que comenzaba a extenderse sobre la manga de su chaqueta.
Todo su mundo pareció detenerse.
Durante un instante, no vio el pasadizo ni las piedras ni las llamas que avanzaban detrás de ellos.
Vio una cama enorme, unas cortinas cerradas y un hombre inmóvil cuyo rostro había aprendido a recordar durante décadas sin haberlo conocido realmente.
Vio la fecha de su muerte.
Vio su propia soledad.
Y sintió que el pasado intentaba arrastrarla de nuevo hacia el mismo final.
—No —susurró.
Adrian le sujetó la muñeca.
—Evelyn, mírame.
Ella negó con la cabeza, incapaz de contener las lágrimas.
—No voy a perderte.
Él intentó sonreír, pero el dolor se lo impidió.
—Todavía no me has perdido.
—No lo entiendes. Yo ya te perdí una vez, aunque tú no lo recuerdes. Pasé toda una vida sin saber qué habría ocurrido si te hubiera elegido. Y ahora que por fin puedo…
Se detuvo, horrorizada por sus propias palabras.
Adrian la miraba en silencio.
Había oído suficiente para comprender que aquella confesión no se refería únicamente a una vida anterior.
Evelyn apretó los ojos.
—Perdóname.
—No tienes nada que lamentar.
—Sí. Porque tengo miedo. Tanto miedo que a veces no sé si estoy intentando salvarte por amor o porque no puedo soportar volver a vivir lo mismo.
Adrian levantó lentamente la mano sana y le apartó un mechón de cabello del rostro.
—Entonces no lo decidas ahora.
Ella lo miró, desconcertada.
—¿Qué?
—No decidas qué sientes mientras estamos a punto de morir aplastados por una casa en llamas.
A Evelyn se le escapó una risa entre lágrimas.
—Eres imposible.
—Eso ya me lo habías dicho.
—Y sigues siendo arrogante.
—Intento ser constante.
Esta vez, la sonrisa de Evelyn fue auténtica, aunque breve.
Adrian hizo un esfuerzo por levantarse. Ella pasó su brazo sano alrededor de sus hombros y lo ayudó a ponerse de pie.
—Apóyate en mí —ordenó.
—No pienso cargar todo mi peso sobre ti.
—Si vuelves a discutir conmigo, te juro que te arrastraré hasta la salida.
Él arqueó una ceja.
—¿Esa es una amenaza, mi futura duquesa?
—Es una promesa.
Adrian la contempló durante un segundo, y algo cálido atravesó su expresión.
—Entonces será mejor que obedezca.
Juntos avanzaron hacia la claridad.
El aire de la noche los recibió con una violencia casi dolorosa.
Evelyn salió del pasadizo y cayó de rodillas sobre la hierba húmeda. Tosió hasta que los pulmones dejaron de arderle y después se volvió inmediatamente hacia la abertura.
—¡Adrian!
Él apareció unos segundos más tarde, apoyándose contra el muro de piedra.
Evelyn corrió hacia él y lo sostuvo antes de que pudiera caer.
—¡Ayuda! —gritó—. ¡Necesitamos ayuda!
A lo lejos se oían los relinchos de los caballos y las voces de los guardias. El capitán Harrington apareció entre los árboles, acompañado por dos hombres.
—¡Su Excelencia!
Al ver a Adrian herido, el capitán palideció.
—¡Traigan al médico! ¡Ahora mismo!
Los guardias se acercaron para ayudarlo, pero Adrian se negó a soltar la mano de Evelyn.
—Los documentos —murmuró—. ¿Los tienes?
Ella asintió rápidamente y palpó el interior de su abrigo.
—Sí. Están aquí.
—Bien.
Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
—Adrian, no hables.
—Evelyn…
—No hables —repitió ella, esta vez con la voz rota—. Ya tendrás tiempo de darme órdenes cuando dejes de sangrar.
El capitán y uno de los guardias lo ayudaron a sentarse contra un árbol. Evelyn permaneció junto a él, sosteniéndole la mano con ambas manos.
Por fin, cuando el médico llegó desde el carruaje, pudo examinar la herida.
—El hombro ha recibido un golpe fuerte, pero no parece haber una fractura grave. También tiene una herida en la cabeza. Necesita reposo y debemos limpiar esas lesiones de inmediato.
Evelyn soltó el aire que llevaba reteniendo.
No era una sentencia de muerte.
No era el final.
Adrian abrió los ojos y buscó su rostro.
—¿Ves? —murmuró—. Te dije que saldríamos.
Ella sintió una mezcla de alivio y furia.
—Si vuelves a decirme que todo está bien cuando estás cubierto de sangre, te juro que seré yo quien te golpee.
Él dejó escapar una risa débil.
—Anotado.
El capitán Harrington se inclinó ante ellos.
—Mi señor, encontramos a dos hombres huyendo por el camino del norte. Uno consiguió escapar a caballo. El otro llevaba una máscara y un arma.
Adrian se incorporó demasiado deprisa y el dolor le arrancó una mueca.
—¿Lo atraparon?
—Sí, mi señor. Está bajo custodia.
Evelyn sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Quién es?
—Todavía no lo sabemos, milady. No habla. Pero encontramos esto entre sus pertenencias.
El capitán entregó un pequeño objeto metálico.
Era un botón de abrigo.
En su superficie estaba grabado el mismo halcón de los Langford.
Adrian lo observó durante unos segundos.
—Llévenlo a Blackthorne. Que nadie lo interrogue sin mi presencia.
—Como ordene, mi señor.
El capitán se retiró para organizar el traslado.
Evelyn miró la casa. Las llamas habían alcanzado las ventanas superiores y el techo comenzaba a ceder. El lugar donde Eleanor había escondido sus secretos se convertía lentamente en cenizas.
Sin embargo, por primera vez, no sintió que hubieran perdido todo.
Habían encontrado pruebas.
Habían sobrevivido.
Y el hombre al que estaba destinada a perder seguía a su lado.
Adrian se volvió hacia ella.
—Necesito preguntarte algo.
—Ahora no.
—Precisamente ahora.
Evelyn suspiró, agotada.
—¿Qué ocurre?
Él la miró con una seriedad que le hizo desaparecer la sonrisa.
—Si nunca hubieras recibido aquella advertencia… Si no supieras que puedo morir el día de nuestra boda… ¿me habrías elegido igualmente?
El ruido del fuego pareció alejarse.
Evelyn sintió que la pregunta atravesaba todas las defensas que había construido desde su segunda oportunidad.
Podría haberle dicho que sí sin vacilar. Podría haberle ofrecido una respuesta romántica, una promesa perfecta, algo que calmara las dudas que veía en sus ojos.
Pero Adrian no merecía una mentira hermosa.
Merecía la verdad.
—Al principio, no lo sé —confesó ella.
Él apartó ligeramente la mirada.
Evelyn apretó su mano.
—En mi primera vida, te rechacé porque creí que el amor debía sentirse fácil. Elegí a otro hombre porque sus palabras eran bonitas y porque no comprendí lo que significaba que alguien me respetara incluso cuando no podía ofrecerle nada a cambio. Cuando volví a tener dieciocho años, te elegí porque recordaba mi error. Porque quería cambiar tu destino y porque sabía que podía perderte.
Adrian permaneció inmóvil.
—Pero eso ya no es todo —continuó ella—. Ahora conozco al hombre que eres. Sé que puedes ser orgulloso, insoportable y demasiado terco. Sé que escondes tu dolor detrás del silencio y que prefieres cargar con la culpa antes que permitir que alguien te vea sufrir. También sé que me escuchas, incluso cuando no estás de acuerdo conmigo. Que no me has pedido que renuncie a mi voluntad para convertirme en tu esposa. Y que, cuando te conté algo imposible, elegiste creerme antes que condenarme.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No sé si habría llegado a conocerte de esta manera sin todo lo que ha ocurrido. No puedo prometerte que habría elegido el mismo camino. Pero sí puedo decirte que, ahora, no quiero casarme contigo solamente para salvarte.
Adrian volvió a mirarla.
Evelyn llevó su mano hasta el rostro de él y acarició suavemente su mejilla.
—Quiero casarme contigo porque eres tú. Porque deseo descubrir cómo sería nuestra vida cuando ya no tengamos que luchar contra los secretos de nuestras familias. Porque quiero verte reír sin que tengas que fingir que nada te duele. Porque quiero que algún día puedas recordar a tu madre sin sentir que fue tu culpa. Y porque, cuando pienso en el futuro, por primera vez en dos vidas, no me veo sola.
La expresión de Adrian se transformó.
Su mirada, normalmente tan contenida, se volvió vulnerable de una manera que Evelyn nunca había presenciado.
—No sabes lo que significa para mí escucharte decir eso.
—Entonces tendrás que vivir lo suficiente para descubrirlo.
Adrian soltó una respiración temblorosa y apoyó la frente contra la de ella.
—Evelyn, no puedo prometerte que nunca volveré a tener miedo.
—No te lo pediría.
—Ni que siempre sabré cómo protegerte.
—Tampoco.
—Pero puedo prometerte que nunca volveré a decidir por ti lo que debes saber o lo que debes sentir. Si hay una verdad que pueda cambiar nuestro futuro, la enfrentaremos juntos.
Evelyn cerró los ojos.
Aquella promesa significaba más de lo que él imaginaba.
Porque durante su primera vida nadie había compartido con ella las decisiones importantes. Nadie le había preguntado qué deseaba realmente. Había pasado años siendo la esposa de alguien, la hija de alguien, una mujer a la que todos creían conocer sin haberse detenido a escucharla.
Y ahora Adrian le ofrecía algo que nunca había tenido.
Un lugar a su lado, no detrás de él.
—Entonces yo también te prometo algo —susurró.
—Te escucho.
—No volveré a esconderme detrás de mi miedo. No dejaré que el pasado decida por nosotros. Y si hay una manera de cambiar el destino que nos han impuesto, la encontraré.
Adrian rozó sus labios con los de ella.
Fue un beso breve, interrumpido por el dolor de su hombro y el agotamiento de ambos. Sin embargo, Evelyn sintió que encerraba algo más profundo que cualquier promesa pronunciada ante un altar.
Cuando se separaron, él mantuvo la frente apoyada contra la suya.
—Entonces tendremos que sobrevivir hasta la boda, mi querida Evelyn.
Ella le acarició el cabello, apartando con cuidado una mancha de hollín de su sien.
—No. Tendremos que descubrir quién pretende convertir nuestra boda en un funeral.
Por primera vez aquella noche, Adrian sonrió de verdad.
El regreso a Blackthorne se produjo poco antes del amanecer.
Adrian fue trasladado a sus aposentos para recibir atención médica, mientras Evelyn permanecía junto a la ventana de la habitación contigua. Tenía el vestido ennegrecido, las manos lastimadas y el cuerpo entero dolorido por el humo y el esfuerzo.
Sin embargo, no podía dormir.
Sobre una mesa descansaban los documentos rescatados de la casa de Eleanor. Había pedido que nadie los tocara hasta que Adrian estuviera en condiciones de examinarlos.
El médico había confirmado que el duque necesitaría varios días de reposo. La herida del hombro era dolorosa, pero no ponía en peligro su vida.
Evelyn debería haberse sentido tranquila.
En cambio, no podía dejar de pensar en la frase escrita con su propia caligrafía.
La mujer que regresa deberá elegir entre salvar al hombre que ama o conservar la vida que le fue devuelta.
¿Qué significaba conservar la vida que le habían devuelto?
¿Acaso cambiar el destino de Adrian tenía un precio?
Y si así era, ¿por qué alguien había elegido escribir la amenaza con su letra?
Una criada llamó suavemente a la puerta.
—Milady, el duque pregunta si podría acompañarlo un momento.
Evelyn no necesitó pensarlo.
Entró en la habitación de Adrian y lo encontró recostado entre almohadas, con el hombro vendado y el rostro más pálido de lo habitual.
—Deberías estar durmiendo —dijo ella.
—Y tú deberías estar descansando.
—Yo no tengo una herida en el hombro.
—Pero tienes hollín hasta en el cabello.
Evelyn se llevó una mano a la cabeza.
—Gracias por recordármelo.
Adrian señaló la silla junto a la cama.
—Ven aquí.
Ella obedeció.
Durante un momento, permanecieron en silencio. La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas, dibujando una franja dorada sobre las sábanas.
—He estado pensando en la carta —dijo él finalmente—. La firmaba B. Langford. Podría tratarse de Beatrice, pero también de otro miembro de la familia.
—El hombre que intentó matarnos llevaba un botón con su emblema.
—Eso demuestra que alguien relacionado con los Langford participó en el incendio. No necesariamente que toda la familia esté implicada.
Evelyn asintió.
—No debemos acusar a Isabella sin pruebas.
—No. Pero tampoco volveremos a confiar en ella.
Adrian hizo una pausa y miró hacia la mesa, donde descansaba la llave de plata.
—Hay algo más. El documento con nuestros nombres no estaba dirigido a mi padre ni a mi madre. Era un registro de fechas. Alguien anotó sus muertes y después añadió la mía.
—Como si todo formara parte de un plan.
—Exactamente.
Evelyn recordó la fecha escrita junto a su nombre.
La fecha de la boda.
—¿Y si no intentan matarte por algo que ocurrió en el pasado? —preguntó—. ¿Y si quieren asegurarse de que suceda algo durante la ceremonia?
Adrian la observó.
—Entonces no habrá ceremonia hasta que sepamos qué significa ese documento.
Evelyn sintió una punzada de angustia.
—¿Quieres cancelar la boda?
—Quiero que llegues viva al día siguiente. Y quiero estar vivo para verte entrar en la iglesia.
La sinceridad de su respuesta la dejó sin palabras.
Adrian tomó su mano y besó sus nudillos.
—Pero no voy a obligarte a renunciar a nuestro compromiso. Si deseas esperar, esperaremos. Si decides que no quieres casarte conmigo, aceptaré tu decisión.
Evelyn negó lentamente con la cabeza.
—No quiero cancelar nuestra boda.
—Evelyn…
—No porque quiera demostrarle a alguien que no puede controlar mi destino. Ni porque crea que el amor puede resolver todos los problemas. Quiero casarme contigo porque, a pesar de todo esto, sigo deseando ese futuro.
Adrian la miró con una intensidad que le hizo olvidar, durante unos segundos, la existencia de los documentos y las amenazas.
—Entonces lucharemos por él —dijo.
Evelyn se inclinó y depositó un beso en su frente.
—Descansa, mi futuro duque.
—¿Eso significa que puedo darte órdenes cuando me recupere?
—Significa que, cuando te recuperes, tendrás que aprender a obedecer algunas mías.
Adrian cerró los ojos, sonriendo.
—Un destino verdaderamente aterrador.
Evelyn se quedó junto a él hasta que su respiración se volvió pausada y el sueño comenzó a vencerlo.
Solo entonces se permitió llorar.
Lloró por el miedo que había sentido al verlo caer. Por la vida que había perdido. Por la mujer que había sido durante tantos años y por todas las oportunidades que nunca tuvo.
Pero también lloró de alivio.
Porque aquella vez no estaba mirando a un hombre desde el otro lado de una despedida.
Estaba allí.
Sosteniendo su mano.
Y todavía había tiempo.
A varios kilómetros de Blackthorne, en una residencia donde las ventanas permanecían cerradas incluso durante el día, una mujer contemplaba las primeras luces del amanecer.
Sobre su escritorio descansaba una copia del registro encontrado en la casa de Eleanor.
Junto a él había una fotografía antigua de Evelyn Ashbourne, tomada cuando tenía setenta y seis años.
La mujer acarició el borde de la imagen con la punta de los dedos.
—Así que sobrevivieron —murmuró.
Un hombre apareció en la puerta.
—La casa quedó destruida. Pero el duque y la señorita Ashbourne escaparon.
La mujer no pareció sorprendida.
—¿Recuperaron los documentos?
—Algunos. No sabemos cuáles.
Ella cerró los ojos durante un instante.
—Entonces aún no comprenden lo que están intentando cambiar.
—¿Debemos actuar antes de la boda?
La mujer miró el calendario abierto sobre el escritorio. La fecha señalada con tinta negra estaba rodeada por tres círculos.
—No.
El hombre frunció el ceño.
—Pero si el duque descubre la verdad…
—El duque descubrirá lo que le permitamos descubrir.
Se levantó y abrió un cajón. Dentro había una carta sellada con cera roja y un pequeño retrato de Eleanor de Blackthorne.
—Durante años creí que bastaría con mantenerlos separados —dijo, casi para sí misma—. Pero ella ha regresado y, con ella, todo lo que intentamos enterrar.
—¿Qué haremos con la señorita Ashbourne?
La mujer tomó la fotografía de Evelyn anciana.
Durante un momento, su expresión perdió toda dureza. Parecía contemplar no a una desconocida, sino a alguien a quien había esperado durante mucho tiempo.
Después dejó la imagen boca abajo.
—Prepararemos la última invitación.
—¿Para quién?
La mujer sonrió sin alegría.
—Para la novia.
El hombre inclinó la cabeza y se retiró.
Cuando la puerta se cerró, ella abrió la carta que había permanecido guardada durante años.
En su interior había una sola frase, escrita por Eleanor poco antes de morir:
«Si Evelyn regresa, no permitan que Adrian descubra quién de los dos debe morir para que el otro pueda vivir».
La mujer acercó la carta a la llama de una vela.
El papel comenzó a arder entre sus dedos.
—Perdóname, Eleanor —susurró—. Pero esta vez no dejaré que elijas por nosotros.
Y mientras el último fragmento de la carta se convertía en cenizas, una sonrisa lenta apareció en su rostro.
La boda se acercaba.
Y alguien ya había decidido quién debía sobrevivir a ella.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
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Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
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Me encanta la Historia
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Me volví masoquista.
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Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
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Me encanta Margaret,.
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